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María Luisa Mendoza. Escritora. Entre sus libros, De ausencia y Ojos de papel volando. En nexos, 61 (mayo de 1991) apareció la primera parte de esta memoria vívida con la que Maria Luisa Mendoza recupera los rostros ajenos, las palabras y las experiencias que conforman su autorretrato en la colección De cuerpo entero. El texto no llegó a incluirse al final de la edición. 

Por eso le saqué la vuelta, me resistí a poner nombres, porque se me vienen encima cientos a los que me debo, y no se pretende ni mucho menos exhaustivo directorio, sino escoger lo más contable. Aun así, me está permitido llorar a mis muertos (burra-trigo) y solazarme con mis gentes respirantes. Blanca Haro, Manolo Larrosa. Esta pareja par la encontré en mi hambre, como suele sucederme; en la búsqueda sin fin de la ganaduría del pan, me vi forzada a trabajar en la revista Espacios que Guillermo Rossell y Manolo realizaban entera, ayudados por Blanca. Muchacha frágil, femenina y delgada, extraordinariamente original, sui generis, de figura acristalada. Tenía un niño, Alfredito, muy inteligente, la había conocido antes en una reunión de intelectuales que yo frecuentaba en, otra vez mi hambre, de conocimientos (además era diferente de mi grupo primigenio, el de Ernesto de la Peña y Lorenza Martínez Sotomayor). Blanca escribía cuento y poesía; estoy segura de que si hubiese proseguido esa su vocación, hoy su nombre significase lo más alto; lástima, dejó las letras y es de esas penas que lloraremos los suyos incansables. Me enseñó mucho, la minuciosidad de la hermosura, a oír el aire, a oler los girasoles, a tocar las briznas a la orilla del camino, como la vez que fuimos a Malinalco a ver a Geles Cabrera que allí vivía, y el camión nos dejó en la cumbre del cerro y hubimos de bajar a pie, muchachas pues, deteniéndonos para mirar los abejorros, cortar tunas, florecitas lilas. Llegando al convento de Geles tuvimos que bañarnos a jicarazos con agua que sacábamos de un tonel, risas de veinte años, alegres como caballitos del diablo. Sólo recuperamos ese ritmo que sube al cielo, en Acapulco, nadando seis seres privilegiados una noche de luna en el mar. Mi amistad con Blanca ha sido difícil, accidentada y perfecta, de hondura fraternal. Nos hemos enfrentado una a la otra como lo hacen las hermanas, crueles e intransigentes, y hemos reanudado la virtud santa de ser amigas intimas; con ella Manolo significa un hito, me ayuda en la mirada abierta del afecto, construyó la casa donde vivo, su ternura entra por las ventanas en el sol que voy recorriendo cuando la habito días enteros, la conozco hasta en su rincón último, tan de sortilegio encalada, tan amorosa como su autor; me dieron a sus hijos niños, sus comidas sabatinas, su so- lidaridad en la muerte, son mis iguales.

Por eso no quería:… Chanesa Maldonado. No se ha movido durante años de la amistad que sellamos con una condición no dicha: ella era la que mandaba, era yo la que obedecía. En «La una y la otra se van a pasear», que está en mi libro de cuentos Ojos de papel volando, relato en mucho nuestra unión que ha tenido capítulos felices, pues vivimos la mejor época de la ciudad de México, una etapa sin aristas, nudo de inteligentes miembros del grupo al que íbamos. Eramos todos, los mejores, pensábamos; con Carlos Fuentes a la cabeza, el gran hacedor de horas insólitas; no puedo describir las fiestas inolvidables que Carlos dio y nosotros hicimos reír, y reímos, y bebimos y nos amamos. A Carlos lo conocí en la Facultad de Filosofía y Letras, un muchacho delgado y guapo que nos traía de cabeza porque era el único viajado que conocía ya Europa, hablaba de París, de Santiago de Chile, de Washington. En aquella bola prodigiosa fundaba cofradías; «Los Basfumistas» se reunían en panteones deshabitados, y yo los seguí de lejos; Ibamos a bailar a los lugares más pobres, peligrosos y de moda, con él nos sentíamos sapientes, originales, escogidos por Dios, unos chocantes muchachos jóvenes, talentosos y buenos, que eso éramos, a los que les corroían las ansías de vivir. Fui a ver a Carlos a París cuando acababa de nacer su niña segunda, que dejamos en la cuna para bajar a cenar a un restaurante cuyo siglo era un columpio a la entrada. En otro viaje a Francia, con Blanca y Manolo, Carlos nos llevó a un inocuo y blanco strip-tease, bobo como agua de horchata, y que nada más nos hizo singular la noche porque la encueratriz tomó la cara de Fuentes y la besó en la frente delante de toda la concurrencia… Lo visité en Virginia, donde vivía cerca de Washington, en una hacienda como de novela, como de cuadro de Nueva York, con granero, y la casita entre trigales de oro puro y árboles anaranjados, cafés, morados. Chaneca estuvo con él en su pedazo de vida en Londres, una mala temporada de frío insoportable y que hizo que Chane no se quitara el abrigo de pieles ni para dormir. Fue cuando corrió la leyenda de que Carlos trabajó como mesero unos días, pero no lo creo, y si ocurrió, el objeto no sería otro que literario. Carlos es así, vive la literatura textualmente. Es el hombre más hermoso, después de los sesenta años, que he conocido en mi vida. Siempre guapo, es cierto, pero hoy por hoy no tiene par.

