Taxi inner

A muchos sólo les conocí las nucas y la voz. A todos, en principio, les temí. No hay más que tenerle mala voluntad a un lugar para que del fondo de su inercia surjan sus peores representantes. Y yo, como lo iban diciendo mis modos, sentía por esa isla burbujeante y atrabiliaria un temor que no entendía razones. Por eso me tocaban siempre los taxistas más groseros y desquiciados que Manhattan tiene a bien albergar. La primera vez que el flamante profesor universitario y yo, acompañados por cuatro viajeros profesionales y encaminadores, visitamos Nueva York con miras a buscar un lugar dónde vivir tres meses, el taxista que nos llevó del aeropuerto Kennedy al hotel de la ensalada famosa estuvo a punto de matarnos tantas veces que cuando al fin nos bajamos a las festivas luces del estacionamiento empecé a llorar como si fueran a operame de la matriz.

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Publicado en: 1991 Noviembre