A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Alvaro Mutis

Amirbar

Editorial Norma

Bogotá, 1990.

Los relatos de Alvaro Mutis pueden ser recorridos como un socavón sorprendente: en cuanto los ojos se orientan en las sombras, distinguen el filón secreto, el dibujo de otra historia. En «El último rostro» Gabriel García Márquez encontró la veta para El general en su laberinto; en «Cocora», el propio Mutis descubrió la trama de su última novela, Amirbar.

Mutis recupera el tema del marino a cargo de una mina abandonada, las galerías son descritas como el inescrutable castillo de un barco, hay el mismo vértigo de olores, la atracción casi sexual de esas paredes que prometen un tesoro que no entregarán nunca.

¿Qué justifica este segundo naufragio en la mina? El proceso de ampliación del relato en novela hace pensar en los dos naufragios necesarios para que existiera Robinson Crusoe. Daniel Defoe conocía la historia de Alexander Selrik, quien durante cuatro años y cuatro meses sobrevivió en una isla desierta. La anécdota daba para el relato que -Richard Steel escribió en The Englishman, pero no para una novela El principal logro de Defoe fue crear otro personaje: un día, con una emoción muy parecida al espanto, Robinson descubre una huella en la playa; el drama de la soledad se transforma en el drama, aún mayor, de la soledad compartida. El destino de Crusoe es más intrigante y terrible que el de Selrik. Lo mismo ocurre con el segundo encierro de Maqroll: esta vez no está solo en la mina; al cabo de un tiempo aparece Antonia y la búsqueda del oro prosigue en la mujer sodomizada.

Una isla curiosa entre Robinson Crusoe y Amirbar es Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier, donde la tierra es fecundada por el náufrago: «por primera vez, en la ladera rosada, mi sexo ha reencontrado su elemento original, la tierra». De Mutis a Tournier, una travesía por la soledad extrema: la mujer se confunde con la arena que se confunde con la mujer.

Hacia el final de Amirbar, el Gaviero cree que sus fatigas se deben a que traicionó al mar, y eleva una memorable elegía. Los dioses marinos lo perdonan pero sólo para enfrentarlo a una prueba superior Antonia, al fin, decide entregarse por completo; aceptar a la mujer significaría renunciar para siempre a la vida solitaria. La brújula del Gaviero se detiene, magnetizada Sin embargo, conocemos su elección, anunciada muchos años atrás en los muros desleídos de la taberna de un paso de montana que nadie sabe por qué lleva el nombre de «La nieve del almirante»: «Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el mas humilde fondeadero (…) Niega toda orilla». El marino huye antes de que la mujer convierta su amor en un incendio bastante literal.

Esta es, en síntesis, la trama de la nueva escala maestra del Gaviero. Pero la novela extrae buena parte de su fuerza de una escena previa a la aventura Alvaro Mutis se entera de que su protagonista se encuentra en Los Angeles y lo visita en un motel que parece administrado por Philip Marlowe. El marino está enfermo, tiene que dejar la puerta abierta para que le lleven la comida; unos entran a robar, otras, a pasar con él la noche. En la miseria de aquel cuarto, el Gaviero no puede alzar la voz; ha caído en un pozo de angustia semejante al del maquinista «que sólo sabe del mar por su ciega embestida contra los costados que crujen tristemente». Este preludio es esencial para la historia que vendrá después: de esas paredes pobres, llenas de sombras intrusas, saldrá la vana epopeya de Maqroll. Una vez curado, hablará con el fuego del sobreviviente.

Pero Maqroll tarda en soltar prenda; pasa unos días en casa de Leopoldo Mutis sin decidirse a hablar. Entonces el autor recurre a uno de sus remedios favoritos: le prepara un estupendo coctel. Mutis pertenece a la estirpe de los narradores res épicos que creen en las contraseñas; se necesita un acuerdo para contar la hazaña; la otra mitad de la moneda, el anillo exacto, la mano capaz de templar el arco o la espada Ciertos ritos anteceden a los mejores aventuras. Si la mujer tiene ojos violáceos y pide un vodka gimlet, la novela es de Raymond Chandler, si un marino trabajado por las fiebres recupera el habla con un coctel preciso, el autor se llama Alvaro Mutis. El elíxir hace su efecto, empiezan los prodigios.

Borges se quejaba de que la épica hubiera desaparecido de la novela para refugiarse en el cine. Esto fue cierto hasta que Maqroll empezó a respirar el aire salino en las novelas de Alvaro Mutis. A la fecha ya ha vivido más aventuras que Indiana Jones, y aunque sus plurales fracasos lo distancien del héroe de Spielberg, es innegable que ha recuperado para la literatura las anécdotas trepidantes que parecían monopolio de los expertos en efectos especiales.

