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Gerardo Bracho. Economista, cursó el doctorado en historia en Oxford. Carlos Tello Macías, miembro del consejo editorial de nexos, actualmente embajador de México en la URSS. Este texto fue leído en Bonn, Alemania, d 19 de abril de 1991 con motivo de la reunión de embajadores mexicanos acreditados en Europa.

Los revolucionarios sucesos de 1989 en Europa del Este precipitaron el fin de la posguerra y abrieron las puertas a una nueva época. Es difícil predecir los rasgos que la caracterizarán: estos años y aun los próximos meses serán decisivos. De los muchos saldos que dejaron esos sucesos, uno cobra creciente actualidad: la forma y los obstáculos que enfrentan las economías de los antiguos países socialistas para reinsertarse en el mercado mundial y, en especial, en el espacio económico europeo. Estos países, sin excepción, han manifestado su voluntad de transitar hacia economías que crecientemente se normen por las reglas del mercado y de lograr una reinserción en la economía mundial sobre nuevas bases. Ambos propósitos enfrentan multitud de problemas. Como se ha hecho evidente en los últimos meses, no hay recetas sin dolor. Una crisis económica, más o menos severa, es inevitable. Dichos problemas varían naturalmente de un país a país. En lo que se refiere al objetivo de transformar sus economías internas, éstos pueden dividirse en dos grupos: uno formado por Polonia, Checoslovaquia y Hungría y, el otro, por la URSS, Bulgaria y Rumania (dejando de lado a Albania y a Yugoslavia que no se cobijaban bajo el paraguas soviético). Al primer grupo lo unifica su voluntad de romper radicalmente con su pasado comunista y de transitar, lo más rápidamente posible, al establecimiento de un sistema democrático y de una plena economía de mercado. En estos países la derrota de sus partidos comunistas a manos de partidos libelales y de derecha fue contundente. Aquí, la reforma política puede considerarse prácticamente acabada, aunque el proceso de transformación económica, a pesar del apoyo que se ha recibido de Occidente, no ha dejado de ser traumático y está lejos de haber concluido. Si este proceso no arroja resultados favorables, visibles y tangibles para la población, puede incluso repercutir negativamente en el terreno político.

El segundo grupo busca, en contraste, una transición más gradual y un rompimiento menos radical con el pasado. En estos países, miembros de los antiguos grupos dirigentes siguen en el poder. En Rumania y Bulgaria, éstos sobrevivieron la prueba de las elecciones. Aunque la dirigencia de la URSS no ha sido expuesta al voto universal, es probable que el PCUS también lograra resultados favorables. La estrategia gradualista, respaldada por una población más conservadora, refleja en parte los intereses de los grupos dominantes en mantener sus privilegios, pero en parte también sinceros deseos de construir un «socialismo renovado». Con todo, la desestabilización económica desatada por el proceso de reformas en estos países no ha sido menos traumática.

No se pretende analizar estos dos procesos de transición al mercado, ni los resultados que han obtenido hasta ahora. Sólo se mencionan con el propósito de subrayar que han estado asociados a distintas estrategias de inserción en la economía mundial y, en especial, en la de Europa Occidental. Consecuentes con su mayor confianza en la capacidad regeneradora del mercado, Polonia, Hungría y, en mena medida, Checoslovaquia han optado por la rápida construcción de economías abiertas: con monedas convertibles, amplias facilidades al capital externo y bajas tarifas arancelarias. En contraste, los países del segundo grupo avanzan con cautela en ese terreno y mantienen, en lo esencial, las economías cerradas de su pasado comunista.

Es importante tener presente, sin embargo, que estos pares de estrategias (transición rápida al mercado/economía abierta versus transición a ritmos moderados/economía semicerrada) no están necesariamente interconectados. Independientemente de la vía de transformación interna que se siga, la rearticulación de estas economías en el mercado mundial y en el espacio europeo occidental está plagada de problemas. La experiencia reciente sugiere que los países de Europa del Este deberán seguir una política de cautela con relación al sector externo, y mostrar mayor escepticismo sobre la capacidad y voluntad de Occidente en su contribución a la solución de los problemas.

