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Francis Pisani. Periodista, corresponsal en México de varios medios francófonos. Próximamente aparecerá en español su novela Huracán corazón del cielo publicada por  Joaquín Mortiz. 

La comunidad cubana de Miami vive una verdadera «revolución en la contrarrevolución» que lleva al nacimiento de una oposición. Hace tres años, el Museo de Arte Cubano fue víctima de un atentado con explosivos por atreverse a exponer unas obras de pintores que vivían en La Habana. Los terroristas de extrema derecha actuaron con mucha impunidad y volvieron a atacar en julio de 1990, cuando Gustavo Arcos, uno de los portavoces de los Derechos Humanos en Cuba osó hablar de «diálogo nacional». Un crimen que equivalía a reconocer la existencia de la revolución, a pensar que su obra puede merecer un destino mejor que el de los basureros de la historia.

Poco menos de un año después, parecería que estuviéramos en otro planeta. La gente habla de «Fidel» -como el resto de los cubanos y sin que eso sea ahora una muestra de afecto, más bien una tradición -e incluso se puede oír una «Radio Progreso» (como en La Habana) que afirma estar «abierta a todos», se niega a satanizar al Líder Máximo y lleva su audacia hasta a difundir programas -humorísticos y de música -grabados en la isla Una anti Radio Martí, por así decirlo. Una minoría significativa empieza a hablar de diálogo y la extrema derecha dominante renuncia a excomulgarla y comienza a unirse a ella.

Del otro lado del estrecho de Florida, el agotamiento de la ayuda de los países de la ex Europa socialista pone a Cuba en una situación insostenible. Las perspectivas de desarrollo de la biotecnología y la búsqueda de nuevos mercados en el Tercer Mundo, y sobre todo en América Latina, por prometedores que sean, no tienden a resolver los problemas de la isla ni a corto ni a mediano plazo. Pero la comunidad cubana de Miami, que puede vanagloriarse de haber logrado el éxito económico más extraordinario para una minaría recién desembarcada en el país del dólar, es una reserva de energía, de capital y destreza.

Los odios acumulados desde hace treinta años y el embargo norteamericano que prohibe toda relación económica deberían imposibilitar cualquier contacto. Y sin embargo, la gente se agita cada vez más.

«Debemos empezar por normalizar lo que el sentido común nos indican, estima el jefe de Radio Progreso, Francisco Aruca: los viajes en ambos sentidos, el teléfono y, ¿por qué no?, el comercio. Cuadro kafkiano: Washington prohibe a todos los naturales de Estados Unidos que vayan a Cuba salvo a los cubano-norteamericanos a quienes. La Habana no permite entrar más que en condiciones excepcionales, cuando de hecho Cuba hace todo por frenar los viajes de los cubanos de la isla y sueña con recibir a millones de turistas yanquis; todo comercio queda estrictamente prohibido en función de la vieja ley de embargo que festeja sus 30 años de edad, e incluso las conversaciones telefónicas son algo infernal; en todos los Estados Unidos hay una pequeña central telefónica, antediluviana, que permite llamar a La Habana. De casi 40 millones de llamadas que se solicitan al año, apenas un 1% puede establecer contacto. Una situación dramática para las familias. Una realidad anormal cuya responsabilidad incumbe en primer lugar a Washington y a esos dirigentes de la comunidad cubana de Miami quienes, bajo el pretexto de no contribuir con el menor centavo al éxito de la revolución, se oponen a todo contacto.

«Vivimos en una economía de mercado, en una sociedad de libertad de elección, salvo en lo que respecta a Cuba», estima Aruca. Se oye mucho español estridente en las ondas de radio de Miami y muy poco periodismo serio pues, desde el inicio de los años sesenta, la palabra está monopolizada por los sectores más extremistas. Todas las tendencias existen pero sólo algunas tienen el derecho de expresarse. Un estudio realizado en diciembre del año pasado reveló que el 64% de los cubanos de Miami desean tener una radio más moderada y más abierta.

