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En ese año leía los poemas de Fernando Pessoa inspirados en la vida de su heterónimo Alvaro de Campos. Es un decir. Otro decir más exacto es que en ese año mi vida se inspiraba sin que yo pudiera controlarlo en los poemas de Alvaro de Campos sobre el ridículo.

En ese año, por ejemplo, mi mejor enemigo El Spóiler iba a visitarme a mi casa todos los sábados por la noche. El Spóiler, así apodado por el copete que le bajaba como un cometa reacio sobre su oreja derecha, tenía penas de amores que me asestaba a la quinta cuba. Yo tenía penas de amores que El Spóiler nunca me dejó asestarle. Cada sábado, al cabo de sus penas de amores terminábamos llorando y así llegué a pensar que mi vida se inspiraba en Alberto Caeiro, otro heterónimo de Fernando Pessoa. Yo pensaba entonces en ese poema de Caeiro donde los hambres de una taberna que miran llorar al poeta creen que él llora por los ideales humanos y puros de esos mismos hombres cuando en realidad llora porque lamenta esos ideales y la situación abatible que conforman. El Spóiler creía que llorábamos por sus amores y yo sólo lloraba por los míos.

Entre nosotros todo iba a la Caeiro hasta que un día sentí que El Spóiler estaba especialmente receptivo, y yo particularmente descriptivo, y le abrí lo que se decía mi corazón. Durante una pequeña pausa en sus monólogos -es decir, mientras El Spóiler daba a su cuba un sorbo más largo de lo habitual-, aproveché para inferir en voz alta que yo también tenía penas de amores.

La octava cuba no me contuvo y me seguí de frente. Le abrí mi pasado al Spóiler y le confesé las peores humillaciones que me habían inflingido en la infancia, incluidas las sexuales: las que en algún verso Alvaro de Campos lamenta como omitidas por los hombres. Le hablé al Spóiler de mis inseguridades, mis vergüenzas, mis cobardías. La vez en que literalmente metí la cara en la falda de mi madre por temor a que otros niños me pegaran. La vez en que a los seis años de edad no aguanté el mareo diesel y me vomité sobre una persona que iba adelante de mí en el camión y resultó ser mi profesor de la primaria que esa misma mañana abría sus cursos. Desemboqué en la última parte de mi vida diciéndole al Spóiler que mi amor por la Inaccesible tenía que ver con sus nalgas incólumes pero también con mi detestable esnobismo clasemediero resuelto en acceder a una niña rica. Le dije otras cosas que sólo podrían pasar en el horario de adultos.

Mientras con el dorso de la mano derecha me limpiaba las lágrimas de los ojos, vi su mirada y entendí que El Spóiler estaba en otra parte, o en la misma parte de Siempre. El Spóiler volvió de su vacío y retomó su monólogo interrumpido por mis confesiones.

-Es que no me quiere- recomenzó El Spóiler para indicar que no había oído nada de lo que yo le dije. No lo agarré a patadas. No pensé tampoco en una lección filosófica. Aproveche mi turno para no oírlo y construir mentalmente una parodia de Alvaro de Campos que dijera más o menos:

Le he cantado al Spóiler la canción de José en el pozo de la infancia,

La canción de Noé en el gallinero,

Y descubrí que El Spóiler era un pozo tapiado,

Un notorio gallinero. (Menos mal que no le hablé de mis ilusiones).

A la hora en que El Spóiler se calló para solicitar como era costumbre mis lágrimas por sus cuitas y mis comentarios consoladores, me desquité diciéndole que ya no fuera cobarde ni pusilánime, que si no podía resistir la indiferencia de una mujer quería decir que ya tenía otra: él mismo, una señorita chillona y clorótica. Le dije además que se dejara de esnobismos -él quería también a su Daisy Buchanan- y que sin remilgos se consiguiera una de su tamaño y su clase social.

