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hora y veinte

A partir de este número, Carlos Monsiváis inicia una columna en nexos, bajo la pelliceriana advocación de hora y veinte.

Tesis donde la nación se deja atrapar en un aforismo y contratesis que se extienden al infinito, política y lascivia, amistades que se afinan en la desolación y amistades que se esmeran en la traición, sótanos del Alto Mando y cumbres de la Historia inalcanzables por inexistentes, promesas que se extinguen en un parte policiaco y obsesiones que alteran -renovándola- la vida nacional, noches en vela altamente pedagógicas y borracheras en donde florece la incandescencia verbal antes de que el vómito la cancele. Este es el repertorio de La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín, que aborda temas del México contemporáneo y, entre otras cosas, reflexiona narrativamente sobre el modo en que lo público y lo privado se mezclan y se distancian en el espacio inescapable del poder.

Libertades del arte y las libertades de la realidad. En La guerra de Galio se describen hechos que sorpresivamente sí han sucedido y se urden psicologías que en rigor son verdaderas; se reconstruyen sucesos de la imaginación y se les otorga a los arquetipos el papel de celebraciones de lo imprevisto; se asumen modelos evidentes (por la fama o la significación) y se les convierte en algo que es su réplica y su negación: la calidad de personajes literarios.

¿Cómo sintetizar la trama de La guerra de Galio? En cierto modo, se trata de otra versión de Las ilusiones perdidas, que se inicia como la reconstrucción, a cargo de su maestro, de la vida de Carlos García Vigil, un Lucien de Rubempré que es historiador, se hace periodista en la época de auge del diario La República, dirigido por el intransigente Octavio Sala, conoce los entretelones del poder, se fascina ante la brillantez de Galio Bermúdez, filósofo y cortesano del régimen, asiste conmovido e impotente al drama de los hermanos Santoyo, participantes en la guerrilla, se enamora, se deja envolver por las atmósferas del ascenso y al final muere, asesinado casi por accidente, en uno más de sus intentos por darle perfiles cosmogónicos al acto sexual.

Como suele suceder, todo está en el texto y todo está fuera del texto, en lo que se lee y en lo que se sabe de antemano del material leído. Para los frecuentadores mexicanos, La guerra de Galio es la muy legible, vehemente recreación del mundo desilusionado y esperanzado de la generación del 68, marcada por el amoroso aborrecimiento de la política, por la conversión de la disidencia en puzzle existencial, por el miedo retórico a la asimilación del Sistema, por el pasmado acatamiento de las normas del poder que en los meses del Movimiento Estudiantil provocaron la rabia y el escepticismo, y que luego, al comprobarse los límites, encauzan la búsqueda de institucionalidad. Para lectores no mexicanos, La guerra de Galio significa un acercamiento múltiple a un país en vías eternas de ya no estar en vías de… En las reseñas y notas sobre La guerra de Galio se ha insistido en la condición de novela en clave. En un nivel lo es, a todas luces, en otro, la «clave» (la mínima o visible correspondencia de situaciones literarias y personajes con hechos y personas «de la vida real»), es apenas el punto de partida. Es relativamente fácil establecer en La guerra de Galio un catálogo «de reconocimiento» por aproximación: el golpe del presidente Echeverría a Excélsior el 8 de julio de 1976, la razón moral y la desesperación criminal de la guerrilla, Lucio Cabañas, la Liga 23 de Septiembre, el secuestro de José Guadalupe Zuno (suegro de Echeverría), los periodistas Julio Scherer, Regino Díaz Redondo, Manuel Becerra Acosta, Jorge Hernández Campos y Mario Menéndez, la guerrillera Paquita Calvo Zapata, los políticos Julio Hirschfeld Almada (el único que preserva su nombre), Mario Moya Palencia, Fausto Zapata, el filósofo y libelista Emilio Uranga… Pero estos ingredientes de la novela, obvios para un lector in the know, no determinan ni su sentido ni su legibilidad.

Algunos rasgos de La guerra de Galio pueden volverse celadas para lectores muy «sobre aviso»: la trampa de identificar personajes y de exigir en la novela la fidelidad estricta a lo real; la trampa de ir refutando o aprobando las teorías y las hipótesis de los personajes centrales; la trampa de entender el libro como una etapa del combate entre el gradualismo en política (que se confunde con la resignación) y el afán voluntarista de que todo sea, ya de inmediato, como la utopía profesada indica que debe ser. Las trampas están en el libro (Aguilar Camín es consciente de su material) pero, de nuevo, son sólo uno de sus ingredientes, el que informa de las diferencias entre educación literaria y sobrepolitización.