«¿Somos exiliados o emigrados?», pregunta José Cruz, presidente de la Coalición Cubano Norteamericana. Pregunta sulfurosa. «Somos emigrantes de facto», contesta. «Nuestros motivos no son fundamentalmente diferentes de los del resto de los latinoamericanos: reunirnos con padres emigrados antes que nosotros, huir de los problemas económicos, buscar más libertad». Y todos los sondeos indican que, en caso de derrocamiento de la revolución, al 85% de los cubano- norteamericanos permanecería en los Estados Unidos. Cifras totalmente comparables a las que uno encuentra en las otras comunidades.

Y Cruz va más lejos al afirmar que muchos de los suyos desean participar en el bienestar de Cuba, igual que los dominicanos o los haitianos. «No tiene ningún sentido preguntar si ellos están a favor o en contra de Castro», explica; «por el contrario, es esencial preguntarles si quieren una solución pragmática y pacifica. El 70% da una respuesta afirmativa». Un sentimiento que gana terreno a medida que la revolución parece ser más frágil. La solución violenta provocaría un millón de muertes, afirma Cruz, pues hay un millón de personas que se identifican con el sistema. Entonces, los padres de Miami tienen dudas.

Cruz insiste mucho en el acercamiento «afectivo» y en el cambio de mentalidad y afirma querer «que Cuba acepte que los cubano-norteamericanos también tienen reivindicaciones legítimas: una mayor libertad de expresión; el fin de la agresión militar contra Cuba» y hace hincapié en que algunos de los personajes más conocidos del régimen han afirmado hoy en día que la desaparición eventual de la agresión exterior permitiría aumentar la tolerancia y la libertad.

Novedad: los partidarios del restablecimiento de los contactos familiares, interrumpidos durante demasiado tiempo, tienen ahora como aliados a unos moderados e incluso a unos anticastristas notorios, conscientes de que el diálogo hizo más por derribar al socialismo europeo que la amenaza de guerra Desean el fin de la revolución aun cuando hablan de invertir en la isla.

Román Cernuda, hombre de negocios que representa en Miami a la Coordinación de Derechos Humanos que agrupa a tres formaciones, busca «una solución por la vía del diálogo para encaminarse hacia unas reformas graduales, económicas y políticas, con la meta de establecer una sociedad de derecho democrático». Precisa «buscamos terminar con el Estado totalitario, pero aceptamos el diálogo sin condiciones y prohibimos toda forma de videncia para resolver los problemas en el futuro». Estima que para facilitar este diálogo sin condiciones, el gobierno, a título de «contribución», podría liberar a los defensores de los derechos humanos que están encarcelados, entre los cuales se encuentra el más conocido, Elizardo Sánchez, y a los dos prisioneros «históricos» que todavía están tras las rejas.

Lo que él dice con mucho «respeto» (insiste en esta palabra que va en contra de todas las costumbres de Miami), el profesor universitario Enrique Baloira, dirigente del partido Social Demócrata, lo dice con mayor crudeza. «queremos un Estado de derecho, aun en el seno de esta constitución abominable. Si dialogamos, ellos buscarán asegurar una transición y nosotros echarlos porque podemos administrar el país mejor que ellos». Es una toma de posición relativamente central, en la medida en que, al mismo tiempo que afirma su anticastrismo visceral, acepta no sólo el diálogo sino también las leyes actuales.

Baloira pertenece al grupo que parece ganar más terreno hoy en día, el de la «plataforma democrática cubana», en la que se encuentran socialdemócratas y cristianos demócratas a quienes se unen algunos conservadores convencidos. La «Plataforma» apareció el 14 de agosto de 1990 y su dirigente más conocido es Carlos Alberto Montaner, exiliado en Madrid. Es el primero de los anticastristas militantes en retomar la idea lanzada desde Cuba por Gustavo Arcos y nadie puede acusarlo de ser el caballo de Troya de Castro.

La «Plataforma» afirma: «es en Cuba y entre cubanos, y no en Washington ni en Moscú, en donde debe decidirse el destino de la nación. Para empezar el debate nacional, proponemos una conferencia preparatoria con el fin de discutir de antemano los temas, la fecha y el lugar. La conferencia podría tener lugar en cualquier país que preste su ayuda y su apoyo. En ella deberán participar a) una amplia representación de los grupos, movimientos y partidos que busquen cambios políticos y sociales en Cuba; b) una amplia representación del exilio; c) una delegación del gobierno cubano; d) observadores internacionales que avalen el tratado».