No sé si El Spóiler oyó esto último pero yo lo recibí como si otra persona me lo hubiera dicho. El rencor momentáneo hacia otros es la forma más efímera de la autocrítica. Entonces me imaginé que daba un puñetazo mental sobre la mesa. Me propuse matar a Alvaro de Campos, omitir de pasada al paradójico Alberto Caeiro y concentrarme para bien en otro heterónimo de Pessoa: Ricardo Reis, el horaciano y «estoico sin dureza» (en la versión de Octavio Paz).

«La suerte niégueme todo, menos verían, decía Reis. Así resuelto e inspirado, y como la Inaccesible -que por eso lo era- no quería saber nada de mí una tarde subí la cuesta hacia el Pedregal de San Angel donde ella, vivía, dispuesto a perorarla para Siempre. Entre la acción y la intención, cayó la sombra quiere decir que yo era un clasemediero que debió tomar el transporte público llamado Bellas Artes-San Angel Inn que, por así decirlo, sólo llegaba públicamente hasta el entronque del Periférico y San Jerónimo. Tuve entonces que caminar unas cuadras gigantescas, dejarme sombrear por unas bardas ominosas, hasta llegar a la dirección precisa.

Así sudado, cambie de táctica. decidí que ahora se trataba de «vagar» por ahí, ya no de tocar a su puerta y perorarla hasta la gloria. Ahora «la suerte» nos daría un encuentro aunque luego -estaba asumido- me lo negara todo. Con este propósito, di cincuenta vueltas a la manzana. Al dar la vuelta cincuentaiuno la noche me sobrecogió fundada en varias cosas: la tremenda sensación de ridículo, el cansancio de rehacer el camino por varias cuadras inhóspitas hasta llegar a la posibilidad de tomar un camión, y las autorrecriminaciones: las ganas inauditas audibles sólo por mi de ser alguien menos idiota.

No sólo ocurrió eso. A la mitad de una cuadra interminable por la cual yo remontaba mi vergüenza, una combi se detuvo junto a mi y alguien me llamó. Era el Patrocles, así apodado desde los años de la preparatoria porque en una clase sobre La Iliada le tocó exponer, y como no tenía la menor idea dijo que sobre todo lo había impresionado el personaje de Patrocles con su talón mortal.

Mientras me daba el aventón, El Patrocles me preguntó qué hacía yo por Ahí.

– Vine a ver a un tío- le dije.

– Yo también. ¿Dónde vive tu tío?

– No me acuerdo de la calle. Sólo sé llegar. Vive aquí atrás. – Es que hace dos horas -dijo El Patrocles- pasé por la calle de Agua y te vi caminando.

– La verdad es que me perdí.

– ¿Qué no vive por aquí (la Innombrable)? -preguntó El Patrocles, sonriendo irónicamente.

– ¿Quién? No sabía. -¿Pero está fuera de México, no?

– dije para acabar de hundirme en el ridículo. El Patrocles dijo «mh ju ju» y yo me apuré a decirle que me bajaba en la avenida Insurgentes para tomar el camión. El Patrocles insistió en acercarme más pero yo me bajé incluso antes de Insurgentes.

Al bajarme oí sobre mi alma la rechifla de las esferas universales. Era el equivalente de un titular de la revista Proceso:

DIO CINCUENTA VUELTAS A LA MANZANA CREYENDO QUE VERIA A LA

INACCESIBLE

Y de lieder periodístico:

Sólo un imbécil haría eso, comenta El Patrocles, testigo audiovisual.

Aparte de lo que publicara el Proceso del Patrocles, yo supe que era un capítulo más de mi vida inspirada en Alvaro de Campos:

Yo, que he sido ridículo a todo lo largo de las calles del Pedregal,

a todo lo alto de las bardas del Pedregal;

yo, que fui sorprendido por El Patrocles- que ignoraba,

como yo, a los héroes de La Iliada-

y yo, que fui escarnecido por la revista Proceso. ¿Ya qué más?

Pues algo más. Lo que faltaba para redondear el año de la muerte de Alvaro de Campos. Nuestra mejor enemiga La Extra, así apodada desde los tiempos preparatorianos por sus dotes para la información a la velocidad de la luz, nos habla invitado a su casa al Spóiler y a ml para asistir al ensayo de un grupo de rock que querían formar los exalumnos de nuestra preparatoria.

