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Amores del joven Novo

Sergio González Rodríguez, narrador y ensayista. Su último libro es La noche oculta (Cal y Arena). Próximamente publicará Los amorosos, relatos eróticos mexicanos. También es profesor de literatura en el Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora y tiene a su cargo el Archivo de Salvador Novo. Este ensayo es parte de un estudio más amplio y en marcha sobre la vida y la obra de Novo. 

Para Gloria Pérez Jácome

Antonio López Mancera

Salvador López Antuñano 

Hacia 1920, la ciudad de México comienza a recibir a gran parte de los contingentes que dejan la provincia devastada por los estragos revolucionarios. Entonces, la población capitalina era cercana al millón de personas; veinte años después, se duplicará. Este crecimiento tuvo un eje: el nuevo orden industrial que se comienza a imponer a la economía del país, y hará que la capital concentre y centralice los mayores recursos. En la vida colectiva se inicia así algo que se insinuó en los últimos años del porfiriato: el llamado de una cultura urbana moderna, y sus pugnas con los arraigos de la sociedad tradicional, plena de vigencias. Sí los usos amorosos parten del fundamento que define la práctica de la sexualidad en un periodo, durante los años veintes y principios de los treintas, la ciudad de México vivirá un primer episodio entre los impulsos modernos, liberadores, y las normas morales de un Estado postrevolucionario que busca unir, reafirmarse nacionalmente, junto a la trama cerrada de los preceptos católicos; en suma, familia, monogamia, decencia, trabajo.

La cultura urbana moderna reconoce en el libre mercado, el sujeto individual y la formación de las esferas seculares de lo público y lo privado tres de sus elementos primordiales. La sexualidad se expresa a través de ellos. En la ciudad de México de los años veintes y principios de los treintas se comenzó así a perfilar una «identidad homosexual», distinta de lo que pudo ser una «conducta homosexual» de tiempos previos, mediante un hecho que describe John D’Emilio en estos términos: «Sólo cuando los individuos comienzan a ganarse la vida con un salario, en lugar de ser parte de una unidad interdependiente de tipo familiar, fue posible para el deseo homosexual unirse en una identidad personal -una identidad basada en la habilidad de permanecer fuera de la familia heterosexual y de construir una vida personal basada en la atracción de alguien de su propio sexo».

Los usos amorosos del joven Salvador Novo, Siempre a contracorriente de las normas morales que proliferaron en aquellos años, permiten acercarse a un aspecto formativo de tal identidad homosexual: la idea del secreto y sus espacios clandestinos.

Cuando el homosexual «aparece en el registro de la vida intelectual y social» del país, con poetas como Novo, Villaurrutia, Porfirio Barba Jacob, o pintores como Manuel Rodríguez Lozano, Roberto Montenegro, Chuco Reyes Ferreira, Abraham Angel y Agustín Lazo, enfrenta persecuciones de otros artistas e intelectuales en nombre de campañas «moralizadoras». Orozco caricaturizó a los homosexuales como «Los anales», Antonio Ruiz el Corso pintó a Novo y Villaurrutia como enemigos del pueblo por su elitismo afeminado y Diego Rivera los ridiculizó en los murales de la Secretaria de Educación Pública. A finales de octubre de 1934, cincuenta intelectuales presentan una denuncia ante el Comité de Salud de la Cámara de Diputados, fundado en 1932, que exige la «eliminación completa de afeminados» de los puestos gubernamentales. A pesar de que el Comité recibía un promedio de cincuenta a ochenta cartas sobre diversas denuncias, la que fue dirigida contra los homosexuales causó un gran revuelo. Se fundamentaba en la idea de combatir a «los elementos que crean un clima de corrupción, hasta el extremo de impedir el arraigo de las virtudes viriles entre la juventud. Esta campaña la encabezaron Manuel Maples Arce, Jesús Silva Herzog, Mariano Silva y Aceves, Francisco González Guerrero, Juan O’Gorman, Héctor Pérez Martínez, Rafael F. Muñoz, Ermilo Abreu Gómez, Gustavo Ortiz Hernán, Arqueles Vela, Julio Jiménez Rueda, José Rubén Romero, Mauricio Magdaleno, Renato Leduc, Fernando Leal, Ramón Alva de la Canal, Julio Castellanos, Fermín Revueltas y Germán Cueto.

