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Cuando el genial cómico José Candelario Trespatines salió de Cuba hace cuarenta años a principios de 1962, atrás dejaba un mundo en derrumbe para no volver jamás. Desde octubre de 1960 el nuevo gobierno de los barbudos había incautado CMQ, Radio Reloj, CMBF y el Canal 6 de televisión, estandartes del imperio de las comunicaciones del legendario Goar Mestre. Por los pasillos del Radiocentro se mezclaban bailarinas y coristas de postín con los jóvenes militares de uniforme verde olivo que empezaban a surgir como los nuevos astros del espectáculo.

Ilustración: Kathia Recio

El país no estaba para fiestas de cabaret y de casino y menos para humoradas pintorescas, por lo que gente como Trespatines que habían venido prosperando ante regocijados públicos en los teatros populares y frente a los receptores de radio y televisión, tuvieron que sumirse en la oscuridad o emigrar. Otros, como Rosita Fornés y muchos músicos, se quedaron.

Lo que se imponía entonces era difundir los juicios públicos a los esbirros de la tiranía y las prolongadas sesiones de discursos revolucionarios que comenzaron a tomar el lugar de las radionovelas, como aquélla famosa El derecho de nacer del santiaguero Félix B. Caignet. No más programas como el de La Corte Suprema del Arte; ni la hora de Clavelito, inventor de la radio interactiva —mucho antes del desarrollo de internet—; ni tampoco viviendas obsequiadas por el Jabón Candado; ni las promociones publicitarias de la Casa Crusellas. Todo eso terminó bajo la prisa por construir una nueva sociedad de guajiros y jóvenes barbados.

Leopoldo Fernández Salgado —que tal era el nombre del comediante— para entonces había colocado en el gusto popular dos personajes: Pototo, que hacía pareja con Filomeno y que alcanzó fama en la televisión, y José Candelario Trespatines, figura central de La Tremenda Corte, que se difunde todavía hoy todos los días, por alguna radio de habla hispana desde 1947. Cumple, por tanto, 55 años de vigencia.

Ilustra Orlando Manrufo, ingeniero industrial en receso y famoso humorista que actualmente hace al personaje Mariconchi en La Habana:

La Tremenda Corte tenía un formato muy sencillo. Al igual que en un juicio, comparecían ante el juez los ofendidos, casi siempre el gallego Rudecindo y Luz María Nananina, y durante veinte minutos se iba desarrollando la acusación y la exposición de hechos. Trespatines —el indiciado— iba respondiendo con argumentos llenos de ingenio, recursos lingüísticos e imaginación, que ponían en duda las aseveraciones de sus acusadores. Finalmente, establecida la verdad, el juez lo interrogaba sobre los motivos que llevaron al comediante a la comisión de los delitos y éste se escudaba en una supuesta segunda interpretación de las palabras o en la anfibología de las mismas, interpretadas con toda maña y malicia.

Invariablemente, la sentencia era que se pasara unos días en el Castillo del Príncipe —la prisión de entonces—, además de unos cuantos pesos de multa.

He aquí un fragmento del guion. Trespatines ha sido acusado del robo de una lámpara del establecimiento de Rudecindo y en el proceso se da el diálogo que sigue entre el pícaro y el juez:

Trespatines: Yo no tengo la culpa de que esa lámpara se haiga extraviado.

Juez: Haiga no, haya.

T.: ¿No es haiga con ge?

J.: No, señor. Es haya con i griega.

T.: ¿Con i griega? ¿Y tú pa qué tienes que meter en esto letras extranjeras?

J.: La i griega no es una letra extranjera, Trespatines.

T.: ¿No dices que es griega?

J.: Sí.

T.: ¿Y qué pasó? ¿La hicieron ciudadana cubana?

J.: Mire, Trespatines, si no conoce las letras vaya a la escuela.

T.: Yo no tengo la culpa que esa lámpara se haiga extraviado.

J: Con i griega, Trespatines.

T: Ah, sí, yo no tengo la culpa de que esa lámpara se haiga extraviado con i griega.

J.: Diez pesos de multa.

T.: ¿Y eso por qué, chico?

J.: Por bruto.

T.: Está bien. Si es así, está bien, chico.

Durante tres décadas —de 1960 a 1990— José Candelario Trespatines fue el cómico más famoso entre las radioaudiencias de Latinoamérica, pero era prácticamente desconocido en su tierra natal. Desde hace unos meses la televisión habanera repuso algunos de los libretos de La Tremenda Corte de Castor Vispo, que se popularizaron en la estación CMQ desde 1947.

“El Trespatines que pasan en Cuba es una copia, un clon, una falsificación, que en nada se parece al original. Es como si nos pusieran a un imitador de Cantinflas o de Tintán. Nadie podría legitimarlo como el original”, señala el cubanólogo Gerardo Tena que pasó cuatro años como corresponsal de AFP en La Habana. Y es que como Radio Martí se apropió de la serie radiofónica, en la isla se ha tenido que acudir a la reposición con otros actores para no dejar al personaje como patrimonio exclusivo del exilio.

Leopoldo Fernández Salgado había nacido en Jagüey Grande de la provincia de Matanzas, el 26 de diciembre de 1902, y fue registrado en Güines. Temprano emigró a La Habana —entonces, como ahora, monopolizadora de todas las ventajas de una ciudad grande—, en donde trabajó como telegrafista y tabaquero. Su gracia natural y su espíritu lúdico lo acercaron al mundo de los espectáculos.