En primer lugar, la reinserción de estos países topa con una aguda competencia en un mercado mundial que está en pleno proceso de restructuración. Decenas de naciones en vías de desarrollo abandonan las prácticas intervencionistas y proteccionistas que cobijaron su crecimiento industrial de las últimas décadas y, abriendo sus economías, buscan un reacomodo y una mayor participación en el mercado mundial. También los países ex socialistas luchan por atraer capitales y ganar mercados. No hay nada que asegure que todos lo lograrán. En esta lucha también habrá perdedores.

En segundo lugar, estos últimos países están particularmente mal preparados para tales tareas. Si en la secuela de las revoluciones de 1989 se aseguraba que las reinserciones exitosas en el mercado mundial de América Latina, y del Tercer Mundo en general, se pondrían en entredicho por la súbita aparición de Europa del Este en el escenario actual, al parecer dicho temor ha sido exagerado. Aunque las antiguas economías socialistas cuentan con una fuerza de trabajo que goza de comparativamente altos niveles de educación y de bienestar, las inercias, los vicios y las distorsiones generadas por el sistema en el que se desenvolvieron durante décadas contrarrestan y aun socavan estas ventajas.

Las economías planificadas, si bien resultaron útiles en la tarea de lograr una industrialización acelerada basada en la producción de bienes de capital, se mostraron notoriamente ineficientes en la producción de bienes de consumo de calidad y en la constante renovación y modernización de los procesos de trabajo. En ausencia del impulso provocado por las fuerzas compulsivas del mercado (generadas por otros productores y por los consumidores), las economías socialistas se empantanaron una vez que se agotó la fase de «crecimiento extensivo». El paso a un «crecimiento intensivo», basado en la producción de bienes de consumo y en el incremento constante de la productividad del trabajo (y no en la mera adición de capital y fuerza de trabajo), nunca se logró del todo, a pesar de los repetidos intentos que hicieron para lograrlo prácticamente todos los países del bloque socialista. Final mente, se ha comprendido que para ello se requiere de un cambio radical o, por lo menos, de reformas sustanciales. La incapacidad de generar círculos virtuosos basados en el incremento constante de la productividad del trabajo, produjo economías relativamente ineficientes, inflexibles, derrochadoras y con limitada capacidad creativa y, por todo ello, incapaces de competir en un exigente mercado mundial.

A los obstáculos para lograr competitividad internacional generados por la falta de mercado, se aúnan otros productos del modelo económico construido en los países socialistas. Este adquirió sus rasgos esenciales durante la época de Stalin y, posteriormente, se reprodujo con bastante fidelidad en los demás países socialistas. En términos generales consistió en privilegiar la producción de bienes de capital, realizar una masiva transferencia de recursos del campo a la industria y, por la vía de mantener economías prácticamente cerradas, buscar un alto grado de autosuficiencia. Este modelo, si bien logró impulsar la industrialización y proteger a estas economías de los vaivenes del mercado mundial, introdujo un marcado sesgo en contra de su capacidad exportadora. Por un lado, la política de descuidar y aun de descapitalizar al campo afectó drásticamente al tradicional sector exportador de estos países. Por el otro, la política de autosuficiencia que buscaba reducir la dependencia de importaciones, al militar en contra de la especialización basada en ventajas comparadas, afectó de paso su capacidad exportadora.

En suma, por su relativa improductividad como por su modelo de desarrollo «antiagrario» y «autosuficientista», las economías socialistas contaban con trabas estructurales que las hicieron incompatibles con una plena participación en la economía mundial. Así, no podían subsistir más que como economías semi-cerradas, que mantenían siempre volúmenes marginales de transacciones comerciales con el mundo capitalista. El aislamiento del mercado mundial se convirtió en condición de existencia del sistema socialista y, al privarle de sus frutos, en fuente de su ulterior estancamiento. Este circulo vicioso explica, en buena parte, la creciente brecha en la productividad entre los dos sistemas a los que se magnificó durante la década de los ochenta.