La Extra vivía sobre la avenida Ejército Nacional. El Spóiler y yo nos bajamos del camión idóneo, viniendo de la colonia Condesa, a la mitad del Sanatorio Español. La avenida Ejército Nacional se dividía en varios tramos, divididos a su vez por varios simulacros de jardineras constreñidas por bardas enanas. Para no caminar hasta el lejano semáforo de la siguiente cuadra peatonal, El Spóiler y yo decidimos pegar la carrera, saltando las bardas enanas como si fueran obstáculos hasta el otro lado de Ejército Nacional donde estaba la casa de La Extra.

Pasamos bien los primeros obstáculos. En el último de ellos los coches venían a menor velocidad. Por lo mismo, el trance atlético parecía más fácil. El Spóiler apuró la trancada y yo traté de hacer lo mismo pero mis zapatos de suela lisa me lo impidieron. Las jardineras estaban llenas de lodo y el paso de cada obstáculo significaba, como en la prueba stee- plechase, una acumulación ascendente de torpeza Extra Al saltar el último obstáculo y pegar la carrera, el lodo acumulado en mis zapatos convirtió la calle en una pista de hielo y sobre esa pista me fui de boca. Un coche se frenó rechinando llantas para no llevarme al Sanatorio Español que estaba al otro lado de los obstáculos; freno un camión que por poco se lleva a ese coche, y otro coche que venía por la izquierda de la calle tuvo que frenar también para no estrellarse contra la barda jardinera, porque otro coche que venía atrás había desviado el volante hacia la izquierda para no chocar contra el camión.

Vi Como salla volando hasta la otra acera el libro que llevaba la edición de siglo XXI, con pastas negras y el Modigliani en la portada, de La pérdida del reino de José Bianco. Arrastrándome lo más rápido que la situación y el dolor me permitían, fui por el libro mientras el dueño del coche que me habría mandado al Sanatorio Español -ese eufemismo de la muerte- se mediobajaba a mentarme la madre y el chofer del camión hacía bufar su máquina en una mentada al conductor de adelante, una mentada que, por extensión y ruido, me incluia. Pero ni mi vida ni la vida del libro de Bianco, así tan queridas, era el problema en ese momento.

La Extra y su novio El Fármax, indisputable baterista del grupo de rock y así apodado por su afición a los paraísos artificiales, llegaban en ese momento de la tienda de abarrotes con una bolsa de cocacolas y papas fritas para el ensayo del grupo de rock. Ese tampoco era el problema. Este era el problema mientras El Spóiler me ayudaba a levantarme de mi cruento aterrizaje; mientras a lo lejos quedaban los comprensibles ecos de los diversos conductores mentándome la madre, de la desfrondada edición de La pérdida del reino salió a flote, hasta llegar a la tranquila orilla en la que ya procuraban mi ayuda los exactos La Extra y el Fármax, una carta de amor. Una inolvidable carta de amor. Una carta de amor ridícula de las ridículas de las que hablaba Alvaro de Campos. Una carta de amor tan, pero tan ridícula que sólo un álvaro-campesino pudo dejar ahí, entre las páginas de un libro, como una violeta oxidada, cuando ya el Siglo XX cumplía en las páginas del libro de Bianco de Siglo XXI sus setentaicinco años de edad. Este hecho era parte del problema. El problema se completaba con el hecho de que mi accidente y un poco de brisa urbana habían puesto la carta en manos del Fármax.

Con el pantalón roto y el hombro izquierdo reventado por el dolor, sobándome la rodilla derecha y sobando con la mano sobrante el libro maltrecho y recobrado de Bianco, me arrastré como un inválido hacia El Fármax, que en lugar de devolverme la carta apenas recordada por mi, como una antiepifanía, vio de inmediato sobre ese papel adverso el nombre de la Innombrable y sintió que su tarde estaba hecha. El Fármax leyó las primeras Líneas de la carta, la agitó como una banderita y se la enseñó a La Extra, quien le echó un vistazo rápidamente antes de regresársela al Fármax y antes de que yo llegara hasta ellos con todas mis baldades físicas, para no hablar -porque ya se habían instalado en un cuarto de minuto, a esas alturas- de las espirituales.

