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Esta es la primera de dos partes de un reportaje que traza la otra franja divisoria de México: la frontera sur. Si arriba las identidades se aferran, allá abajo se mezclan y confunden en un amasijo multicolor que contrasta con una realidad social en sepia. La frontera sur es más que un límite: estación de paso, punto de encuentro, la mitad del camino hacia Estados Unidos. De Sergio Mastretta, hemos publicado otro de sus reportajes («Tierra caliente: La cuenca cardenista»: nexos 154, octubre de 1990).

Las linternas se prenden y apagan como luciérnagas de la aventura migratoria.

Tecún Umán, Guatemala, nueve de la noche en la ribera oriente del Suchiate, la línca que repite la suerte de los mexicanos en la frontera norte.

La sombra del río arrastra troncones que amenazan cargas y vidas de los camareros, los transportistas acuáticos que por mil pesos o un quetzal cruzan todo el día sobre tablones amarrados a llantas de tractor la guerra y la miseria centroamericana hacia la ilusión del norte, que pasa por México.

En la noche, desde el puente, se ven los guanacos, el nombre que en estas tierras dan a los nacionales de El Salvador. Son ilegales además de salvadoreños, cruzan el río en el inicio del viacrucis de cuatro mil kilómetros hacia California. Pasan por su cuenta, no ocupan los acuáticos tamemes; mejor plantan sus pies en el lecho lodoso del Suchiate, hasta que el agua, como la vida, les llega al cuello.

No saben de la suerte de Ernesto Castellanos Martínez, salvadoreño también, de 27 años de edad. Cruzó por Tecún Umán dos días antes y se dirigió a Tapachula con otros tres compañeros. Comieron fruta en el camino y salvaron la garita de migración El Manguito por brechas vecinales. Decidieron tomar el tren carguero adelante de la estación; antes de subir al convoy en movimiento se bañaron en uno de los ríos que cortan la ciudad. Escucharon el pitido a tiempo para vestirse y recoger maletines. Lo abordaron a la luz del día Ernesto no lo logró. Su cuerpo fue despedazado por una góndola vacía. Sus compañeros de viaje lo vieron resbalar, tal vez solo escucharon un gemido.

Su cadáver fue enterrado en la fosa común de la ciudad.

En el río, los salvadoreños bracean y se acoplan al movimiento de la corriente. Las luciérnagas encienden la ribera, las linternas alumbran la oscuridad mexicana, y los ilegales están en camino.

SI TE AGARRAN, INTÉNTALO DE NUEVO

La atracción del dólar baja por generaciones hacia el sur, para hallar en la década y en el territorio de la guerra centroamericana a decenas de miles de sobrevivientes con la mira de llegar al norte en el sueño blanco del que no tiene nada que perder. «Si te agarran, inténtalo de nuevo», escribió una mano anónima en la cárcel de Arriaga, «y si te agarran inténtalo de nuevo, y si te agarran inténtalo de nuevo…»

Lo sabe el gobierno mexicano, decidido a cerrar el paso a los indocumentados que ingresan por la frontera sur. Entre 1983 y 1988 el régimen delamadridista deportó a 75 mil extranjeros, tan sólo 6 mil al año en Chiapas, en una época en que se dejaba pasar a los ilegales -en palabras de Edmundo Salas, Jefe de Inspección de Servicios Migratorios de la Secretaria de Gobernación- «a través del filtro de la extorsión orgánica montado por las corporaciones policiacas de todo tipo (Migración, judiciales estatales y federales, cuerpos municipales, ejército), bandas internacionales de traficantes de indocumentados, y prestadores de servicios turísticos, hoteleros y restauranteros».

En el primer año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari se deportaron 90 mil ilegales. En 1990 la cifra subió a 126 mil. En los cuatro primeros meses de 1991 tan sólo en Chiapas se detuvieron a 25 mil indocumentados, principalmente guatemaltecos, salvadoreños y hondureños -Nicaragua bajó drásticamente el flujo de sus emigrantes con el fin de la guerra, en abril de 1990-. Se gastan 400 millones de pesos al mes en transporte de los deportados a la frontera.

Los funcionarios de Gobernación explican este aumento radical en las deportaciones simplemente porque ahora existe la voluntad política de impedir el paso de extranjeros hacia Estados Unidos por territorio mexicano. Es ya un problema de seguridad nacional que se enfrenta con la restructuración del sistema de control, que supuso la reducción de garitas migratorias de cien a diez en el sur del país, junto con el propósito de asegurar que los mandos medios de Servicios Migratorios queden fuera del proceso de extorsión orgánica, además de establecer mejores ingresos -es decir, 800 mil pesos más prestaciones a los agentes de Migración y sanciones severas -despido y cárcel- a funcionarios a los que se les comprobaran vínculos con las redes de extorsión y tráfico de ilegales: en 1989 más de 50 agentes de Migración fueron cesados en la delegación regional de Chiapas.