Maqroll es una curiosa mezcla de perfiles aventureros; un héroe de Salgari que sigue un destino de Conrad, un hombre lleno de pasado pero no de infancia en algún momento dice que, casi niño, ya estaba en las arboladuras de un navío. Como todo héroe épico carece de origen preciso, ignoramos que sangre decidió su extraño nombre; su aparición es un advenimiento, llega ya nacido, con sus atributos finales. Algo lo marcó en su pasado mítico, nunca sabremos qué, ni hace falta. Maqroll carece de infancia porque, a su manera, la ha incorporado a sus avatares, incluso sus encuentros con mujeres lo transportan a una sensualidad primera: cada vez que abraza un cuerpo entra a una tierra borrosa, húmeda, de turbadoras fragancias vegetales, un fruto a la vez recóndito y extrañable, una exacta maravilla del olfato. Su erotismo no está atravesado por las biografías ni sus exigencias. El marino ha recorrido suficiente mundo para descreer de las empresas de los hombres, pero las mujeres lo atrapan con una fuerza telúrica y le ofrecen el aroma de esa flor indescriptible que seguramente respiró en su primera patria. Las combinaciones de esta psicología bastarían para justificar el asombro que despiertan los libros de Alvaro Mutis. Sin embargo, su apuesta definitiva está en la voz del narrador.

Maqroll tiene un tono a medio camino entre la espumosa retórica del Capitán Ahab y el relato seco, de galleta marina, de Joshua Slocum, quien recorrió el mundo en un velero sin vanagloriarse de su hazaña. En Moby Dick Ahab suelta el trueno del profeta; en A bordo del «Spray» Slocum desdramatiza sus calamidades (en la página 58, después de padecer tempestades y turbonadas, comenta con toda naturalidad íque no sabe nadar!).

La vida del mar se divide en sus tres guardias. De 8 a 12 de la mañana y de la noche -el barco decide su derrota; es la guardia de los grandes proyectos y los mapas atravesados de rutas. Ahí habla Ahab, el catalejo en busca de la bestia blanca. De 12 a 4, cuando el aburrimiento es peor que el escorbuto, se realizan maniobras menores, constantes. Ahí, Slocum, insiste en su paciente hazaña. A las 4 de la tarde y a las 4 de la madrugada se inician los dos turnos de la guardia que algunos llaman «del persoro». El Día del barco ya se ha jugado, pero aún es preciso navegar; horas sin proezas ni rutinas, casi suspendidas en el tiempo. Desde ahí habla Maqroll; tiene la voz más levantada que el solitario Slocum pero no dispone del público de Ahab. Son otros los momentos en los que Hatteras decide su impertinente ruta al norte o en que Cook revisa con diligencia de tendero su bastimento de col. Equidistante de la inflamada elocuencia y de la ruda bitácora, Maqroll guarda las horas difíciles. Si algo define el estilo de Mutis es esta voz única en las historias del mar la castigada vigilancia de la tercera guardia.

Cada vez que Mutis toca puerto alguien le pregunta si ha visto a Joseph Conrad. Más allá de la estética de la fatalidad y la exuberancia marina, los une un vinculo decisivo: la noción de soledad. V.S. Pritchett definió a Conrad como un eterno emigrado: «la condena Diaria del emigrado es el aislamiento». Los héroes corandianos pueden convivir con una abigarrada marinería pero se enfrentan solos al destino. Hubo un momento, primero y definitivo, en que fueron expulsados. Maqroll vive la misma tragedia su libertad no es otra cosa que la maldición de los solitarios. En El agente secreto Conrad resume el drama «su sentido de la soledad, esa libertad maligna». En Amirbar Mutis somete a su protagonista a los sucesivos aislamientos del motel, la mina, la mujer nunca conocida del todo, el mar final.

Una paradójica condición de ciertos solitarios consiste en tener muchos amigos dispersos. Maqroll nunca se olvida de sus amigos, sobre todo de los que están lejos. Su mente está poblada de una cofradía de hombres que se encuentran entre los huracanes. En los mapas del Gaviero los países se han perdido para Siempre: sólo hay puertos. Las naciones se mezclan con un entusiasmo de contrabandista y resulta natural que un centroeuropeo aparezca haciendo extraños negocios en el Caribe. Metáfora de la soledad y su sombra luminosa -la compañía de los que no están ahí-, Amirbar explora la vertiente narrativa de Mutis como un ancla profunda.

En el relato «La nieve del almirante» Mutis había escrito: «Dos metales hay que alargan la vida y conceden, a veces, la felicidad. No son el oro, ni la plata, ni cosa que se le parezca. Sólo sé que existen».

Lo mismo puede decirse de Amirbar. Imposible encontrar el metal que se esconde en esta mina. Sólo sabemos que existe; también, que alarga la vida.