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por Alejandro Montoya

Esta entrevista apareció en la revista Economía informa. núm. 196. Julio de 1991 

¿Cuál es tu apreciación sobre la agenda de negociaciones del Tratado de libre Comercio, ahora que se han iniciado formalmente?

Me parece que lo que se abre no es ya la posibilidad, sino la necesidad imperiosa de una apertura adicional, la apertura de México respecto de si mismo. Lo que se abre es un conocimiento que tiene que ser urgente, una especie de curso intensivo sobre nuestras capacidades reales para competir en el exterior y con el exterior, es decir, para exportar y asimilar la influencia extranjera, y para compartir con ella mercados y desarrollos tecnológicos.

Desafortunadamente en eso estamos todavía con asignaturas pendientes muy abultadas; parece cierto que los sectores económicos hicieron su investigación, su autoevaluación, pero no la conocemos, y hay dudas de que haya habido un comportamiento homogéneo en esta materia. Incluso, algunos importantes capitanes de empresa han dicho que en un alto porcentaje no se pasó del nivel monográfico, y que no hay un aliento y una visión estratégica de largo plazo. Sin ésta, difícilmente se puede decir que vamos a aprovechar las oportunidades hipotéticas que un mayor mercado, y sobre todo un mercado más seguro como es lo que en principio ofrece un tratado de libre comercio, nos está abriendo.

Si no hay una visión de largo plazo en la empresa, en los organismos dirigentes de la misma y en el gobierno, entonces vamos a llegar a cabo una negociación demasiado puntual, quizá demasiado inmediatista, que así como puede traernos ganancias que haya que celebrar, traiga también ocultas -no en el sentido de que haya quien las oculte, sino que no las veamos- perspectivas ominosas.

En ese sentido, ¿qué sería lo deseable? ¿Conocer esos diagnósticos de los empresarios?

Lo deseable sería que esos diagnósticos se procesen, que los sectores económicos, el gobierno y los órganos representativos- particularmente el Congreso de la Unión- se aboquen a organizar la negociación con esta perspectiva, con una perspectiva de largo plazo, lo que supone, me parece, una deliberación muy amplia, pero también muy rigurosa; porque hasta ahora lo que ha habido son demandas de información y de amplitud, pero la verdad es que esas demandas generalmente van acompañadas de muy poco rigor y se pide información de una manera muy ingenua, que es difícilmente creíble porque quienes la piden son políticos, economistas, opositores, que se supone deben hacer su tarea. El país debe hacer su tarea. Debemos suponer que la ha hecho en parte, porque está hecho ese estudio, porque hay grupos de investigación que han hecho ciertas proyecciones y estimaciones globales y sectoriales, pero la verdad es que se trata todavía de un conocimiento que no se comparte que no se ha asumido como un conocimiento nacional que fuera el punto de partida de una tarea unificada, como es la que creo se requiere y que se puede propiciar a partir de la idea de libre comercio.

Bien, pero ha sido responsabilidad de este organismo creado ad hoc, la COECE, y de la oficina de negociación del Tratado el concentrar la capacidad analítica de los sectores económicos. ¿Qué esperar de eso? ¿Es suficiente?

Se supone que para eso se formaron diversas instancias: hay una comisión intersecretarial, hay una jefatura de negociaciones, hay un comité asesor del gobierno y existe la COECE. No soy experto y no puedo decir si es suficiente, pero partamos de la hipótesis de que lo es. Tenemos que saber si ese conocimiento que ha producido es o no suficiente. Claro, hay que conocerlo y pasar a otro plano de deliberación y discusión que ya no siga siendo eso de que no estamos informados, o de que no sabemos qué nos va a pasar -como si fuéramos niños-; sí sabemos, cualquier gente medianamente estudiosa sabe en principio lo que puede pasar en una aventura de esta naturaleza.

Lo que tenemos que precisar es cuales son nuestras capacidades actuales y de ahí derivar conclusiones en materia de programas específicos, fomento especifico, planes de emergencia, etcétera. El caso más claro es el de la agricultura. Sobre ella se tejen mil y un mitos y fantasmas; se dice que la agricultura quedará devastada si se abre, pero nadie sustenta eso realmente con rigor, y más bien las cifras indican que estamos en una perspectiva más bien de pérdidas y ganancias relativamente distribuidas, que puede haber una complementación.

