Adriana, una señora de ojos negros y cabello entrecano, supo exactamente qué decir mientras rociaba el agua sobre la mancha que había dejado el cuerpo de José: “Que esta agua te purifique y te lleve hacia los cielos, cerca de tus ancestros. Mama Pacha, recíbelo; Madre Tierra, recíbelo. Que Dios te reciba en su casa, como te lo mereces, pequeño”.
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