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A muchos sólo les conocí las nucas y la voz. A todos, en principio, les temí. No hay más que tenerle mala voluntad a un lugar para que del fondo de su inercia surjan sus peores representantes. Y yo, como lo iban diciendo mis modos, sentía por esa isla burbujeante y atrabiliaria un temor que no entendía razones. Por eso me tocaban siempre los taxistas más groseros y desquiciados que Manhattan tiene a bien albergar. La primera vez que el flamante profesor universitario y yo, acompañados por cuatro viajeros profesionales y encaminadores, visitamos Nueva York con miras a buscar un lugar dónde vivir tres meses, el taxista que nos llevó del aeropuerto Kennedy al hotel de la ensalada famosa estuvo a punto de matarnos tantas veces que cuando al fin nos bajamos a las festivas luces del estacionamiento empecé a llorar como si fueran a operame de la matriz.

Los días y la reiteración me acostumbraron a viajar mordiéndome los labios y asida a los asientos de aquellos carros de montaña rusa cuyos pilotos manejaban como demonios mientras oían rock pesado o discursos pronunciados por ayatolas, en un idioma incomprensible que suena como los cantos del restorán árabe aún dormido en la calle de Córdoba, en el que tantas veces saciamos nuestro antojo de argumentaciones y jocoque la que esto escribe, el ahora sabio vienés doctor José María Pérez Gay y su amigo del alma por esos tiempos ferviente y jubiloso editorialista.

Huraños y temibles me parecieron todos los taxistas con los que tuve algo que ver en aquel viaje.

Sin embargo aquel viaje no fue de muchos taxis, fue más de pies hinchados y ardorosas caminatas por calles calientes y sucias. Nueva York exhibe su basura con tal impudicia que se vuelve reconciliador caminar entre las gigantescas bolsas negras abandonadas en las esquinas, en las medias calles y donde sea, como si todos hubieran aceptado ya que son las inevitables compañeras de la claridad y la limpieza que desola los edificios. Todo es tan alto y tan brillante que a nadie le preocupa si tiene mugre en los zapatos. El suelo y las banquetas son un accidente, lo que importa está arriba del piso quince. Por eso las bolsas de basura, con sus agujeros y sus deformaciones, no son el lado oscuro, sino la risa de esta ciudad. Apesta, luego llora, llora luego debe saber cómo reírse. Lo que no hablan sus habitantes lo dice el caos de bolsas creciendo inexorable por las noches, evocando desde su negrura el lado versátil y cálido que hay tras el uniforme resplandor de los aparadores, la pulida abundancia, el exceso y la abrumadora colección de manías que alberga la imaginación de sus tiendas.

El segundo viaje de este año sí hubo taxis. Antes de mudarnos cerca de la universidad de Columbia fuimos acogidos por una pareja de italianos que anhela volver a México. El tiene un trabajo muy importante y alberga sus preocupaciones y sus ratos libres en una computadora sabihonda y un aparato de sonido en el que Mozart da conciertos algunas noches y en el que se presentan cada día las mejores cantantes del mundo. Por si algo le faltara a ese despacho hay una televisión capaz de poner por escrito, sobre la imagen, las palabras. El aparato se inventó para los sordomudos, pero los trastabillantes encontramos ahí la certidumbre de que no se nos va una en inglés.

Ella fue bailarina cuando tenía veinte años y parece no saberlo, pero sigue bailando. Aún extiende los brazos y hace piruetas con la sonrisa puesta, mejor aún que a los veinte años.

Ellos han hecho con cuidado el esfuerzo de acercarse a esta ciudad escandalosa y hostil a primera vista, y no se guardan uno solo de los secretos que le saben. Por eso nos regalan la lista de los mejores restoranes y acompañan nuestra gula por los menús más deliciosos. A ellos Abel Quezada los llevó por primera vez al Gino, un restaurant italiano por cuyo menú podría pasearme el resto de mi vida, y ellos nos llevaron al Gino y a los chinos, al mejor salmón, a las ostras más chicas y a las más grandes. Con ellos fuimos a oír a Woody Allen tocando jazz, ávido y frágil como un colibrí, y con ellos caminamos por la papelería más febril del planeta. El dios que cuida la vida de los taxistas cuide de ellos, porque se lo merecen.

Como son generosos merecen una larga vida y el dios de los taxistas se especializa en prolongar existencias. Hay que viajar con ellos para saber que sólo protegidos por un dios todopoderoso y amable al que ni siquiera se toman la molestia de bendecir, cuida que no se mueran cinco veces al día como debían morirse si la lógica tuviera consecuencias lógicas.

Entre la casa de la 70 East y la 119 West los infames taxistas me hicieron volver a creer en el infierno. Sus nucas y sus cabezas despeinadas sobrevivieron a mis ganas de clavarles una navaja que me vengara.

Por desgracia para Manhattan que se hubiera librado de algunos vándalos y por suerte para mí, que ahora escribiría desde una cárcel gringa, tengo los instintos asesinos tan reprimidos por las varias escuelas y catecismos de mi vida que no me atreví ni a comprar la navaja.

Sin embargo un taxista recién llegado de Israel, que hablaba un buen inglés y odiaba la literatura rusa, antes de entrar en pláticas creyó que el palillo de dientes con el que mi mano jugueteaba cerca de él era un instrumento feroz. Empezábamos una conversación cuando apretó mis dedos con su puño y me miró como si fuera yo palestina.

-¿Qué trae aquí?- dijo con una voz de metal y odio. Abrí la mano y le mostré el palillo. Se avergonzó tanto que tras respirar me dijo conciliador». I thought that I was going to be killed by a pretty woman».