El gran problema, me parece, es el de la pobreza de los productores rurales, y más bien el de la pobreza de los habitantes del medio rural, pues muchos de ellos no son productores. Creo que tendríamos que abordar la cuestión de esa manera: ir separando con claridad dónde estamos hablando de capacidades productivas, de potencialidades productivas, de capacidad de competencia, y dónde estamos hablando de un problema social de grandes magnitudes. Y no confundir una cosa con la otra, porque entonces la discusión se va a entorpecer mucho; va a reaparecer una legión de redentores del campesinado genéricos y no específicos que, creo, es lo que se requiere.

Si los campesinos son ante todo productores de granos básicos, maíz principalmente, es preocupante, sin embargo, la opinión incluso de analistas norteamericanos de que México no tiene ventaja competitiva al respecto; la tiene en cuanto a una red extensa de comercialización que ha estado más bien en manos institucionales, con Conasupo, etc., difícilmente sustituible. Pero si es un sector delicado, ¿qué esperar de la negociación al respecto?

Espero que, sobre todo en cuanto a maíz, por sus complejidades más sociales que productivas, México planteará un tratamiento especial que implique periodos largos de ajuste de la producción de maíz. Me parece que esto es claro y ojalá que sea así. Esto nos plantea un problema adicional: que sí tenemos que entrar a pensar seriamente el ajuste de la producción de maíz, una política específica y decisiones claras de largo plazo. No confundir a los productores deficitarios de maíz con aquellos que producen sólo para autoconsumo (a los que ni les va ni les viene el libre comercio, porque el maicero de Iowa no va a llegar Ahí, ni le interesa; ellos no serían dañados, entonces no hagamos demagogia con ellos. Ahí el problema es otro, es el que tiene que ver con su nivel de vida). No confundir a estos con los productores superavitarios de maíz, los que venden en el mercado, y que en cierta parte se verían afectados por una apertura drástica.

Siguiendo la referencia a los sectores, parece que lo crucial en la negociación nene que ver con aquello que implicará restructuraciones productivas, tecnológicas; esto es, la negociación en cuanto a reglas de origen, tratamiento nacional, barreras no arancelarias, etcétera; con ella se está definiendo el perfil futuro del aparato productivo del país. ¿Qué opinas al respecto?

Para la negociación eso implica tener una idea clara de qué tipo de perfil industrial se busca, a partir, sin embargo, de un contexto de enormes dificultades que es precisamente el del libre comercio. Tenemos ahí un desafío: vincular y tratar de hacer coherente la noción de política industrial como algo que es necesario para desarrollar productos, sectores e incluso regiones, con la perspectiva de un comercio internacional cada vez más abierto e integrado a las corrientes mundiales. No tengo la solución, lo que sí me parece claro es que hay que poner los pies en la tierra en algunas cuestiones básicas: desde luego, ciencia y tecnología; averiguar cuál es realmente nuestra capacidad de asimilación e innovación tecnológica y, a partir de ahí, quizá definir unos cuantos sectores o tipos de actividad; debemos hacer explícito que los queremos tener y que, consecuentemente, los vamos a impulsar y apoyar.

Esto supone, entre otras cosas, ver con toda claridad que el problema de las reglas de origen no puede ser definido en forma genérica, sino que tiene que ser definido prácticamente, negociando caso por caso y en función de las expectativas que nosotros y cada país tenga.

¿No resulta insuficiente lo que se ha hecho y dejado de hacer en materia de política industrial; aquello en lo que ha insistido José Casar, en términos de que lo realizado en la materia es más la derivación de lo que se hace en comercio exterior, que a partir de un activismo en materia de financiamiento, fomento, etcétera?

