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Una de las características más notables del periodo entre 2000 y 2018 fue la ausencia de un pleito de adjudicación simbólica. No hubo serios ajustes con la historia de la era del autoritarismo posrevolucionario. Visto a la distancia, el gesto del presidente Fox de darle a su hija un crucifijo fue nada comparado con las incesantes menciones a la divinidad y las virtudes cristianas que hemos visto en años recientes. Los pleitos por los símbolos a menudo son una parte constitutiva del proceso de cambio político. Es algo anómalo que el fin del régimen autoritario mexicano no tenga un símbolo canónico. La transición a la democracia no sólo fue pacífica sino anodina: ocurrió por la aburrida vía electoral. Los héroes nacionales no se tocaron ni tampoco el calendario cívico. No se abusó de la parafernalia hagiográfica de figuras señeras. En ese sentido, tal vez el momento actual es más normal. Si lo que experimentamos es un intento de cambio de régimen, una regresión autoritaria, no es extraño que ese proceso sea acompañado de un programa simbólico.

Ilustración: Belén García Monroy

El campo de batalla es la historia patria. La democracia mexicana no tuvo combates de importancia ahí, a diferencia de lo que ocurrió en las postrimerías de la era priista, cuando ocurrió el último gran pleito a causa de los libros de texto gratuitos durante el sexenio de Carlos Salinas. Ni Fox ni Calderón ni Peña Nieto —ni sus adversarios ideológicos y políticos— encontraron útil el conflicto en esa arena. Es claro que algunos de los opositores habrían querido escenificar una kulturkampf de vastas proporciones, pero las condiciones de la sociedad mexicana en ese momento no se lo permitieron. Debieron esperar su turno. Las reparaciones simbólicas a menudo se convierten en convenientes distractores culturales y políticos. Provocan pasiones: un acto de justicia simbólica puede hacer menos urgente transformar las condiciones materiales. Su potencial no puede exagerarse. Generalmente son rápidas y baratas y tienen la capacidad de apaciguar la mala conciencia, como una especie de Alka-Seltzer para la culpa.

El regreso de las reparaciones simbólicas es una de las muchas regresiones, materiales y culturales, que el país ha experimentado en los últimos tres años. Como querría Marx, hay mucho de farsa en ello. Recurrir a la historia como recurso de la polarización política asume que hay una herida en el alma nacional que todavía supura, ¿para qué arrancar la costra si no es así? Eso, sin embargo, está por verse. Se trata, después de todo, de la misma sociedad que pocos años antes no tenía tiempo para los pleitos del pasado. Por ejemplo, respecto a la exigencia de que España ofrezca disculpas por la Conquista, una encuesta del diario El País encontró que el 62 % de los mexicanos pensaba que el presidente López Obrador estaba haciendo un uso político de ese episodio y un 55 % no consideraba necesaria la disculpa.1 La encuesta halló que “la gran mayoría es consciente de que los problemas hoy en día… son responsabilidad de ellos mismos y no buscan culpables en el pasado”. Sin embargo, una parte de la población es susceptible a la manipulación. Es tentador subirse al carro alegórico de las reparaciones simbólicas. Eso explica que la jefa de Gobierno de Ciudad de México decidiera reemplazar la estatua de Colón del Paseo de la Reforma. El cálculo es que esa acción puede darle réditos políticos. No parece haber salido particularmente bien esa reparación. Hay sin duda momentos en la vida de las naciones cuando un símbolo cataliza un gran debate; un quiebre o una promesa de futuro. Hay otros en los cuales no son más que una inflexión de la farsa política. Éste es uno de ellos. La austeridad simbólica es una virtud democrática.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos


1Un 62% de los mexicanos creen que López Obrador utiliza la conquista para hacer política”.