Si ese episodio se ha divulgado, ha sido como mero efecto de un clima de intolerancia de la época, pero se ha pasado por alto que obedeció a una causa específica la razzia policiaca que al parecer involucró a Novo o a Villaurrutia pocos días antes de aquella denuncia. Una nota de la revista Detectives que se publicó el 15 de octubre de 1934 -la denuncia de los intelectuales es del día 31- señala:

La gacetilla policiaca de las últimas semanas se refería a la captura de unos «niños bien» que habían sido sorprendidos en una casa de la Rinconada de San Diego cuando se entregaban a expansiones demasiado atrevidas. La gacetilla no citaba nombre de alguno de esos «niños bien» que provocara el escándalo de la época. Sin embargo, más tarde, en los mentideros teatrales, cafés y tertulias se citaban nombres de algunos que forman el cenáculo literario en boga, y se asociaban tales nombres a los de algunos reproducidos por Diego Rivera en uno de los frescos de la Secretaría de Educación Pública.

La nota y las declaraciones anexas de un agente policiaco ilustran sobre la homofobia vinculada a un antiintelectualismo, y los presuntos privilegios de homosexuales cercanos a funcionarios de alto nivel:

No deja de producir graves meditaciones tratar de resolver satisfactoriamente las causas del homosexualismo en los círculos intelectuales, decía el detective. Habría que aclarar que este distinguido policía se ha encontrado en las listas a individuos muy conocidos en determinados centros y círculos que están calificados como afeminados sorprendidos in fraganti. En el momento de resolver el castigo para esos individuos, aunque sólo sea por inmoralidad o faltas a la moral pública, se ha encontrado en situaciones muy embarazosas. Hay nombres que pesan mucho por su «respetabilidad» pública y por su «personalidad» literaria.

Las opiniones del policía sobre el caso concluyen con dos preguntas criminológicas sobre la causa del homosexualismo entre los intelectuales que tienen, a estas alturas, una ironía involuntaria: «¿Será por hastío del goce normal? ¿Influirá mucho la lectura de determinado género?».

En esos años de atmósfera persecutoria, no resulta extraño que Salvador Novo haya desarrollado una furia satírica como no se ha visto igual en la cultura mexicana del siglo XX. Contra las moralizaciones del estalinista Bloque de Obreros Intelectuales, escribió:

De todo, como acervo de botica, en un crisol en forma de mortero, bazofia de escritor, caca de obrero, cuanto pueda caber en bacinica, al Comité de la Salud Pública que imparte un diputado reportero, al que no sea burro o manadero, denuncia porque daña y porque pica,

No temáis que la gente se equivoque, que sí aprenden a hablar los animales los denuncia la cola que les cuelga.

Quedaremos de acuerdo en lo de Bloque;

pero obreros, ¿seréis intelectuales si el seso os anda en permanente huelga?

En 1934 se dio también un episodio decisivo en la definición de una tendencia conservadora contra las incipientes reformas del sistema educativo, cuando el Secretario de Educación, Narciso Bassols -bajo cuyas órdenes trabajó Novo- intentó ampliar las nociones educativas en lo sexual a los alumnos de primaria. El Congreso Panamericano del Nilo y la Sociedad Eugenésica Mexicana habían recomendado instruir a la infancia como medida preventiva contra el número alarmante de casos de adolescentes y jóvenes con embarazos indeseados, abortos riesgosos, hijos «naturales», relaciones premaritales, enfermedades venéreas y «perversiones sexuales. Bassols ordenó un informe técnico de un «tema prohibido por razones religiosas». Antes de que llegara a publicarse, las asociaciones católicas de padres de familia desataron una campaña en contra que, a la postre, provocaría la renuncia de Bassols. Los católicos pensaban que la educación sexual era un «medio para violar niños inocentes», un «complot comunista contra México», una vía para dar entrada a «la pornografía» en las escuelas. Esta visión unitaria de la sociedad, donde un peligro conduce a otro, es típica del pensamiento católico y sus prescripciones de lectura. Desde el Primer Congreso Católico Mexicano de 1903, se propuso trabajar por los «grandes intereses nacionales», sostener iglesias católicas y emprender cruzadas moralizadoras contra los vicios sociales. En la época postrevolucionaria, como puede verse, esto no sólo se había sostenido, sino se había incrementado.

Asimismo, desde el gobierno de Venustiano Carranza, el Estado mexicano habla buscado una mayor precisión y eficacia normativa en los asuntos de la vida urbana, las costumbres y la moral social. En 1917, Carranza procuró la Ley de Imprenta que reglamentaba los ataques a «la vida privada» y a «la moral», y en su Informe de gobierno de 1919 afirmó: «Verdaderas campañas se han sostenido contra el juego y los demás vicios; contra la vagancia se han tomado enérgicos acuerdos y se ordenó la supresión de los bailes públicos y el cierre de los expendios de alcohol a horas convenientes de la noche. Este conjunto de medidas ha contribuido a mantener el orden. En su primer año de gobierno, Alvaro Obregón procuró reorganizar y profesionalizar el cuerpo de policíaca, erradicar inmoralidades y hacer más segura la ciudad, tarea que continuaron Calles y Portes Gil en áreas esenciales como control político, de diversiones públicas y de ordenamiento del tráfico urbano.

El escritor español Joaquín Belda, en su novela galante y poco conocida El fifí de Plateros, dejó una estampa de la ciudad de México de 1925, cerca del barrio de tolerancia de Cuauhtemotzín:

En cada cruce de calles había un gendarme con su rifle y su farol: para mantener el orden y también un poco la leyenda, porque al verlos tan aparatosamente armados, los papanatas que venían de fuera solían decir:

– ¿Eh? ¿Qué tal? Los simples policías tienen que ir armados como si  fueran a la guerra.

Conforme la ciudad crecía, también se multiplicaban los sitios de trato prostibulario, las cantinas o cabarets. si hacia principios de los veintes hubo registro de más de ciento cincuenta prostíbulos, hacia mediados de los cuarentas se estimó la existencia de más de ciento cincuenta «casas de mala notan, cuatro mil cantinas y cuatro mil cabarets. Pero el peso normativo se enfocó, más que a los Reglamentos de Policía y Buen Gobierno, a la legislación del Código Penal, expedido en 1931 por el gobierno de Ortiz Rubio, cuyo Título octavo tipifica los delitos contra «la moral pública y las buenas costumbres», sostén jurídico desde entonces de toda campaña en nombre de la moral.

Dos años después, el Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos se abocó a normar lo referente a la prostitución y las enfermedades venéreas, que hacia finales de los veintes despertaron la alarma de algunos especialistas, como Bernardo J. Gastelum, que estimó en más de la mitad de los mexicanos el padecimiento de la sífilis. Sin este panorama normativo es difícil esclarecer el contorno de los usos amorosos de aquellos años y aproximarse a la identidad homosexual, que puede ejemplificar el joven Novo y su tránsito por dos etapas; el hallazgo y certeza de su diferencia; y la búsqueda de otros semejantes a él y sus espacios particulares.

En Torreón, a los doce años, Novo recibió un beso de un compañero escolar en un camerino furtivo, como cuenta en sus «Memorias»: «Aquel secreto que era al mismo tiempo una revelación vagamente esperada, me llenó de una intima felicidad. Era el triunfo de mi belleza, la realización de mi anhelo de tener un novio como las muchachas del Colegio Modelo, las posibilidades de penetrar en el misterio del cuarto vacío a que el hombre desconocido se había llevado a la sirvienta Epifanía». El despertar sexual del niño Novo tuvo tres experiencias consecutivas: la lectura de La fisiología del matrimonio de Amancio Peratoner que le reveló las características de «la virginidad y de la desfloración», además de los «misterios del otro sexo» con láminas y descripciones; los escarceos exploratorios, Siempre fallidos, con una joven sirvienta; y, por último, su entrega a un muchacho mayor con este resultado: «no experimenté el menor dolor- aunque tampoco el mínimo goce»

En 1917 Salvador Novo regresó a la ciudad de México, acompañaba a su familia que huía del desorden revolucionario. Poco después, su padre, que había permanecido en el Norte, murió y él, hijo único, reafirmó sus cercanías maternas; su madre era quince años mayor. Novo se inscribió en la Escuela Nacional Preparatoria y encontró en David Niño Arce su primer amigo y compañero de «pinta» a Chapultepec, la Alameda, El Museo, los escaparates del Centro. Y más que el apego a la lectura, Novo descubrió el cine Vicente Guerrero y el Briseño, pleno de danzones y putas, junto a las que «se inhibía y congelaba, no sabia de qué hablarles», y que en la pantalla presentaban héroes que se convertían en su objeto de deseo: «Me humillaba no el pensamiento de ser un `anormal’; no el hecho de sentir por ese hombre un deseo y una pasión que yo no alcanzaba a sentenciar, a calificar de culpable; sino el hecho de que sin duda mi sentimiento era tan singular, que me hacia tan único, tan extraño en el mundo que si mi héroe lo conociera, lo probable es que me despreciara por ello, me humillara, me golpeara en vez de besarme». Así, «iba manifestándose, y cristalizando mi carácter en formación: con su búsqueda del placer por el sufrimiento, de la exaltación por la humillación. En esa época, cuando Novo se entera de que un pariente, con quien compartía cuarto en la casa familiar, había roto su amistad con un amigo por ser éste «un puto, sintió que «aquella ruptura violenta de una vieja amistad, se originaba justificadamente en la misa culpa siniestra de que yo me sabia indefenso reo; y que ese destino de abyecta, súbita e irremediable segregación me aguardaba en la vida».