Novela en clave, novela donde la clave es la contingencia que construye al despliegue de lo esencial. Y, también, novela de ideas en clave, sintetizadas, resumidas, fraseadas desde la inteligencia y el temperamento autoritario. Le afirma Galio a Vigil:

Las ideas son nuestra responsabilidad en esa guerra, querido Herodoto… Nuestra responsabilidad son las ideas que gobernarán este mundo, el mundo mexicano de hoy y de dentro de cincuenta años. Tenemos que ser muy claros en las ideas que sembramos, porque las ideas son la verdadera fuerza transformadora del mundo. Y porque esas ideas nuestras encarnarán, sin excepción, en cerebros inferiores cuya pasión no es pensar, sino hacer.

La paradoja: el sitio central de las ideas en una sociedad antiintelectual (la disolución de la paradoja: el papel cortesano que se le reserva a los intelectuales). De las ideas, se insiste demostrativamente en La guerra de Galio, se desprende una fascinación irresistible aun para quienes no parecerían muy receptivos. Por ellas mueren Santiago y Carlos Santoyo (la revolución como idea y como liturgia); por su relación equívoca con ellas se corrompe neciamente Galio; por su fe en la idea como noticia Sala se aisla en su shelter mesiánico; por mantener una falsa disyuntiva entre la idea y la vida Vigil se diluye en la sobreactuación. Y en La guerra de Galio lo único equivalente en importancia a las ideas es la genitalidad, la complicada y simple relación de dos personas, el amor como obsesión, el amor como la promiscuidad que es red de lealtades simultáneas, el amor como profanación, el amor como espiritualidad post-coitum. Pero en el pulso de la novela las ideas ocupan el primer plano, gracias en especial al enfrentamiento (teatralizado) entre la paciencia histórica y la impaciencia política y moral.

Los pródigos al uso

que vengan a nosotros a aprender

cómo se dilapida todo el ser.

Ramón López Velarde

Aguilar Camín usa como epígrafe los versos de Renato Leduc: «No haremos obra perdurable/ no tenemos de la mosca/ la voluntad tenaz». Tal vez la cita anterior de López Velarde sea mejor divisa explicativa de los personajes de La guerra de Galio, cuya voluntad tenaz de fracaso proviene de diferentes motivos (obsesión erótica, terror ante el espejo del éxito, incomprensión de la naturaleza última del poder, encaprichamiento con la Historia, deseo de venganza, fatalismo ante las consecuencias de la terquedad militante, alcoholismo que se explica por razones concentradas en el hecho mismo del alcoholismo), que, sumados, dan por resultado la atmósfera donde el deterioro es lo natural y la capacidad de recuperación la meta desdeñada.

Gracias a la autodestrucción, una novela sobre el poder se convierte también en el examen de ese poder sobre uno mismo que, ejercido a fondo y sin piedad, damos en llamar «autodestrucción». El destino trágico o patético es el otro nombre del país y el triunfo sin costo psíquico alguno es una suprema vulgaridad.

POR LA BARBARIE A LA CIVILIZACIÓN

En la batalla por el rescate o la eternización exterminadora de las ideas, los protagonistas (los agonistas, en sentido clásico) son Galio Bermúdez y Octavio Sala. Galio: el intelectual en venta, alquilable, el ser objetivamente ruin y subjetivamente poseedor de la verdad que le impide interiorizar la culpa y le hace creer en la lucidez como algo sólo dable en horas de expiación y abuso físico. A él, un libelista a sueldo de la Secretaría de Gobernación, todos suelen tomarlo como a un cínico, y no lo es, porque si el cinismo es un revestimiento, él no se cubre ni se protege, se limita a deshacerse su casi sacra condición de promesa al filo de la madrugada al amparo del verso daríano: «la pérdida del reino que estaba para mí», seguro de que lo reconstruirá el brío de su inteligencia.

