En Medellín todo el mundo sabe que si te balacean, atropellan o apuñalan hay que ir a “la Policlínica” una clínica de urgencias a cargo del Hospital de San Vicente de Paul: los cirujanos e internos que atienden ahí las noches de fin de semana tienen una experiencia inigualada y la fama de hacer milagros. La vigilancia en la clínica es estricta; se han dado casos de asesinos frustrados que fueron a rematar a sus víctimas a la sala de recuperación, así que ahora los guardias en la entrada se cercioran de que sólo entren los heridos y sus acompañantes. Un sábado, a la medianoche, parada yo junto a la reja principal de la clínica, vi bajar de un taxi a un hombre al que la sangre se le filtraba por un gran hueco en el pelo. Aún podía caminar, y le tocaba hacerlo, porque la clínica no tiene camilleros para ayudar a los pacientes que ingresan, y aunque en menos de diez minutos vi cinco hombres gravemente heridos, no llegó una sola ambulancia. Los familiares o amigos de las víctimas manejaban las camillas metálicas, pero el hombre con la herida en el pecho estaba solo. “¿Qué tal esa?, dijo el portero, viéndolo trastabillar hacia la entrada. “En una de ésas, me dijo, se salva”. No era cinismo del portero; sabia por experiencia, que los fines de semana por la noche suelen llegar unos noventa heridos a la Policlínica, y de ésos, entre unos doce y unos veinte mueren. En eso llegó otro taxi, y el chofer ayudó a una joven histérica a sacar del auto a un hombre joven, herido de bala por la espalda, y a colocarlo en una camilla. El hombre parecía estar muerto ya. Como si nada, el taxista pasó un trapazo sobre el charco de sangre en el asiento trasero, y arrancó. Un taxista que más tarde me llevó a mi hotel explicó que recoger pasajeros heridos es parte del trabajo. “¿Cómo vamos a dejar que se mueran así nomás en la vía?”, me dijo. “Casi siempre, perdemos el pasaje, porque esa gente no está como para pagar, pero de todas formas toca llevarlos, por caridad”.

En una noche así, es posible creer, que Medellín está a punto de ahogarse en su propia sangre. Desde la década pasada, el nivel de violencia ha rebasado tanto lo racionalmente concebible -incluso en un país tan violento como Colombia – que las estadísticas no tienen sentido: ¿qué significa, por ejemplo, el hecho de que el año pasado, el más violento en la historia de Medellín, fueran asesinados más de trescientos policías, junto con unos tres mil jóvenes entre las edades de catorce y veinticinco años? ¿O que en los primeros dos meses de este año la cifra haya aumentado? Cuando llegué aquí por primera vez, a mediados de 1989, ese año tenía ya el récord de ser el más violento que se hubiera registrado. En esa ocasión conocí a una juez una mujer que estaba recibiendo constantes amenazas de muerte y que como resultado se había vuelto anoréxica. Unas semanas después, vi en los diarios que, en efecto, la habían asesinado. Hubo el caso del representante de la izquierda radical en el consejo municipal un hombre cortés y trajinador al que también entrevisté alguna vez -que fue asesinado en su despacho por un joven que traspaso sin problemas los puestos de los guardias de seguridad. Hablé con un hombre al que le habían hecho seis atentados, y que estaba esperando el séptimo refundido en un chaleco antibalas, no muy seguro de sobrevivir. El joven y muy popular gobernador del Departamento de Antioquía, cuya capital es Medellín, fue asesinado por un carro-bomba camino a su despacho. Las cosas se pusieron peor en agosto de 1989, cuando se puso en marcha la ofensiva conjunta colombiana- estadunidense contra las drogas. El ánimo de los paisas, como se les dice a los habitantes de Antioquía, pasó del estupor y la incredulidad al humor negro. Al cuarto mes de la ofensiva, unas semanas antes de la Navidad, la policía anunció el cerco sobre el más buscado de los narcotraficantes colombianos, Pablo Escobar, en una de sus múltiples casas de campo antioqueñas, y dijo que su captura se esperaba de un momento a otro. La impresión general era que no lo agarrarían vivo. Esa noche cené con unos amigos en un restaurante repleto y alborotado como pocas veces. “íNo me lo imagino!”, exclamó una mujer vivaz y elegante que estaba en nuestra mesa. “No puedo imaginarme un futuro sin Pablo Escobar. No puedo entender qué se sentirá vivir sin miedo, pero la sola idea me llena de tanta felicidad que me dan ganas de ponerme a decorar el árbol de Navidad con puros ataúdcitos rojos”.

Ese estado de ánimo ya paso, barrido por una avalancha de sucesos que no incluyeron la captura de Escobar, y lo reemplazó una oleada de depresión e incertidumbre que se refleja en cualquier plática: “¿Cómo es que los paisas, la orgullosa vanguardia empresarial y modernizadora, los arquitectos del futuro industrial de Colombia, los más puntuales, piadosos y hogareños habitantes de un país más bien poco serio, hemos llegado a esto?”. La pregunta ha dado origen, incluso, a una nueva especie, la de los violentólogos, investigadores que tratan de encontrar una explicación a la locura que se ha adueñado de Antioquía, y que se las ven duras tan sólo para llevar la cuenta de quién ha matado a quién. Es alarmante la proliferación de grupos en pie de guerra sumados a las brigadas de Escobar, que continúan su ataque al gobierno, hay pandillas de la droga, chavos banda, escuadrones de la muerte, “milicias” (restos de grupos guerrilleros que pasaron por Medellín a mediados de las ochentas y que hoy trabajan por cuenta propia), escuadrones paramilitares y brigadas de extorsión: todos ellos en armas contra la policía y entre ellos mismos. Y ahora que se están logrando insólitos acuerdos y treguas entre el gobierno central, en Bogotá, y los traficantes ilegales que han hecho de Medellín la capital mundial de la droga, la pregunta más apremiante es cómo enfrentara la ciudad un problema que hasta hace poco parecía pertenecer exclusivamente al narcotráfico, pero que cada vez más parece estar fuera, incluso, de las muy probadas capacidades de control de un Pablo Escobar.

Visto desde los cerros densamente poblados y conocidos corno las comunas oriental y nororientales, el corazón de la ciudad, con sus torres de ladrillo y sus blancos rascacielos resplandecientes, parece tan lejano como Oz. Las laderas son tan parte de Medellín como el distrito comercial del valle, bullanguero y mercantil, pero ni siquiera los marginados habitantes de las comunas lo entienden así. El Medellín “real” tiene fábricas, agencias de viaje, tiendas de video, y seguramente más plazas comerciales con boutiques de ropa que cualquier otra ciudad de su tamaño. En los cerros, la extensa mancha de caseríos improvisados se ve alterada de vez en cuando por una tiendita de abarrotes, alguna escuela, un cine y, aquí y allá, una iglesia. Ahí vive la mitad de la población de Medellín -unas ochocientas mil personas , en casas de ladrillo y cemento tal vez algo laderas, pero sin embargo estables, que cuentan con agua y luz que el gobierno municipal lo ha proporcionado incluso a las zonas más alejadas. Aun así; cuando la gente que vive en las comunas habla de sus barrios, casi siempre dice que Ahí no hay nada, porque no hay nada que valga la pena. No hay dinero, ni prestigio, ni decoro: solo un resentimiento ulcerante contra el Medellín de los centros comerciales y los trabajos con horario de nueve a cinco.