Al finalizar el curso escolar, tanto Novo como David Niño Arce tuvieron problemas por su ausentismo; a su debido tiempo Novo aprobará el primer año en exámenes extraordinarios, mientras Niño Arce se dedicará al teatro. «Fue en esa época cuando David y yo nos confiamos abiertamente nuestras idénticas inclinaciones». Poco después, Novo tendrá un encuentro clandestino en el cuarto de la azotea con el chofer de la casa «La almohada, su cuerpo, su rostro áspero, sus manos duras, efundían un olor de gasolina que a partir de aquel acto, iba a condicionar durante mucho tiempo un placer que en aquel momento gustaba verdaderamente por la primera vez».

Por Niño Arce tiene Novo un encuentro con un maestro de teatro y accede al cuarto «sombrío que él habitaban; poco después conoce a un pianista que será una especie de confidente, «capaz de ampliar el mundo de mis experiencias», y que se hacía llamar Clarita Vidal: «me llevaba todos los días a presentar con gentes diversas y pintorescas, a conocer sus casas y sus medios bizarros». Así pudo conocer vecindades y cuartos «pecaminosos», «ocultos y sombríos».

En la clase de literatura de Erasmo Castellanos Quintó, Novo conoció a Villaurrutia: «Dado su espíritu inquisitivo, tiene que haber sido él quien me abordara, interesado al descubrir que, como él, yo hacia versos». Villaurrutia le descubrió a Novo la lectura de dos autores malditos: Gide y Huysmans, que con Al revés y El Inmoralista los «sacudían con sus revelaciones». También leyeron, con «culpable fruición admirativa», El retrato de Donan Gray de Wilde: «La conversación a propósito de Wilde fue acercándonos a la confidencia. Yo no disimulaba mis inclinaciones: Xavier no parecía haber descubierto las suyas, o bien se resistía a reconocerlas. Su entrega, o su definición, ocurrió como era lo propio en una vida suya ceñida Siempre por la más rígida contención literaria: en las cartas que nos cruzamos durante el último viaje emprendido por mi madre, conmigo, a Torreón». 

El descubrimiento de su identidad homosexual, en Novo se entrelaza al del paisaje urbano, al de los primeros brillos modernos y sus símbolos: los escaparates los autos, el vértigo de las actividades en la calle, los anuncios, la multitud. Y la posibilidad de apropiarse la ciudad mediante una sensibilidad análoga a ella. De este aliento cosmopolita y espectacular, moderno y democrático está lleno su fragmento narrativo El joven, que publicará en 1928, y es la prehistoria de su Nueva grandeza mexicana. Ahí escribió: «Hay dos grandes muestras de la fuerza que crea dividiendo en nuestra sociedad. El aviso oportuno, en lo moral, y la casta de los choferes, en lo material». Esto último no era gratuito: si no ocultaría luego un gusto preferente por los policías y los soldados, en los años veintes Novo se sintió atraído por los choferes, tanto que se acercó como colaborador a un periódico gremial llamado El Chafirete, y luego casi se hizo cargo de todas las secciones bajo el seudónimo de Radiador. Así practicó parodias y versos burlescos como este que tituló «Madregal» (Sonetos lubricantes de Sor Juana Inés del Cabuz):

Este que ves camión descolorido que arrastraba en «Las Artes» sus furores

y que vigilan hoy tres inspectores es un hijo de Ford arrepentido.

Este en quien los asientos se han podrido con la parte de atrás de los señores, que no pudo enfrentarse a los rigores de la vejez, del tiempo y del olvido,

es un pobre camión desvencijado que en un poste de luz hizo parada. Es un resguardo inútil para el Hado.