Es un proyecto que acaba de recibir la aprobación del gobierno español. El secretario de Estado encargado de la co- operación internacional y de la América Ibérica, Inocencio Arias, recibió el 18 de abril a una delegación de la Plataforma, después de lo cual las autoridades se pronunciaron a favor de un «diálogo constructivo» entre la oposición y el gobierno cubano.

Montaner todavía es objeto de ataques, poco elegantes, de los sectores arcáicos de Miami; pero en el transcurso de las últimas semanas, acaban de unírsele los más valientes de todos, los dirigentes de la Fundación Nacional Cubano Americana, uno de los lobbys más poderosos en Washington en el campo de la política exterior. Su primera reacción a la pro puesta de Arcos fue sin embargo una de las más violentas. Provenía de Armando Valladares, el «poeta» liberado en 1980 para convertirse en embajador de los Estados Unidos. El habla hablado sencillamente de «traición».

Jorge Más Canosa, el hombre clave de la fundación, participó en la brigada 2506 que en abril de 1961 desembarcó en Playa Girón y desde entonces es el militante más ensañado de todas las causas anticomunista del planeta, desde el reverendo Moon hasta Jonas Savimbi. Es de extrema derecha en política y en el campo económico. Sin embargo, vio venir los cambios y fue el primero de la fundación que hizo saber que podía concebir el diálogo… sin Fidel ni Raúl Castro. Hasta que a fines de mayo declaró que había mantenido contactos durante muchos años con altos funcionarios del gobierno revolucionario. Esta evolución es sin duda la señal más elocuente de las conmociones en curso.

«Durante treinta años, los intransigentes dijeron que algo iba a suceder gracias a la lucha armada», explica el sociólogo Max Castro, «pero no sucedió nada Todo el mundo sabia que era algo absurdo, pero lo había otra cosa». Los acontecimientos en Europa del Este ayudaron a que Miami descubriera la política y la cara de esta parte del mundo podría transformarse a partir de eso

Detalle clave, esta comunidad acaba de descubrir que el «milagro cubano» -el de los exiliados-emigrados de Miami -era más frágil de lo previsto. Algunos de los más conocidos se fueron a la quiebra en el transcurso de los tres últimos años y la recesión que anda merodeando se sintió muy temprano en Florida. El súbito cambio de opinión hacia el diálogo no es ajeno a esta evolución.

Curiosamente, los dos extremos de la comunidad están animados por hombres de negocios que mezclan, con la mayor soltura, los negocios y la política. Más Canosa ha organizado a todo un grupo de cubanos ricos y dispuestos a invertir en la isla después de la caída de la revolución. Dice contar con la bagatela de 30 mil millones de dólares.

«Más y yo queremos lo mismo», afirma Francisco Aruca, el patrón de Radio Progreso, «pero él quiere cambiar el gobierno mientras que yo sólo quiero cambiar la ley, lo cual facilitaría otros cambios en Cuba». Esta ley que Aruca quiere cambiar es la ley norteamericana que establece desde hace treinta años un embargo total de las relaciones con Cuba. «Perdemos unas oportunidades formidables de hacer negocios», estima Aruca.

Cree en la existencia de un «mercado étnico» ávido de productos cubanos (ron, puros, jugos de fruta, cerveza, turismo), dispuesto a invertir en la isla y a servir de intermediario natural para todas las relaciones económicas entre el país de donde provienen y el país en el que viven. Pero el embargo prohibe todo comercio.

José Cruz pide, para empezar, beneficiar a Cuba con Las excepciones toleradas por las Naciones Unidas dentro del embargo contra Irak: las medicinas y la comida. Una actitud coherente con su política de defensa de los intereses de las familias separadas.