Este es el centro de operaciones de Pablo Escobar. Nació en 1949, entre las montañas húmedas y boscosas que rodean el valle de Medellín, en el seno de una familia que parece la encarnación del orgullo paisa un padre agricultor y una madre que fue maestra de escuela -el tipo de gentes que blanquea impecablemente los muros de su finquita y luego cuelga tantas maderas con orquídeas y geranios de las vigas del corredor que el enjalbegado casi ni se alcanza a ver-. De todas las historias que Escobar podría contar si alguna vez la capturan, sin duda una de las más fascinantes daría cuenta de su paso de hijo de campesino respetable a malandrete, a pequeño delincuente. Lo cierto es que desde un principio no le faltó imaginación: encontró el modo de ganar dinero mediante la reventa de lápidas que se robaba de un cementerio en Medellín, y que revendía debidamente pulidas tras borrales la inscripción original. Era ambicioso: en 1982, en cuanto hizo dinero suficiente con el narcotráfico como para hacerse de una base de apoyo, fue elegido al Congreso como representante suplente por el Partido Liberal. Era también rencoroso: su salto a la notoriedad se dio en 1984, cuando urdió el asesinato del Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien había revelado los vínculos de Escobar con el mercado de la cocaína, y que lo había obligado a renunciar al cargo unos meses antes. A partir de ahí Escobar operó en dos frentes: creó lo que los expertos en narcóticos consideran que fue la más extensa y eficiente red individual para la producción y el transporte de la cocaína. Al mismo tiempo patrocinó una obsesiva guerra contra cualquiera en Colombia que se manifestara contra el narcotráfico, dirigida contra el sistema de justicia, y contra cualquiera que apoyara la extradición de traficantes a los Estados Unidos, donde su dinero no servia para abrir las puertas de las cárceles.

Luego de decenas de asesinatos políticos, y después de veintiún meses (de agosto, de 1989 a mayo de 1991) de lo que sin duda ha sido la más decidida cacería humana que alguna vez haya emprendido el gobierno colombiano, Escobar no sólo sigue en libertad sino que controla aún la mayor parte de sus negocios, aunque se encuentre muy debilitado en lo militar. Esta es la prueba rotunda de la existencia de una vasta red de leales seguidores. Escobar alimentó cuidadosamente ese apoyo: proporcionó empleos, viviendas y préstamos sin intereses a la gente de las comunas. Se aprovechó de la convicción que sus admiradores compartieron alguna vez con casi todos los colombianos: que las drogas eran problema de los Estados Unidos. Exploto la incapacidad de los paisas, tan amantes del comercio, para resistirse a un buen negocio. Muchísimas de las gentes que han aprendido a odiarlo aún no están plenamente convencidas de que tenga algo de malo vender mercancía -cualquier mercancía- que tenga clientela Pero sobre todo Escobar sobrevive y es maravillosamente próspero porque gracias al boom de la cocaína y a su guerra personal, miles de jovencitos sin salida han logrado dar el salto de las comunas a la ciudad remota y, antes, siempre inaccesible. 

Alonso Salazar, un hombre joven, menudo, con bigote y de un aire de alerta casi innata, es uno de los violentólogos más originales. Fue de salto en salto de la facultad de veterinaria a la de periodismo hasta que alguien le preguntó que por qué no recopilaba una serie de historias orales que tenía grabadas y las reunía en forma de libro. Se llama No nacimos pa’semilla y si se vende como pan caliente por todo el país es porque las historias orales fueron recabadas entre los jóvenes de las comunas a quienes se les conoce indistintamente como pistolocos, los muchachos de las bandas, o simplemente sicarios. Salazar empezó a recoger las historias de estos jóvenes en 1988, cuando el aumento notorio de la actividad criminal en las comunas atrajo la atención alarmada del Medellín “real”. Salazar entrevistó varias veces a alguien a quien llamó “Toño”, mientras el muchacho moría por heridas de bala en una cama de la Policlínica. “Era tan malo, tan perverso”, me dijo Salazar una tarde, cuando conversábamos en una plaza terregasa y llena de basura de la comuna nororiental. “Casi se relamía cuando me contaba de toda la gente que había matado”. Aun así, a Salazar le daba lástima el muchacho, porque Toño llegó a depender de sus visitas, y el hecho de que alguien lo considerara digno de una entrevista lo llenaba de orgullo y de agradecimiento. Pasaba lo mismo con todos. “El que sus vidas se volvieran un renglón, una palabra aunque fuera, de texto, los ponía muy emocionados”, dijo Salazar. “Sólo querían encontrar un lugar en el mundo”.

Salazar ya está acostumbrado a que los jóvenes que entrevista sean al mismo tiempo tan vulnerables y tan asesinos. Dice que la primera cosa que le ocurrió al empezar las entrevistas fue que su visión del mundo se le volteó al revés. En parte se debió a que los jóvenes eran tan amables, tan educados, que al trabajar con ellos no lograba retener el concepto del mal en su cabeza; y en parte se debió a que las historias que oía eran todas muy similares. Hay, al parecer, un proceso en marcha -una serie de sucesos, algunos conocidos, otros afín indescifrable que ha dado lugar a una generación de suicidas desesperados, cuya forma particular de autoinmolación es el homicidio. Salazar cree que la primera ola de crimen fue provocada en parte por la crisis económica masiva que golpeó a Medellín a mediados de los setentas, cuando las fábricas textiles que eran el corazón de la economía de la ciudad cerraron o despidieron a miles de trabajadores. En ese periodo también se consolidó el naciente negocio de la cocaína bajo la forma de varios carteles, uno de ellos encabezado por Pablo Escobar. Lo que Salazar aún no acaba de entender es por qué estos dos fenómenos coincidieron con un aumento desbocado de todas las formas de violencia. Desde que acabó la guerra civil entre liberales y conservadores, una guerra conocida como. La Violencia, a finales de los cincuentas, Medellín había estado más o menos en paz. “Pero ahí se desató una ola de secuestros”, recuerda Salazar. “Se podría pensar que se trató de un proceso de acumulación de capital de trabajo por parte del narcotráfico, pero el número de violaciones y homicidios también se disparó. Parecía como si todo el tejido de la sociedad se estuviera desgarrando”. Estadísticamnte recientes muestran la tendencia. en 1980 hubo 730 muertes violentas en Medellín; en 1990, hubo 5,300.

