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• Ariel Rodríguez Kuri, Museo del universo. Los juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968, México, El Colegio de México, 2019.

Para quienes hemos seguido la trayectoria intelectual de Ariel Rodríguez Kuri, Museo del universo… ha sido un libro muy esperado. He aquí, por fin juntos, los dos episodios que marcaron el 68 mexicano, en una reconstrucción que sin duda será objeto de muchas lecturas. Es posible que la más profunda de ellas vaya directo a la tensión entre memoria e historia, como formas de elaborar el pasado; tensión que el mismo Rodríguez Kuri exploró recientemente en una reseña del libro Enzo Traverso titulado Melancolía de la izquierda. Marxismo, historia y memoria, publicada en la revista Historia Mexicana. No es esa la lectura que aquí exploro, aunque comienzo diciendo que, como chilango que estaba en tercero de prepa en 68, leer el libro fue, al mismo tiempo, un ejercicio de memoria y uno de historia, con la aclaración de que la memoria la ponía yo, mientras que la historia era lo que el autor había vaciado en el texto. No la historia como versión inapelable, sino como producto siempre revisable de una profesión sin la cual seríamos rehenes de la memoria.

Lo que propongo aquí es leer el libro como historia urbana, es decir, como un momento que marca a la Ciudad de México. Es una lectura dirigida no solamente a los especialistas en temas urbanos, tan supuestamente propensos a la interdisciplina y al mismo tiempo tan desbalagados en sus respectivas especialidades. Me dirijo a todos los que sienten fascinación y curiosidad por esta ciudad o por las ciudades en general. Y espero mostrar que el costo de esa lectura, que ciertamente deja en un segundo plano a otros aspectos, vale la pena por lo mucho que nos dice sobre lo que somos como sociedad urbana. Se trata de reemplazar la visión del (doble) 68 como algo que ocurrió en la Ciudad de México, para ver el modo en que la ciudad misma produjo ese 68. No es que sea totalmente inútil pensar la ciudad como escenario de acontecimientos, porque ciertamente ellos dejaron su huella aquí, donde ocurrieron. Pero la ciudad no es una página en blanco donde se escribió esa historia, es también y sobre todo un conjunto de fuerzas que resultaron en unos juegos olímpicos y un movimiento estudiantil.

¿Significa lo anterior que nuestro 68 fue algo enteramente local? No, pero sí que fue tan local como los otros. El alemán y el francés lo fueron a su manera. Pero no cuesta trabajo entender que la Ciudad de México era, al mismo tiempo, tan global como cualquier otra. La primera gran virtud del libro es, justamente, la de articular, en una sola narrativa, la dimensión global y la local como formas de comprender unos juegos olímpicos y un movimiento estudiantil. Si, como dice el autor citando a Octavio Paz, en 1968 los mexicanos fueron, al fin, “contemporáneos de todos los hombres”, la Ciudad de México fue, también, contemporánea de todas las ciudades.

Para el lector que no tenga la fortuna de encontrar las otras reseñas que se escribirán sobre este libro, señalo brevemente algunos temas que rebasan al de la historia urbana. Hay un capítulo sobre la compleja geopolítica que está detrás de obtener los juegos para una ciudad y ahí uno se entera de cómo funciona el peculiar sistema y de las mañas de nuestros paisanos para obtenerla. Sobre el 68 francés, destaca el ingenioso contrapunto entre la versión de Carlos Fuentes y la de Raymond Aron —el mismo proceso leído desde lugares distintos. Sobre lo que ocurre en los juegos mismos, se disfruta la precisión y el regocijo con que se narran los 8.90 de Bob Beamon y las implicaciones globales del saludo-protesta con guante negro de Tommie Smith y John Carlos desde el podio del estadio olímpico. No hay, por cierto, referencia alguna al sargento Pedraza, aunque se despierta la curiosidad sobre el papel de las Fuerzas Armadas en el surgimiento del olimpismo en México —alguien se ocupará de escribir la historia del tristemente célebre Humberto Mariles en ese contexto.

Obviamente, sobresale el recuento del movimiento estudiantil y su desenlace, que importa no sólo para quien, como yo, todavía quiera deslindar responsabilidades. La reconstrucción es notable, de entrada, porque a pesar de su densidad resulta muy transparente. Pero lo es también porque el autor ha entreverado, en el relato mismo de los acontecimientos, un diálogo con interpretaciones más generales sobre esa década en el mundo, sobre los movimientos estudiantiles y sobre los jóvenes y sus relaciones con las anteriores generaciones.

Leído como historia urbana, Museo del universo… suscita tres líneas de reflexión: una sobre el “urbanismo vivo” que orientó la organización espacial de los juegos; otra sobre las guerras culturales, a partir del debate que se suscitó sobre qué hacer con la Catedral metropolitana después del incendio que sufrió en 1967; y una más sobre el movimiento estudiantil como “desbordamiento de la ciudad plebeya”.