Estamos viviendo dos «crudas» que se engarzan: la «cruda» del activismo desbordado y la del dogmatismo antiactivista tan concentrado que se dio en el gobierno anterior. Volver a pensar, y sobre todo pensar en nuevas maneras de intervención directa gubernamental no ha sido fácil; por más que uno diga que se puede innovar en materia institucional, ahí se quedan las propuestas. Cuando uno ve las propuestas de quienes insisten en la intervención directa del Estado lo que encuentra Siempre es una intervención como la que ya conocemos. Me parece que habría que reeditar y retomar el tema de la banca de desarrollo; por la vía de Nafinsa, por ejemplo, se puede llevar a cabo una política industrial de corte distinto, que no implique proteccionismo y que logre separar proteccionismo de fomento. Darle una nueva connotación a esta idea de fomento, que en nuestro caso Siempre estuvo muy vinculado al proteccionismo -hasta casi hacerlo lo mismo.

Si logramos encontrar nuevas maneras de fomento -lo que tiene implicaciones institucionales múltiples-, me parece que encontraremos una veta interesante para desarrollar una política industrial que no traiga escondida la petición de principio de que «en d momento en que no nos salga protegemos o hacemos que el Estado intervengan; esa era la petición de principio de la anterior política: «bueno, si falla, levantamos la frontera y metemos controles directos a la importación y el Estado apoya». Eso no es congruente con la nueva situación internacional y particularmente con la estrategia en la que México está embarcado.

La idea de fomento tiene que pensarse de otra manera, creo que en general el crédito y el sistema financiero. Nafinsa (que vaya que soporta, porque ha soportado vendavales impresionantes) podría convertirse en punto de apoyo para una nueva noción de política industrial, por llamarle de alguna manera, aunque quisiera ser cauteloso al respecto, pues todavía tenemos que hacer muchas precisiones en la materia.

El exceso quizá se ha dado más en ¿esa política industrial que se convertía, se fundía en una política comercial proteccionista; pero ha sido insuficiente en materia de fomento, por ejemplo, en bienes de capital.

Se ha sido totalmente insuficiente en cuanto a fomento, pero precisamente porque se confundió con el proteccionismo y con el paternalismo estatal. Ahora tiene que pensarse el fomento de otra manera, dadas las condiciones de apertura; planes como aquel de Nafinsa ONUDI tendrían que ser revisados sustancialmente, pues partían de un supuesto proteccionista.

Pero me parece que, por ejemplo, aprovechar la capacidad de compra del Estado y ponerla en litigio con los otros Estados para fines de desarrollo de cierto tipo de industrias de bienes de capital, no debe desecharse; si eso se desecha estaríamos regalándolo, pues incluso Estados Unidos tiene previsiones en esta materia y hay incluso leyes estatales en ese país que promueven y estimulan la compra de productos texanos, californianos, de Luisiana, etcétera. Hay que estudiar bien esos mecanismos y por lo menos no quedarnos atrás de ellos. Me parece que hay mucho campo que explorar en materia de política industrial, repito, si perfilamos más claramente la noción de fomento.

Lo que sí está muy claro es que no hay fomento que opere, que tenga sentido, si no hay una base de fuerza de trabajo educada, capacitada, de todos los niveles que en nuestro tiempo implica sobre todo una enorme flexibilidad y capacidad de adaptación, de trabajo colectivo, esa es una cuestión; y lo otro es la infraestructura, particularmente en comunicaciones. Sin eso el fomento pierde sentido.

¿Que implicaciones tiene esto que refieres a propósito de la capacitación laboral, en cuanto a las maquiladoras y al sindicalismo con que hoy contamos? Se discute el grado de capacitación mínimo que resulta del trabajo en las maquiladoras.

Habría que ver maquiladora por maquiladora; como lo prueba el hecho de que muchos trabajadores van a la maquila y dan el salto para luego trabajar en empresas parecidas, o incluso de nivel tecnológico más sofisticado, si hay una capacitación. Es exagerado -de nuevo por un tratamiento demasiado genérico de la maquilla- referir los no efectos en materia de capacitación, pero creo que se puede avanzar mucho y eso si dependerá de políticas específicas, de negociaciones concretas en esta materia. Y no sólo con la maquiladora sino con toda la inversión extranjera; creo que es fundamental plantearse como propósito que la inversión extranjera capacite gente, les permita entender, ser capaces de producir, de innovar los procesos en los cuales están involucrados.