Al principio de la era de la droga no se notaba mucho la presencia de las pandillas armadas por los traficantes, porque se les utilizaba más que nada para asuntos internos: cobro de cuentas, eliminación de soplones y cosas por el estilo. Sólo hasta que el ministro Lara Bonilla obligó Escobar a salir del Congreso las bandas adquirieron una estructura paramilitar y un papel político. Escobar le encargó la organización del asesinato de Lara Bonilla a un joven llamado David Ricardo Prisco. Con varios de sus hermanos, primos y amigos del alma, formó una banda conocida como Los Priscos, que en los siguientes seis años -eso duró – fue el escuadrón terrorista más efectivo de Escobar. “Gracias a ese asesinato, los Priscos fueron la primera banda que logró la notoriedad”, dice Salazar. “Se volvieron el prototipo de una serie de bandas muy bien organizadas y con lazos estrechos con los capos de la droga. Su centro era la familia, y el barrio, con su red de relaciones familiares y compadrazgos. Un sicario de ésos podía ganar hasta veinte mil pesos colombianos”- unos doscientos mil dólares “en aquella época, por trabajo. Lo suficiente para comprarse un condominio de lujo en un barrio élite, y también para algo que es fundamental para la gente de nuestra cultura: mejorar la situación de su familia”. En la cumbre de su poder, las bandas emularon a Escobar ayudaron a la comunidad con dinero y obras públicas y se les consideró benefactores. En épocas de paz organizaban festivales en las calles y subían a las comunas escoltados por la policía.

A partir del año pasado, y gracias a una purga a fondo entre los cuadros y altos mandos de la jefatura de policía de Medellín, ésta se encuentra en guerra declarada contra el narcotráfico. Ahora a la jefatura le encanta mostrar organigramas que muestran a decenas de bandas ordenadas por gráficas en una serie de redes que inevitablemente llegan hasta Escobar. Salazar piensa que apenas un treinta por ciento de las pandillas de Medellín tiene vínculos formales con el mundo de la droga, y que el restante setenta por ciento está en el corazón de la ola de violencia. Se trata de los chichipatos, o ladronsetes del montón; los basuqueros, o fumadores de basuco, un derivado de la cocaína que es sumamente adictivo; los punketos, todavía fanáticos de la música de The Sex Pistols y The Clash. Estas “bandas contraculturales” no duran mucho, ni tampoco sus integrantes. De algún modo están al margen de las aspiraciones clasemedieras que les conferían una disciplina y una estructura a los ya extintos Priscos y sus aliados. Los Priscos hacían un pacto con el destino que tenia notas claramente definidas: una vida corta, si, pero a cambio un B.M.W., digamos, y un penthouse para la mamá. Los punketos tienen el cerebro ya muy rayado como para trazar semejantes planes. Quizá tenga algo que ver con su distancia del Medellín “real”: los Priscos venían de Aranjuez, un arraigado barrio obrero justo arriba de la avenida principal de Medellín. Los desechables son de cerro arriba. Es muy reciente su traslado de la Antioquía rural, trabajadora y estricta que dejaron sus padres, y están atrapados entre dos culturas. No quieren las vidas ingratas de sus padres y, a juzgar por el índice de desempleo de un treintaicinco por ciento en las comunas, la ciudad no los quiere a ellos.

Los muchachos -desenvueltos y adustos con sus cortes de pelo punk, sus bermudas guangas y sus tenis de bota alta -se habían reunido el otro día en una calle estrecha de la comuna nororiental, cuesta arriba de una plaza en el barrio de Guadalupe. También atiborraban la calle prácticamente todas las mujeres del vecindario y un buen número de desempleados y gente mayor: por todo el barrio se había corrido la voz de que Jesucristo se encontraba ahí. Se le había aparecido a un chofer de autobús, quien notó que aquello que a primera vista parecía una mancha de humedad en la parte inferior de la puerta de su baño era en realidad una semblanza milagrosa del Divino Rostro. El chofer, Ricario Hernández, estaba sentado en su destartalado autobús vacío, tocándole furiosamente el claxon a la multitud para que se hiciera a un lado y lo dejara estacionarse y entrar a almorzar a su casa. Me dijo que él y su familia habían tratado de mantener en secreto la aparición, pero que en cosa de horas toda la comunidad se había enterado de una forma o de otra En su ansia por ver el rostro divino, las multitudes estaban a punto de derribar la entrada de su casa. Casi tan emocionante como el milagro era el hecho de que los medios locales hubieran reparado en el asunto: cuando apareció el equipo de Tele Antioquía, cámara en mano, la gente casi enloqueció en su anhelo de que los filmaran. ” íYa era hora!”, exclamó alguien en la multitud. ” íPor fin va a salir algo bueno sobre nosotros!”. Una joven explicó por qué estaba tan feliz: “Si resulta que lo del milagro es un fraude no me va a importar tanto”, dijo. “Pero por lo menos nos habrá tocado hablar de algo bonito. Aquí de lo único que se conversa es quién se volvió loco de meter tanto basuco, y a quién mataron. “íFulanito está tirado en la esquina en un charco de sangre?” dicen, y ahí corremos todos a ver”.

Sin haber logrado ver el baño milagroso, bajamos nuevamente por el cerro esta joven y yo, junto con su vecina cuarentona, regordeta y vivaz, a quien yo ya conocía y a quien llamaré doña Violeta Mejía. Las dos mujeres me señalaron a una muchacha muy bonita, a la que habían corrido de su casa por su irremediable adicción al basuco, y señalaron también la esquina donde había muerto el hijo de doña Violeta un año atrás. Al parecer, el hijo de doña Violeta estaba “agarrado del vicio” del basuco, y robaba, y probablemente también sé contrataba como asesino, para financiárselo. Acabó muriendo a manos de sus antiguos compañeros de barrio. Llorando, doña Violeta dijo que pasaba horas tratando de entender en qué habían fallado ella y su esposo. “Mi marido se lo llevaba aparte y le decía: ‘Hijo, dialoguemos como amigos’, pero él se agarraba la cabeza con las manos y decía que ya no había que hacer”, dijo ella “Al último llegaba a la casa tan fumado, tan loco, que se golpeaba la cabeza contra la pared hasta que entre todos lo parábamos. Le decíamos que se iba a matar así, pero él gritaba que eso era lo que quería. ‘Yo quiero morirme. Que me maten de una vez, para descansar’, decía. Tenia como una gran angustia dentro de él, y nunca logramos llegar a ella”.