El cambio de política se funda por igual en presiones y conveniencias. Estados Unidos deporta cada vez más centroamericanos, y deja va que en las negociaciones para el libre comercio en ningún momento se hablará de braceros y fuerza de trabajo. Guatemala protesta formalmente por el maltrato a sus nacionales en su paso por México y se alarma por el caos que los deportados producen en su frontera Las ciudades de la frontera norte se nutren de decenas de miles de deportados -95 mil en el mes de mayo-, por igual extranjeros y mexicanos, en explosivas ollas de marginación y violencia. Tapachula y los municipios del Soconusco reproducen a su escala lo que sucede del otro lado de la línea en la frontera norte, con la contratación para las fincas de mano de obra guatemalteca barata y sumisa y con la generación de redes de explotación del lucrativo negocio de tráfico de indocumentados.

Como sea, hay un cambio: lo sufren los extranjeros detenidos por miles a todo lo largo de la ruta entre los ríos fronterizos; lo soportan los agentes de Gobernación, todos los días tentados por los dólares de las redes polleras; lo condenan y niegan los empresarios hoteleros y restauranteros, muchos años beneficiados por el movimiento de extranjeros, cuando afirman que los agentes de Migración siguen extorsionando ilegales; lo percibe a medias el ciudadano común en la frontera, que observa en ráfagas a los detenidos en las garitas migratorias y en las cárceles municipales.

Aquí se reseñan chispazos de la inercia migratoria en la frontera sur de las condiciones particulares que la propician -la guerra y la miseria en el caso de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua-, de la magnitud del movimiento económico que representa el tráfico de ilegales -por lo menos 150 millones de dólares regados por el territorio de tránsito- y la violencia hamponil y policiaca que generan a su paso al norte y en su residencia en las ciudades mexicanas -con la existencia de bandas bien organizadas que operan en Estados Unidos, México y Centroamérica-; del hecho ineludible de que son centenares de miles los centroamericanos que han tomado como propio el territorio mexicano -en Guatemala, por ejemplo, calculan en un millón el número de nacionales que se han asentado en nuestro país en los últimos treinta años, contra 250 mil que supone el gobierno mexicano-, que lo asimilan y confunden, que vuelven más fina aún la línea fronteriza del Suchiate.

LA TIJUANITA GUATEMALTECA

1. Tecún Umán es la Tijuanita guatemalteca, tierra de nadie, dominio de polleros, lenones, matronas, atracadores y elementos de la Guardia de Hacienda, el cuerpo policiaco al que teme el común de los chapines. Es un caserío húmedo de madera que en el día vive en torno de los autobuses con sus pasajeros que llegan de la capital y de noche en los congales con sus muchachas de a 20 quetzales. A todas horas el movimiento pollero: muchachos en taxis-triciclos revolotean como moscas en la pollería, abruman a los viajeros con tipos de cambio dólar-peso-quetzal, marchantean sin escrúpulos sus servicios a Ciudad Hidalgo -el poblado al otro lado del río-, a Tapachula, al Distrito Federal, a Los Angeles.

-Ese canche -me dice uno-, ¿vas al otro lado? Cien mil pesos hasta Tapachula, 200 dólares a Tijuana. Va asegurao, si lo retachan, vamos de nuevo. Y enciérrese en un hotel -añade-, que no lo vean en la calle después de las siete de la noche.

2. En la caseta de Migración, en la zona del puente, se detiene un autobús; directo de Acayucan, trae una remesa de 40 deportados, la mayor parte salvadoreños. Hoy es un día cualquiera de mayo, un día tranquilo: a las dos de la tarde sólo han llegado dos camiones, y regularmente son cinco o seis. El agente mexicano baja lista en mano y se mete en la oficina de sus colegas guatemaltecos. Tras él bajan los ilegales con sudor de tres semanas. Si les va bien, no les cobrarán una multa de 20 quetzales, único beneficio inmediato que México obtiene tiene de las deportaciones masivas. La mayor parte conoce el lugar. De aquí partieron, de aquí lo volverán a intentar.