“Urbanismo vivo” fue la frase con la que Pedro Ramírez Vázquez, al frente del Comité Organizador de los juegos, caracterizó su propia estrategia para articular las instalaciones olímpicas, en vista de la imposibilidad de reunirlas a todas en una sola villa olímpica. Lejos del urbanismo de tabula rasa, se trataba de adaptarse a los ritmos y las condiciones existentes de la ciudad. No era una doctrina urbanística original, aunque sí una combinación muy ingeniosa de diseño gráfico y arquitectura de alta calidad que creó uno de los momentos estelares del movimiento modernista mexicano. ¿Cómo poner a dialogar al Palacio de los Deportes con el Estadio Olímpico o el conjunto de la Alberca y el Gimnasio que estaban desperdigados por la ciudad? ¿Cómo crear unidad a partir de esa fragmentación? Rodríguez Kuri nos recuerda que la solución fue simple: colocar estandartes en las diferentes rutas, desplegando un diseño gráfico que resultaba tan moderno como mexicano. Fue así como, a falta de una villa olímpica, tuvimos una ciudad olímpica.

Aunque, por los tiempos que corren, el libro ha tenido muy poca difusión, Mauricio Tenorio ya ha tenido oportunidad de comentar esa descripción de Rodríguez Kuri, llamando la atención sobre el carácter efímero de esa modernidad urbanística ya que, sólo dos años después, Luis Echeverría nos llevaría de vuelta a los cánones nacionalistas. Pero justamente por eso podemos preguntarnos qué significó el nombramiento de Ramírez Vázquez al frente de la poderosísima Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas (SAHOP) pocos años después, o sea en 1976. Entre los urbanistas, es un lugar común decir que fue en ese año cuando se inició la institucionalización de la planeación urbana en nuestro país, pero no nos hemos preguntado si entonces nació un nuevo urbanismo y si tuvo algo que ver con las ideas de Ramírez Vázquez o de su generación. No está por demás recordar que, justo entre 1968 y 1976, el arquitecto fue el primer rector de la Universidad Autónoma Metropolitana y que bajo su liderazgo el urbanismo cambió de nombre por el de “Diseño de los asentamientos humanos”. ¿Cambiaba nuestra forma de ver las ciudades o fue una moda más? En todo caso, una vez que este libro ha puesto a “don Pedro” en el centro de la escena, los historiadores urbanos no podrán ser indiferentes a esas preguntas.

Segundo asunto. Después del incendio del Altar del Perdón de la Catedral Metropolitana en 1967, se desató un debate sobre cómo hacer la reconstrucción ¿Restaurar el altar tal como era (una estructura en el centro del edificio) o dejar el espacio abierto? Fue una verdadera guerra cultural que enfrentó no solamente dos miradas estéticas, sino dos concepciones sobre el orden social que se materializa en la disposición espacial de la liturgia católica: el orden barroco con su segmentación corporativa y jerárquica, por un lado, y la aspiración a la igualdad entre los fieles en un espacio homogéneo, por el otro. La presencia de un capítulo sobre ese debate en un libro sobre los juegos olímpicos y el movimiento estudiantil parece extraña, pero se justifica porque ilustra los dilemas y las ansiedades de las élites mexicanas frente a las tendencias modernizadoras que ponían en jaque al viejo orden. El análisis llega hasta la discusión en torno a la estética “camp” (versión de Susan Sontag) entre Monsiváis, Fuentes y Piazza, por un lado, y Francisco de la Maza, por el otro. Cuando, capítulos después, llega el momento de explicar la ola conservadora que, en septiembre de 1968, demandaba meter en cintura a los estudiantes, Rodríguez Kuri ya ha dejado en el lector ideas muy claras para entender los fundamentos culturales de la represión.

Tal como aparece en Museo del universo…, el asunto de las guerras culturales nos obliga a preguntarnos si, hoy en día, tenemos una de ellas en relación con el futuro de la ciudad. Y todo parece indicar que no, que en nuestro horizonte cultural la pregunta sobre qué hacer con las ciudades no atrae más que a unos cuantos. Cuando mucho, aparece como lucha contra la corrupción, como si la única amenaza del modelo urbano dominante fuese la de un “cártel inmobiliario”. Y acaso la explicación de tan lamentable carencia radica en que el tipo de ciudad que tenemos, y esto hace más de medio siglo, es la ciudad de masas. Acaso sea precisamente la estética de las masas lo que ahuyenta a nuestras élites del debate sobre la ciudad. El asunto es complejo, pero se puede observar en el hecho de que la Constitución Política de la Ciudad de México, aprobada en 2017, menciona 71 veces a los pueblos originarios y ni una sola vez a las colonias populares. Andamos buscando al mexicano de sombrero porque no queremos ver al chilango de gorra de beisbol.