Hay muchos jóvenes así por el barrio, dijeron las mujeres. Desean demasiadas cosas, quieren vidas que nunca van a tener, no tienen la menor paciencia y están “bien cogidos del vicio”. Le pregunté a las dos mujeres qué les parecían Pablo Escobar y dijeron que tanto él como los otros traficantes le habían hecho un gran daño a la comunidad al comprar niños y volverlos asesinos, y por haber traído el basuco al mundo. Pero cuando entramos a la casa de doña Violeta y nos instalamos en la cómoda sala, su marido, don Jaime, que estaba a punto de salir hacia su turno vespertino en una fábrica de plásticos, dijo que también el barrio tenia mucha culpa en eso. En la parte alta del cerro vive una mujer que hace diez años fue la primera que comenzó a vender basuco. Los Mejía y otros vecinos se lo reclamaron, cuenta don Jaime, pero ella contestó: “Yo tengo que darles de comer a mis hijos”. En ese entonces tenía dos hijos. El mayor ya murió de un tiro, y el otro esta “metiendo basuco”, pero ella sigue vendiendo droga “Es que a nosotros los paisas a veces nos interesa demasiado el dinero”, dijo don Jaime. Aun así, añadió, si pudiera vivir su vida de nuevo lo haría todo igual. No es el caso de doña Violeta, quien llegó aquí hace unos veinticinco años “desde el último pueblo en la última vereda de Antioquía, dijo. Ella cree que si se hubiera quedado en el campo su hijo aún estaría vivo. Pero don Jaime habló de “fracaso” al referirse a lo que le habría ocurrido de quedarse como jornalero en las fincas cafeteras del suroeste antioqueño. En Medellín tiene casa, cuatro recámaras, piso de baldosa, comida buena, teléfono. Sus dos hijas y un hijo menor se estaban criando bien, me dijo. ¿De qué le hubiera servido quedarse en el campo?

Los Mejía repasaron la lista de muchachos del barrio que habían muerto por causa de la droga o que estaban metidos en ella En algunas calles, afirmaron, cada familia tenía por lo menos un hijo -o con menos frecuencia, una hija -basuqueros. Dijeron que sus sobrinos sufrían de la misma angustia incontrolable que su hijo, causada en parte, sin duda, por los escuadrones de la muerte que han empezado a operar en el barrio. Los hombres que patrullan las calles por la noche, con los rostros cubiertos por un pañuelo, son fornidos y no muy jóvenes, y por eso los Mejía piensan que se trata de policías. Los enmascarado matan basuqueros y pequeños delincuentes, pero a veces les falla la puntería. Don Jaime y doña Violeta señalaron los agujeros de bala en la fachada de la casa de junto, hechos una tarde en que los enmascarados dispararon alocadamente a todo lo largo de la calle. En todo el barrio no había dónde sentirse bien resguardados.

Platiqué un poco con el hijo que les queda, un jovencito taciturno llamado Jorge Mario, que fuma cantidades de mariguana pero que evita el basuco. Era apenas mediodía, pero parecía ya tan drogado como los muchachos que estaban enfrente de la casa del chofer, quienes jugaban con sus carrujos entre los dedos mientras esperaban ver el milagro. Le pregunté a Jorge Mario qué quería hacer con su vida “Yo soy un vago”, contestó. “¿De qué le sirve a uno hacer planes si, igual, nada le resulta? A todos los pelados de por aquí los están matando. Nos vamos a morir todos. No hay caso”. Luego se fue a sentar en una piedra, a contemplar la ciudad a sus pies.

Una vista panorámica de la ciudad remota aparece una y otra vez en la obra del cineasta Víctor Gaviria, quien ha logrado filmar Medellín como si lo mostrara a través de los ojos de los pistolocos, por quienes siente una ternura obsesiva, dolorosa. Gaviria ha dedicado la mayor parte de los últimos cinco años a documentar las vidas violentas de estos muchachos. Su primer largometraje, Rodrigo D: No futuro, es una versión ficticia de las vidas de los punketos que actuaron en ella. (Uno de ellos era el hijo de doña Violeta). En la película, filmada en 1986, Rodrigo D intenta reponerse de la muerte de su madre; fracasa como baterista de un grupo de rock-punk y vive alienado y distante de sus amigos del barrio, mientras ellos juegan con pistolas, drogas y adrenalina, llevando a cabo atracos. Al final, Rodrigo se tira por la ventana de uno de los rascacielos que desde los cerros están siempre a la vista. El papel principal lo interpretó Ramiro Meneses, un músico semiprofesional de las comunas; era el único entre el reparto de jóvenes que no tenía antecedentes penales, y el único que ha logrado abrirse paso como actor profesional en Bogotá. Todos los otros actores ya están muertos.

Almorcé con Gaviria, a quien conozco desde hace algún tiempo, y le pedí que hablara sobre los muchachos de las comunas. Estaba terminando una versión colombiana de un documental televisivo sobre la muerte de sus actores, realizada originalmente para la televisión alemana, y apenas se estaba recuperando de la muerte de su coguionista en Rodrigo D, un joven talentoso de 21 años llamado Ramón Correa, quien no pudo estelarizar la película porque a punto de empezar la filmación lo arrestaron y lo condenaron a prisión por robo a mano armada (Cuando Correa salió de la cárcel viajó con Gaviria a presentar Rodrigo D en el festival de cine de Cannes, pero parece que la experiencia le resultó agobiante; detestaba la comida, y evidentemente sintió que era su obligación hacerse de las carteras y los relojes que los europeos dejaban regados tan descuidadamente en la playa. A su regreso a Medellín trató de ponerse a escribir en serio, pero no lo logró: murió en enero, acribillado frente a la casa de su madre).

Gaviria dijo que llegó a las comunas jalado por las mismas preguntas que obsesionan a todo Medellín: “¿Cómo esta ciudad ha producido esta generación de muchachos que hacen de la muerte un negocio? ¿Cómo se perdieron así nuestros valores?”. Aunque no anda tan lejos de los cuarenta, todavía hay algo en él de azoro y vulnerabilidad, una especie de adolescencia interna que lo hace simpatizar con la música áspera de los punketos, con su visión moral tan plana del mundo, con su fascinación por las drogas. “Yo quedé muy enamorado de las vidas de estos pelados, y empezamos un diálogo que en realidad lo era entre las dos ciudades que coexisten en Medellín”, me dijo.

Conoció primero a un adolescente llamado John (sic) Galvis, que murió asesinado un par de meses después. “Cuando entró al apartamento dijo que era la primera vez que entraba a un edificio de apartamentos a otra cosa que no fuera robar”, recuerda Gaviria. “Luego habló del amor que sentía por su madre. Nos contó cómo a veces cuando se sentía triste se iba a dar una vuelta con ella, y ‘metía un baretito’ (fumarse un carrujo) y ya se sentía mejor. Comencé a entender que todo esto era parte de la intensa devoción que los paísas sienten por sus familias, que muchas historias que terminan en los actos más extremos de terrorismo han empezado por la incapacidad de algún muchacho de ver sufrir o fracasar a sus familias, que es lo que siempre ocurre en estos barrios la hermana se vuelve puta, el hermano se envicia con el basuco. Grabé mucho, antes de saber que iba a hacer una película. El fenómeno me pareció tan normal, tan parte de la vida cotidiana, que sentí que la película tenía que dejar constancia de este cuento”.