Pero cada vez se asoman más los hombres de negocios. Además del grupo Aruca, se encuentra por ejemplo el Cuban Growth Fund que se divide entre Los Angeles y Miami. Son hombres de negocios que buscan reunir fondos para invertirlos en Cuba en función de una «estricta lógica de negocios, el día que haya un cambio».

Con mucho candor, David Cibrian, fundador del Fondo, explica que desde d punto de vista de los negocios sería preferible que d comunismo desapareciera y que si d embargo contribuye a ello hay que mantenerlo en pie. Pero, añade, «el problema es que hay todo un debate acerca de la cuestión de saber si el embargo es de ayuda o non. Y constata: «estamos en la misma situación que hace treinta años, a pesar de la prohibición de comerciar.

Un sinnúmero de indicios, tanto en La Habana como en Miami, apuntan a la existencia de contactos entre el gobierno cubano y la comunidad de empresarios de los Estados Unidos: algunas empresas que pertenecen a cubanos pero sobre todo unas grandes «corporaciones» animadas por profesionales cubanos. Los mejor informados recuerdan que, en tiempos de Carter, se hicieron contactos en d nivel más alto y sin duda habrían dado resultados si la victoria de Reagan no hubiera barrido con todo. Hoy por hoy esa efervescencia de Miami no tiene ningún impacto sobre los acontecimientos y Washington da la impresión de mantener su política tradicional

Convencida de que está a punto de recoger una fruta madura lista para pudrirse en la rama, la Casa Blanca se atiene al guión, como lo dice el sociólogo Max Castro: «te suicidas o te mato» El establishment no perdona la afrenta que es la existencia de una revolución en su «patio trasero» y piensa cobrárselas de la manera más evidente posible pensando en América latina y d resto del Tercer Mundo. Como el declaró d cubanólogo cubano-norteamericano Jorge Domínguez en el Congreso de la Asociación de Estudios del Caribe, que tuvo lugar en La Habana del 21 al 24 de mayo: «Cuba ya no es muy importante a nivel mundial y Estados Unidos puede darse el lujo de una política simbólica».

El triunfalismo inducido por la victoria en el golfo puede contribuir a empujar las cosas en ese sentido. El primero de abril de 1991, la revista Time Magazine consagró la portada de su edición internacional a la tentación que podría experimentar d presidente George Bush de convertirse en «Globo Cop». «¿Está él a punto de ir a su país?», preguntaba el amenazador título. Algunos dirigentes del Tercer Mundo temen -y el artículo demuestra que no les faltan motivos -que el Nuevo Orden Mundial no sea más que el último seudónimo de la vieja pax americana cuyos gastos pagan los latinoamericanos desde la doctrina Monroe de 1823 y de la que, hasta este día, Cuba es la única excepción.

Se puede dudar del interés que tendría para Bush esgrimir de nuevo una amenaza militar cuando la revolución está en plena crisis debido a la disminución de la ayuda soviética y a su propia incapacidad para renovarse. Pero la tendencia aparente, al menos en la Casa Blanca, es la de no moverse esperando a que la población, el ejército o la razón triunfen sobre Castro.

Existen, inclusive, señales preocupantes como son la tendencia a apretar más el embargo, la tentativa reciente de convertir la Organización de Estados Americanos en órgano de intervención contra países «no democráticos», o el «caso» que se está gestando lentamente alrededor de la central nuclear de Cienfuegos presentada cada vez más como un peligro atómico para la Florida y la Cuenca de los huracanes: el Golfo de México y el Mar Caribe.

Por otro lado, no se podría excluir del todo que después de haber dado todas las pruebas posibles de su capacidad de recurrir a la fuerza, Bush no haga las veces de Nixon con China y se atreva a tenderle la mano a Castro. Un gesto delicado en la medida en que la cuestión cubana es ante todo una cuestión de política interna norteamericana debido al peso adquirido por la comunidad de Miami. Florida es un estado clave para toda elección presidencial y no puede olvidarse que el propio hijo del presidente es allí uno de los principales responsables del partido republicano. Paralelamente, las presiones a favor del cambio no faltan y el mismo Bush confirió una legitimidad inesperada a los adversarios de Más Canosa al afirmar, el año pasado, que se atenía a la política tradicional pero que estaba dispuesto a escuchar las opiniones de los partidarios del dialogo y de la abolición del embargo. Recientemente, el gobierno federal vino en ayuda de Radio Progreso al comprar tiempo para publicidad Y Bernard Aronson, secretario de Estado adjunto, el 20 de mayo fue a decir a la Fundación Nacional Cubano América que «los Estados Unidos no albergan intenciones agresivas hacia ninguna nación de este hemisferio, incluida Cuba». No constituye ningún cambio radical pero llama la atención que lo haya dicho frente a tal auditorio.