Si el socialismo se convirtió en sinónimo de economía cerrada, resulta natural pensar que su dimisión (la transición a una economía de mercado) traería como secuela necesaria su plena apertura al comercio mundial. El problema es que, como se ha argumentado, no está preparado para ello. Una súbita apertura al mercado produce frutos si la economía tiene capacidad de respuesta: si la fuerza de trabajo, la clase empresarial y la planta industrial pueden adaptarse a las circunstancias, superarse y competir. Este es el efecto que, entre otros, se espera tenga el Tratado de Libre Comercio de América del Norte sobre la economía mexicana.

En el caso de las economías socialistas esa capacidad de respuesta prácticamente no existe. Su súbita apertura equivale a someter a un débil paciente a una dura terapia: se corre el riesgo de perderlo. Algo por el estilo ha ocurrido con la economía de Alemania del Este. Su apertura (ni si quiera total pues ha estado amortiguada por la intervención del Estado) hacia Occidente, producto de la integración y la reforma económica, la ha hecho colapsar en pocos meses. Se culpa del resultado al catastrófico estado en que se encontraba la planta industrial y a la pésima administración de los comunistas. Se compara la situación de la otrora potencia económica del socialismo con la de Bulgaria y Rumania. Pero todas estas objeciones no dan en el clavo. Con toda probabilidad, el principal defecto de la economía de Alemania del Este es el de ser más improductiva que la del Oeste. No es que lo que se produzca allí sea inservible o inútil (habría que preguntarles a millones de gentes que habitan en el Tercer Mundo si no necesitan las mercancías que se han dejado de producir en Alemania del Este, empezando por los tan vitupereados coches Trabant). Lo que sucede es que, en competencia con lo que se produce en la otra Alemania, es invendible. Pero esto siempre se supo.

Al igual que Alemania del Este, el resto de los ex países socialistas tiene por lo pronto muy poco que vender en Occidente. Su reinserción al mercado mundial y al mercado europeo será dolorosa y llevará tiempo. La experiencia alemana y la de otros países sugiere que, es aconsejable manejar con cautela el proceso de apertura económica. Después de todo, dicha política no es incompatible con procesos de restructuración interna tan radicales como se quiera.

Si debido a sus debilidades estructurales las economías de Europa del Este tienen pocas posibilidades de integrarse exitosamente al mercado mundial en el corto plazo, es probable que busquen refugio en sus propios mercados. Estos estuvieron estrechamente vinculados por décadas en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). A raíz de las revoluciones de 1989, del caos económico provocado por los procesos de transición y, en no menor medida, por una confianza ingenua en las fuerzas del mercado, esos vínculos se rompieron durante 1990 en forma estrepitosa. Los catastróficos resultados están a la vista. si bien es imposible una vuelta a los principios que orientaron al CAME, una nueva forma de cooperación entre sus ex países miembros parece imprescindible.

El CAME fue un producto del socialismo y muere con él. Nació de la afinidad política e ideológica y no de la complementariedad económica de sus miembros. Prueba de ello es que antes de la Segunda Guerra Mundial y de la configuración del bloque socialista, las economías del CAME, hoy estrechamente interrelacionadas, mantenían pocas relaciones comerciales entre sí. Estas se encontraban fuertemente integradas en el mercado mundial, sobre todo a la economía de Europa Occidental (aunque no Siempre en condiciones favorables), a la que ahora buscan reintegrarse. Si bien no emanó de las afinidades naturales de las economías de los países que lo integraban, el CAME acabó por generar, con el tiempo, una fuerte complementariedad entre ellas. Creó más interdependencia de lo que muchos de sus miembros quisieran, lo que aunado al difícil panorama que presenta la economía internacional obligará a todos ellos a continuar, de una forma u otra, cooperando en materia económica.