Yo no sé si con Chaneca pensara igual de nuestra vida, por lo pronto mi vida con ella está jaloneada, como los dos burros de la fábula, ella tira a la realidad, yo a la fantasía, ella es consciente de los tiempos, las canas y el futuro en Ozumba donde proyecta una casita viendo a los volcanes para nosotras: engordar comiendo pan, mole, con cien perros y gatos y el régimen Implacable de su persona… Yo pienso todavía en un cuarto en San Miguel de Allende, en volver a París, en un traje de Ted Lapidus, en conservar la juventud a como de lugar, en seguir jugándomela en la política, en el amor, en el periodismo, en la literatura. No quiero el retiro, no lo pienso…

Desde luego Austreberta Maldonado Gallegos me ha enseñado mucho, la limpidez de casa, severidad del arreglo personal, su buen gusto literario, su perfección de hacedora de milagros en la estufa. Vimos París y devoramos los patos laqueados, Madrid y un hotel taurófilo donde fuimos a dar, para mi dolor, yo que odio la fiesta brava, y en donde decía Chaneca llegaban los toreros, y solamente encontramos a los bisnietos de aquellos diestros que ella recordaba… Hasta eso, una tarde vimos a un matador en andas, ni si quiera vestido de luces, arrastrado por dos picadores al vestíbulo del hotel en donde un toro disecado daba la bienvenida. Me ofreció mi estar en la mina de sal de la publicidad, gracias a la cual pude comprar un departamentito en la quilla del barco de la unidad tlatelolca, donde iba a vivir muy pronto el 68, además de mi matrimonio más largo, la escritura de mi primera novela Con él, conmigo, con nosotros tres, y la beca del Centro Mexicano de Escritores. Fui feliz en esa casita, su decorado ya más elaborado, no obstante tan mágico como el de mi cuarto primero en la calle del Río Támesis, o el otro de Reforma, junto a Excélsior, verdadera joya de buen gusto y deleite, de amor, y la planeación de lo que íbamos a ser. Todas las casas las tomaron en posesión Fuentes y Chaneca claro está, pero nadie con tal erupción de volcán como Pedro Coronel, quien nos tocaba a la madrugada la ventanita de Támesis y alcoholizado se instalaba hasta la mañana recitando «Muerte sin fin» y dándonos el privilegio de vivir una raya más de su vida. Iba yo en una camioneta por la Sierra Gorda de Guanajuato en mi campaña para diputada federal de 1984, cuando por radio, abriendo camino en la serranía tibia y fría de los pinares, supe de la muerte de Pedro Coronel. Me eché a llorar, y mi gente me calmaba, dado que en la escuela del próximo pueblecito debería echar mi discurso de rigor. Lo hice, nada más que no hablé del voto, sino del gran Mexicano que fue Pedro Coronel. Dije y dije bajo un alero que sombreaba el sol quemante helado de marzo o abril, a saber. Cuando terminé esa oración por el gigante, cientos de golondrinas volaron del alero hacia el cielo, como si Pedro, con esos mensajes, suavísimos que sólo él, tosco y seco en apariencia, grandemente varonil, pudo dar, como una turquesa en la palma de la mano.

Por eso no quería… ¿Para qué las ausencias, las presencias? Mis amigos. Los que viví. Ricardo Garibay en viaje por América del Sur, la Cruz del Sur en el cielo, Río de Janeiro, Buenos Aires, Froylán López Narváez, que accidentalmente estrelló en pleno aeropuerto de Santiago sus botellas de vino tinto; su crónica de mi primera novela («está mejor de lo que esperábamos…»); mis amigos de la Cámara de diputados, Rebeca Arenas con su aura de atractivo absoluto, su gracia incandescente veracruzana, su seriedad cuando toma la palabra en público, su casita (amo las casas), de Xalapa, nuestro viaje a Nueva York a hablar en la ONU, legisladoras, seriesísimas y volando a la calle después de las sesiones a vivir días impagables con Luis Orcí, mi otro amigo diputado que nos llevó en auto a la Universidad de Princeton donde estudió, y recorrimos los campos más campos otoñales de una América casi pegada a Canadá… Joel Lleverino, mi hermano de la LIII Legislatura, vaso de agua clara, pino que se dobla con la nieve y no se quiebra, bastón de Apizaco, su gentileza de campesino inteligente y bueno, una fiesta su trato, un honor su amistad leal… Joel es un líder duranguense natural, nato y neto, sabe de surcos, bordos, sequías, y la laguna es su zona por antonomasia, como su triángulo del silencio en Mapimí, el desierto que nos unió como si ambos hubiéramos oído las voces de la arena.

Un primo de Lorenza Martínez Sotomayor le habló por teléfono a las tres de la madrugada para preguntarle el nombre del señor que les Llevaba la leña a la casa de su abuelita… Loly desconcertada indagó para qué lo quería, a lo que el pariente dijo: «porque estoy escribiendo una lista de todas las gentes que he conocido en la vida… Así estoy, o no quiero estar. Vuelvo a insistir, mi palanca era el pensamiento, no el recuento, di con él como el oso que es atrapado en una trampa por la pata. Escribí sesenta cuartillas y rompí veinte, eran nada, basura, tuve que echar mano ya de mis personas amadas, no me quedó otro remedio, absolutamente imposible terminar en tres días, los finales de 1990, un ensayo filosófico sin pies ni cabeza.