Como José de Jesús Rosales, desempleado, con 22 años y cero pesos en el bolsillo. Sale de El Salvador con 600 colones (75 dólares). Pasa por Tecún el viernes 10 de mayo por la noche. Cruza el río a nado junto con otro salvadoreño ya residente en Estados Unidos, ayudados por un cipote (chavo) mexicano de 14 años. Toma un pesero minibús a Tapachula. Los agentes en la caseta de El Manguito no le piden papeles. Utiliza el sistema más socorrido por los pollos que viajan libres: trepa a un carguero con otros 60 ilegales y sube y baja de los trenes, libra las casetas migratorias de El Hueyate, Arriaga, en Chiapas, y La Ventosa, en Oaxaca. En el istmo cambia de clase ferrocarrilera y se acomoda en el tren pollero que por módicas 24 horas y regalados 11 mil pesos une a Tapachula con el puerto de Veracruz. A la altura de Matías Romero lo asaltan a mano armada. Rescata cinco mil pesos y sigue el viaje. si llega a Veracruz trabajará un tiempo, lo necesario para agarrar camino. Pero lo detienen en Tierra Blanca. No se defiende, no intenta pasar por mexicano. Tampoco tiene los 50 mil pesos que le pide el agente para dejarlo ir.

Sentado en una banqueta en Tecún Umán, recién deportado, rumia el hambre y la indecisión de pedir un «raite» a El Salvador.

3. En Tecún, algunas imágenes de la soledad femenina extraviada en México.

Elizabeth Montero, madre de tres hijos, soltera, trajo sus 27 años a México por Talismán. Salió de San Salvador el 12 de mayo con 400 dólares y medio millón de pesos en la bolsa. Sentada en un rincón en los separos de Migración en Tapachula escucha a otra muchacha detenida contar que a Elizabeth la estafaron en Guatemala con una visa falsa No le pidieron papeles en todo Chiapas, corría con suerte. En La Ventosa la bajó un agente que revisó el documento. «Por dios -dice Elizabeth-, ya iba llegando».

Tecún Umán, Guatemala. Camareros en un día cualquiera de mayo en el río Suchiate. Al fondo, el lado mexicano.

Carmen García, peruana de 29 años, soltera, madre de dos niñas y secretaria de profesión, el 26 de abril lleva ya una semana detenida en los separos que Servicios Migratorios tiene en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Quería vivir un tiempo en el Distrito Federal, trabajar y prepararse para el viaje a Estados Unidos. Detenida en La Ventosa junto con Rocío González, maestra de escuela en Lima, espera a que sus familiares reúnan el costo del pasaje de regreso. Salieron de su país a principios de abril con cuatro mil dólares que les dejaron liquidaciones en chambas y venta de garage. Viajaron a Panamá por avión. De ahí vinieron por tierra. Cruzaron el río por Talismán. Ahí contrataron un auto particular que las llevaría a Juchitán por 700 dólares. El hombre las abandonó antes de la caseta de Arriaga. Rodearon la ciudad y tomaron el autobús en el que las detendrían en La Ventosa.

Julieta Rodano, maestra de escuela salvadoreña de 23 años, madre soltera, espera el jueves 6 de junio con otros 109 indocumentados su traslado al CERESO de la ciudad de Puebla Los detuvieron la noche anterior dos policías de caminos a la altura del kilómetro 213 de la autopista a Orizaba. Iban en el interior de una caja thermokin de un tráiler bananero, bajo una tarima que soportaba varias toneladas de plátano del Soconusco. Llevaban 24 horas encerrados, en viaje directo desde Ciudad Hidalgo, frontera con Tecún Umán. Cuando los agentes abrieron las puertas de la caja, el hedor espeso de la furia y la asfixia ilegal se les vino encima. Los policías desenfundaron sus armas para contenerlos. Julieta, al fondo de la caja, comprendió que había perdido los 1,200 dólares que los polleros cobraron por el viaje.

Alba Moreno, salvadoreña de 24 años, fue detenida a mediados de abril en Apizaco, junto con su compañero Luis Ovidio, ex-soldado del ejército de su país. Venían en el tren de Veracruz. Bajaron antes de llegar a la estación, pero se toparon con un grupo de judiciales federales en operativo que al verlos los amagaron con unas escuadras relucientes. Alba iba por primera vez a Los Angeles, de la mano de Luis Ovidio, un bracero reciente que huye de ta guerra en su país. «A su hermano lo mató la guerrilla, era soldado como Luis, salia de franco del cuartel y ya no llegó a casa. Apareció muerto en una zanja con un tiro en la cabeza y una bandera de los subversivos enredada en el cuerpo. Luis tiene miedo. Se fue, ya conoció, regresó por mi. Es nuestra suerte salir rechazados».

4. A la orilla del Suchiate dos mujeres lavan ropa y bañan a sus hijos. Son del Quiché, huyeron de la guerra hace tres años. Ellas no saben que ACNUR les reconocería su situación de «refugiados dispersos». Ahora trabajan con sus maridos en las fincas de la región. Los niños juegan y le devuelven at río su rostro natural.