Encontrar nuevas bases de cooperación será tarea prioritaria de la nueva organización que se pretende constituir, y estas bases ya no podrán ser las que animaban al CAME. Estas reflejaban fielmente los mecanismos de funcionamiento interno de las economías planificadas de sus miembros. El intercambio comercial se basaba, con la ayuda del «rublo convertible» como unidad de cuenta, en el trueque. Al igual que en los mercados internos de los países miembros, los precios de los bienes y servicios que se intercambiaban dentro del CAME se fijaban por periodos largos y guardaban poca relación con los precios internacionales. Las empresas exportadoras de los países del CAME gozaban, en forma parecida a aquellas que producían para los mercados internos, de la misma posición monopólica que las insulaba de la competencia internacional y fomentaba el derroche y el estancamiento tecnológico. En consecuencia, y como reflejo fiel de sus economías internas, los costos de muchos de los bienes y servicios intercambiados dentro del CAME eran altos y su calidad baja. En suma, el CAME permitió la reproducción hacia él exterior de los defectos de la economía socialista.

La decisión de la mayoría de sus integrantes de transitar hacia economías de mercado, anunció la bancarrota del CAME. Sería absurdo e inconsecuente pretender liberalizar la economía interna y mantener insulado y bajo el antiguo régimen de privilegio y excepción al (hasta ahora) sector exportador. Así, el cambio hacia una relación comercial basada en pago de divisas fuertes y en precios internacionales (que conlleva la bancarrota del CAME, tal como se conoce) se presentó como uno de los corolarios del rechazo a la economía socialista. El CAME, tal como venía funcionando, estaba condenado desde las revoluciones de 1989. 

El CAME colapsó en escasamente un año, al declinar bruscamente el volumen de intercambio entre sus miembros durante 1990. En parte, eso se debió a la contracción económica que azoló la región, pero también al hecho de que, con las políticas de descentralización en los países del CAME, los exportadores encontraron mejores clientes (la URSS violó flagrantemente sus contratos de suministro de petróleo) y los importadores mejores productos que comprar en otros sitios. La proyección para 1991 es aún más lugubre: hay multitud de reportes de empresas situadas a lo largo del antiguo corredor industrial socialista (desde Alemania del Este hasta Siberia) cuya salud económica dependía, en gran medida, de las exportaciones a los países del CAME y que a la fecha no han recibido pedidos. Ello se debe, en parte, al caos que impera durante el actual proceso de transición (sobre todo en la URSS). También se debe a que, bajo las nuevas bases, dichas empresas no son competitivas. El daño que la restructuración del comercio internacional en esta zona trae a empresas, regiones y aun a países enteros está demostrando ser muy costoso. Hay muestras de que aun los más entusiastas defensores de la rápida transición al mercado, como Polonia, empiezan a replantearse la conveniencia de liberalizar de golpe sus relaciones comerciales con sus antiguos aliados. A su pesar, la cruda realidad económica cuestiona la pertinencia de las recetas aplicadas (con todo y su impecabilidad teórica) y milita en contra de sus aspiraciones políticas, que también han jugado un rol importante en estos sucesos.

En mayor o menor medida, para los países de Europa del Este la clausura del CAME no obedece sólo a su afán de transitar hacia economías de mercado. Es, y quizás en mayor medida, un acto político: de ruptura con su pasado comunista, de distanciamiento de la URSS y de acercamiento a Europa Occidental. Ello se refleja también en su presente afán por reducir su dependencia económica de la URSS (como suministrador de materias primas y mercado de bienes manufacturados) que no obedece sólo a lo poco confiable que se ha vuelto, sumida como está en una profunda crisis económica Los recientes hechos políticos en la URSS han agudizado la tradicional desconfianza que le guardan los países de Europa del Este, incrementando así su deseo de «guardar distancian. Pero, paradójicamente, esta «distancia» manifestada en este caso en el desmantelamiento del CAME, afecta más (en el corto plazo) a los antiguos «satélites» de Europa del Este que a la propia URSS. Su afán por distanciarse políticamente les ha traído serios quebrantos en lo económico. Es el precio que están pagando por su independencia política y su restructuración económica.

