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Poco después de que se anunciara la retirada de las tropas estadunidenses, la Oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán publicó un último informe titulado: “Lo que tenemos que aprender”. No ahorra críticas a nadie, pero consigue disculpar a todos: sencillamente, hubo errores. Veinte años, 145 000 millones de dólares, 120 páginas de errores, pero en ningún momento dice que la empresa haya sido un fracaso y, desde luego, nunca se dice que haya sido una derrota.

Ilustración: Estelí Meza

Mucho de lo que dice el informe es una documentada elaboración de lo obvio. Por ejemplo: que no había correspondencia entre los fines declarados, los recursos disponibles y la estrategia concreta, que no había coordinación entre las diferentes dependencias. O que nunca hubo personal, recursos, infraestructura para dar continuidad al esfuerzo estadunidense. Dice que no había en el país gente capacitada para las varias tareas de reconstrucción y de gobierno, de modo que se formaba a funcionarios en masa mediante exposiciones sumarias en Power Point, y se enseñaban técnicas de policía con series de televisión estadunidenses (eso parece una exageración, pero si se lee el conjunto del informe, resulta perfectamente lógico). Dice también que siempre se subestimó el tiempo que tomaría la reconstrucción: los planes prometían lo que hiciera falta, de modo que fueron veinte años de ensayar año con año programas que se suponía que darían resultado casi de inmediato —antes de las siguientes elecciones.

Uno de los problemas, nada inesperado por lo demás, es que nunca estuvo claro el objetivo. En un principio se trataba de eliminar a Al Qaeda, pero después era acabar con el régimen de los Talibán y, después de eso, implantar un régimen democrático, erradicar la producción de drogas; con el tiempo empezó a ser prioritario combatir a los grupos insurgentes y después perseguir y castigar a los funcionarios corruptos. Es decir: con el tiempo resultó que estaban haciendo la guerra a la sociedad afgana.

Esa falta de claridad en cuanto al propósito ha sido una constante en las intervenciones militares de Estados Unidos y de la OTAN después de la Guerra Fría: en los Balcanes, en Siria, en Libia, igual que en Afganistán. No está claro lo que se trata de conseguir, o sea, que no se puede saber qué significaría ganar la guerra. La fraseología de la construcción de la democracia es sólo eso: retórica.

Pero lo más interesante del informe es que señala como una de las dificultades, y una lección que aprender, el hecho de que los responsables de tomar las decisiones no conocían en absoluto el contexto: no sabían nada de la sociedad afgana. Tampoco los encargados de poner en práctica las cosas. Desde luego que nadie hablaba pastún, pero nadie conocía tampoco ni la historia ni las costumbres ni la estructura social, ni siquiera el paisaje. Y prácticamente a ciegas se trató de imponer “modelos tecnocráticos”, dice el informe, que no tenían ningún sentido en Afganistán. Los ejemplos son de una ingenuidad trágica: ideas preconcebidas, inercias burocráticas, pura ignorancia, de modo que con frecuencia las intervenciones terminaban exacerbando los conflictos locales o ayudando inadvertidamente a los insurgentes.

La magnitud del fracaso en Afganistán está fuera de cualquier escala. Pero sucede algo muy parecido en todas las que se han llamado “nuevas guerras”. Tal como se piensa en un Estado mayor, la guerra es un modelo de racionalidad, pero esto es otra cosa, porque enfrente no hay un ejército, un teatro de operaciones delimitado, no hay ni siquiera una guerrilla en el sentido clásico, sino una miríada de grupos criminales, autodefensas, guardias blancas, partes de un sistema de explotación predatorio en el que no hay identidades simples. Esto es hacer la guerra a la sociedad —y ésa no se gana nunca. Nosotros también tenemos que aprenderlo.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo