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Estábamos todos muy contentos adquiriendo diversos artículos en un almacén de reconocido prestigio. La magnifica organización familiar descubrió este modo de hacer la compra tú la fruta y la verdura; yo, abarrotes, blancos y salchichonería. No era lo que se llama una propuesta democrática, pero la acepté como se aceptan las cosas que se vuelven costumbre y uno acaba queriéndolas por el simple hecho de que ocurran Siempre.

«Yo la fruta y la verdura», repetí mentalmente, y me encaminé por un pasillo de galletas, panetones y Pan ideal -como le dice mi padre al Pan Bimbo- hacia los anaqueles del fondo. En los supermercados de los que hablo la fruta y la verdura. siempre están al fondo. Caminé inexplicablemente feliz, como si me hubieran premiado o hubiera ganado una cantidad interesante de dinero en la última semana. Esto es la vida, pensé, lo demás son trampas de los sueños que caducan, turbias diversiones de la voluntad.

Elegir el jitomate bola puede parecer a simple vista una operación no sólo sencilla sino humillante. Es todo lo contrario, muy complicada y, además, fortalece el espíritu. Se sabe: si el jitomate se consumirá en breve, su textura puede ser blanda; pero si se piensa en el almacenamiento, el jitomate debe estar duro para que el tiempo lo madure y apruebe la buena ejecución de, digamos, una ensalada.

Estaba en esto y otras cosas, como la lechuga romana, la zanahoria, el pepino, la sabiduría que implica diferenciar el cilantro del perejil -uno tiene raíz, el otro no-, cuando se oyó por el sonido local del almacén de reconocido prestigio una voz femenina llamando a la corrección de un precio, de un olvido involuntario:

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. Junto a mí una mujer examinaba un melón y le daba golpecitos como si alguien viviera adentro. Se oyó de nuevo la voz:

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. La misma mujer metía en una bolsa de plástico una cantidad de limones suficiente para darle limonada a unas sesenta personas con mucha sed. Una cinta reproducía los acordes orquestales de una canción de los Beatles: «Nothing’s gonna change my world». Se interrumpió la música y se oyó la voz de la mujer

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. Estaba a punto de decirle a mi compañera de frutas y verduras que los empleados de abarrotes se caracterizan por su impuntualidad, cuando la voz regresó, pero ahora áspera, cercana a la agresión:

– Abarrotes y servicios, favor de pasar a la caja siete. No te escondas entre la muchedumbre -dijo la mujer-. Sé que estás aquí. Siempre supe que no tenías vergüenza. Vienes hasta aquí con tu mujer y tus mentiras como si no hubiera pasado nada entre nosotros. ¿Qué nueva mentira traes contigo? 

Un silencio de eternidad, como quería Baundelaire, invadió el almacén de reconocido prestigio. La señora del melón volteó al techo como si quisiera encontrar en él la cara dolida de la mujer que hablaba inopinadamente por el sonido local. Pero yo supe, por mi conocimiento de los almacenes de reconocido prestigio, que la voz venía del departamento de devoluciones, ni más ni menos. Un hombre que como yo compraba la verdura se pasó una mano por la cara No pudo disimular el miedo, la tensión dominó su mano derecha y despanzurró un jitomate -que yo había desechado- y que estaba listo para ser partido en rodajas.

El silencio se convirtió en desconcierto y éste en confusión. Una mujer dejó caer al piso la pasta Anti-Sarro con Fluoristat y los jabones Antibac -bac se refiere, supongo, a las bacterias que elimina el jabón- y un paquete de Panty Shields para una perfecta higiene femenina después de «esos» días. Por alguna razón que, creo, tiene que ver con la solidaridad, le dije al hombre que había triturado el jitomate:

– Un útil instrumento de persuasión, ¿no le parece? -señalé las bocinas del sonido local y vi su mano derecha enrojecida, húmeda.