El CAME acabó por establecer una bien delimitada división del trabajo, que no siempre reflejó ventajas comparativas. Los países de Europa del Este producían bienes manufacturados de baja calidad que intercambiaban por materias primas soviéticas (sobre todo petróleo y sus derivados) a precios subsidiados. El cambio a pago en divisas y a precios internacionales, aparejado con el desmantelamiento del CAME, afecta doblemente a dichos países. Por un lado, su cuenta a pagar por el petróleo se incrementa notablemente. Por el otro, en muchos casos el mercado soviético pierde a productores más competitivos (por ejemplo, a los países de la cuenca del Pacífico). El resultado es ya una fuerte presión sobre sus balanzas de pagos. El momento para ello es especialmente inoportuno ya que la economía internacional, que no se encuentra en su mejor momento, tiene una limitada capacidad de satisfacer la abultada demanda de recursos financieros. En estas condiciones, el único factor atenuante es la fuerte caída en las importaciones-que naturalmente funciona menos tomando a la región como un todo-, producto de la brutal contracción económica que, estimulada por las políticas de austeridad y restructuración aplicadas, azola a la región. En 1990, gracias a dicha contracción, los saldos en el intercambio de mercancías llegaron a ser positivos en algunos de estos países. Con la clausura del CAME, el precio a pagar por mantener una balanza de pagos saludable durante 1991 será más alto. Es probable que algunas de las frágiles estructuras políticas recientemente establecidas no lo resistan. En este caso, es probable que la «vía rápida» de transición al mercado tenga que ceder el paso a una opción menos eficiente, pero con menos costos sociales.

La URSS, por su parte, parece que no podrá sacarle el debido jugo al cambio de reglas que la dimisión del CAME entraña. Su industria petrolera está en condiciones deplorables y se especula que, durante 1991, sus exportaciones de crudo podrían reducirse hasta en un 50%. Así, el mayor precio que recibirá por su petróleo se verá contrarrestado por el menor volumen de ventas. El cambio saludable en las relaciones comerciales contribuirá poco a aliviar los serios problemas que se avecinan en el sector externo de la URSS. Su deuda externa se abulta, al tiempo que los recursos financieros del exterior prometen ser aún más exiguos que los que recibirán los países de Europa del Este. Debido a la situación económica que prevalece y a las recientes medidas aplicadas en materia política y económica (a contrapelo de las recomendadas por el FMI-Banco Mundial), no se augura mucha inversión extranjera ni flujo de créditos para la URSS en 1991. Aunque debido en gran parte a la clausura del CAME, se proyecta que la URSS mantendrá un superávit comercial con sus antiguos aliados del bloque socialista, pero se espera que éste sea contrarrestado por un déficit en las relaciones comerciales con el resto del mundo. El fin de los subsidios que la URSS otorgaba a sus antiguos clientes, le traerá apenas un respiro cuando lo que necesita es una verdadera bocanada de oxígeno.

En conclusión, aunque todos los países involucrados (a excepción de Cuba y Vietnam, que afrontan otro tipo de problemas) parecen estar por una razón u otra deseosos de deshacerse del CAME, son pocas las ventajas que esto entrañará a corto plazo, y sus desventajas están resultando muy costosas. Es claro que un sistema como el del CAME es incompatible con las economías de mercado que sus antiguos miembros quieren construir. Es también comprensible que, después del trauma, los países de Europa del Este quieran orientar su 6turo hacia la integración económica y política con Occidente. Sin embargo, eso no debería ocultar el hecho de que, mal que bien, 40 años de vinculación económica han dejado su huella y que no sería sensato, ni para la economía ni para la política de la región, abandonar su fortuna al arbitrio del mercado. Es de esperar que en la nueva organización que nacerá de las cenizas del CAME se encuentren fórmulas para que, con el menor sacrificio posible en la aplicación de las políticas de restructuración, se logren conservar aquellos lazos económicos que, con un poco de apoyo político, podrían ser viables en el mediano plazo.