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El asunto es simple y tiene que ver con la aritmética, el poder y la pasión. Resulta que los dueños de las líneas aéreas decidieron que hay menos fumadores de los que en realidad hay todavía en el mundo. Entonces dispusieron que sus aviones tengan un número definido de asientos para fumadores -aquí está el problema aritmético -. Fuera de estos asientos, en ningún otro lugar del avión se puede fumar aquí está el aspecto del poder-; pero hay fumadores dispuestos a todo, como en aquel vuelo 047 de Air France aquí aparece la pasión.

Rumbo al Atlántico Norte, a once mil metros de altura, un italiano, miembro de un tour a México caminó hacia la parte posterior del avión y me vio fumar un Marlboro Light. La cara se le iluminó como si hubiera encontrado un tesoro. En efecto, se trataba de un fumador sin asiento para fumar. Me sonrió como sólo se sonríen dos viejos amigos que se reencuentran. Me preguntó si podía fumar en ese lugar, la ilusión le brilló en los ojos, pero lo cierto es que yo era un fumador clandestino sin asiento para fumar que violaba las reglas del vuelo 04,7 de Air France. Me crucé la boca con el dedo índice y le dije en mi perfecto italiano:

-No fumare, prohibito, pero io si, lo invito.

Se metió la mano al bolsillo y sacó un cigarro suelto que había esperado minutos, quizá horas para ser fumado. Se lo llevó a los labios con un gesto de placer que habría excitado a la mujer más escéptica y lo encendió con una verdadera llama de esperanza. Pero se sabe que no hay historias felices a once mil metros de altura. Una fumadora pasiva, que ignoraba que en ese momento sus pulmones había aspirado ya 0.00001 de los componentes del nefasto humo de tabaco, volteó de pronto como si sintiera la presencia de un enemigo y, además, tuviera ojos en la nuca y le dijo al italiano:

-No esmokin- había en su voz una mezcla de miedo y cólera que inhibió al italiano fumador. Pero eso no fue todo. La bellísima aeromoza del vuelo 047 de Air France carió por el pasillo como si el avión perdiera altura vertiginosamente, sin darme tiempo a apagar mi cigarro. Se detuvo frente a mi y a mi delito y me dijo en su hermoso y perentorio francesa:

-Onnepepá fiumer ici, mesié -subrayó la como si dudara de que yo mereciera aquél crédito mientras volábamos sobre el Atlántico Norte.

Y yo le respondí en mi perfecto francés: -Escusemuá madam -y apagué mi cigarro. Había perdido mi secreto y mi cigarro. El avión volaba sobre el Atlántico Norte a una velocidad de 910 kilómetros por hora, a una altitud de once mil metros, hablamos recorrido seis mil Kilómetros y no podíamos fumar un solo cigarro en tan altas soledades. No iba a explicarle que el cigarro y yo tenemos una larga pasión correspondida que pasa por uno de sus mejores momentos. No iba a contarle a esas alturas que las personas que entran a mi oficina inventan con las manos palomas fugitivas porque, en efecto, la visibilidad, como cuando hay turbulencias en los aviones, no es la mejor.

No le expliqué nada de esto, pero la verdad es que pusimos en el aire el germen de la inconformidad a bordo del vuelo 047 de Air France. Prueba de esto fue el francés que se paró de su asiento y fue a fumarse medio cigarro gauloise a la parte trasera del Jumbo que entonces volaba sobre Terranova Digo medio cigarro porque la otra bellísima aeromoza corrió por el pasillo, ahora como si el avión se despresurizara trágicamente y lo dijo al francés:

-Onnepepá fiumer ice.

Repitió dos veces; esta frase porque me descubrió en mi segundo, prohibido cigarro del día. Apague mi Marlboro Light a diez mil ochocientos metros de altura, pero antes le dije en mi perfecto francés:

-Escusemuá madam.