– Y pensar que te quise como a nadie -se oyó la voz, ahora con dos puntos más de volumen-. Que pasé años de mi vida en la sombra del secreto, que me alejé de todos. Como pude ser tan ciega. «Somos descaradamente felices», me dijiste una de las últimas noches que pasamos juntos hasta el amanecer lluvioso de un día de mayo. Eso fue lo que dijiste, ¿te olvidaste ya? Durante toda esa noche en que bebimos nuestro vino y nuestro sudor y nos quedamos dormidos, cansados de ser uno solo, convencidos de que aquello no era un sueño sino el momento más feliz de nuestras vidas, ¿te olvidaste ya? ¿Por eso regresas con tu mujer como si nada hubiera ocurrido entre nosotros?

Todos suspendieron sus necesidades compradoras, atentos a la voz. Un hombre rompió el pasmo:

– Me perdonan, pero un amor así debe ser una esclavitud espantosa.

Era un hombre de abrigo gris y lentes y una mirada perdida en el abismo y no frente al refrigerador de cervezas heladas. Supe de inmediato que se trataba de un profesor de filosofía de la Universidad de Berkeley que pasaba sus vacaciones en la ciudad de México. Las circunstancias me obligaron a responderle esto:

– Eso lo dice Spinoza; y me va a perdonar, pero Spinoza tiene más contradicciones que semillas esta sandía- alcé una sandia verde y madura para enseñársela.

– Piénselo, amigo -me dijo el profesor-. Un amor así es una esclavitud. Por detrás de nosotros se acercó una mujer hermosa, de unos treinta y tres años recién cumplidos, vestida para hacer el mercado: jeans deslavados, blusa de flores, zapatos bajos. Era muy bella y dijo:

– El asunto es si esta pobre mujer fue engañada o no. Por lo que dice creo que él mintió más de una vez. A cambio de las mentiras él recibió certezas diarias, cariño, actos de amor, más que palabras hermosas.

Una corriente eléctrica que emergió de una de mis zonas erróneas sacó una chispa que no pude controlar:

– Dios mío -le dije-. Parece usted candidata a diputada por el sexto distrito. ¿Como puede usted deducir todo eso? ¿Quién es usted, Aristóteles disfrazado de ama de casa joven y bella? ¿No se le ocurre pensar que las cosas fueron de un modo más complicado, menos simple? Además -le dije-, le aclaro que no es tan fácil distinguir la verdad de la mentira.

– No me gusta lo que me dice- dijo la mujer.

– Lo siento mucho- le contesté.

– Lo siente mucho, pero usted da a entender que la verdad y la mentira son la misma cosa. Una mentira siempre es una mentira.

Creo que el profesor de filosofía dijo en voz muy baja, mientras ponía en su carrito un paquete de cervezas:

– Ahí si, la joven señora se equivoca.

– ¿No se le ocurre pensar -le dije a la señora- que tal vez él estaba muy enfermo y tuvo que irse para evitarle mayor dolor?

El filósofo me miró con su mirada de abismo y tuvo conmigo un detalle que ninguno de mis amigos habría tenido, me señaló el carrito de la compra de la mujer joven y bella y, en él, un paquete de toallas femeninas. Entonces me dijo:

– En estos días el debate civilizado es imposible. Nada que hacer.

Como lo último que dije no me pareció lógicamente sólido, abandoné el lugar del jitomate y los limones. El filósofo y yo alcanzamos a oir que ella nos dijo:

– Son ustedes unos machistas detestables.

Otra vez el sonido que se emitía desde el departamento de devoluciones:

