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Estamos atrás del Picacho, atrás de la carretera 10 y sus espectaculares que anuncian abogados especialistas en accidentes o versículos de la Biblia que te invitan a marcar “TRUTH” desde tu teléfono para escuchar el Evangelio. Atrás de los campos agrícolas, de las gasolineras y de las casas prefabricadas. Hemos manejado tantas veces por esa carretera sin adivinar que ahí mismo, justo atrás del campamento temático del Viejo Oeste, habría un santuario casi intacto de sahuaros y palos fierro. Viendo los llanos arrasados donde no nacen más que remolinos —bien llamados “diablos de polvo” en inglés—, es difícil imaginar que en algún tiempo haya habido otra cosa en los alrededores de Phoenix.

Ilustración: Raquel Moreno

Resulta que la zona en la que estamos, justo atrás de la mina, está compuesta por suelo de granito oracular precámbrico. El nombre mismo es augurio de cosas importantes. Es precisamente gracias al granito que abundan aquí los palos fierro (Olneya tesota), el árbol más longevo del desierto y la nodriza de más de setenta especies. Cada palo fierro funda a su alrededor una compleja vecindad de sahuaros, sibiris y palos verdes que germinan bajo su sombra. Me gusta pensar que los oráculos precámbricos algo tienen que ver con las extrañas formas que los sahuaros han tomado en este lugar. No es fácil ignorarlos, aquí los órganos tienen demasiados brazos y parecen haberse congelado en medio de una profecía. Estamos en “tierra pública”, tierra pública de los Estados Unidos de América, y una sucesión de puertas sin candado te permite transitar “libremente”. Venimos con Adriana Carrillo y el grupo S.O.S. Búsqueda y Rescate, a poner una cruz en el lugar donde el 2 de octubre de 2021 encontraron el cuerpo sin vida de José Eliv Vázquez, un joven guatemalteco que, después de atravesar todo México, cruzó la frontera de Estados Unidos con un grupo de nueve muchachos. Sólo seis de ellos sobrevivieron doce días de caminata desde Sásabe hasta el canal de riego de Sun Road. Doce noches avanzando entre cerros desconocidos y plantas ajenas y hostiles.

Uno de los sobrevivientes avisó que habían tenido que dejar atrás a José, vivo todavía, y dio las coordenadas exactas donde se encontraba. Los grupos de búsqueda y rescate enviaron el reporte a las policías y consulados, pero ninguna autoridad acudió al punto. Cuando Adriana Carrillo y su grupo llegaron la primera vez, después de manejar toda la noche desde el sur de California, encontraron que José ya había muerto. Tenía cerca de sí dos celulares sin pila, un galón negro sin agua, y un paquete vacío de frijoles negros La Costeña. José vestía ropa de “civil”, eso quiere decir que, como ya estaba cerca del lugar en el que los iban a recoger, ya se había quitado la ropa de camuflaje con la que los migrantes viajan la mayor parte del trayecto. Ya había sentido la alegría de llegar a su destino.

Una semana después, el grupo de rescate llegó preparado con una cruz de madera con el nombre de José Eliv y una botella de plástico llena de agua bendita. Adriana, una señora de ojos negros y cabello entrecano, supo exactamente qué decir mientras rociaba el agua sobre la mancha que había dejado el cuerpo de José: “Que esta agua te purifique y te lleve hacia los cielos, cerca de tus ancestros. Mama Pacha, recíbelo; Madre Tierra, recíbelo. Que Dios te reciba en su casa, como te lo mereces, pequeño”.

Esa misma noche, Adriana y su grupo manejaron cuatro horas para ir a revisar la zona de la milla 36, en la carretera Sásabe-Three Points, para intentar salvar a otro muchacho guatemalteco que sus compañeros acababan de reportar. No lo pudieron encontrar, no se sabe si logró seguir avanzando o si su cuerpo quedó resguardado bajo algún árbol.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.