Rodríguez Kuri no es el único responsable de que uno pueda salir con este domingo siete, esto es, con la hipótesis de que nuestras élites no pueden tomarse en serio su condición urbana porque son víctimas del shock estético que produce la ciudad de masas. Pero es verdad que su reconstrucción de la guerra cultural por la Catedral nos da elementos para alimentar la hipótesis, sobre todo porque ubica los asuntos estéticos en la esfera de la cultura política. (Eso, sin mencionar el hecho de que en el expediente del autor obran constancias de antecedentes como el ensayo titulado “Simpatía por el diablo”, que es una de los comentarios historiográficos más notables que se han escrito recientemente frente al antiurbanismo que domina nuestro horizonte cultural). Volviendo al argumento, no importa cuánto Sontag o cuánto Monsiváis pongamos en la ecuación, el resultado es que no tenemos la guerra cultural que nos merecemos para batirnos sobre nuestra condición urbana. Y Museo del universo… nos ayuda a preguntarnos por qué.

Hay en el libro un tercer asunto que debería movilizar a los interesados en cuestiones urbanas, si quieren entender la relación entre nuestra ciudad y eso que llamamos el 68. Porque, insisto, la ciudad puede ser vista como un simple escenario de los hechos, pero también como el motor (el “dinamo”, según la expresión de Edmundo Flores que recoge el autor para caracterizar a lo urbano) que produjo los juegos olímpicos y el movimiento estudiantil. Ante la muy recurrente opinión de que el movimiento fue básicamente de sectores medios y afluentes, el autor responde con sociología de la buena, explicando que, sin ignorar el papel de los sectores medios, en realidad ocurrió un “desbordamiento de la ciudad plebeya”, o sea de la ciudad de masas. Y no es sólo la comprobación empírica de que la mayoría de los estudiantes movilizados provenían de los sectores populares. Es que el autor ofrece una síntesis de hallazgos de la sociología urbana que se han perdido en la atomización de la investigación sobre temas urbanos. De manera activa y resuelta, jóvenes que crecieron en vecindades o en colonias populares de la nueva periferia, en muchos casos hijos de migrantes, pero siempre hijos de la educación pública, se incorporan al movimiento estudiantil movidos por un “malestar en la cultura política mexicana”. En el libro, ese malestar y sus portadores no son algo abstracto, sino resultado de la experiencia de la urbanización de masas, tal como se dio en esta ciudad. Hay un asunto sociológico de la mayor importancia, que Rodríguez Kuri examina en diálogo con autores que se preguntan lo mismo para otras sociedades, y que se refiere a la polivalente relación entre las generaciones. Y es que, así como la movilización estudiantil era rebeldía contra los padres, en muchos casos fue también la experiencia de los padres la que recogían los hijos para protestar contra el régimen. Aquí, como en el resto del libro, uno se da cuenta de que la memoria es traicionera, y que la reconstrucción histórica es nuestro mejor antídoto contra sus engaños.

Desde esta perspectiva, hay un fragmento notable que sintetiza la manera en que, hacia la mitad del siglo veinte, los sectores populares urbanos contribuyeron a la legitimidad del régimen: “La longevidad del consenso autoritario… debe mucho al éxodo mexicano, es decir a los migrantes que se asentaron en las ciudades y que, a cambio de ciertos apoyos y de que los dejaran en paz para reinventar su vida en las ciudades, se movilizaron sistemática y oportunamente para sustentar el oficialismo de los años maravillosos” (p. 414).

Suena tan mundano (que nos dejen en paz para hacer nuestras vidas), que puede pasar desapercibido, pero ir del campo a la ciudad en parte se trata de eso. Y en este libro es más que una fórmula genérica, es parte de una reconstrucción histórica que permite entender la lógica de la sociedad urbana que desembocó en el 68 mexicano, en un abanico que incluye a la familia popular migrante, al encumbrado arquitecto, al político oportunista y al prudente, a la empresa de televisión, a los intelectuales discutiendo sobre cómo reconstruir una iglesia y a un largo etcétera.

Si hay algo en lo que la memoria del 68 se ve sacudida por este libro de historia, es que la imagen de unos jóvenes sin geografía (unos jóvenes “mexicanos”) es reemplazada por otra en la que los jóvenes son “localizados”, es decir, son reconocidos en su geografía específica, que es una combinación de la urbanización de masas propia de la Ciudad de México, con conexiones globales que quedan esbozadas y pendientes de una mayor elaboración. Salen a la calle motivados, en lo inmediato, por el agravio que les causa la torpeza policiaca, pero lo hacen con los códigos culturales que se formaron en las décadas anteriores (no en 500 años de resistencia, por supuesto). Códigos que combinan la experiencia de crecer en la Ciudad de México, esa que da unas cosas y priva de otras, con lo que llega del mundo a través de la televisión y de la prepa.

Seguramente, el libro será lectura obligatoria para los estudiantes de cuestiones urbanas y varias generaciones lo agradecerán. Pero también iluminará a un público más amplio, el que necesita incorporar el proceso de urbanización a su comprensión de la historia de México y del mundo.

abril de 2021

 

Antonio Azuela
 Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

 

Un comentario en “Nuestro 1968 como historia urbana

  1. Bla, bla, bla, blabla, etc. Pretencioso y hueco; una mescolanza carente de sentido. 68 es un mito, y.así permanece hasta nuestros días. «Cayó como un rayo en cielo serano.» ¿Hay alguna novedad?

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