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Mi introducción a las crudas me llegó vicariamente por medio de un m estro de matemáticas. Se llamaba Mr. Tatum, pero le llamábamos el Principe de las Tinieblas porque al menos una vez a la semana entrábamos al salón de clases y lo encontrábamos sentado con las luces apagadas, las persianas bajadas y un aspecto lastimero en la cara. En esas mañanas Mr. Tatum hablaba con suavidad para que la cabeza no le vibrara de más. Tenía también sobre su escritorio una botella de algo llamado nux vomica, que era motivo de carcajadas. «No se metan con esto», decía. «Algún día lo van a necesitar». Nos caía muy bien. No porque hubiera sido un gran quarterback universitario o porque manejara un MG rojo y tuviera hermosas mujeres que lo seguían a donde fuera. Nos caía bien por sus crudas. Nos confirmaban que llevaba una vida privada glamorosa y movida.

Hay que recordar que en aquellos días -hablo de principios de los cincuentas- las crudas eran vistas como una prueba honorable, incluso heroica. Las mejores personas tenían crudas, particularmente en el cine. Etiqueta por la noche, cruda en la mañana. Así era la cosa. Hasta las mujeres tenían crudas: Katharine Hepburn en The Philadelphia Story, Mima Loy en The Thin Man, Greta Garbo en Ninotchka. Las crudas eran divertidas, y más con una bolsa de hielo sobre la cabeza; también era divertido beber y estar ebrio. Los borrachos tan comunes en el cine que dos actores (Arthur Housman y Jack Norton) hicieron carreras exitosas con tan sólo actuar de ebrios con las bocas pastosas.

El hecho es que después de la Revocación (de la Ley Seca) la bebida era una novedad para la mayoría de los norteamericanos. El consumo del alcohol había bajado a menos de la mitad de lo que fue antes de la prohibición (0.97 galones per cápita contra 2.6) y sólo hasta 1970 regresó a los niveles de la preprohibición. Así que durante muchas décadas fuimos inocentes en materia de licor. Y en esos años de relativa austeridad añorábamos a los adorables veintes, una época en la que, como lo describió F. Scott Fitzgerald, la cruda se volvió una parte del día tan admisible como la si esta española.

El consumo del licor llegó a su punto más alto en 1981, lo mismo que nuestra percepción de sus peligros. Desde entonces la bebida ha decaído firmemente, en parte por el clima de cuidar la salud que hay en todo el país pero también porque se ha aumentado la edad legal para beber; también por la campaña para erradicar a los conductores en estado de ebriedad, y la reciente adopción de leyes que hacen responsables a los cantineros y dueños de locales por las consecuencias de los tragos que sirven. Somos más sofisticados en nuestros hábitos de bebida Beber es todavía algo que puede ser refinado, pero emborracharse no lo es.

A veces nos vamos de bruces, como me pasó hace unos cuantos meses cuando me desperté sintiéndome como Mr. Tatum. Pensé en tomarme un trago fuerte -un «farolazo»- pero me urgía recobrar el equilibrio, y lo otro sólo habría prolongado el proceso.

Recordé que en el primer cuento de la serie de Jeeves (de P.G. Woodhouse), Jeeves le da a Bertie Wooster un remedio clásico para la cruda, así que consulté el texto. Jeeves se aparece con un bebistrajo café en un vaso. «La salsa Worcester-shire es lo que le da su color», dice. «El huevo crudo lo vuelve alimenticio. La pimienta roja le da el piquete». Esa pócima habría estado bien para 1925, pero en 1991 un huevo crudo puede causar una salmonela, para no mencionar la fuerte dosis de colesterol. Ni modo, Jeeves.

Luego pensé en los alkaseltzers, pero sólo por un momento. Alguna vez W.C. Fields rechazó los efervescentes sobre la base de que el burbujeo hacía demasiado ruido. Esa mañana en particular supe exactamente a qué se refería Fields.

Habría tomado aspirinas pero recordé haber leído que una prueba reciente en el Centro Médico de Veteranos de Bronx mostró que la aspirina inhibe una enzima que digiere el alcohol y por tanto lo mantiene a uno ebrio por más tiempo. La aspirina, descartada. Encontré un par de remedios para la cruda en la contraportada de un libro sobre combinación de bebidas, pero sólo llegué hasta «ponga al fuego una lata de puré de tomate con dos bolas de helado de vainilla…»

Finalmente me dirigí a la tienda de comida naturista que me queda más cerca. El gurú encargado me dijo, no sin cierto dejo de santurronería que por lo general sus clientes no requieren antídotos contra las crudas. Sin embargo tenía algunas sugerencias: beber agua para contrarrestar la deshidratación; comer una ciruela umeboshi para restaurar la alcalinidad en el aparato digestivo; tomar vitamina C para desintoxicar la sangre; tomar un complejo B para reponer la vitamina B destruida por el alcohol; tomar aceite de evening primrose para estimular la actividad de la próstata; beber un vaso de magma verde (un concentrado de jugo de cebada) para una limpia general de toxinas y un trancazo rápido de energía.

– No tendría de casualidad algo que se llama nux vomica?- pregunté como quien no quiere la cosa.

El hombre me extendió una botella. La etiqueta decía que nux vomica era un remedio homeopático hecho de «extracto de nuez». Era para dolores de cabeza, vértigo, fotofobia y náusea. La compré, tomé un poco, y de inmediato me sentí mejor. Mentalmente le envíe una nota de agradecimiento a Mr. Tatum, y pensé que fue una buena cosa el hecho de que tuviera sus crudas en una época en que las crudas le daban estatura a un hombre. Hoy lo veríamos sólo como otro pobre baboso incapaz de controlar la bebida.

Tomado de Esquire, Julio de 1991.