Ni modo de explicarle mientras volábamos sobre el norte del continente americano que he salido una noche lluviosa sin más arma que un paraguas a buscar, a las dos de la mañana, una cajetilla de cigarros. Ni modo de decirle, como si fuera una psicoanalista y no una aeromoza de- Air France, que he buscado, lo confieso, en el basurero que está junto a mi escritorio alguna colilla rescatable -que dé dos o tres fumadas, menos ya sería un exceso cuando me descubrí sin parque para terminar alguna cuartilla. Que he llegado, en fin, a hacer amistad con personas indeseables a cambio de un cigarro -aunque sea Del Prado en medio de una fiesta donde empiezan a escasear.

-Qué gustazo de verte hombre, ¿oye, te quedan cigarros?

Y una vez que los he conseguido -a veces he logrado tres cigarros, uno para el uso y otros dos para el futuro urgente de la fiesta de la que he hablado-, me voy para siempre, como hacen los desagradecidos. He hecho estas y otras cosas, peores aun, por los cigarros. Como por ejemplo quemar un colchón después del amor que produce, como se sabe, gran debilidad en las manos y los dedos. No iba a contarle todo esto a la bellísima aeromoza de Air France que ya para esas horas me había servido diligentemente varios whiskys y, al menos, dos botellitas de champaña. Sobre todo porque en ese momento una turbulencia sorprendió al Jumbo y todos, fumadores y no fumadores, se abrocharon sus cinturones porque, como se sabe, el miedo une hasta a los enemigos.

La turbulencia dejó huellas de miedo en las caras de los pasajeros, pero no borró la pasión fumadora, ni las certidumbres antifumadoras. Otro italiano prendió un cigarro junto a mi asiento, que se volvió desde ese momento el primer territorio libre del Jumbo de Air France. La fumadora pasiva, que ya no ignoraba que sus pulmones habían recibido un 0.00002 de los componentes del nefasto humo del tabaco se paró de su asiento y lo dijo al italiano:

-No esmokin -la fumadora pasiva pronunció las palabras con odio inglés.

Entendí entonces que el adjetivo pasivo goza de muy mala fama Nadie quiere ser pasivo porque implica indiferencia, falta de iniciativa, fuerza, carácter. Las personas no quieren ser pasivas, los fumadores tampoco. La palabra pasivo tiene tan mala prensa que es la crítica favorita que algunas mujeres le hacen a sus maridos:

-Dejé a Juan porque era muy pasivo.

Entonces, se entiende, nadie quiere ser un fumador pasivo aunque llegará el día en que una mujer diga:

-Dejé a Juan porque era un fumador pasivo.

O bien, alguna vez oiremos esta otra declaración solemne de gran amante y gran fumador:

-Me la fumé hasta el filtro hermano.

Hasta aquí, creo que he dado pruebas suficientes para demostrar que soy un fumador noble y entusiasta que hago mi asunto -fumar -con cierto toque profesional que incluso otros grandes fumadores no han logrado en años de ejercicio. Por lo mismo, encabecé las negociaciones con la tripulación del vuelo 047 de Air France. Los italianos protestaban como sólo un italiano puede protestar, a gritar, dos franceses se sumaron a la rebelión. Después de arduas negociaciones logramos el primer territorio libre del Jumbo, un lugar a mitad de la aeronave donde, parados, los fumadores podíamos reunirnos a fumar libremente. Mientras celebrábamos nuestro triunfo le dije a un italiano, en mi perfecto italiano, algo que no sé porqué lo dije pero se lo dije:

-Vitoria dil partito.

El italiano me pasó la mano sobre los hombros mientras fumábamos; arriba de nosotros una nube pequeña nos protegía a bordo del vuelo 047 de Air France.

Al llegar a la Ciudad de México, mientras esperábamos nuestras maletas, un exfumador se me acercó y me dijo, en un perfecto español:

-Salvo los quince kilos que subí cuando dejé de fumar todo ha ido de maravilla.

Entonces, ante tan definitivos argumentos de la salud, el fumador da disculpas, ya en tierra firme, por el humo del cigarro y se despide:

-Lo felicito. Además le quedan muy bien esos quince o dieciocho kilitos, se ve más sano.

Entré al baño antes de salir por la aduana. Frente al mingitorio, me prometí que cuando deje de fumar seré un fumador pasivo pacífico. Luego me miré al espejo y me dije:

-Mañana fumaré