Gaviria, que por lo general esta de buenas, y que vestido de tenis, bluyin y camiseta parece estar siempre fresco y a sus anchas, hablaba ahora con absoluta seriedad, pasando por encima de las interrupciones y dejando que se enfriara la comida. “Para estos muchachos que nunca en la vida han tenido el menor poder, la delincuencia es una forma de buscarlo. Nadie se fija en ellos, nadie repara en sus vidas. Son ene- enes -Ningún Nombre, como los muertos de las fosas comunes en Medellín -pero en vida. Algunos tienen padres con vidas más o menos estructuradas, incluso obreros de las fábricas o de la construcción. Pero son hombres completamente derrotados; tienen valores que no sirven en Medellín. Los peladitos se enamoran entonces de cualquiera que tenga poder. Tú sabes que la juventud quiere valores que tengan algún elemento heroico, alguna posibilidad de lograr grandes cosas. Los matones son capaces de lograr esas cosas con una pistola -lo han visto en la televisión -. Por eso no se puede explicar el sicariato. Es otra cosa. Medellín es la capital de la moda, dicen, y la moda es el presente, Medellín es el presente. Si tu sales unos cuantos kilómetros de Medellín ya estás en el pasado; no hay más que carreteritas polvosas, finquitas donde no tienen ni noticias de la guerra del Golfo. Estos pueblitos que no tienen ningún lugar en el mundo, a los que nadie nunca les ha hecho espacio, buscan un lugar en el tiempo, que es la moda. Para ellos es fundamental vestirse bien. Cuanto sacan de sus ‘trabajos’ lo gastan inmediatamente en algún regalito para la mamá, y en ropa. Por supuesto que van a despreciar profundamente a sus padres, que son campesinos vestidos todos a la antigua”.

Gaviria era poeta antes de ser autodidacta en el cine, y ha escuchado atentamente lo que dicen sus actores en su jerga zigzagueante, nebulosa, opaca. A través de sus palabras ha llegado a la convicción de que en el mundo fragmentado de los pistolocos la relación fundamental con la realidad es mágica. “Uno lo ve en el lenguaje, dijo. “Al principio la palabra ‘traído’ se usaba para referirse a las cosas que se encontraban, o robaban por ahí. Traído es un término que usamos los paisas para referirnos a los regalos de Navidad que el Niño Jesús deja sobre la mesa, de manera que se decía: ‘mira esta moto’, o ‘mira este reloj: íqué traído que me encontré!’. Luego la palabra se fue convirtiendo en su contrario; pasó a referirse a un enemigo, y luego a un cadáver. Mejor dicho, el traído se refiere a todo lo que se aparece enfrente de uno, y que en el fondo siempre es la muerte”. Parte esencial de la magia es convertir a todos en enemigos, para evitar sorpresas. “Una vez John Galvis y otro pelado nos encañonaron al productor y a mi y gritaron ‘íQuietos!’. Esa es otra palabra. Es como ese juego de niños en el que apuntas y gritas ‘íQuietos!’ y vuelves de piedra a los demás. Ahora los peladitos le dicen íquietos!’ a sus víctimas de atraco o de asesinato. Cuando nos encañonaron, nos quisieron coger de quietos. Vuelves de piedra a tus posibles enemigos, y ya no pueden hacerte daño. Los muchachos se pasan los días buscando enemigos, inventándoselos. La cosa es matarlos antes de que te maten”.

En el documental para la televisión alemana, Gaviria traza el veloz descenso de sus actores hacia la adición del basuco y Finalmente hasta la muerte. En las primeras tomas los muchachos se quejan de que los tiempos están duros, de que no hay trabajo y, con rabia, de que la plata ya ni siquiera alcanza para unos bluyines decentes. Luego, a lo largo de la película, van desapareciendo. Con una notoria excepción, todos los muchachos murieron asesinados a manos de otros jóvenes del barrio -vecinos que tal vez perdieron a algún pariente a manos de los jóvenes actores de Gaviria, o con quienes tal vez compartieron un arma o una hermandad de sangre días antes -. “Yo creo que al final los pelados matan para ver cómo es”, dijo Gaviria, quien actualmente termina un guión sobre un muchacho que conoció: un matoncito de quince años de edad que en una escena acurruca en su regazo a un amigo herido y lo ve morir. “Yo creo que quieren saber cómo es el paso que les va a tocar de un mundo al otro”, dijo.

La excepción fue un muchacho conocido como El Alacrán que no murió a manos de sus vecinos. Parecería que su muerte fue consecuencia de una de las campañas de Pablo Escobar para vengarse del Estado por la persecución que le ha hecho. A Escobar lo ha afectado seriamente la ofensiva que se desató en su contra en agosto de 1989. Su principal socio, Gonzalo Rodríguez Gacha, algo más sanguinario y audaz que el propio Escobar, murió balaceado en diciembre de ese año. También han muerto los principales subalternos de Escobar en el área de la comercialización de la cocaína, mientras que en lo militar han arrasado con los Priscos, su banda terrorista. Se dice que anda arrinconado y que tiene problemas de liquidez y en parte todo esto se debe a que la policía de Medellín, en su fase reformada, ha logrado mantenerlo en jaque. En respuesta, en abril de 1990 Escobar hizo correr la voz en los comunas de que pagara más de cuatro mil dólares por cada policía muerto. Al Alacrán, que alguna vez le contó a Gaviria y a su equipo que los integrantes de un escuadrón de policía lo habían violado salvajemente, no hubo que decirle dos veces. Según informaciones que inevitablemente son imposibles de verificar, El Alacrán mató a unos cuantos policías y luego, un día de octubre del año pasado, la policía le dio alcance y lo acribilló.

En estos días se debate mucho un asunto: si la persecución de la policía de Medellín a los capos de la droga no ha degenerado en una guerra privada entre pandillas y policías. En gran parte el debate es el resultado de un carro bomba que explotó en Medellín el 16 de febrero último, y de sus consecuencias. El carro bomba, arma con patente de casa del narcotráfico, explotó afuera de la plaza de toros de Medellín ese sábado por la tarde, justo cuando la gente salia de la plaza rumbo a la feria improvisada que se monta después de las corridas. Murieron veinticuatro personas y hubo más de cien heridos graves. Diez de los muertos eran policías. Luego de escarbar los escombros e identificar a las victimas, voceros de la policía explicaron lo que ocurrió: el carro- bomba estaba ubicado al pie de una columna que sostiene el paso a desnivel de un viaducto, lugar que sirve de estacionamiento cuando hay corrida. Alguien telefoneó a la policía para informar que habla indicios de actividad terrorista en las cercanías del puente. Cuando la patrulla de la policía se acercó, el carro bomba fue detonado a control remoto.