– De pronto un día, te lo confieso, me descubrí aterrada de estar sin ti. Lloraba por las noches y el sol traía la certeza de que ya no estabas conmigo, que ya no te esperaba a la siete, a las ocho, a las nueve, en una espera en la que se mezclaban el placer, la ansiedad y la rabia. Ya no llegarás otra vez a mi casa y yo ya no te esperaré. No volveré a oírte decir: «Es que tuve un día muy pesado», ni te quitarás el saco y te aflojarás la corbata diciendo que aquel lugar, mi casa, era un refugio, una de esas cosas por las cuales la vida merece la pena vivirse. Sé muy bien, querido, que no volverás a llorar en mi almohada recordando a tu padre cuando era joven, ya no harás memorias de tu infancia en el campo de fútbol mientras fumas el noveno cigarro de la noche y del amor y del sexo. A cambio, yo no te contaré la primera vez que hice el amor con un hombre tan mayor que pudo ser mi padre. No voy a contarte nunca más de la noche en que besé a una amiga en la boca para saber qué se sentía y, tampoco, repetiré frente a ti el simple mecanismo de pararme al baño después del amor ni, por cierto, tú volverás a gritarme desde el cuarto: «¿Te ayudo?». Y no irás nunca más a ese baño, un tiempo después de habernos querido hasta el llanto, húmedo de mi, y yo no diré: «Me lo cuidas». Nada de esto volverá a ocurrir entre nosotros. Deja que yo no sea nada para ti. Cambiaré de nombre si es necesario, cambiaré de manera de ser y dejaré de usar el vestido azul que tanto te gustaba, me cambiaré de casa para borrar los rastros, no quiero seguir en el mismo lugar en donde fue verdad tanta mentira.

La voz del sonido local se interrumpió de golpe. El profesor de filosofía dijo:

– Esto empieza a ser verdaderamente desagradable. Compro mis servitoallas y me voy. Ahora bien- me dijo siguiéndome con su carrito repleto de mercancía-. Vea usted: si Walter Benjamin hubiera conocido estos grandes almacenes habría cambiado el tema de su gran proyecto inacabado. Los pasajes habrían sido Los almacenes: en ellos ocurre todo lo que compete al ser humano, ¿ya lo había pensado? Los grandes almacenes de autoservicio son el enigma por excelencia de la modernidad.

No pude decirle si lo había pensado o no porque el hombre que estranguló el jitomate bola estaba sentado, en cuclillas, bajo el anaquel de los pañales desechables llorando como un niño. Lo auxiliaba un empleado de salchichonería. Le decía que se tranquilizara, que todo lo curaba el tiempo y que, además, no era muy común que esto ocurriera en la tienda. Las mujeres, dijo, son impredecibles. Era un generoso empleado de salchichonería. Abrió un paquete nuevecito de servilletas y él mismo se encargó de limpiarle las lágrimas. El filósofo de Berkeley y yo nos acercamos. Nos llevó, es cierto, una curiosidad insana; le preguntamos si era él a quien le hablaban. El hombre del jitomate se incorporó, tomó otra servilleta que le ofreció el empleado de salchichonería y nos dijo:

– ¿Ustedes creen que si ella fuera la que no es, yo estaría llorando de este modo vergonzoso? No, señores, si yo fuera el hombre de quien esta mujer habla, ya estaría en el departamento de carnes, escondido entre los sirlones. No soy él, por desgracia. A mi lo que me pasa es que acabo de tener un hijo y estoy emocionalmente exhausto. Además, no sé qué pañal comprar: ¿Chicolastic o Kleen Bebé?

Fue hasta entonces que pudimos darnos cuenta de que el almacén se había convertido en un auténtico salón de discusiones. Ya no había silencio sino un murmullo intenso. Una mujer le reclamaba a su marido:

– Es el colmo, Arturo, inconcebible. Hasta en el mercado te siguen las mujerzuelas que dejas por la vida.

Un hombre sudoroso respondió detrás del anaquel de las sardinas:

– Tranquilízate, cariño, por favor. ¿Tú crees que si yo supiera que aquí hay una mujer con la que yo tuve que ver, te hubiera dicho que viniéramos a comprar aquí la carne molida y las almendras? Pues claro que no, mujer, te hubiera dicho que las compráramos en Satélite. No te pongas así, cariño, por Dios.

Yo no sabia que una carne molida con almendras pudiera ser un platillo, una comida, una cena. Me felicité por no ser amigo de esta pareja que da carne molida con almendras. En ese momento vi a Evelia que venía con el carrito lleno de mercancía Me dijo:

– Esta mujer ha sufrido horrores, vámonos de aquí. Por qué tenemos que saber las intimidades de estos amantes desdichados. Mejor vámonos.