Es una vieja diligencia herrada, es un afán caduco, y bien mirado, es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Novo y Villaurrutia debutaron como poetas a finales de 1919 en El Universal Ilustrado, terminaron la preparatoria y se inscribieron en Leyes, pero, en testimonio de Novo, «en la escuela nos veíamos menos que en otras más agradables partes nocturnas». Por razones de ocio y convencido de «la singularidad excepcional de mi carácter», Novo empezó a escribir «una minuciosa y romántica autobiografía novelada que titularía ‘Yo». Cuenta Novo que, a falta de un lugar propio, guardaba ese manuscrito en una gaveta del gimnasio de Leyes, de donde Villaurrutia lo sustrajo y «le alarmó su crudeza, su sinceridad, la mención de nombres auténticos». Pero «como si al violarlo lo hubiese despojado para mí de toda virginidad y de todo valor: cuando después de una discusión me lo devolvió, destruí aquella primera Confesión escrita a los dieciséis años».

Los usos amorosos de tal identidad homosexual se expresaban por una especie de economía afectiva y del deseo, que circulaba en espacios secretos o jugaba con ellos. Así como jugaba con los velos y las máscaras, los encubrimientos y las palabras como signos de apropiación íntima o grupal, donde la mirada era la contraseña de acceso. «Descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada- escribe Novo-, yo encontraba aquellas miradas con sólo caminar por la calle: la avenida Madero, por la que entonces la gente paseaba lentamente todas las tardes:. Esa calle era el punto de encuentro de quienes tendrían la puerta abierta a «despachos» más o menos discretos de edificios oficinescos, como el existente junto a la pastelería El Globo. Por ahí transitaban compradores y vendedores amorosos, y también notorios intermediarios, como el cura conocido como «la madre Mezan, «a caza de clientela o de surtido», y ocupaba uno de «los grandes cuartos habitados en ese edificio por sus congéneres». Novo afirmaría que ahí conoció «a casi toda la fauna de la época», en la que por cierto parecían abundar los clérigos. Novo describe la atmósfera de otra casa «antigua y lóbrega» que, junto al cine Olimpia, admitía un «estudio» en que destacaba «el típico olor a encierro, a perfume que se han vuelto rancios; los cortinajes pesados, las luces bajas». Novo conoció también una «especie de casa de citas masculina» en la calle de Luis Moya, que atendía un mesero de oficio.

Un tanto harto de recurrir a lugares ajenos, Novo acordó con Villaurrutia y un amigo llamado «La Virgen de Estambul» instalar su propio estudio en las cercanías de la preparatoria, en Donceles y Argentina Elías Nandino dejó testimonio de otro estudio de Novo, al parecer posterior al de Donceles, que compartió con Villaurrutia «Fuimos a ver a Xavier y a Salvador a unos «estudios» que tenían, a un costado de la iglesia de Santo Domingo. Era un edificio delgado, así es que ellos no tenían más que sus habitaciones, una después de otra, hasta arriba, porque en la planta baja había negocios. Uno subía y se topaba con lo que parecían ser cuartos de hotel. Sólo había unos baños comunes al final del pasillo. Cobraban siete pesos de renta al mes por cada cuartito». Nandino y su amigo de entonces se entusiasmaron tanto con los «estudios» que decidieron también rentar uno de aquellos cuartitos.

De Nandino es también este testimonio sobre otro de los estudios que después tuvo Novo: «En la Plaza de la Conchita llegó a rentar un cuarto de vecindad. Era una pieza que tenía puerta a la calle y otra entrada por el lado del patio de la casa Novo decoró esa habitación como si fuera el cuarto de una piruja de barrio: puso cortinas de caracolito en las ventanas, metió una cama de latón con su colcha floreada y a un lado del colchón puso un lavabo de mano con toalla, aguamanil y todo.»