Con respecto a los sindicatos, poco puedo decirte. Son un cascarón lamentable, no se han planteado en serio el nuevo entorno económico -con algunas excepciones: Hernández Juárez, los pilotos aviadores, qué sé yo, quizás algunas vertientes del Frente Auténtico del Trabajo-, pero han pensado en nuevas maneras de organizar el trabajo productivo.

La flexibilidad supone que no puede haber estas enormes cargas explícitas en los contratos de trabajo que impiden reorganizaciones mas o menos rápidas del proceso productivo y del trabajo dentro de él. Me parece que eso es ya insoslayable e ineluctable; si no se asume así la flexibilidad entonces no hay flexibilidad que valga. Allí hay una agenda prácticamente no caminada para el movimiento obrero; lo que sería, sin embargo, el colmo del pesimismo es que el primer punto en la agenda del llamado movimiento obrero organizado es organizarse, como lo dijo recientemente Francisco Hernández Juárez: no sabe ese movimiento cuánta gente está organizada, ni cuántos sindicatos son realmente sindicatos que funcionan. Por ahí debemos empezar.

La lógica corporativa ha sido en buena medida una ilusión, lo que ha habido es una lógica gremialista de múltiples y pequeños sindicatos, organizados en torno a cacicazgos y junto a ellos unos cuantos grandes sindicatos vinculados a empresas estatales y se acabó. No hay, o no operan como tales, sindicatos nacionales de industria. Ahí hay un serio problema de representación social, de representatividad y de capacidad de elaboración.

Y eso si es lamentable, no sólo para los trabajadores sino para el país, porque eso es una bomba de tiempo, así como esto puede seguir gracias a las virtudes del mercado porque creo que eso es lo que ha operado más que la capacidad de Fidel Velázquez para domesticar a sus huestes; lo que ha operado son unas huestes desorganizadas que negocian con sus patrones, y de las circunstancias depende lo que pierdan o ganen. Y eso es un mundo premoderno, el mundo del trabajo mexicano. Eso puede dar lugar, en efecto, a una fácil administración salarial como la que hemos tenido hasta la fecha, consistente con los planes de estabilización y, desde luego, con las ganancias del capital. Pero también podemos tener un escenario de sindicalización salvaje, de guerra sindical empresa por empresa, tipo inglés, que impida que el movimiento obrero organizado funcione como una fuerza modernizadora y democratizadora de la sociedad.

Me parece que estamos ante esas dos perspectivas; eso parece tierra de nadie. Y eso va a tener que abordarse pronto, porque el debate en torno al Artículo 123 constitucional y en torno a la Ley Federal del Trabajo es un debate que debate se quedó escondido en un rincón, pero el hecho es que hay propuestas, presiones, exigencias del lado patronal que permiten pensar que pronto estará en el centro de la polémica.

¿Y el pacto para la productividad?

Una cosa tan importante como el pacto para la productividad queda deslavado, sumido en la ignorancia y el anonimato, cuando uno esperaría que eso fuera uno de los grandes nudos que organizaran la discusión social y política de México, precisamente en este momento.

¿Pero no será que lo que perviva de una lógica corporativa sea un obstáculo? Según tu parecer, ha sido más el mercado que el control sobre los sindicatos lo que ha influido en los salarios, ¿por qué esta afirmación?

Porque los sindicatos son muy débiles; porque a final de cuentas tienen a una porción relativamente pequeña de la población trabajadora organizada. Porque de lo que se trata es de tener bien regimentados los grandes sindicatos, y hasta fecha muy reciente a los grandes sindicatos públicos; entre otras cosas, por razones de determinación general del salario y, sobre todo, de finanzas públicas. Pero lo que hay es un universo del traba que está presente, ahí están los trabajadores con sus problemas y eso, aunque sea de una manera muy glaciar, está siendo un factor muy importante en la vida social de México.

Sin embargo, viene operando ya un proceso de diferenciación salarial.