El sonido local, otra vez:

– ¿Sigues ahí? Ahora sé que las geografías de nuestras vidas siempre fueron diferentes. Nuestros usos horarios nunca fueron los mismos. Mientras para ti las cosas anochecían, para mi empezaba la mañana. Cuando tú traías el mediodía a la casa, yo estaba de noche en otro país y en otro idioma.

Sobre el sonido que invadía hasta el último rincón del almacén de reconocido prestigio se oyeron voces de protesta:

– Basta ya, no lo torture de ese modo- se oyó uña voz indignada-: El también la quiso.

– No estoy dispuesto a seguir oyendo todas esas barbaridades, me quejaré con el gerente.

Evelia y yo decidimos enfilarnos hacia la caja tres del almacén. Los ánimos estaban muy caldeados y, además, los Rodríguez nos esperaban a cenar. Una mujer de edad se acercó y nos dijo:

– Miren, el asunto es así: ella, la de la voz, quería casarse con él, porque lo amaba. Y como no pudo ser, en parte porque él ya era casado cuando la conoció, ella está muy enojada. Nada más: los jóvenes pierden los estribos con mucha facilidad ¿no lo cree así, señora? -le preguntó a Evelia.

– Hay algo más, señora, si me permite: se quisieron como locos, digo, por lo que he oído.

De nuevo la voz:

-«No me iré sin ti», me dijiste una noche, ¿ya lo olvidaste? Pero tiempo después entendí que no hacemos sino eso: irnos y nadie ni nada regresa nunca. ¿Cuántos amigos te quedan, querido? ¿Lo ves?, nada regresa. Entiendo que sea éste un medio inusual para comunicarme contigo, pero no contestaste el teléfono de tu oficina ni respondiste los recados y las cartas y, como tú mismo decías después de las peleas y los rencores, siempre hay una vez más para decir. Algo más: creo que usaré este medio las veces que sea necesario, en distintos momentos de infelicidad y duda profundas.

– Ella ha sido muy dura con él- le dije ya en la fila de la caja y enmedio de las muchas discusiones y aclaraciones que suscitó la mujer del micrófono.

En el pasillo que nos llevó a la caja tres, que nos llevaría, además, a la salida, oímos trece veces la frase «No te pongas así»; ocho veces la frase «Por favor, cariño, yo no sé quién llama a la casa y cuelga el teléfono»; cinco veces la frase «Te lo advierto, eso seria intolerable», y una vez la frase «Nada qué ver y mejor cambiemos de teman. Esta última me pertenece y se la dije a Evelia cuando ella me reclamó que yo defendiera al hombre desconocido. Entonces me dijo:

– ¿O tienes tú algo qué ver en todo esto?

La vida, dice Bioy Casares, es un ajedrez y uno nunca sabe a ciencia cierta si va ganando o perdiendo. La discusión con Evelia fue absurdamente ríspida, tan áspera que la cajera que marcaba nuestras compras en una máquina flamante intervino y dijo:

– Sí señora, él señor tiene razón. Yo ya leí el libro de Bioy Casares que acaba de citar, en la página ciento y tantos alguien dice: «Para los que se quieren, no hay nada que no se arregle entre las sábanas». Nunca se olvide de eso, señora. Yo lo tengo subrayado y releo la frase cada vez que salgo en las mañanas.

La cajera siguió marcando los diversos artículos que habíamos comprado. Sobra decir que llegamos tarde a la cena de los Rodríguez. A pesar del retraso la pasamos muy bien, bebimos whisky y vino blanco y vino tinto y algo de pernod.

No recuerdo con claridad cómo llegamos a la casa. Me acuerdo, eso si, del amanecer y de Evelia atrayéndome hacia su cuerpo y de que, algo insólito, no tuve cruda. No podía creerlo después de los tragos de la noche anterior, pero a veces ocurre lo inesperado.