Y los soviéticos se asoman. Se manifestaron mucho en Miami desde los inicios de la perestroika. La gente de Shevarnadze hizo de la ciudad una de sus escalas favoritas en el continente y cada vez aprovechaba la oportunidad para sondear los corazones y enseñar su mejor perfil. El mismo Más Canosa ha sido invitado a varios países de Europa del Este. Las cosas han cambiado ligeramente en el transcurso de los últimos meses pero los contactos ya están hechos. Y, desde la reunión de Malta en diciembre de 1989, todo el mundo sabe que Moscú negocia con Washington la cuestión cubana.

Oficialmente, Washington pide que cese la ayuda militar a Cuba y los soviéticos se atienen a su exigencia de que termine el embargo. Pero en el fondo se discute de manera más sustancial. Para Moscú, el fin del embargo y el inicio de un diálogo directo Washington- La Habana es la única manera de liberarse progresivamente de su compromiso -y de contribuir a la evolución del régimen -sin dar al Tercer Mundo la impresión de que se abandona al amigo más fiel de los últimos treinta años.

Ante esta efervescencia, La Habana permanece, oficialmente, discreta. Carlos Rafael Rodríguez, el número 3 cubano, declaró hace poco en una entrevista del periódico madrileño El País: «estamos dispuestos a discutir nuestras diferencias con los Estados Unidos sobre tres bases: el derecho de Cuba de conservar un sistema socialista, el desmantelamiento de la base de Guantánamo y el establecimiento de una relación normal». Es decir, para hablar claro, el abandono de la hostilidad y ante todo el embargo. La postura de siempre. Pero esta inmovilidad superficial oculta una efervescencia profunda. Por supuesto, nadie se atreve a abordar el problema públicamente pero pudimos discutirlo con varios funcionarios con la condición de prometerles que no revelaríamos su nombre. He aquí lo que se destaca

Primero el diálogo entre cubanos; conforme a lo que se puede constatar, ya existe en Miami. Los intercambios se multiplican con el acuerdo de las dos capitales que otorgan un número cada vez mayor de visas. El año pasado, 10,000 cubano-norteamericanos fueron a la isla y 34,000 cubanos, entre los cuales se encontraban numerosos intelectuales y funcionarios de alto nivel, pudieron ir a los Estados Unidos (en mayo de 1991, la sección de intereses de Estados Unidos en La Habana entregaba visas de turismo a un ritmo de 8,000 al mes). Siempre pasan por Miami, en donde casi todos los días se entablan unas discusiones inimaginables. Así, el gran debate abierto en el marco de la preparación del cuarto congreso del PCC, además del mal humor creciente de la población de La isla y la súbita apertura de la comunidad exiliada, hacen que se descubra de una y otra parte que los posibles puntos de acuerdo son infinitamente más numerosos que lo que se previo. Desde el punto de vista de los funcionarios cubanos, por el momento lo esencial es el acercamiento de las familias.

Aun si lo dicen con prudencia, es evidente que muchos cubanos del aparato ven en este diálogo una oportunidad para volver a lanzar el desarrollo e introducir una democratización verdadera.

Incluso en el interior de la burocracia más cercana al poder se estima que el diálogo puede ser algo bueno pero que debe ser abordado con una gran prudencia. Claro está, no se descarta la hipótesis de un complot de la CIA. Más Canosa y Valladares eran los cubano-norteamericanos más ligados a la administración en el momento de la propuesta y uno nota que ellos son quienes se separaron de la manera más radical para volver a acercarse ahora que ha recibido sus cartas de nobleza y que su primer promotor público se ha convertido en referencia tanto en el interior como en el exterior. Se recuerda que los Estados Unidos se habían reunido con los sandinistas en Manzanillo, México, en 1984, prometiéndoles todo a cambio del diálogo con la contra. «En términos de seguridad nacional, el objetivo de los Estados Unidos es imponernos el diálogo en el interior», estima uno de estos funcionarios.