– Dame eso, cabrón le dije al Fármax.

– Así que (la Innombrable), ¿no? -dijo El Fármax y remató capoteando la hoja de pape-: Ole. Orele.

– Dámela

Se lo repetí mientras buscaba el papel como un basquetbolista que aletea los brazos para marcar a otro. El Fármax se puso la carta atrás esquivando mis brazadas, pasándosela de una mano a otra mientras La Extra decía:

– Déjanosla ver. Empieza muy bonito.

– Si lo sabe Dios que lo sepa el mundo -remató, al uso, El Fármax.

– Dios y tu pinche madre -le dije yo, al uso, ya forcejeando. 

– Cálmate, güey -dijo El Fármax-. Mira, vamos a hacer un trato. Te la doy pero con la condición de que se la enseñes a (la Innombrable) y a Pedro, que están ahí dentro (en la casa de La Extra). Que ella elija con quién se queda, ¿no? Capaz que te conviene.

Yo no sabia que Pedro, El Mandril, indisputado bajista del inminente grupo de rock, andaba ya con la Innombrable. Sobre todo: no sabia que la Innombrable iría a esa reunión. Desde el procesazo que yo juraba me había dado El Patrocles, preferí no aparecerme -un cambio de táctica en el «estoicismo sin dureza»- en ningún lugar en el que sospechara que ella también podría aparecerse.

Entre los dolores causados por mi aterrizaje sobre la calle y la rabia por el ridículo que hacia, las lágrimas se me empezaron a salir y ultimaté al Fármax:

– O me la das o te rompo la madre.

– Yaaa. Qué gruexo -dijo El Fármax.

– No te pongas así -dijo La Extra.

– Teeen tu piiinche caaarta -dijo El Fármax, extendiéndome la misma.

Tomé la carta, la metí en el libro de Bianco y me eché a andar sobre Ejército Nacional. Con los pantalones rotos y la camisa desecha en el hombro izquierdo; y sobre todo con los ojos siempre al borde del vidrio, no podía tomar un camión. Así que caminé hasta mi casa, adolorido por dentro y por fuera. En todo el trayecto tuve encima de mí la famosa nube de rabia que, en mi caso, en vez de famosamente cegarme, solo dejaba caer sobre mí un aguacero mayor de ridículo.

Le pedí disculpas al Spóiler cuando me habló por teléfono. Me dijo que en el ensayo del grupo de rock no se había hablado del asunto.

– Qué bueno -le dije al Spóiler mientras pensaba decirle en realidad «Solo porque estabas tú». En efecto, al minuto de retirado El Spóiler La Extra se encargaría de compartir el incidente con el México a su alcance.

Luego de colgar con El Spóiler saqué la carta del libro de Bianco y la rompí como si quisiera romper un folio idiota de mi alma. Me juré que nunca más. De hecho, no volví a ver a ninguno de los integrantes del grupo de rock El Block Azul ni a su reciente, Innombrable e Ignorada, groupie.

Tres días después, buscando qué leer tomé el libro específico del librero y me fui a tirar a la cama decidido a matar a Alvaro de Campos leyéndolo por última vez, como quien se practica una terapia implosiva. No pude terminar el poema sobre las cartas de amor ridículas. El espejo estaba muy lejos como para levantarme y darle un puñetazo. Así que del otro poema de Alvaro de Campos -buscado a sabiendas- sólo aguanté los versos:

Estoy harto de los semidioses.

¿Qué ya no hay seres humanos en el mundo?

¿Soy acaso el único ser vil y equivocado de la tierra?

Podrán no haberlos amado las mujeres,

podrán haberlos traicionado, pero ridículos, ínunca!

Cerré el libro, me levanté de la cama y del ridículo y metí a Alvaro de Campos en el librero como quien coloca en el muro un indignado nicho de cenizas.

Hace poco me invitaron a un bar de Coyoacán, y fui. Esto era sin embargo como plantearse un asunto similar a las construcciones de Alberto Caeiro.

