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El siglo XXI se ha inaugurado con una nueva versión del liderazgo autoritario. Apareció en Europa, inesperadamente; llegó de la mano de fórmulas populistas que se presentan como la defensa contra algún tipo de amenaza —de los poderosos contra los débiles, de los extranjeros contra los nacionales, de las personas de color contra los descoloridos blancos— que victimiza a quienes se convencen de que su única defensa real es el nuevo líder autoritario.

Ilustración: Izak Peón

Estos liderazgos son muy diversos, pero tienen algunos rasgos en común. Su linaje sigue muy de cerca la historia de la democracia y de los regímenes coloniales de los siglos XIX y XX, pero es distinto de los autoritarismos del pasado porque llegaron al poder por la vía de las urnas. Fueron elegidos según las reglas de la democracia, por consiguiente, tienen una legitimidad irreprochable y se refieren repetidamente a los millones de votos que los llevaron al poder para justificar decisiones que sólo consultan consigo mismos.

El punto de partida de los nuevos líderes autoritarios no es la crítica de la democracia. Sus denuncias apuntan a la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos y a la corrupción de los poderosos, pero no acusan sólo a los millonarios. En los nuevos autoritarismos entran a la categoría de poderosos las élites culturales e intelectuales cuyo único capital es de índole moral. Los autoritarios del siglo XXI no tratan de convertir a esas élites a su propio credo, más bien hacen de ellas el blanco de ataques que buscan desprestigiarlos para despojarlos de la autoridad moral que es su capital. Lo hacen, primero, porque en su mundo son dueños de ese monopolio, que sólo ellos pueden ejercer; y, segundo, porque esas élites los desafían, los critican, visibilizan sus flaquezas, exhiben sus errores, ponen en cuestión el culto a la personalidad que concienzudamente los autoritarios han construido en torno a sí mismos. El principal pecado de los cientificos, de los artistas, de los pensadores o, simplemente, de los profesores universitarios es que sacuden y llegan incluso a perforar la armadura narcisista con que el líder se mantiene a distancia de todos los demás.

Donald Trump, Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Jair Bolsonaro, Bachar al-Assad, Narendra Modi, el burundés Pierre Nkurunziza, el filipino Rodrigo Duterte tienen en común un discurso catastrofista que no promete utopías, que justifica el desmantelamiento relativamente gradual de las instituciones democráticas, mientras exalta las presuntas virtudes personales del líder y, con ellas, pretenden halagar a sus seguidores, porque si el líder es puro, ellos también lo serán.

El líder autoritario del siglo XXI más representativo de estas novedades es el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, que ha definido a su propio gobierno como iliberal. Loque en este caso significa que ha excluido a los liberales del poder. En cambio ha sabido tejer una amplia red clientelar que debería darle la victoria en la elección presidencial de 2022.

Orbán es el líder de una extrema derecha internacional; a él han acudido los líderes de partidos afines, desde Donald Trump hasta Jair Bolsonaro. El brasileño ha recibido la estafeta de Orbán para seguir adelante en su ofensiva ultranacionalista, antisemita, anti-Soros, contra las feministas, contra la comunidad LGBT. Al mismo tiempo que promueven su imagen y su obra como excepcionales. Dicen que su influencia seguirá aumentando. Ya se verá.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

 

Un comentario en “Los nuevos autoritarios

  1. Si los liberales caen en corrupción e ignorancia de las mayorías, seguro aumentará el nefasto populismo.