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Bruno Estañol. Escritor. Entre sus libros, Fata Morgana y Ni el reino de este mundo.

Lo conocí ya viejo. Tenía un ojo exotrópico. Yo lo bromeaba diciéndole que todos los grandes hombres del siglo veinte tenían exotropia: Sanre, Borges, Buñuel. Tenía una esplendida imaginación: me dijo que cuando era chico, en San Juan Bautista, se asomó a una cámara fotográfica, de esas que estaban recubiertas por un trapo negro, y que una culebra escondida le picó el ojo y le produjo la exotropia.

Había escrito varios libros y tenía una gran capacidad para ser testigo de los acontecimientos. Casi toda su vida transcurió en el extranjero y aunque una vez volvió a la patria, nuevamente regresó al extranjero, por esa extraña capacidad que tenía de crearse problemas. A los diecinueve años, cuando empezaba la carrera de derecho se exilió por fuerza. Como mucha gente del trópico, andaba Siempre armado. Un día en una reyerta un compañero y coterráneo lo golpeó en la cara con la palma de la mano. Era entonces un joven delgado con poca fuerza física.

– Si me vuelves a pegar, te mato

– le dijo.

El otro le pegó nuevamente, ahora con el puño cerrado. Ofuscado, sacó la pistola y lo mató. Perseguido por la justicia se fue al extranjero. Exilio y trabajo. En el extranjero estudió letras y filosofía. Vivió la guerra de España y dio testimonio de ella. Escribió libros precisos y bellos. Llegó a ser profesor de literatura castellana en una gran universidad norteamericana. Fue más conocido en el extranjero que entre nosotros. Un día en el metro de Nueva York un gran político lo vio y le ofreció un puesto en México. Poco antes de venir le fue concedida una distinción. Al llegar, alguien en el congreso dijo que era inaceptable que a un asesino se le condecorara Después, siendo ministro de Bellas Artes fue despedido por permitir velar a una gran artista con una bandera extranjera sobre el féretro. Regresó nuevamente al exilio, aunque una oscura fuerza lo impelía a volver a la tierra. Cuando lo nombraron profesor emérito (eufemismo para quitarlo del poder) pasaba seis meses fuera y seis meses aquí En uno de esos viajes lo conocí. Eramos coterráneos y habíamos vivido en los mismos lugares aquí y en el extranjero y compartíamos la misma ambivalencia por nuestra tierra y por el extranjero. Nunca aceptó del todo nuestros defectos ni las supuestas virtudes de los anglosajones. Era más tabasqueño que mexicano y nunca abandonó su acento tropical. Lo imagino en Nueva York hablando de literatura castellana con el acento de Tabasco. El último día que lo vi fui a comer con él y con un amigo común a un restaurante español. Tomamos manzanilla y un vino de Rioja. El no quería comer mucho porque su mujer se lo había prohibido, dijo. Además, quería comer frijoles negros y carne de puerco. Pero al fin se contentó con un poco de pollo sancochado. Yo llegue un poco tarde y él me dijo:

– Disculpa que no me levante vertiginosamente pero es que ya me tomé dos manzanillas.

En la comida contó de la guerra de España, de Francia, de Nueva York. Nos relató su relación con Rómulo Gallegos, Neruda, Pellicer y otros. Nosotros le extendimos un certificado en una servilleta, que decía: «Los suscritos, médicos cirujanos legalmente autorizados para ejercer su profesión, declaramos que Andrés puede comer frijoles negros. Primero, porque nunca le han hecho daño. Segundo, porque le gustan mucho. Firmas». A los dos días lo internamos en el hospital con pancreatitis aguda. Nos sentimos algo culpables. 

Ahora que lo recuerdo desde el lugar mismo de su exilio, me pregunto qué sintió en estos lugares y si aceptó ser ciudadano de ambos países, o si tuvo que rechazar a uno para aceptar al otro, como mecanismo vital de defensa o si, en realidad, disfrutó del exilio y alcanzó una visión del país que otros nunca logramos.