Como no conozco Coyoacán, Coyoacán es, para mí, Querétaro. Pero Coyoacán no es Querétaro porque algo conozco de Coyoacán. Por eso, fui a conocer más a Coyoacán. Y como no conozco, en realidad, a Coyoacán, y como no puedo decirle a nadie que no conozco Coyoacán, diremos que fui, en realidad, a Querétaro. ¿Quién lo puede evitar? No yo, que iba en taxi, por supuesto. No el taxi, que me llevaba a Coyoacán porque se lo pedí sin el taxista saber que me llevaba a Querétaro. Después del taxista, Coyoacán es un hecho. Después del taxista que me dejó en Coyoacán, Querétaro es un hecho que conozco menos. Entre Coyoacán y Querétaro, el taxi era la medida de lo que no conocía. Y de conocer esa medida, ¿qué conocería? Conocería Coyoacán, no Querétaro. Hasta aquí, muy bien Alberto Caeiro.

El problema fue que de regreso de Coyoacán a las dos de la mañana, no había taxis. Y de regreso me puse a caminar buscando, según yo, la calle de Miguel Angel de Quevedo. No di con ella. Luego busqué, según yo, la avenida Tasqueña. Tampoco di con ella. Una hora y media después, eran las tres y media de la mañana y yo llevaba hora y media caminando en rectas que llevaban a círculos; y luego mis pasos me llevaban a intentos de círculos -volver al lugar inicial- que en línea recta sólo me Llevaban a una increíble estación eléctrica Y yo pasaba por ella varias veces.

Así que me había perdido en Querétaro. Empecé a sentir miedo. En esos casos el miedo se resume en una sensación inextirpable de ridículo más las ganas de sentarme a llorar en la banqueta, antes de llamar a Locatel -pero no recordaba el teléfono- y ya muy próximo a las lágrimas -porque no quería acumular más ridículo, de modo que no me atrevía a hablarle a algún amigo para que me diera el teléfono de Locatel-, pasó una pesera y se detuvo. Me levanté de la banqueta Por la ventanilla derecha, casi acostándose, el chofer de la pesera me preguntó -sin averiguaciones previas- a dónde iba. Le dije. Me dijo entonces que ya no tenía pasaje y que podía operar como taxi. Así salí de Querétaro, después de la muerte, esa misma noche, de Alberto Caeiro.

Al día siguiente me senté al escritorio y le escribí un breve y humilde recado a Alvaro de Campos. Decía:

«Maestro muy querido:

«Durante un tiempo traté de apartarme de usted, sobre todo a raíz de aquel año en que la influencia de su obra en mi involuntaria vida era tan abrumadora que quise buscar otros caminos para que nadie dijera que yo deseaba medrar en su maestría.

«Ahora veo que seré siempre un discípulo de usted. Me atrevo por eso a solicitarle unas líneas que hablen sobre mi obra más reciente, cumplida a involuntarias expensas suyas. El cordero come al león.

«Le pido, no sin miedo, este prologuillo. Espero que algunas de mis obras cotidianas no desmerezcan los versos suyos en que se inspiran. Créame que todo se debe a la Naturalidad del Arte.

Recurro a usted porque los dictados de sus contemporáneos Alberto Caeiro y Ricardo Reis, ocurren cada vez menos en mi vida; y mi vida, como le digo, si ente llegar su fuerza inspiradora con una persistencia casi mayor a la de antaño.

«Le pido a usted un humilde prólogo a estas recientes obrillas. Mucho me sentiré halagado si se digna hacer tres líneas al respecto. Lo saluda, humildemente,

SU DISCÍPULO FIEL.

«P.D. Tengo en preparación otro papelillo que viví, quizá no del todo indigno de su poema sobre el Chevrolet y la carretera sin sentido, basado en el modo en que me perdí manejando un Volkswagen hace dos semanas en el circuito periférico de la ciudad de México, al salir por la noche, hace dos meses, de una casa de San Jerónimo, y por poco llego a Cuernavaca sin saber y sin querer. Ya mi vida se encarga de perfeccionar este ridículo. No lo importuno más».