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Méndez se aproximó a los labios la taza de café con un escozor de piedras vivas en la punta de los dedos y se quemó la lengua al constatar la temperatura real del brebaje. Café como atole; así le gustaba, cargado.

– Soy un muerto que necesita resucitar un poco -le dijo hace meses a la última mujer antes de acabar por completo insoportable. Ella, que de todo sabia un poco pero de él bastante, le echó un vistazo incrédulo antes de propinarle tal recordatorio:

– Cuando te conocí decías exactamente lo contrario, «soy un vivo que necesita morir tantito», y que fumabas y tomabas café para desvivirte.

Méndez no le hizo caso a causa de su sordera, no propiamente física sino de índole moral, o si se quiere, metafísica. No escuchaba con atención a nadie, nunca, a menos que estuviera aburrido, cosa que le sucedía muy de cuando en cuando. Pero bueno, si nos ponemos a enumerar sus defectos no acabamos nunca, y la intención de este crucero es terminar lo antes posible.

– Anfetaminas en ayunas -le recomendó Ortega una vez indigna de mención cuando desayunaban en las inmediaciones del Partido Revolucionario Institucional, allá por Insurgentes Norte, en un Vips que conoció mejores grillas, y no de Méndez, sino del propio ortega en sus tiempos de diputado mayo- ritario, hace no tanto, pero ya ves que a Méndez los sexenios le resultan misterios demasiado graves como para descifrarlos antes del término natural consagrado por la Carta Magna.

– ¿Lo aprendiste de Echeverría? -preguntó a Ortega con ganas de molestar.

– Don Luis nunca usó esas cosas; eran rumores de la reacción para quemarlo.

– Se quemaba solo -porfió Méndez.

Ortega lo perdonó en silencio con ojos de falso sabio, ah como recordaba Méndez ahora esa mirada teatral de Ortega, el buen Ortega, congelado desde entonces hasta el 91, cuando los colosianos se acordaron de él y te ofrecieron una suplencia segurita en el D.F. Para variar, Méndez no te hizo caso.

– Si entraras al Partido tu vida sería distinta -dijo también Ortega en esa época-, conocerías la política por dentro y estarías en condiciones de volverte alguien.

Al fin pudo sorber un buen trago de café, reconfortado Méndez, ay Orteguita, tan lejos de hacerla y tan cerca del lambisconeo ahora como entonces si no es que más, con todo y anfetaminas, cocaína, cafiaspirinas Coca Cola y trago. A Méndez no le gustó nunca la política para si mismo, le bastaba el espectáculo de sus amigos, ambiciosos y según ellos cultos, como el propio Ortega, o Críspulo Gallegos, hoy secretario particular de un gobernador y aspirante a, en las áridas praderas de América del Norte, como diría Chava Flores, en pleno territorio bárbaro de carne asada y tortillas de harían (Vasconcelos dixit).

Su última mujer, que como Méndez se mantiene antipriísta pero que como Méndez había cambiado al paso de los años hasta volverse, ambos, mutuamente imposibles, le dijo cuando ella era una potranca irresistible:

– Fumas y cafeteas porque no has superado la etapa oral, extraño la chichi de tu madre.

– Chance, Caballita, pero al menos estoy a salvo de la etapa anal de Ortega y Gallegos. Además, no extraño chichi alguna mientras te tenga cerca.

El café solitario de esta mañana le trajo, ocio mediante, diversos recuerdos asistemáticos e innecesarios. Encendió el primer cigarro y el radio en el 97.7 del cuadrante, y contrajo una verborragia noticiosa que él, sordo voluntario, desoyó de cabo a rabo dotándola a lo más de cierta condición de ruido humano, demasiado humano.

– Qué malo era el café de Vips -confirmó mentalmente Méndez mientras pensaba en Ortega, en Gallegos, en el PRI, en las anfetaminas que nunca probó y en la muy joven Caballita. Pensó en los billetes de rasca-huele ayer comprados y no rascados porque alguien lo interrumpió cuando se disponía.

-Ráscale a tu muerte -remedó como si estuviera acompañado y se figuro las coronarias del panzón Ortega como un crucigrama taponado a medias e imaginó las neuronas de Gallegos, cada día menos conectadas entre si y en línea directa con los caprichos incoloros de su gobernador y jefe. Reconoció que no entendía nada del mundo, la política, el amor cotidiano ni las anfetaminas. Con trabajos entendía el escozor de su lengua escaldada. Tal vez cuando bebiera su atolito de café hasta las heces terminaría por ingresar al reino de los vivos y entendería algo. Restregó contra el cenicero su cigarro, echó un cometa de humo y admiró sus evoluciones en el aire, los ojos quietos y la mente en blanco, ojalá borrando el tiempo. Aunque no quería, ora si ya estaba despierto o casi.