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Luis Cardoza y Aragón
Miguel Ángel Asturias. Casi novela
ERA
México, 1991
247 p.


Enredaderas, “hablas de lluvia”, “canto y plumaje”: así designa Luis Cardoza y Aragón a la poesía inabarcable, luminosa y remota que su amigo Miguel Ángel Asturias hizo explotar en Hombres de maíz. No es difícil comprender a la inteligencia que se inclina ante el resplandor de otra inteligencia. Cardoza ya lo hizo con Picasso, Artaud y Bretón. Ahora su modelo recibe algo más que admiración, también acoge a Guatemala y al sufrimiento y la clave para descifrar “el embrión mismo, la raíz y la flor”.

La fecha de nacimiento de un libro no siempre coincide con el momento del parto. A veces un libro nace antes de escribirse, de hecho, comenzar a escribirlo es ya considerar que lleva mucho tiempo de nacido. Quizá por eso Cardoza y Aragón sugiere que la obra de Asturias hay que leerla como si fuera un flujo nonato. Miguel Ángel Asturias es una casi novela-ensayo-biografía-memoria-divagación-sueño-poema en prosa que va tras la palabra que certificó su pureza en la intemporalidad, en la contradicción de querer ser mitología y realidad.

Que la crítica literaria se eleva cuando está en manos de los poetas es la enseñanza más inmediata de este libro. Pero nos concede otras: que es imposible pensar a América Latina sin los indios y que escribir sobre otro es ante todo escribir sobre uno mismo. Cardoza siembra palabras y cosecha pájaros; trepa por las enredaderas míticas de lo indio y atraviesa sus ríos profundos sin vararse en las orillas. Y es como si leyéremos a Guatemala por primera vez. Todo es inaugural, el maíz, el lenguaje, las cosas; sólo la incomprensión parece de muy Lejos. Cardoza escribe y Guatemala florece. Asturias es leído y Cardoza nace otra vez.

Un libro sobre Asturias tenía que invocar a los indios. El indio de Asturias es el indio que Cardoza hubiera imaginado porque el autorretrato de Asturias es el autorretrato de Cardoza. A través de este juego de espejos se establece la pugna entre el personaje que escuchó a los indios de ayer y el poeta que reclama a los indios de hoy. Cardoza establece así una zona de observación a la que llegamos por la vía del subjetivismo y el conocimiento onírico:

Me puse a escribir por ejemplo sobre Miguel Ángel, y cómo de manera incomparable vivimos juntos algunas peripecias, en vez de cosechar precisiones cosecho incertezas, lo que me incita a persistir oyendo voces en el bosque asturiano, procurando recordarlas, sobre todo cuando son más laberínticas.

De modo que entre su escritura y la obra de Asturias no se interponen otros ensayos críticos ni la opacidad de términos como indigenismo, pintoresquismo, exotismo. Cardoza escribe saltándose los contenidos visibles para mirar así los árboles invisibles del bosque asturiano. Bautiza, sueña, tantea y llega hasta él a través de Hombres de maíz, la novela paradigmática que le sirve para superar los regionalismos y el costumbrismo decimonónico, y crear un discurso sobre y desde el mestizaje, sin dejar de preguntarse lo que significa ser indio a finales del siglo XX. Porque a final y por principio de cuentas se trata de los indios; pero de cuáles; Cardoza escribe: “Asturias comenzó viendo igual que un encomendero y se transformó en una especie de brujo que nos guio a cierto sentimiento de los indios, más que al indio mismo”. Y en otra parte: “¿Cuál es el indio verdadero de Asturias? ¿El apocalíptico de la tesis de abogado o el gótico y milagroso de la heurística de las novelas? Las dos son suyas, uno en crisálida y el otro en mariposa”. Y más adelante: “Cuando los indios suponen que se defienden al excluir lo que no es suyo, se están derrotando”. Y luego: “Tomo el libro y leo un capítulo de Hombres de maíz, emerge el novelista, no la sombra del personaje, no la sombra que perdió a su hombre. Dejo el libro y de pronto no sé por qué me figuro que esta remembranza hurga en mí y hurga en mucho de lo que Miguel Ángel sufrió por mí”. Los indios así descritos pertenecen a la fabulación de Asturias y a la fraternidad de Cardoza, qué importa si no son reales, si no salieron del maletín de un antropólogo.

¿Novela indigenista o novela india? ¿Novela de prototipos y cámaras kodak o novela que persigue un imaginario innombrable? Novela asturiana, diría Luis Cardoza y Aragón, exaltando así la singularidad de una palabra y desestimando los discursos sobre la identidad nacional con su propensión a exaltar una moral del plumaje y el color local. Lo que no es poético no pasa de ser sociología. Asturias pertenece a la literatura fantástica y por eso Cardoza y Aragón insiste en apartarlo de la veta indigenista cuya lengua de almanaque es una concesión a toda forma de autocomplacencia.

Estamos pues frente a un libro escrito desde la otra orilla: no pocas veces se abandona a la más osada libertad lingüística, sustituyendo el artificio verbal por la página en blanco, esa en la que ya no podemos reconocer una sola costura de estilo. Leer a Luis Cardoza y Aragón es observar cómo las palabras llueven y la lluvia nos dice algo que nunca habíamos escuchado, es mirar a quien lo es casi todo: un gran poeta, un gran pensador, un gran ojo, uno de nuestros últimos escritodáctilos. Y hay algo en su libro que tiene mucho que ver con la literatura y sin embargo consigue superarla. Los amigos también son producto de la imaginación: existen en la medida que sus virtudes consiguen atraparnos a pesar de lo cerca que están de nuestros defectos. Cuando Cardoza y Aragón dice Miguel Ángel hay algo más allá del desencuentro político y el rechazo a cualquier forma de complicidad con las dictaduras. Cardoza dice Miguel Ángel y en ese instante construye su David. Al río le hacía falta esta barca guatemalteca que desde la otra orilla proyecta el reflejo de su indianidad como marca de nacimiento.

Pero mientras escribe, Cardoza y Aragón siente la ausencia en sí mismo, de lo que ha leído con tanta admiración. y no deja de transmitirnos su envidiable carencia. Hay quienes hacen crítica literaria a lodo y fuego. Él se queda con el fuego. Eso es todo: sólo se quiere lo que no podemos ser. No somos indios y sin embargo les ofrecemos un manojo de palabras, no somos europeos y sin embargo soñamos con agujas y máquinas de escribir sobre mesas de disección. Hace falta la amistad de muy lejos para escribir un libro que no renuncia a recordar al hombre ni a crear al personaje.

Entonces quién es el hombre y quién es el personaje. Hay que buscar al primero en la figura piadosa que carga al Cristo durante las fiestas de Semana Santa, en la concesión del Nobel y en el distanciamiento con el hijo guerrillero. El personaje —mejor dicho, la biografía, la verdadera vida está en otra parte—, ahí donde es posible que el hombre se incline ante una hoja de papel y escriba para torcerse el pensamiento de todos los días. Cardoza y Aragón conoce ese lugar y hasta él conduce su Miguel Ángel Asturias.

El mundo indígena nos exige ver cuanto hemos sido y cuanto hemos dejado de ser. Igual que la literatura. Quizás el secreto de este gran libro es el de una tensión trágica como parte indispensable de la escritura. Para escribir de otro hombre hay que revelar nuestra propia vida, leer a todos los hombres, incluso a uno.

 

Roberto Pliego
Crítico literario y ensayista.