El actor antillano fue el estandarte de una comicidad cubanísima con profundo y prolongado arraigo en el continente americano, según valoración de su sobrino Octavio Rodríguez Fernández, Churrisco.

Tuvo otros hermanos: Leopoldina (Nina), Ofelia (Tita), Joseíto o Dagoberto (Tatica) y Aleida (Hueso), que todavía vive en el reparto de El Vedado, muy cerca del malecón.

Una vez lo operaron de la vesícula y tuvo que abandonar por un mes la temporada de revista y fue sustituido por un actor muy bueno de apellido Rodríguez. Finalmente se recuperó, pero el público no sabía que él iba a reaparecer. “Ese día fue increíble lo que pasó”, dice Churrisco. “Cuando se escuchó el grito de ‘Oye, Nananina’, poco antes de que apareciera, el teatro se puso de pie, creo que fueron más de diez minutos de aplausos y por primera vez en la vida vi que Trespatines se viraba de espaldas y empezaba a llorar”.

Tuvo muchos hijos con diversas mujeres y algunos de ellos tienen habilidades histriónicas; hay quienes se dedican a la actividad escénica: Leonora, Leopoldino, Leonel, Leobaldo, Leonor, Lenia; todos comienzan con L.

Según Churrisco, después de La Tremenda Corte apareció Pototo, personaje diferente a aquél. Trespatines es un delincuente, mañoso y muy listo. “Pototo era el llamado jodedor cubano (el cotorreador, el tipo del cotorreo, el que bromea con la gente) y tenía de Trespatines el hecho de utilizar el retruécano. El juez pasa a ser Filomeno y se crea la dualidad de Pototo y Filomeno en teatro, en televisión y en el cine en películas como Olé, Cuba, y en centros nocturnos como el cabaret Sierra y el cabaret Montmartre. Lo primero que Leopoldo Fernández hizo fue bailar. Participó en una competencia de chárleston con su bastoncito. Él se pintó de negro y añadió algunos elementos de comicidad, de proyección escénica, de expresión corporal que dieran risa. Como pasa en las películas, después lo llamaron para sustituir a un negrito y allí se quedó. Conoció a Mimí Cal, con quien se asoció desde entonces. Luego fue a Venezuela con un señor Tarazona y trabajó allá con Rita Montaner.

José Candelario Trespatines (Leopoldo Fernández), Luz María Nananina (Manuela [Mimí] Cal), el Tremendo Juez (Aníbal de Mar) y Rudecindo Caldeiro y Escobiña (Adolfo Otero) forman parte de la información cultural de los latinos que hemos crecido con alguna radio cerca. Los programas radiofónicos se grabaron en la estación CMQ de La Habana entre 1947 y 1961, de lunes a sábado, y nadie sabe cuántos perviven. Son tantos que cuando los vuelve uno a escuchar siguiendo la secuencia de las emisiones, ya no se acuerda de haberlo hecho antes y dejan siempre el sabor de la primera vez.

El prolífico autor de los libretos fue el español Cástor Vispo. “La Tremenda Corte recoge elementos del teatro vernáculo —bufo— cubano que estuvo muy de moda en los años treinta y cuarenta. En los teatros Alhambra y Martí, los sketches más populares se hacían con base en un gallego, una mulata y un negrito. Entre 1900 y 1940 llegaron a Cuba un millón de inmigrantes europeos; 60 % de ellos eran españoles y de éstos muchos se establecieron en la isla. Además, luego de la guerra de independencia algunos se fueron y luego regresaron, como fue el caso de Ángel Castro, el padre de Fidel Castro”, señala Homero Campa.

El comediante salió de Cuba a bordo de un barco a principios de 1962. Churrisco explica las razones del autoexilio de su tío:

Cuando la etapa inicial de la Revolución, era una época bastante radical: estás o no estás. Y entonces por razones de orden económico mucha gente emigró. Hay quien dice que Trespatines estaba en contra de la Revolución. No es así. La revolución es una categoría política y una categoría histórica. Lo que sucedió en Cuba fue un cambio social, el cambio social implicó cambio económico. Cuando se disminuye el salario por un cambio económico, muchos artistas no estuvieron de acuerdo y se fueron. No estoy justificando la emigración, con Trespatines puedo asegurar que fue por puras razones económicas, porque lo que ganaba entonces no era lo que ganaba antes y emigró.

Hace poco más de cuarenta años, desde la cubierta del barco, tal vez Trespatines alcanzó a ver la entrada de la Rampa en el malecón, la anhelada calle 23, entonces plena de autos convertibles, de vedetes rutilantes bajo el sol o el alumbrado, centro de la bohemia y la frivolidad, con sus cabarets amistosos, sus restaurantes El Mandarín, el Polinesio y el Monsignore, sus íntimos bares musicales, sus vitrinas de charada, los vagos simpáticos, los boliteros con su habano al labio, los hoteles Capri, Vedado y Hilton, El Montmartre, La Roca, El Pico Blanco, El Gato Tuerto, la CMQ y Radio Progreso, territorio de Germán Pinelli, Rita Montaner, Rolando Laserie, tantos otros, y más allá El Club Sierra y Las Vegas para amanecer en la fiesta. Todo aquello perdido en un mundo de fantasmas rescatable ya sólo en el recuerdo.

El comediante cubano Trespatines, tal vez el más sobresaliente del siglo pasado, murió poco antes de cumplir los 83 años de edad en Miami el 11 de noviembre de 1985.

 

Gilberto Calderón Romo