A unos metros atraca un camarero mexicano-hoy trabaja México, mañana Guatemala, una y una, en el mejor & los tratados bilaterales posibles. Julián López, camarero desde hace tres años, es un hombre de Huixtla que sobrevivió a un ataque a machetazos en un pleito de bolos. Perdió el movimiento de la mano pero no el jalón de sus piernas y brazos. Ahora transporta al comercio hormiga. Desembarca una mujer con tres cajas de jabones y pastas Colgate y otros artículos mexicanos. Embarca una señora mexicana con la canasta repleta de legumbres. Las dos se explican: Guatemala es baratísimo para los del otro lado del río: un trajecito de mezclilla para niño cuesta aquí 30 quetzales, 18 mil pesos; en Ciudad Hidalgo no se consigue por menos de 30 mil. Y los betabeles, la media docena cuesta seis mil pesos en México contra 900 en Tecún. La ventaja mexicana está en su industria: jabones, pastas y galletas pasan por toneladas, hormiguita tras hormiguita.

5. En el bar Loros una matrona y dos muchachas, salvadoreñas las tres, preparan sus cuerpos para la noche. Las llama el policía de Hacienda con él que yo tomo unas cervezas.

– ¿Te gusta esta piernuda? -me dice el hombre nacido en el oriente de Guatemala, y aprieta el muslo de una chinita-, te hará feliz por 20 quetzales. íDoce mil pesos, te das cuenta!

Y luego entra en confianza. En Guatemala hay una guerra, dice, los subversivos quieren el comunismo y los militares están para impedirlo. En esa guerra él ha matado a muchos. En 1981 trabajó en la capital, persiguió y torturó a los estudiantes. Jodidos, dice, apoyaron a la guerrilla, eran ellos o nosotros.

La chinita lo trae al presente. Antier apenas entró un operativo del ejército y la policía en Tecún. Dos días con sus noches para detener a más de 500 extranjeros. Las mujeres del Loros se salvaron por el apoyo del policía y 50 quetzales para un sargento.

«Maldita soledad -canta el policía con Cornelio Reyna en la sinfonola-, cuándo se irá, cuándo se irá mi mala suerte».

6. En el hotel Vanessa detuvieron en el operativo de ayer a 180 ilegales. Poco importa. Cuento ocho muchachos en shorts sobre la banqueta. En algún momento llegará el pollero por ellos.

LA RUTA DE LA POBREZA

Arriaga, Chiapas, es el tercer puesto de control que Servicios Migratorios ha dispuesto desde la frontera. A 250 kilómetros de Tapachula un equipo de 18 agentes se turna entre la garita y las brigadas volantes en la línea del ferrocarril, la carretera y los caminos de extravío. A la medianoche del 23 de mayo, a un lado del camino entre Tonalá y Escuintla, la volanta espera el paso de los camiones de segunda. Poco a poco llenan el minibús con guatemaltecos y salvadoreños, los indocumentados más asiduos al tránsito hormiga, ilegales sin pollero, muchos de ellos deportados apenas la semana anterior. Es una jornada cualquiera para los agentes. Para unos inicia el turno; para otros empezó doce horas antes. Esperan pacientes, apenas atentos a los escapes de trailers y tortons rezagados en su viaje nocturno hacia el centro del país.

Hay quince gentes en el minibús, tres de ellos niños. Algunos tienen ya dos horas detenidos. Una muchacha canta el himno guatemalteco para convencer al agente que es de Tecún Umán y va a trabajar de sirvienta a Tonalá. Un flaco, chinito, es de Puerto Barrios, estudiante de leyes. «La propia necesidad obliga al hombre -dice-. En Guatemala los huesos están cortados».

Su compañero, risueño, al que los agentes han detenido hasta ocho veces, es albañil en Los Angeles. Dice que gana nueve dólares la hora, ya con rebaja.

– En Guatemala, 20 quetzales diarios -dice-. Sólo que seas cabrón.

– ¿Por qué no agarraste pollero? -le pregunto.

– El pollero te mete la pija.

Otro detenido, losé Arias, albañil de 18 años, hijo de campesinos, fue deportado desde San Antonio Texas en avión hace tres semanas. Ahora lo intenta de nuevo. «Pasé por Tecún Umán, solo, con un mapa. Caminé mucho, rodeé la garita El Manguito. Subí al tren en Huixtla, no me detuvo Migración, hay que tener fibra, caminé detrás de ellos. Luego camioneta, así a Juchitán, a Oaxaca, 8 México. Total: 800 quetzales (480 mil pesos) hasta la frontera. Al cruzar pedí dólares a mi hermano en San Francisco. No conocía. si supiera, no compro boleto hasta San Francisco. si supiera que había casetas, no estaría aquí».