En la versión de Galio todo avance requiere de estoicismo histórico: «Somos (México) un jorobado pero hace un siglo éramos un albañal. Mañana seremos simplemente un cojo y algún día un ser normal, a condición de que sigamos haciendo poco a poco lo que hemos hecho hasta ahora: ocultar nuestra joroba, decirnos que hemos nacido para otra cosa, tener en la cabeza un país ideal, un país ficticio que decimos ser y que no somos…» Y para lograr esto, es preciso callar, mentir, suprimir. Galio no cree engañarse ni ante el espectáculo de su propia vileza, y tal «frialdad del ánimo» lo lleva a considerarse el exégeta irrebatible del camino deseable del país, que es el de la gradualidad. Para él, y para sus empleadores, no hay atajos civilizatorios, sino la morosa carretera bajo el control de unos cuantos. Galio profetiza y justifica.

Sólo hay un instrumento capaz de la tarea civilizadora que necesitamos, capaz de terminar nuestra propia guerra contra la barbarie de nuestro pasado: nuestro pasado colonial, premoderno, más vivo entre más negado, más oprimente entre más responsable de la gestación infeliz de México. Ese instrumento es lo que llamamos imperfectamente el Estado y nuestros anteriores llamaron simplemente Federación. El fierro helado de la federación, sus bayonetas centralizadoras, civilizadoras, como las de César, vierten hoy, en Guerrero, sangre limpia y joven que ahorrará más sangre. Lamento cada una de las muertes que nuestra barbarie cobra en Guerrero. Pero en medio de los aullidos y el fuego, puedo ver una forma posible del país abriéndose paso hacia sí mismo, encontrando su identidad territorial, su núcleo político, su civilización posible. En una palabra, resolviendo su historia.

En el otro extremo, Octavio Sala, el maestro de la esgrima verbal, el enamorado de la alegoría, el periodista insomne y ávido que cree en su oficio y se educa a diario en la falta de concesiones. A Sala nada o casi nada le afecta, ni la prepotencia de los funcionarios que moralmente jamás serán sus iguales, ni el que se responsabilice por echarlo a perder todo (la estabilidad del periódico, el destino de cientos de familias) en aras de la intransigencia. Su pasión (su destino, en el sentido compulsivo del término) es informar, quitar los velos, ponerle sitio a la mentira que es el lenguaje natural de la política. Sala es como es, un hombre que no cede porque de su integridad depende su salud mental. El le cuenta a Vigil el cuento de la viuda Camargo, una mujer de Durango de fines del siglo XIX, a la que se le atribuían toda suerte de riquezas y sensualidades y resultó a fin de cuentas el fruto de la invención colectiva, totalmente independiente de los hechos:

Bueno, el país llamado México del que nos habla la prensa nacional, del que ha hablado hasta ahora La República, es como la viuda Camargo: una invención verbal. Una invención verbal de los políticos, de los empresarios, de los intelectuales… y de los periodistas que repiten en páginas y páginas lo que dicen los políticos y los empresarios y los intelectuales. Quiero fundar un periódico que no se restrinja a hablar y a repetir lo que todo el pueblo dice, sin saber, de la viuda Camargo. Quiero que entremos a la casa de la viuda Camargo antes de que se muera y ver y describir para los demás la verdadera desnudez en que transcurrimos. No quiero que nos digan lo que pasa en las aduanas, quiero ir a ver las aduanas. No quiero que nos digan lo que pasa en las empresas, quiero ir a ver lo que pasa en las empresas. Y quiero traer al pueblo de Durango o ver lo que pasa en cada sitio, para que se vea en el espejo que lo refleja y no en el reflejo que se inventa para no verse como es. Entiendo la soberbia del planteamiento. Usted entienda su ambición y su generosidad.

Galio sacraliza, dándolas por inevitables, a la concentración del poder y a la resistencia perenne a la democracia «porque aún no es el tiempo». Sala no atiende las advertencias de los que saben y pueden y se olvida de la «racionalidad suprema» de su oficio: las concesiones sistemáticas, el ocultamiento de la información para favorecer «los altos intereses de la Patria». Se diría -yo diría- que los argumentos de Galio son inaudibles a partir incluso del hecho mismo de su carencia de autoridad moral. Pero en su guerra, Galio articula notablemente lo que sólo asumen en la práctica, nunca en la teoría, los presidentes de la República, los miembros del Sistema político, los intelectuales que defienden el status quo.