Sí, está claro que el salario medio está creciendo en los últimos años; el salario manufacturero, en particular, está creciendo aún más y el salario mínimo es más bien ya una referencia.

Recientemente la ST y PS ha afirmado que el 22% de la PEA percibe el salario mínimo.

Quizás en los servicios más que en la industria, pero eso es algo que no conozco, es parte de ese desconocimiento del que hablamos antes. Nosotros decimos, quién sabe cuántos millones de mexicanos ganan igual o menos que el salario mínimo, bueno, perciben ingresos iguales o menores, pero no ganan el mínimo. Yo creo que el régimen del salario mínimo está totalmente distorsionado, desmadejado.

Hacia adelante parece que seguirá operando la diferenciación; la negociación del Tratado de Libre Comercio implica una diferenciación, una puntualidad desagregada de cada aspecto. que obligadamente va a diferenciar; los resultados serán, en consecuencia, diferenciales.

Claro. En todo caso, a lo que eso nos lleva es a otro tema también poco explorado, supuestamente porque lo conocíamos todos: la política social. Si no es posible, si es absurdo oponerse a una diferenciación en el terreno propiamente económico y productivo, entonces hay que diseñar una política social que iguale por la base, que realmente abra una época de igualdad de oportunidades, asegurando mínimos definidos socialmente. En eso estamos en pañales, entre otras cosas porque ahí se demuestra el insuficiente papel corporativo de los sindicatos, su increíble vocación gremialista, enfeudadora y, desde luego, un gobierno sujeto durante décadas a criterios de corto plazo.

No hay un planteamiento sindical importante en materia de universalización de la seguridad social, más bien lo que ha habido Siempre es la tentación de cada quien a hacer su seguridad social o, en el colmo de la desnaturalización, convertir a Infonavit en una especie de foro de intercambio de protección y de ganancias, donde se han dado contratos a compañías extrañamente asociadas con dirigencias sindicales, repartos realmente injustificados.

Para terminar, ¿qué esperar de las instituciones académicas frente a las negociaciones del Tratado de Libre Comercio?

Diría que no de frente a esas negociaciones, sino de frente a la transición del país, de aprendizaje del modelo de desarrollo. Las instituciones académicas deberían tener un papel esclarecedor y perfilador de perspectivas de más largo plazo. Pero, para ello, sobre todo las instituciones de ciencias sociales tienen que desembarazarse de tanta basura ideológica y de un comportamiento que en buena medida ha sido demagógico, aferrándose al pasado con el pretexto de que hay que conocer la historia para no equivocarse dos veces. En efecto, un país que no tiene memoria está condenado a equivocarse una y otra vez, pero un país que se aferra al pasado está condenado a someterse a inercias terribles en materia intelectual, política y económica.

Creo que las instituciones académicas no están colaborando a un esclarecimiento intelectual, sino a que las inercias se acendren, se aferren a los reflejos políticos e intelectuales del país; eso es muy lamentable sobre todo en materia de ciencias sociales.

¿En concreto, qué podría esperarse de ellas? ¿Qué del gobierno?

Que den un salto, que asuman el rigor que debe tener la ciencia social a pesar de sus dificultades. La academia pública sigue muy de cara al pasado; asumiendo la crisis de las ciencias sociales pero, al mismo tiempo, planteando la vigencia inconmovible de nociones como la de «revolución», aceptando que el socialismo real se desmoronó, pero al mismo tiempo diciendo que el socialismo vive. Eso es retórica sin contenido. No se está aceptando el cambio del mundo, que es lo que nos enseñó Marx: que el mundo cambia, y que el punto de partida es el cambio del mundo, si no, no se entiende nada.

Respecto al gobierno, en la medida que la crítica sea tan pedestre, los gobernantes, que son todos gente que presume de sus timbres académicos, se afirman en su idea de que son los únicos que saben; está mal que se afirmen en esa idea, pero también hay que aceptar que ta critica pedestre contribuye a confirmarlos en esa idea. Estamos en una especie de círculo vicioso, que debemos romper, que podemos romper con una crítica más rigurosa y ambiciosa que la que hasta ahora se ha hecho: produciendo conocimiento.