Al sur de la carretera, la tormenta ilumina el Pacifico. En la cabina, nadie habla, queda el murmullo de los sueños centroamericanos interceptados por los agentes de Migración. En la penumbra, alguien aplaude, lento primero, hasta alcanzar el ritmo de una cumbia. Los ilegales ven caer la luna.

A la una de la mañana abren la reja en la cárcel municipal de Arriaga. Tres policías despatarrados sobre las hamacas ni se inmutan. Pasan lista a los detenidos. Separan a mujeres y niños, a las que alojan bajo un tejabán. Los hombres se pierden uno por uno en la oscuridad del calabozo. El hedor es el común a cualquier cárcel del estilo en el país: ahora en el espacio de seis metros cuadrados se apachurran veinte ilegales.

– Periodista -gritan desde la penumbra-, mire cómo nos tienen, aquí le meten la pija a uno.

Se asoma un muchacho:

– Señor, me golpearon ahí en la vía, fue uno de Migración – muestra a la luz amarilla del patio carcelero un magullón en la cadera.

– No te hagas, te raspaste le dice el agente de Migración.

– No les crea, amigo -añade desde la hamaca el sargento municipal-. Son salvadoreños. Si los dejara, hasta la hamaca me quitaban.

En la celda vecina un mexicano asoma las narices. Es un pollero detenido apenas, de la banda de los «Caribe coolers», como la bautizaron los de Migración: metían a dos ilegales en la cajuela de una Caribe, les cobraban un millón a cada uno por pasarlos por la estación de Arriaga.

– Me pusieron el dedo- garraspea. Su rostro es un bigote perfilado a la luz amarilla del patio. Mañana, lo más seguro, su abogado interpondrá un amparo que lo dejará libre por la tarde.

Un poco después se impone el silencio en la cárcel. Los policías duermen en sus hamacas. De las celdas salen ronquidos iluminados por las brasas de los cigarrillos.

A las cinco de la mañana los agentes de Migración están despiertos. Barrio Guatemalita, en las afueras de Arriaga: casas de cartón dispersas en un páramo de huizaches. Han descubierto en una casa a un grupo de doce ilegales. Los traen hacia el camino, con el pollero identificado y agarrado del cinturón por el agente. Todavía está oscuro, se camina adivinando el sendero. En una bajada de la vereda, se suelta el pollero, forcejea con el agente, lo golpea en el pecho, echa a correr por el monte. Los disparos al aire no lo detienen. Los ilegales no se inmutan, la suerte del pollero no les imparta.

De nueve a diez de la mañana Migración recorre «caminos de extravío» -brechas que recortan los ranchos ganaderos de la zona- a lo largo de la vía férrea. No se miran pollos por ningún lado. Regresan a Arriaga por la estación de ferrocarril. Las vías corren paralelas a una serie de casas que dan a un carguero en espera de la orden de salida en el patio. Se bajan cuatro agentes en un extremo y dos más llevan la camioneta al otro. Son ocho góndolas vacías a las que han trepado veinte ilegales. La presencia de los agentes acarrea una cadena de chiflidos desde las casas. Los ilegales se descuelgan de las góndolas y se dispersan como hormigas bajo pie de infante. Los agentes corren tras ellos en medio de las mentadas de un público habituado a la escena y que toma partido por los extranjeros.

Algunos logran escapar. Los detenidos muestran el rostro común de la resignación.

Sigue el operativo. A las 11:10 dos salvadoreños son sorprendidos a las puertas del panteón. No oponen resistencia. Los cachean. Cantan el himno para probar su nacionalidad. «Saludemos a la patria…», arrancan muy solemnes…

– Qué bueno -dice uno, que confiesa haber sido detenido otras siete veces-. Una vacación, ya no aguantaba los pies.

Y cuenta que tiene más de un mes en el camino. Trabajó en el mango en Mapastepec, ahorró para hablar por teléfono a su hermano en Los Angeles. El lunes pasado tenía que llegarle un cheque de 500 dólares por Western Unión a nombre de su patrón, el ranchero Salomón Vázquez. Nunca llegó, le dijeron. Los agentes le prometen investigar la suerte de su dinero.