Este gusto por la teatralidad amorosa es parte de la identidad homosexual, donde la importancia del secreto encierra la dinámica de un tránsito que irá, con el tiempo, del closet a la calle. En Novo, a pesar de que hizo todo lo posible por hacer conspicua su diferencia, Siempre persistió el placer por el secreto, quizá una forma de «exilio interior», como lo hizo notar Octavio Paz en el caso de Villaurrutia, que terminaba por rebasar la práctica de la sexualidad: «Alguna vez -escribe Paz-, para recoger un manuscrito o un libro, pasé por el `estudio’ que tenía Xavier en el centro. Me sorprendió la atmósfera de aquella habitación: parecía el set de una película de Cocteau (La sangre del poeta). El se dio cuenta de mi sorpresa y me dijo: ‘Para soportar a México he tenido que construirme este refugio artificial»‘. Eso fue en los años treintas, y tal ánimo persistiría en Villaurrutia hasta su muerte, en 1950. También a lo largo de su vida Novo mantuvo los signos iniciales de su descubrimiento homosexual, que se expresó en el uso de una escritura ocasional encubierta en anónimos y seudónimos, en la fundación del «Buró fantasma» que proveía servicios periodísticos con un equipo de redactores bajo su dirección, en el sostén de otros «estudios», como el que tuvo en la calle de Héroes del 47, en la afición por vestir prendas restallantes, o sortijas, bastones y peluquines notorios en sus últimos años. No sin cierta nostalgia, hizo construir en los años cincuentas un «estudio» en el fondo del jardín de su casa en Coyoacán, que por su estilo arquitectónico hacía llamar «La cabaña». En los años veintes y treintas, Novo escribió buena parte de sus mejores libros de ensayo y poesía, afinó su perfil intelectual, colaboró a la renovación de la cultura mexicana en compañía dé otros escritores y amigos, el grupo Contemporáneos, e inició una fructífera carrera como funcionario cultural y profesional de la literatura, el periodismo, el cine, el teatro y la publicidad. Hacia finales de los cincuentas, era ya una figura pública, y lo seria hasta su muerte en 1974. Pero el espectro de aquellos «alegres veintes» no lo abandonó jamás. En 1967, en la cima de su éxito, ya cronista de la Ciudad, académico de la Lengua, consejero y amigo presidencial, autor consagrado y leído en sus colaboraciones semanales, justo antes de que la estrella del reconocimiento unánime dejara de brillar para él, se encontró de golpe con aquel espectro, bajo la forma de la muerte solitaria y en la miseria, de su primer amigo David Niño Arce. En su columna «Cartas a un amigo» no pudo evitar recordar a éste mediante una parábola deslumbrante y dolida de su propia vejez, que coincide con las atmósfera de miedo y clandestinaje de los mejores Nocturnos de Javier Villaurrutia:

Murió, me dijeron, a las dos de la mañana del viernes. Después he recordado que a esa precisa hora me despertaron mis propios gritos ahogados, del detallado sueño de angustia en que me veía en un banquete (había cenado esa noche en el que se dio a Edmundo O’Gorman por sus 60 años), y a un lado de la sala, yacía en una cama, enfermo, Celestino Gorostiza. Se incorporaba y forcejeaba conmigo para exigir que viniera a peinarlo. Más allá de su cama estaba un sillón de mi casa, que reconocí; pero ese sillón era el coche en que yo podría irme, como ya lo deseaba. La cama de Celestino, ahora calmado, iluminada por velas pequeñas al pie, me impedía llegar al sillón, y decidía irme a pie. Caminaba por calles solitarias, con luz de luna, cada vez más asustado al pensar que traía en la billetera demasiado dinero y que podrían asaltarme. Me arrepentía de no haber mandado al banco ese dinero, simplemente porque eran ocho billetes nuevos. Veía al paso una casa enorme, abierta y vacía, pintada de azul- y por fin, un vigilante en bicicleta aparecía como una esperanza de salvación; pero no hacia caso de mi llamado. Se esfumaba. Crecía mi angustia, cuando me percataba de que me seguían a muy corta distancia dos hombres siniestros. Trataba de gritar, pero no podía articular palabra Mis gritos me despertaron. Sudoroso. Vi el reloj. Eran las dos de la mañana. A esa hora moría- en el triste lecho de un hospital, mi primer amigo en la ciudad de México. Cerca de cincuenta años después de que, ambos niños, la recorríamos con asombrosa alegría».

Desde la muerte de Salvador Novo se ha insistido, con más rencor que comprensión, en aquello de que él padeció una vejez «aborrecida», plena de tratos corteses, claudicaciones y soledad íntima, pero se tiende a olvidar lo más importante: que conservó hasta el fin el don excepcional de una memoria clara, justo por lo que hoy podemos valorar sus mejores actos, sus mejores obras.

BIBLIOGRAFÍA

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· Nandino, Elías/Enrique Aguilar, Una vida no velada, México, Grijalbo, 1986.

· Novo, Salvador, «Cartas a un amigo», 2 de enero de 1967, volumen empastado.

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«Madregal, Sonetos lubricantes de Sor Juana Inés del Cabuz por Radiador», en El Chafirete, México, D.F., 20 de mayo de 1923.

Sátira, México, Alberto Dallal Editor, 1970.

· Paz, Octavio, Xavier Villaurrutia en persona y en obra, México, FCE, 1978.

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