El 17 de febrero, voceros de la policía declararon que la bomba era la obra de amigos cercanos al último de los hermanos Prisco” Conrado, en venganza por la muerte de su último hermano, Armando, durante un tiroteo con la policía el pasado enero. Según la policía, Conrado era un miembro típico de la familia: un tipo siniestro apodado El Médico. Al día siguiente, la señora Leticia de Prisco denunció la desaparición de su hijo, y cuando encontraron el cadáver dos días después, el personal del Instituto Metropolitano de Salud declaro que Conrado Prisco era un médico en funciones; un doctor dedicado a su profesión, que en sus ratos libres hacia trabajo voluntario y jugaba en el equipo de fut del Instituto. No tenia, que alguien supiera, conexión alguna con el mundo violento de sus hermanos. Al parecer, hubo un error. 

Es característico del desquiciado universo ético de Medellín que la organización neoyorquina Americas Watch, defensora de los derechos humanos, haya tenido que investigar casos que en un principio fueron denunciados por Los Extraditables (como le gusta a Escobar que le digan a él y algunos de sus socios); casos de tortura policiaca y ejecuciones clandestinas a supuestos traficantes. También es cosa normal que Los Extraditables reivindiquen la causa de los derechos humanos en sus comunicados. Y es típico de las relaciones extrañas, contradictorias y confusas entre el Estado y el narcotráfico el hecho de que el Procurador General de la República haya abierto una investigación para aclarar estos cargos. Hay muchas razones que explican su decisión: por un lado, hay pruebas fehacientes de que la policía sistemáticamente imparte justicia por su propia mano. También es cierto que Escobar está usando la causa de los derechos humanos de plataforma para lograr su reconocimiento como “organización político-militar” semejante a la de dos grupos guerrilleros que en los últimos dos años han dejado las armas para incorporarse a la vida civil. En la medida en que el gobierno escucha los reclamos de Los Extraditables, da a entender que ese estatus no es inconcebible, o cuando menos algún equivalente satisfactorio. Pero si Pablo Escobar y sus Extraditables han logrado que los oiga el Procurador, se debe sobre todo a que de hecho son una realidad política y una fuerza social cuyas demandas ya no puede ignorar el sistema.

Los neologismos no son muy del agrado de las élites colombianas, que se ven a si mismas con guardianes de la pureza del idioma. Sin embargo, las drogas y la violencia en Medellín rebasan de tal forma las fronteras de la Real Academia que las palabras nuevas brotan a cada momento: están basuco (que viene de pasta base de cocaína), pistoloco, violentólogo, paniquear, y una lista cada vez más grande de palabras que aceptan el prefijo narco, como narcocondominio y narcocongresista. Ocurre también que las palabras adquieran usos curiosos. Hay, por ejemplo, la “democratización” de la riqueza, que significa la oportunidad concedida a alguien de escasos recursos que accedió imprevistamente a una narcofortuna, de restregársela en la cara a los ricos. Los apologistas del comercio de la droga suelen decir que las clases altas y el establishment político de Bogotá jamás se habrían opuesto al narcotráfico de no ser porque este negocio les permitió a raterillos y malaclase instalarse en los barrios de lujo, y puede que tengan razón. En los setentas, cuando Escobar hacia su fortuna muchos veían el comercio con cocaína como una ocupación dudosa pero inofensiva, y yo conozco mujeres de sociedad cuyas madres han ido de compras al extranjero con la madre de Escobar, y que piensan que la experiencia fue muy divertida. Sólo hasta mediados de los ochenta, cuando el narcotráfico se consolidó como un poder económico y paramilitar capaz de socavar la manera tradicional de hacer negocios en Colombia, el establishment, alarmado, se volvió retrechero. Pero para entonces los traficantes eran ya demasiados y demasiado fuertes. Es probable que hombres como Escobar y los hermanos Ochoa, en Medellín, y Gilberto Rodríguez Orejuela, en la ciudad de Cali -unos ciento cuarenta kilómetros al sur de Medellín -sean hoy por hoy los empresarios más audaces y exitosos del país. Los Ochoa manejaban -y seguramente todavía tienen -ranchos ganaderos con sistemas de calefacción solar y otras innovaciones de tecnología alternativa. Rodríguez Orejuela ha obtenido jugosas ganancias de sus estaciones de radio, cadenas de farmacias y equipos de futbol. El mismo Escobar, a pesar de su aspecto proleta -el peinado engominado y la barriga cervecera ya se da ínfulas. La bomba que pusieron sus rivales en 1988 y que literalmente reventó el penthouse del edificio de lujo en el que vivía, dejó ver un sitio amueblado con gran gusto y hasta sobriedad, repleto de una colección de arte de primer nivel que al parecer lo tenía todo, desde porcelana china hasta pinturas de Fernando Botelo.

A estas alturas, el dinero de la droga ha infiltrado tanto la agricultura, el comercio y los bienes raíces, que, según un cálculo de Salomón Kalmanovitz, decano de la facultad de economía de la Universidad Nacional, el porcentaje puede ser hasta un siete por ciento de la riqueza nacional. Los miembros de lo que en Medellín se conoce como “la clase dirigente” siempre han sido pragmáticos; esa es una de las razones por las que Colombia ha podido conservar la estabilidad institucional y la salud económica a pesar de las constantes crisis. Y entre estos dirigentes existe la convicción arraigada de que, no importa qué tan odiosos puedan ser los narcotraficantes, ya tienen demasiado poder como para desafiarlos con éxito. En consecuencia, a lo largo de las ofensivas y guerras antidrogas, han persistido los intentos soterrados de conciliación.

En 1984, el ex presidente Alfonso López Michelsen se reunió en Panamá con Pablo Escobar y Jorge Luis Ochoa, quienes le ofrecieron regresar su dinero a Colombia y desmontar sus laboratorios si el gobierno les garantizaba una amnistía. Cinco años después, cuando el consumo mundial de cocaína se había duplicado, un intermediario del grupo Medellín hizo una nueva oferta, esta vez en una serie de reuniones con Germán Montoya, el secretario particular del entonces presidente Virgilio Barco. El grupo de Medellín ofrecía nuevamente dejar el negocio, pero esta vez quería mas a cambio: quería que la extradición se declarara anticonstitucional. También tener la certeza que serían derrotados los diversos grupos guerrilleros del país, que han hecho de la extorsión rural o “impuesto de guerra” una práctica cotidiana que afecta también los muy considerables narcolatifundios. Las pláticas entre Montoya y los intermediarios de Medellín terminaron la semana en que fue asesinado el candidato presidencial Luis Carlos Galán y el gobierno simultáneamente le declaró la guerra al narcotráfico. Pero para entonces había ya algunos miembros del establishment -como Juan Gómez Martínez, editor del diario El Colombiano y en aquel entonces alcalde de Medellín que declaraban sin ambages que el único modo de acabar con la violencia en el país era negociar con los traficantes y legalizar el comercio de la cocaína. Hay gente que conoce bien el pensamiento del presidente César Gaviria, y piensa que él estaba convencido mucho antes de su llegada al poder, el 7 de agosto del año pasado, de que era inevitable e indispensable una salida negociada a la crisis de la cocaína. Una de sus primeras acciones fue la expedición de un decreto prohibiendo la extradición -el foco principal de la campaña antigobiernista de los traficantes -para quien se entregue voluntariamente a la ley. Para quien acepte este ofrecimiento, también se ofrece una rebaja de pena. Es mucha mala suerte del presidente Gaviria que Pablo Escobar haya decidido recibir estas medidas con una serie de secuestros de conocidos ciudadanos que empezaron poco después de que Gaviria tomó posesión.