Qué más quisiera éste, pensé segura de que la única pretty woman del planeta es Julia Roberts, a quien el día anterior habíamos visto caminando por Madison Avenue despintada, despeinada, con unos pantalones de mezclilla tres tallas mayores y unos anteojos pequeños y oscuros como los de Venustiano Carranza con los que de todos modos seguía siendo divina.

El departamento del profesor está en un edificio llamado Buttler House. Es viejo, lo que no significa antiguo, pero está cerca de la universidad de Columbia y según todo parece indicar, el profesor, a pesar de lo que yo opine, no es original cuando pretende encontrar un departamento por el rumbo. Todos están ocupados y es muy difícil dar con quien rente algo por sólo tres meses. Así que él acepto este lugar contra el que yo, convertida en bruja, proferí toda suerte de maldiciones. Estuvimos a verlo en nuestro viaje de exploración y la segunda vez era un hecho irrefutable. Ahí quería vivir el profesor.

El departamento es pequeño pero tampoco se necesita más, tiene una cocina más chica que un clóset, pero al profesor nunca le ha dado por cocinar. La primera vez que entramos todo olía intensamente a pintura pero no había papel tapiz, lo que le concedía a ese lugar una superioridad, yo diría que moral, respecto del que vimos la primera vez. No pareció difícil volverlo un lugar cálido y memorable. El único problema fue que para llenarlo de cosas, para poner entre sus paredes una billonésima parte de lo que esa mañana sacaron a la venta en Nueva York, hubo que hacer muchos viajes en taxi. 

Un viaje al Museo Metropolitano lo hicimos con Claudio Calvahlo. Era un muchacho brasileño que llegó a Nueva York como turista y se quedó a trabajar en un taxi. Oía samba en su radio y conversaba en un inglés que amablemente iba salpicando con el español aprendido entre los muchos latinoamericanos que frecuenta. Manejaba al ritmo de su música y nos contó de la pena que siente por los latinos que no hablan inglés, cobran medios salarios y viven encimados y exhaustos. A él -dijo- no le va mal. La verdad es que se veía contento. Hasta empezaron a gustarme los taxistas.

De regreso, Irshad Ahmed moreno y taciturno se metió al Bronx como si ahí hubiera nacido, y de una calle a otra saltamos de la taciturna paz dominical del rico East neoyorkino, a una serie de callejuelas sórdidas y pintarrajeadas en las que la gente camina de prisa y las bandas de adolescentes miran furibundas y feas el paso irregular y amedrentado de un extraño. Irshad no habla inglés, no sabe dónde queda la 119 y hubo que ayudarlo a salir de ahí con una habilidad de orientación que el profesor heredó de algún antepasado que viajó con Colón y que nos salvó de caer en el cogollo de las nueve de la noche a medio Bronx.

Como Irshad Ahmed, Aktaruz Zamaán y otros dueños de nombres y gestos temerarios, llegan a Nueva York, miran un mapa, quién sabe qué loco les da una licencia temporal y entran a recoger desafortunados.

En el siguiente viaje sabré reconocerlos y les huiré.

«They are all money mad» dijo John Phair, un irlandés que sin haberse bebido nada a las once de la mañana tenía un rostro colorado y dichoso, un extraordinario sentido del humor y una voz rápida con la que describió eufórico y filósofo el ir y venir de su vida en la ciudad que lo recibió hace catorce años. Es un turista culto, ha estado varias veces en México, pero recuerda con delicia las ruinas mayas y las iglesias oaxaqueñas. Nos ayudó a cargar la enorme caja blanca en que llevábamos ese pase a la gloria que el profesor ha colocado en su televisión. Luego se fue con su certeza de que nunca volverá a la frívola California y de que Tolstoi es el mejor escritor que ha dado la historia de la literatura universal.

Haroon Abdullah tiene unos enormes bigotes retorcidos, es hosco y solemne, nos levantó sin dejar de murmurar un rezo y arrancó su automóvil como si fuera lancha. Uno rebota y salta ahí dentro igual que cuando sobre el mar golpea el aire y las lanchas de motor navegan contracorriente, sólo que el paisaje no es azul y los semáforos hacen que la lancha de Haroon respingue en cada esquina como un toro salvaje. Pero me lleva de compras, ese arte religioso que es ir de compras en el puerto más grande del mundo, ahí donde los sueños existen como posibles adquisiciones y saltan de los aparadores codiciables y majestuosos.

Volví a la 119 llena de bolsas y bolsas en el auto que conducía Clarence Gardiner, un hombre tan ceremonioso y amable que parecía mayordomo. Por la cabina de su taxi sonaba Mahler como un conjuro, y regidos por esa música tuvimos una conversación irrepetible como difícil es tararear al buen Mahler. Clarence Gardiner era todo lo contrario de un típico taxista neoyorkino, conocerlo fue como dar con la llave que alguien puso sobre la mesa de Alicia para dejarla entrar a un mundo carente de prototipos, impredecible, complejo y extraordinario. Un mundo por el que vale la pena desafiar al miedo para dejarse caer por el túnel hasta la inacabable serie de sorpresas que nos depara.

Con el tiempo el pequeño estudio del profesor se ha ido haciendo un lugar cálido y lleno de historias, fotos, reproducciones de algunas pinturas impresionistas, colchas de colores, toallas gordas y un tiradero de libros, lápices y cuadros sinópticos. Con el tiempo la caja de sobresaltos y audacias que es Manhattan transforma el miedo en una curiosidad insaciable. Y uno descubre de todo, hasta el milagro cotidiano de saber que con sólo marcar el 662-02-66 hace salir por el auricular del teléfono una voz trozadita que dice en español de Puerto Rico: «Radio Taxi Doble A para servirle. ¿A dónde es que desea ir señora?»