A las 12:30 seguimos en la ruta de la pobreza. Carretera Tonalá-Pijijiapán. Dos hombres descansan a la orilla del camino, recostados en un árbol. Reconocen a la camioneta cuando se detiene. Uno no hace nada, tiene fiebre y un cansancio tan pesado como el dolor de cabeza que lo mata. El otro brinca con el resorte del miedo, brinca la cerca de alambre perseguido por cuatro agentes. Claro que no anda en burro y a los cinco minutos los policías regresan derrotados. Retengo de la acción el rostro negroide del fugado, los dientes blanquísimos, apretados con todo el peso de su angustia.

Media hora después, en la estación La Polka, a veinte minutos de la carretera y a cinco del mar, un aguacero aguarda al tren pollero. Un piquete de soldados cruza el pueblo en un camión de redilas. Le llaman la guardia rural y los campesinos los miran con un temor que no reconoce fronteras en Centroamérica. Pasan indiferentes al aguacero. En un tendajón el radio ameniza la espera. «Como duende yo sigo tus pasos…», canta alguno, y los agentes sonríen. El tren trajo Sólo siete pollos. Agentes y ferrocarrileros se miran despectivos. Según unos, el precio por viajar en la máquina es de cien mil pesos por llevar al ilegal más allá de Arriaga. El viaje en góndola, según el pollo, de 20 mil a 50 mil. El ilegal avispado sabe que el ferrocarrilero lo dejará morir por salvar a los de la máquina. Detiene el carguero ante el acoso de los agentes de Migración, cuando se van sobre góndolas y furgones el maquinista desengancha la máquina y desaparece.

– Están amafiados -afirma el delegado de Migración en Arriaga, Xavier del Moral, un doctor de profesión que disfruta su oficio de policía-. Difícilmente podemos hacer algo con ellos, tienen radio, se avisan entre sí. Nosotros no tenemos el equipo necesario, no tenemos radio, no disponemos de prismáticos, el armamento cada quien lo obtiene como puede. Y es un trabajo riesgoso, es una plaga de criminales la que persigue a los pollos. Es un cuento de nunca acabar, los detenemos, los deportamos, pero lo vuelven a intentar, y aprenden a evadirnos, y tal vez muchos pasen, aunque aquí nosotros no tengamos descanso.

MUERTOS Y ESTADÍSTICAS

El Grupo Beta es un cuerpo formado por policías de distintas corporaciones que despliega sus operativos a lo largo de las dos fronteras mexicanas. Casi se diría que trabajan clandestinos, como estos días en Tapachula, a lo largo de la línea férrea hacia Arriaga, vestidos a la manera de los pollos centroamericanos, con la 45 escondida a la espalda, a la espera de ser asaltados por cualquiera de las bandas que diezman a los mojados. Se saben distintos: varios de ellos tienen estudios superiores y su comandante sacó una maestría. Llevan una semana convertidos en carnada, y tienen éxito el domingo, cuando detienen a Ubiel Flores Nicolás en el momento de atracar a un trío de guatemaltecos en el río Cahoacán.

No es común encontrar un policía cruzado.

– Esto ya es un problema de seguridad nacional -me dirá el comandante-, y a nosotros nos toca enfrentarlo. Esta gente que va al norte viene de países bélicos, muchos guerrilleros. Y los mexicanos, a lo suyo: atracan al que se deja. Nosotros nos las vemos con asesinos, y los propios Estados Unidos han reconocido que nuestro grupo se caracteriza por el respeto de los derechos humanos. Tenemos nueve meses de trabajar en las fronteras, hemos detenido a 600 personas sin disparar una bala, sin hacer ruido. Hemos permanecido en el anonimato, a veces quisiéramos el reconocimiento público, salir en el periódico. Nosotros somos un cuerpo especial, trabajamos para la defensa del sistema, ni por asomo pienses que mis ideas puedan ser de izquierda. Soy de derecha derecha, pero formo parte de una nueva generación de policías honestos y decididos, no como esos pinches oaxacos de la policía del Distrito Federal, con ellos si soy racista.

Puedo verlo a las dos de la madrugada en la línea del tren adelante del Huixtla. Caminan los seis hombres en la negrura del aguacero tropical. Imaginan en cualquier momento las sombras afiladas por los machetes de los atracadores de pollos.

Carreteras panamericana. Minibús de Servicios Migratorios y «pollos» detenidos a la medianoche del 23 de mayo de 1991. México deportó en 1990 a 126,440 ilegales. El 30% fue expulsado en dos o más ocasiones; 58,845 (46.5%) guatemaltecos; 45,498 (36%) salvadoreños; 3,039 (2.4%) nicas; 2,500 más repartidos entre beliceños, chinos, ecuatorianos, colombianos, peruanos y dominicanos. Más otros 1740 correspondientes a 65 nacionalidades más.