Dos rehenes siguen en cautiverio: uno de los herederos de del país, y la cuñada de Luis Carlos Galán, el candidato presidencial asesinado el mismo día que comenzó la ofensiva antidroga de 1989.* En el primer grupo de rehenes estaban también Mariana Montoya, la hermana de sesenta y cinco años de edad de Germán Montoya, que es ahora embajador en Canadá, y Diana Turbay, de cuarenta años, la adorada y única hija del ex presidente Julio César Turbay Ayala (1978-82), un hombre inmensamente poderoso. En octubre de 1990, cuando Los Extraditables habían juntado diez rehenes, anunciaron que estaban dispuestos a negociar. Esta vez ofrecieron términos mucho menos favorables que en el pasado. El gobierno hizo de inmediato unas cuantas modificaciones a su decreto contra la extradición; por ejemplo, un traficante que en Estados Unidos podía ser acusado de cargos sumamente serios, ahora pondrá evitar la extradición confesando tan sólo un crimen es de suponerse no muy grave -ante los jueces de aquí. Las encuestas mostraron que la gente apoyaba las “no- negociaciones”. También lo hicieron el arzobispo de Bogotá, el dirigente de izquierda y los dos expresidentes -Misael Pastrana y Alfonso López -que suelen constituirse en un grupo ad hoc para negociar con narcotraficantes y guerrillas. Como muestra de buena voluntad, en Medellín no hubo terrorismo durante varias semanas lo cual dio pie al tipo de nota periodística que aparece una o dos veces al año en la prensa con titulares como “íMedellín Resurge!”.

No va a ser fácil olvidar la imagen que apareció en los noticieros de la televisión una noche de enero pasado; el rostro del ex presidente Turbay inclinado sobre el ataúd de su hija querida, Diana. Turbay no es un hombre muy popular en Colombia, sobre todo entre los liberales y la izquierda. Durante su gobierno los militares gozaron de un presupuesto de jauja, y tuvieron rienda suelta para su interminable lucha contra la guerrilla, fue en esos años que Amnistía Internacional dio a la luz su primer informe condenatorio sobre Colombia, denunciando el sistemático uso militar de la tortura. Me tocó ver el reportaje sobre el entierro de Diana Turbay can un amigo de izquierda para quien es casi una cuestión de principios despreciar al padre de Diana, pero al ver la imagen del viejo destrozado que murmuraba frases de amor al ataúd, mi amigo parpadeó y desvió la mirada.

“Es la democratización del dolor”, comentó después sobre esa misma escena el violentólogo Salazar. “Antes sólo los pobres de este país tenían que aguantar esos sufrimientos”. Gracias a un inepto despliegue de fuerza por parte de la policía en un rancho en las afueras de Medellín donde se encontraba Diana Turbay, sus captores tuvieron tiempo de matarla antes de escapar. En las horas que siguieron, la madre de Diana, Nydia Quintero, añadió leña al fuego de la conmoción nacional al culpar al presidente Gaviria de la muerte de su hija Dijo que Gaviria debió mantener alejada a la policía, y pidió que se hicieran las paces con el narcotráfico lo antes posible. En enero el ánimo nacional era precisamente ese: los traficantes de cocaína son demasiado poderosos para echarles mano; acordemos con ellos a la mayor brevedad y pongamos fin al baño de sangre.

Cuando a la siguiente semana el presidente Gaviria apareció en la televisión y dijo que estaban bajo estudio y se anunciarían después otras modificaciones aún más benévolas a los narcodecretos, el discurso no cayó muy bien. “¿Hasta dónde cedió el gobierno?”, preguntó Semana, el semanario más importante. El 30 de enero, al día siguiente del discurso de Gaviria un comunicado de Los Extraditables anunció que antes de la desafortunada muerte de Diana se había ordenado la ejecución de otro rehén, y que probablemente ya era muy tarde para cancelar esa orden. El cuerpo de Marina Montoya fue identificado el 31 de enero. Diecisiete días más tarde, Fortunato Gaviria, primo y amigo cercano del presidente Gaviria, murió en un intento de secuestro que en el momento se pensó podría haber sido contratado por Escobar. Cuando el ministro de gobierno de Gaviria afirmó inmediatamente después que se mantendrían los nuevos narcodecretos, hubo quien pensó que la postura presidencial era abyecta.

 (*) Francisco Santos Montoya Pachon, los dos rehenes, fueron liberados en la segunda quincena de mayo pasado, como parte de gesta de buena voluntad de Pablo Escobar, encaminados a su esperada entrega.

Contra este cargo, los defensores de Gaviria sostienen que los decretos son parte de una doble estrategia: mantener la ofensiva militar al tiempo que se les ofrece a los traficantes una salida sin sangre. Señalan también que se ha rendido Jorge Luis Ochoa, el segundo traficante en importancia de Medellín, junto con dos de sus hermanos, y que los tres están esperando tranquilamente su juicio en Medellín. No mencionan que aunque Pablo Escobar está cercado, y las requisas de cocaína están en su punto más alto, la campaña antidrogas de 1989 no puede reivindicarse como un éxito, a pesar de que en ella se llegó al límite de las posibilidades militares de la lucha antidroga. Con la excepción de Gonzalo Rodríguez Gacha el socio terrorista de Escobar, no cayó uno solo de los principales exportadores de droga, y la parte que Rodríguez tenía en el mercado simplemente se ha repartido entre un grupo de traficantes en ascenso. Los oficiales antinarcóticos estadunidenses piensan que un grupo de traficantes con sede en Cali ha rebasado el poder del grupo de Medellín, en parte como resultado de la ofensiva que se ha dirigido principalmente contra Escobar. Mientras tanto, se calcula que el volumen total de producción y exportación de cocaína ha subido ligeramente de su nivel pre-ofensiva. Dadas las circunstancias podría tener sentido una rendición negociada de los narcotraficantes, pero un diplomático extranjero observa que el gobierno ha optado por la conciliación en momentos en que “el sistema judicial no parece estar a la altura de la tarea”. Los papeles de juez y fiscal se confunden en el sistema legal napoleónico que usa Colombia, aquellos jueces capaces de resistir un soborno con frecuencia no cuentan con los recursos para reunir pruebas que incriminen ni siquiera a los traficantes más reconocidos. Una persona que tuvo que ver con la rendición de los Ochoa me dijo que a estas alturas el gobierno no tiene pruebas contra ninguno de los hermanos, y que, incluso, con las pruebas que podrían aportar los Estados Unidos, lo más probable es que Jorge Luis Ochoa reciba una sentencia de no más de tres o cuatro años.