Frente a esto, la postura oficiosa consiste en distinguir los asuntos que competen a la política interna y aquellos que son de política exterior. La comunidad de los cubano- norteamericanos compete a las leyes migratorias y se encuentra a medio camino. Desde hace varios meses, las autoridades han decidido cambiar progresivamente las leyes que rigen el asunto sin hacer publicidad al respecto. Progresivamente, todos los cubanos mayores de 18 años tendrán el derecho de viajar a donde les plazca con la condición de tener las visas necesarias y de pagar el boleto con divisas fuertes.

Pero, ¿con quién dialogar? «La posición ideológica no es lo que cuentan, contestan. La prueba clave es saber si el interlocutor ambiciona ser alcalde de La Habana algo inaceptable -o de Miami -en cuyo caso se le desea buena suerte. «Para nosotros el diálogo no puede tener lugar más que con miembros de la comunidad que vivan en los Estados Unidos y que se pronuncien en tanto que cubano-norteamericanos, dice un funcionario. «Y en el fondo, los derechos humanos, la economía de mercado, las libertades individuales; todo eso está perfecto pero no podemos olvidar las cuestiones de seguridad nacional», es decir, la preservación de la independencia, de la «cubanidad».

Otro punto: el diálogo con los norteamericanos debe hacerse en tiempos de Fidel. Es la única manera de asegurar un acuerdo duradero y ninguno de sus sucesores podría tener la certeza de imponer un acuerdo, sin importar cuál fuera éste. Así, «ellos» tienen interés en darse prisa.

Por supuesto, se vigila estrechamente el papel de intermediario de la Unión Soviética, insistiendo en que «la única fórmula aceptable es la de un diálogo directo entre los Estados Unidos y Cuba. Recomendamos a los soviéticos que usen su influencia para lograr que los norteamericanos se sienten en la misma mesa que nosotros y nosotros les aseguramos que sabremos hacer frente a nuestras obligaciones». Y en este asunto el precedente de la negociación tripartita acerca de Angola es una referencia considerable. Pero todavía se topa uno con los problemas de desconfianza recíproca.

Washington piensa que la revolución cubana necesita separarse de los Estados Unidos y que no es sincera cuando dice que busca un acercamiento. A lo que contestan los soviéticos: eso es falso, nosotros constatamos una voluntad sincera de buscar una solución sobre la base del respeto mutuo. Todo el problema es demostrar entonces que tienen razón. Una de las hipótesis sería que la discusión se entable para buscar una solución política al desacuerdo -que entonces permitirla, al término de dicha discusión, el levantamiento del embargo En caso de fracaso imputable a los cubanos, los soviéticos se uniría a los norteamericanos para obligarlos a aceptar una solución política.

En La Habana, Gustavo Arcos, el hombre que fue el primero en lanzar la fórmula del «diálogo nacional», mira esto con desapego. Sigue viviendo en un lugar modesto y sufriendo múltiples presionales. Afirma que al principio tuvo intenciones didácticas «enseñar al pueblo que el gobierno es el que se niega a encontrar una solución a un sistema aberrante como estén. Quería «introducir la cultura del debate, la que consiste en discutir sin difamar». Quería demostrar que «el exilio y nosotros somos una y la misma cosa».

Su deseo público es evitar lo sucedido en Panamá y Rumania. Quiere que el problema se resuelva entre cubanos. Pero a aquellos que ponen condiciones les reprocha el ser ingenuos. «El diálogo debe establecerse por aquellos que tienen el poder… con o después de Castro. Pero, añade, «lo harán el día en que hayan comprendido que es la única manera de evitar la guerra civil para asegurar una transición lo menos sangrienta posible». Piensa que aquellos, dentro del sistema, que quieren el diálogo, lo hacen para salvar su pellejo. Y el sueño, dice, sería una transición a la española: «Con tal de que haya muchos Suárez».