Todo esto no son conclusiones del lector, son configuraciones de la novela. Aguilar Camín tiene, y sobradamente, puntos de vista sobre la situación mexicana y los expone con frecuencia. Pero en La guerra de Galio, Aguilar no toma partido y deja que las ideas, materia orgánica de los personajes, circulen, se opongan, alcancen su clímax dramático, se desdibujen en el patetismo y en la zona donde el fracaso lo explica todo, lo cubre todo. De allí el peso relativamente menor del personaje que en principio da origen a la novela, Carlos García Vigil, un triunfador precoz, calificado de genio por amigos y enemigos, apetecido en lo sexual hasta el delirio, capaz de grandes acciones intelectuales. De nuevo, el pesar de no ser lo que yo hubiera sido: al proyecto de genio lo tortura el equilibrio imposible entre la vida pública y la vida privada, y por eso se aleja del éxito, y goza del frenesí marginal, al punto de morir asesinado en un hotel de paso a manos de quien jamás podría captar su salto metafísico, la sensación de renacer que le provoca el acostón con una puta. A Vigil lo desengaña el periodismo y le irrita «la iglesia» de Sala, pero su propuesta es más borrosa que la de Sala y Galio, porque no termina de elegir entre encarnar a fondo sus ideas y obtener la felicidad. En última instancia, su trazo de la civilización se inicia en el erotismo y, en obediencia a Heráclito, compra literalmente con el alma el deseo.

Es larga la tradición entre nosotros de la novela cuyo fondo argumental es la política. Véase una lista parcial: Los bandidos de Río Frío, toda la narrativa de la Revolución Mexicana, Martín Luis Guzmán, José Revueltas, el Fuentes de La muerte de Artemio Cruz, el Ibargüengoitia de Los relámpagos de agosto y, también, Luis Spota que ansió infundirle aire de tragedia griega a la colección de rumores sexenales. De ellos, seguramente el más presente en Aguilar Camín es el Guzmán de La sombra del caudillo. Allí la vida privada puntúa la vida pública y en el vértigo de los acontecimientos se fija y se desdibuja la moralidad de los personajes, que oscilan entre la Historia (la fijación en el presente del juicio del futuro) y el presente (donde la Historia sólo tiene cabida como bandada de malos augurios). Pero en Guzmán -«la política mexicana sólo conjuga un verbo: madrugar»-, la épica se reproduce con la furia de la nueva mitología de la revolución: héroes, batallas, indiferencia ante el pelotón de fusilamiento, masas que recuperan su anonimato a la luz de la sucesión de fotos que las encumbran. Y en el México de los años setenta y en el sexenio de Echeverría, la única épica disponible, si tal nombre le corresponde, es la del presidencialismo, el culto pararreligioso cuyo eje es la sacralidad del autoritarismo, y que se sustenta en el engaño que es autoengaño, en la publicidad como agente de relaciones públicas del juicio histórico, en la estupidez programada, la corrupción, la represión selectiva, las falsificaciones de la verdad.

-El presidencialismo es una costumbre de nuestra alma- dijo Sala-. Llevamos ese sello de herrar en el corazón, en la sensibilidad. Peor aún: en la espina dorsal.

-¿Dice usted por la propensión a inclinarse? -preguntó Vigil. 

-O inclinar la cerviz, como dicen los clásicos- dijo Sala.

Y esta anti-épica, o esta épica redefinida, se despliega en La guerra de Galio en un paisaje donde se acumulan los actos sexuales, el canje -por razones de status- de la cuba libre por el güisqui, las alucinaciones, las intrigas, las ceremonias retóricas que mal esconden el alud de intereses. Y al fondo, avasallantes, la política y la enfermedad recalcitrante a que da origen: la manía de entender a México como un todo, imprimiéndole racionalidad póstuma a lo que se ha vivido de muy otra manera, desmontando el mecanismo de la Patria para exhibirlo como la fiesta del supliciante o como una simple red de tensiones y pulsiones:

Yo entraría al juego -dijo Galio-. Intentaría el gran gesto de gradualidad periodística y moral, que Octavio Sala nunca entendió. Yo pondría mi talento al servicio de esa absurda y frustrante tarea que es construir la civilización mexicana. Hay que hacerla paso a paso, aun al precio de nuestras convicciones y nuestras vidas.

La guerra de Galio es un libro en torno a tres instancias: la civilización que las ideas apuntalan; el poder que todo lo hace añicos sobre la marcha y es burdo porque no quiere pasar inadvertido; el amor que es desvarío y fusión indesligable del sexo y el cariño. Y la zona de encuentro es la literatura, equidistante siempre del progreso y el desastre.