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Sólo porque Machado las quería y Serrat les canta, son tolerables las moscas que zumban en los cuatro metros cúbicos de mi estudio. Habiendo tanto espacio en el mundo han de acabar mirando el amontonadero de libros y fotos que me cerca Moscas del primer hastío.

¿Qué sería de nosotros si los caminos de nuestra cordura no hubieran encontrado puertos libres a los que asirse? A pesar de los zumbidos y el cercano ruido de la cocina, este cuarto que no alcanza el uno y medio por el uno y medio, tiene a veces la magnitud de un puerto y a veces me concede la libertad. Esta cajita de zapatos, este Volkswagen con dos máquinas de escribir, estacionado siempre en el mismo lugar de la calle Gelati recibe embarcaciones de todas partes, y cobija lo que le van dejando.

Tengo secretos y profecías escondidos en él, tengo la foto de Carlos Mastretta abrazándome mientras me enseña el horizonte, tengo la risa de mi madre a los doce años y la de mi hija a los seis, tengo al doctor leyendo en la redacción de un periódico y a mi hijo con la lengua de fuera pedaleando un Iricich. Tengo a mi hermana muy seria con un sombrerito de paja y flores, zapatos de charol y guantes blancos. Tengo al mar de Cancún y todas las mañanas miro el asombro con que abrazo una enorme langosta en Cozumel. Tengo una mesa con las patas que fueron de la máquina de coser, y un barco que pintó Mateo junto a un arcoiris irregular y voluntarioso que me regaló Catalina. Tengo secretos y profecías en este cuarto y a pesar de que le falta horizonte y uno sólo oye el mar de vez en cuando, es un puerto libre. Aquí tengo el aparatito Sony desde el cual emprendo viajes a Venecia y Polonia, a Viena en 1891 y al México de 1943. Trabaja todo el día y me acompaña en las tardes opacando los gritos de los niños y en las mañanas quitándole al silencio la resequedad. En las noches le subo el volumen y bailamos con Juan Luis Guerra o con el nuevo rock que mece las cabezas de estos adolescentes prematuros que son los actuales niños de ocho años. Una cómplice me graba casetes de noventa minutos con la suave revoltura de canciones a las que agrupa bajo el título de «Música para locas». Esos los oigo en las madrugadas o cuando el desierto quiere meterse a señorearme la vida.

La libertad de este puerto blanco en el que apenas cabe el ruido de la máquina cuando la tecleo, me asusta a veces porque no siempre depende de mí, sino que se abre a la llegada de naves y abrazos que creí perdidos para siempre. Tuve un amigo español que se llamaba Ignacio y sonreía como el ángel de Huidobro. Una tarde lo perdí con la llegada de un télex avisando su muerte. Sin embargo vuelve a veces cuando sólo él sabe que hace falta Es difícil la amistad entre hombres y mujeres, casi siempre se interponen las ganas de besarse o la certidumbre de que será imposible decirlo todo antes de que el otro levante los hombros y empiece a hablar de la situación política. El fantasma de Ignacio es mi amigo, huele a café y tabaco igual que cuando estaba vivo, y reconoce mi estupidez con mejor tino que antes.

-Sigues fumando, te vas a morir ahogado -le digo cuando entra.

-En cambio tú te vas a Nueva York, pura vida -me contesta.

-No jodas.

-No hagas como que te mueres -contesta -. Y si estás de malas ya me voy.

-No, no te vayas, quedate a oir el adagio de Albinoni.

-Claro que me voy, es tristísimo. Ya tengo suficiente con estar muerto.

-Quédate, pongo otra cosa. ¿Ya oíste la que dice: «pobre corazón que no atrapa su cordura»?

-Ya, pero detesto que te hagas la loca Tú y tu corazón son más cuerdos y más implacables que el tiempo.

-Si tú lo dices. De todos modos me gusta la canción de las burbujas y el pescado, el corazón y la luna.

-Eso a todo el mundo. Ha pegado en todas partes. Tu papá la anda cantando noche y día

-¿Ves a mi papá? ¿Cómo está? Este año cumpliría ochenta años. 

-Está bien. Sabio y silbador. Cómo silba tu papá. Me gusta encontrarlo para fumar.

-Ignacio, qué irresponsables, por eso se murieron.

 -Eso creen ustedes -dice poniendo su mano sobre mi cabeza

-Entonces, ¿por qué se murieron?

-porque sí.

-Necios. ¿También Pereyra sigue fumando? Claro, y comiendo postres. íQué inteligente es Pereyra!

-¿Verdad? Lo extraño, ya nadie se interesa por mis postres.

-No te quejes. ¿Por qué lloras? No te puede uno visitar sin que llores. Tiene razón tu papá.

-Mi papá Nada más faltaba que le dieras la razón a mi papá. Se murió a destiempo. Y tú también. Tú también, Ignacio.

-Yo también. Le diré que sigues enojada. Tu corazón es cuerdo. Adiós.

-Ignacio, no hemos empezado a hablar. ¿Mi corazón es cuerdo? Sí. Quisiera ser un pez. Ni te sabes la canción, dices que sí porque te crees el muerto y los muertos todo saben. Mi corazón es cuerdo: eso creen ustedes.

Cuando se va, el puerto vuelve a quedarse blanco y mudo, indiferente y angosto. Este puerto sólo a veces oye el mar. Este puerto es tan libre que nadie pide permiso ni para entrar ni para irse. Algunos barcos sólo vienen al puerto para sacarme de su privadísimo bullicio.