En cuanto al resto, «lo importante es que se interesen por el diálogo; siempre habrá tiempo para ver las condiciones, en qué lugar, alrededor de qué cosa, son unas discusiones bizantinas». Pero está convencido de que «el diálogo se hará un día, quiéralo Castro o no. Reunirá a aquellos que controlan al país, a los disidentes y al exilio. Es tan inevitable como el reemplazo de una estación por otra».

Disidentes, cubano-norteamericano, funcionarios del gobierno revolucionario, soviéticos, incluso la Casa Blanca, todo el mundo da la impresión de abrirse al diálogo. Pero nadie sabe con claridad lo que piensa de esto Fidel Castro quien, por el momento, no dice nada y más bien da la impresión de estar en contra aun si, como lo recordó un funcionario, «se ha preparado toda la vida para el momento decisivo con los Estados Unidos». Momento que quizás está menos lejano de lo que se cree. Algunos observadores estiman que si logra resistir unos cuantos meses más -hasta el tiempo siempre difícil del inicio del invierno, por ejemplo -entonces Washington podría hacer algo. Eso daría sentido a esa fórmula repetida sin cesar en La Habana cuando uno pregunta para que sirve el endurecimiento sin perspectiva adoptado desde hace dos años: «se trata de ganar tiempo».

Uno comprende que Castro vacile, pues si una apertura representa la eventualidad del fin del embargo -la posibilidad de ver entrar dinero fresco proveniente de la diáspora -uno imagina que ésta lo hará pagar caro y 30 años de esfuerzos revolucionarios corren el riesgo de ser barridos. Un funcionario declaró recientemente a un periódico extranjero que «la SEARS podría más que la CIA».

El citado congreso anual de la Asociación de Estudios del Caribe ha dado lugar a algo muy significativo. Unos veinte cubanos exiliados en Estados Unidos, Puerto Rico, Santiago de Chile o Caracas vinieron a discutir en La Habana durante tres días sobre la situación de Cuba. El propio Enrique Baloira – que tiene responsabilidades políticas -no quiso venir pero mandó una ponencia que fue leida por un colega. Frente a ellos, la crema de los cuadros del partido, del ministerio de relaciones exteriores y de los mejores centros de estudios aportaron el punto de vista de la dirección revolucionaria. Todo eso con mucha cordialidad y mucha franqueza.

Bajo la cobertura de las ciencias sociales se discutió de política y más concretamente de la situación de Cuba hoy. Y todos escucharon con gran atención a la vez que los contactos se multiplicaban. El último día, dos invitados de honor, el ex gobernador de Arizona Bruce Babitt y su esposa, cuadro del Partido Demócrata, vinieron a exponer el punto de vista de sectores influyentes de Estados Unidos sobre lo que Cuba debía hacer y se les respondió con mucha energía. Pero eso también era diálogo. Un diálogo sustancial que no fue del gusto de todo el mundo en La Habana. Así Granma, en un editorial dedicado a contestar al secretario de Estado adjunto Aronson y al presidente Bush para pedir que hagan coincidir los hechos con sus-discursos quiso ridiculizar, el último día del congreso, la ciencia política reducida a rango de «alquimia misteriosa» y advirtió a los analistas que perdían su tiempo al «tratar de encontrar nuevas claves para el examen de la política norteamericana respecto a Cuba».

Y ¿en dónde están los cubanos en todo esto? Viven momentos de gran desesperanza Esperar todavía diez años para que su situación material mejore les parece injusto e inhumano. Peor aún: ya no creen en ello. Pero eso no quiere decir que quieran una victoria de Washington ni, mucho menos, de Miami. Desean negociar una transición, sacar el máximo de ventajas, par ejemplo, de las infraestructuras construidas por la revolución en el campo de la salud pública o de la educación. «La gente quiere las ventajas del capitalismo norteamericano y del socialismo cubano», nos confiaba una funcionaria. «Sería un sistema perfecto». Bonito sueño.

 Traducción de Katia Rheault