Regresan al amanecer sin nada. Lo intentarán la noche siguiente, hasta que caiga uno.

Los ilegales en la prensa de Tapachula durante el mes de abril de 1991:

Día 4: Asaltante de pollos en la vega del río Cahoacán detenido por la policía.

Día 5: Encuentran cadáver putrefacto de desconocido con rasgos orientales en el municipio de Suchiate.

Día 5: El PRI niega estar afiliando jornaleros guatemaltecos e ilegales que trabajan en fincas cafetaleras.

Día 5: Cheyla Chavama, nicaragüense, denuncia la desaparición de su hermano desde el día 10 de febrero, cuando ambos se internaron a México en grupos distintos a la altura de Tuxtla Chico.

Día 7: El periódico Diario del Sur denuncia que agentes de Servicios Migratorios cobran dos millones de pesos por soltar a polleros. El diario es propiedad de Rubén Guízar, un hotelero al que funcionarios de Gobernación vinculan con el tráfico de ilegales.

Día 8: Más de 17 mil guatemaltecos fueron documentados entre enero y marzo como braceros para las fincas mexicanas.

Día 9: Seis mil extranjeros fueron deportados en el mes de marzo. Once personas fueron consignadas.

Día 11: Treinta salvadoreños indocumentados abandonados por el pollero cerca de la estación de ferrocarril de Tapachula fueron detenidos por judiciales del estado.

Día 12: Grupos vinculados con la Iglesia denuncian la explotación de menores guatemaltecos que trabajan en Tapachula.

Día 13: Ernesto Castellanos Martínez, salvadoreño de 27 años, muere destrozado por el tren que intentaba abordar. Fue inhumado en la fosa común.

Día 13: Denuncia contra camareros del Suchiate, se les vincula con las bandas de asaltantes de indocumentados que dominan la ribera del río.

Día 15: Cae preso el pollero Romain Samayoa, conocido como uno de los principales capos del tráfico de ilegales. Dos polleros detenidos en la garita de La Ventosa «cantaron» luego de nutrida balacera con agentes de Migración. (Con un amparo del juez de distrito, Samayoa saldrá en libertad).

Día 16: La Defensa Rural detiene a un grupo de abigeos con 183 reses de procedencia guatemalteca.

Día 18: Salvadoreños asaltados a machetazos cerca del poblado Alvaro Obregón.

Día 19: Cuarenta y cuatro ilegales salvadoreños son detenidos en la garita de El Hueyate. Iban escondidos en dos camiones de redilas. Se negaron denunciar a los polleros.

Día 21: La Judicial Federal detiene en la casa de huéspedes San Jerónimo al cantante Felipe León junto con 27 ilegales. León afirma que es inocente.

Día 25: Servicios Migratorios intercepta en El Hueyate un torton platanero con 42 ilegales. El chofer cobraría cinco millones de pesos por transportarlos hasta Chalco, México.

En Tapachula me imagino en el territorio natural de la flojera. Me lo impone el ritmo de las secretarias en las oficinas públicas, frescas, rotundas en sus caderas y maternales en su «vamos a tener que esperar un poco al doctor». ¿A quién le importa mi impaciencia? Estoy aquí, en la burocracia de la salud, infestado de calor, con medio reportaje en la libreta, rodeado de muchachas escotadas y culonas, carnosas y tropicales, morenas y huacaleras.

Pienso en todos los muertos encerrados en las estadísticas. O en la podredumbre de la fosa común, o en el sudor de los cadáveres en las planchas del anfiteatro. Todo es más rápido en esta latitud de la muerte.

SAN MARCOS, GUATEMALA

En tres horas he dejado el trópico mexicano para subir a la montana guatemalteca. A las diez de la noche San Marcos es una franja de niebla disuelta en los borbotones del alumbrado público que, a falta de sonidos en la ciudad muerta, rebota contra las tejas del caserío, contorsiona la iglesia en la plaza principal, remueve d letargo nocturno.

He remontado desde la costa la región mame, con sus 800 mil indígenas que tienen en el mam el idioma natural, el segundo grupo étnico en este país de 9 millones de habitantes, después del quiché y antes de los kakchiqueles y kekchíes.- Mi cabeza rezumba de rostros y lenguas aprisionadas en la camioneta, como aquí le llaman al autobús que hizo la última corrida del día entre Malacatán, a media hora de la frontera mexicana de Talismán, y la capital del departamento de San Marcos, el tercero en importancia por número de habitantes en Guatemala. En un atisbo de luz, a la hora en que el cobrador se las ingenia para recorrer el pasillo en el que nos apretujamos 80 guatemaltecos y un mexicano, me sorprendo hermanado con la raza camionera del mundo y extraigo ruidos, risas, olores, borracheras, bolsas de mandado, costaleras, moños, aretes, ronquidos y rostros, sobre todo palmos de bigotes, pelos lacios, lunares, mazorcas fulgurantes, bocas que bostezan, en algún apretón similar en el primer viaje de la ruta Azumiatla-Puebla, a la hora en que los albañiles indígenas se lanzan a construir la ciudad.

