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José Saramago

El año de la muerte de

Ricardo Reis

Seix Barral,

Barcelona, 1987, 357 pp.

Cuando el escritor portugués José Saramago publicó El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), su idea de la Historia se había traducido por completo a su labor como novelista (él prefiere llamarse narrador, por cierto). Las omisiones de los historiadores abren las puertas a un tiempo que Saramago entiende como perdido, a la manera proustiana, que permite la entrada de la ficción. Es ahí donde nuestro escritor hace su agosto. La Historia, por así decirlo, cobra vida y, en un caprichoso juego, los inicios de la guerra civil española y el advenimiento del fascismo, percibidos desde Portugal, son el marco referencial en un momento de la existencia de un personaje dos veces ficticio y dos veces literario: Ricardo Reis, uno de los heterónimos del poeta luso Fernando Pessoa y protagonista de esta novela. Resulta interesante que Ricardo Reis sea quien legitime la situación histórica que recoge Saramago. La estadía en el Hotel Braganca -donde se ha hospedado Reis por un largo tiempo -de algunas familias españolas que no simpatizan con el régimen de la Segunda República, sus comentarios ultraderechistas, durante las conversaciones de sobremesa reviven un asunto muy importante para la Historia de los años treinta de este siglo.

En El año de la muerte de Ricardo Reis no hay enrarecimiento de los hechos, lo que generalmente ocurre en los textos de los historiadores, sino que, como lectores, asistimos al nacimiento, a la epifanía de la dimensión cotidiana pero cargada de contenido histórico. Ricardo Reis atiende a distancia el discurso casi falangista de sus vecinos ibéricos y, poco después, aunque el personaje es políticamente conservador (no así Saramago, hombre de izquierdas), se preocupará por la suerte que corra el hermano revolucionario de Lidia, una criada de servir que Reis ha convertido en su amante.

Sólo un narrador convincente como Saramago puede incluir en una novela que «registra» paso a paso las reflexiones de un médico mediocre de 47 años de edad, la amistad que el protagonista traba con el fantasma de Fernando Pessoa. De hecho, el paso de las juventudes hitlerianas por la Lisboa de 1935-36, la presencia constante de dos viejos en una banca, frente a la efigie de Adamastor, el anuncio de Bovril por todos los sitios, la intervención italiana en Abisinia, todo, en fin, se ofrece de forma tan auténtica que la extraña figura de Pessoa y sus visitas intempestivas en el cuarto de hotel, primero, y luego en el apartamiento que arrienda Reis, son tan naturales como la lluvia sobre la ciudad o como la galante entrada de los trasatlánticos al puerto.

El viaje de la ficción por el tiempo perdido de la Historia en El año de la muerte de Ricardo Reis se impone también como un viaje interior, el del doctor Reis, un hombre gris que escribe versos sin decírselo a nadie más que a Pessoa Reis padece con estoicismo su soledad, sus temores y lleva a cuestas las restricciones sociales de su clase: «El amor es difícil, querido Fernando, no se puede quejar, aún tiene a Lidia, Lidia es una camarera». Y así, el médico tendrá que inventarse un amor platónico, el que le profesa a Marcenda, una joven que vive con su padre en Coimbra y que periódicamente va a Lisboa a atenderse de un brazo, el izquierdo, inerte. Sin embargo, con quien mantiene una relación real, hombre-mujer, es con Lidia, una mujer que pertenece al mundo que Ricardo Reis se ha organizado en Lisboa, luego de haber vivido 16 años en Brasil. Pero la ficción del amor por Marcenda resulta más fuerte que la presencia de Lidia Reis se apura a buscar a la chica del brazo inmóvil en una procesión religiosa rumbo a Fátima. Saramago, pues, hace énfasis en el sentido ficcional de la vida, y aunque ficcional, procede a modificaciones que establecen relaciones reales con los acontecimientos, y Reis, tan acicalado cuando acaba de llegar del Brasil, adopta hábitos de indolencia, porque desde luego nunca encontró a Marcenda en Fátima y le pesa la condición de camarera de Lidia. El lector podrá condolerse o no del doctor Reis, pero ya Saramago nos ha llevado en procesión a un universo casi medieval, en el que la fe y la venta de la fe van de la mano. Entretanto, se cuece la Guerra Civil en España y Hitler tiene, como Ricardo Reis, 47 años de edad.

Como en otras de sus novelas, Saramago no distingue entre autor y narrador (o narradores). Ha dicho que se imagina mucho más como alguien que está hablando que como alguien que está escribiendo. Los diálogos, que son muy frecuentes, no se señalan con guiones sino que se intercalan en la narración, y las voces se distinguen por medio de un inicio con mayúsculas. Lo narrado y lo, que hablan los personajes entre ellos parece Dialogar a su vez. Mientras los caracteres actúan y los observamos desenvolverse casi como si estuvieran dentro de un espacio teatral (dicho sea de paso, Saramago incursionó en el drama con A Noite y con Que Farei com Este livro), el autor/narrador se inmiscuye y opina largamente sobre los personajes: «En el fondo (Ricardo Reis) es un romántico, cree que el Día en que se enteren de su aventura con Lidia se va a venir abajo del escándalo el Braganca, y con este miedo vive, a no ser que lo que sienta sea el deseo morboso de que tal cosa ocurra, contradicción inesperada en un hombre que se dice tan despegado del mundo, ansioso al fin de que el mundo lo atropelle…»

Saramago acredita constantemente al «realismo», la necesidad de que las cosas y los seres novelescos sean creíbles, aunque con el mismo trazo revele los caminos de la ficción, lo que ya había elaborado en Levantado do Chao (Alzado del suelo) en 1980, cuando rompe con el neorrealismo al contar la vida de los campesinos de Alentejo a lo largo de este siglo. Lo que el narrador piensa sobre Ricardo Reis conduce al mismo artificio de «hacer creer» que al de recordar que lo que sucede no es otra cosa que ficción.

Como sea, el tiempo perdido de Saramago y sus triquiñuelas sobre realidad y ficción resultan una entre decenas de ideas posibles sobre su obra, sin duda, una de las más interesantes de la literatura europea finisecular. El año de la muerte de Ricardo Reis relata el último año de la vida de un hombre común y corriente (a pesar de que escribió algunos poemas de Pessoa) que manifiesta sus íntimas preocupaciones y sus mayores miedos, sus manías y sus pequeños gustos, aunque despierta en el lector la propia medianía con sus destellos de originalidad.

Por otro lado, Saramago delínea el mapa de la ciudad de Lisboa, con el cuidado y la pasión narrativas de un Joyce por su Dublín. Suben y bajan las calles hasta los muelles, en lo que el novelista crea la densa atmósfera del puerto: «Llueve fuera, en el vasto mundo, con tan denso rumor es imposible que, a esta misma hora, no esté lloviendo por la tierra entera, va el globo vertiendo aguas por el espacio, como peonza zumbadora. Y el oscuro ruido de la lluvia es constante en mi pensamiento, mi ser es la invisible curva trazada por el son del viento, que sopla desaforado…».

Y así como Raimundo Silva en la Historia del cerco de Lisboa (1989) modifica el texto histórico que corrige para una casa editora, y de oscuro personaje pasa a reinventar un episodio medieval, así Ricardo Reis, tan absolutamente ficticio, se transforma en nuestro reflejo, aunque no vivamos en 1936 y no seamos un médico casi cincuentón que escribe versos y que conversa con Fernando Pessoa.