Jornaleros que regresan de la costa y comerciantes que suben y bajan con legumbres del altiplano y jabones y pastas de dientes mexicanas, me envuelven en ese estrépito lujurioso que sólo provoca la soledad amarillenta de una cabina con viajeros hacia la noche. Se duerme, se ronca, se mastica, se suda en medio del rumor húmedo y la carcajada la que alumbra de cuando en cuando la negrura del camino.

– Esta es zona de conflicto -me informa un profesor que soporta de pie como yo la ruta entera, con la certeza de la cadera de una mujer mame encajada en el abdomen-. No verá ejército por aquí, no subirán soldados a revisar documentos como allá en la costa. Aquí golpean sobre seguro donde ya saben que hay guerrilla.

Porque aquí la guerrilla es un asunto natural, como la niebla.

En la cuesta hacia San Marcos atravesamos la principal zona productora de café, cultivo que se lleva el 42 por ciento de las exportaciones guatemaltecas. Fincas innumerables que revelan la inexistencia de una reforma agraria: en 1950, el 2.2 por ciento de los propietarios poseía el 70 por ciento de la tierra cultivable. En 1954, un golpe de Estado promovido por Estados Unidos a favor de la bananera United Fruit termina el incipiente reparto de tierra realizado por el presidente Jacobo Arbenz a partir de 1952. La situación hoy en San Marcos y en el resto de Guatemala es similar a la de 1950, y peor: entre minifundistas y campesinos sin tierra se alcanza alrededor del 70 por ciento de la población que vive de las labores agrícolas, centenares de miles de jornaleros acasillados a las fincas con salarios equivalentes a cinco o seis mil pesos mexicanos. Jornaleros que mejor viajan a las fincas del Soconusco en Chiapas, donde los finqueros alcanzan a pagar los ocho mil pesos. Tan sólo entre enero y abril de este año 23 mil guatemaltecos han cruzado la frontera bajo contratos.

– La guerrilla está fuerte aunque el ejército lo niegue -me ha dicho un jornalero en Tecún Umán-, quema la finca de aquel que pague abajo de lo mandado por el propio gobierno.

Más tarde, aquí en San Marcos, en la cocina de una casa ganada por la cruzada evangelista -que prácticamente ha desmantelado la fuerza católica en los pueblos serranos-, un muchacho narrará su propia tragedia. Pedro, nieto de alemanes, vio morir a su padre en un ataque de la guerrilla a la finca cafetalera a su cargo, en 1981. Meses antes su hermano había aparecido muerto en un cantón de San Marcos, asesinado por el ejercito, identificado como colaborador de las fuerzas guerrilleras de ORPA.

Mi amigo es una prueba del desquiciamiento social que sufre Guatemala:

– Mira -dirá en una recámara que una vez a la semana se convierte en pequeña capilla para los cristianos conversos del barrio, adornada con el fresco de la cascada de «agua vivan-, Guatemala lo que necesita es la fuerza, la disciplina de Efraín Ríos Montt. El impuso el orden en 1982, entonces podías caminar por la calle sin temor a la muerte. El mató a quien tenía que matar, al que la debía. Si hubieran dejado que fuera candidato a la presidencia el año pasado, hubiera ganado con el 90 por ciento de los votos.

El padre muerto por la guerrilla. El hermano muerto por los soldados. Mi amigo se agarra de la figura furibunda del «nuevamente nacido para la luz de la vida», el coronel cristiano Ríos Montt que dirigió la política de tierra arrasada a partir de 1982, el -que militarizó a la fuerza con las patrullas civiles a más de 500 comunidades mames y quichés, ixiles y kekchíes -que originó el inmenso desplazamiento indígena en el altiplano, con decenas de miles de refugiados en México y en su propio país-, el hombre cuyo gobierno mereció que la propia iglesia católica guatemalteca denunciara el genocidio cometido por d ejército contra los pueblos indígenas.

En la vida real cada quien marca sus héroes y sus demonios. No entiendo gran cosa. Pero mi amigo es un joven alegre que me lleva a la medianoche a recorrer las calles desiertas de San Marcos.

La niebla trae fantasmas y ruidos de la guerra. Pedro silba ausente.