Esta persona también cree que Escobar esperará a ver los resultados de los procesos de los Ochoa antes de entregarse. En esto, las opiniones difieren. Algunos diplomáticos piensan que lo menos que pedirá Escobar a cambio de su entrega será el reconocimiento de Los Extraditables como una organización político militar, algo que pondría en su horizonte la posibilidad de buscar otra vez el Congreso en unos cuantos años. Otros creen que Escobar nunca se meterla en una cárcel colombiana, donde estarla al alcance de todos sus enemigos, que son legión.(*)

 (*) Tras un complicado proceso de negociaciones cuyos apartes quizá no se conozca nunca. Pablo Escobar ingresó a una cárcel acondicionada de acuerdo a sus exigencias el 19 de junio pasado. Vale la pena destacar que la cárcel se encuentra en el municipio de Envigado, lujosa zona en las afueras de Medellín donde hace tiempo impera la ley de ” Don Pablo”. Las medidas de seguridad, dictadas por el propio Escobar. Son dignas de James Boond y, según el padre Rafael García Herreros, que negocio la rendición, la cárcel no es tal, sino una “Universidad para la paz”, donde espera que el narcotraficante más notorio del mundo se dedique a estudiar derecho.

Al margen de lo que ocurra con los fundadores y los líderes del comercio de la cocaína, parece que nadie tiene la menor idea de qué hacer con las bandillas que van dejando, como dientes de dragón, tras de sí. Al parecer, ni siquiera la generosa estructura de servicios municipales de Medellín puede ensancharse lo suficiente como para abarcar las dimensiones de la crisis. No alcanzan las dotaciones de ambulancias, clínicas, maestros de escuela y policías eficaces para lo que hace falta. Y si alcanzaran, no está muy claro que hasta los esfuerzos más juiciosos del más aséptico cuerpo de policía y de las más esclarecidas trabajadoras sociales lograrían mejorar las cosas en el corto plazo. Charlé con un representante de los servicios sociales de la municipalidad, encargado de luchar contra “la cultura de la violencia”, y me habló de planes municipales para unificar los planes anteriores, y de programas conjuntos de rehabilitación de la vivienda con organismos no gubernamentales, y de la reorientación y priorización de los esquemas presupuestarios hasta que lo interrumpí para preguntarle si alguna vez había subido a las comunas y, en ese caso, si creía que servirían de algo cualquiera de las medidas propuestas.

Abrió las manos y lanzó un gran suspiro. “Tendríamos que cambiar toda la sociedad antes de ver un buen resultado”, dijo. “Los paisas somos aventureros por naturaleza, ¿sabes? Antioquía se colonizó apenas en el siglo pasado, y la gente que llegó acá eran casi todos gambusinos. Somos un pueblo migrante, emprendedor, amante de la riqueza y del riesgo Lo trágico es que en los años setenta, cuando se estaba estrenando aquí el modelo de desarrollo empresarial, llegaron los traficantes con una alternativa Decían: usted también puede tener una piscina, y sin necesidad de trabajar. El trabajo no da plata’. Lo fundamental es que no tenemos mejores alternativas qué ofrecer sabemos que muchas compañías que despiden a sus mejores trabajadores, los que más les han durado, llegan al noveno año dé empleo, porque a partir del décimo año tienen derecho a media pensión. ¿Cómo puedo yo convencer a un jovencito que ser buen ciudadano y cumplir con un horario es algo que tiene futuro? Yo no veo que las cosas vayan a mejorar significativamente antes de la próxima generación”.

Le pregunté si su tarea se haría más fácil con la rendición o la captura de Escobar. Me miró sorprendido. “¿No ves que si las cosas están tan mal es precisamente porque Escobar esta muy debilitado? Hay un desempleo tremendo entre las bandas, y las que quedan se están peleando por el poco trabajo que hay. Y hay también una gran cantidad de cuentas pendientes que se están saldando ahora porque no hay nadie que le ponga la tapa a esta olla. Todos están agarrando por su lado; hay escuadrones de la muerte y grupos seudorrevolucionarios, y hay cualquier cantidad de pelados en esta ciudad que andan armados. A corto plazo. La cosa se ve terrible”

Conocí a un joven, de unos veinticinco años, a quien llamaré Johnny (los nombres en inglés son muy populares en Medellín). Cuando Johnny tenía diez años, su padre, un chambista itinerante y alcohólico, se asentó finalmente con su esposa y sus seis hijos en la comuna nororiental. A la edad de diez años Johnny ya contribuía al escaso ingreso familiar pidiendo limosna. A los dieciocho lo agarró el ejército en una leva forzada en el centro de Medellín y se lo llevó, junto con decenas de muchachos más, al servicio militar.

Luego de este reclutamiento que Johnny recuerda como una pesadilla en vigilia, cumplió los dieciocho meses de servicio y salió con licencia y un amplio conocimiento en materia de armas. se regreso a Medellín, encontró trabajo como guardia de seguridad en un edificio de oficinas del centro. Un deseo imperioso de “mejorar la vida de mi madre” lo llevó a darle trato especial a un ejecutivo al que le vio cara de buena gente. A escondidas y en horas de trabajo se dedicó a lavar y pulir el carro del ejecutivo, con la esperanza de que éste lo notara, se lo agradeciera y le ofreciera un trabajo mejor como guardaespaldas, chofer o lavacoches. Lo que ocurrió en realidad es que el supervisor de Johnny lo sorprendió en el acto y lo despidió de inmediato.

Johnny logró encontrar otro empleo, esta vez de mensajero, pero el trabajo lo humillaba. Sobre todas las cosas, dice a cada rato, siempre ha querido desesperadamente “hacer lo correcto, progresar, ser una persona decente”. Quería amueblar la casa de su mamá con un juego de sala y comedor, y encontrar un trabajo en el que no fuera un don nadie, pero no veía el modo de dar ese paso: de mensajero a Señor. Sin embargo, trabajó continuamente durante siete años, porque encontró actividades más absorbentes, frente a las cuales las horas del día pasaron a un plano secundario y deslavado. Primero entró en uno de los muchos grupos guerrilleros que operaban en las comunas, y con presteza se unió a su juego de escondidillas clandestinas con los militares, pero después de algunos meses el ejército hizo un operativo de los de verdad en el barrio. La guerrilla se replegó, y dejó que Johnny y sus amigos enfrentaran solos la represión. Johnny se quedó quieto un tiempo, pero luego, y gracias a lo que él llama una “innovación pionera”, dio con lo que habría de ser su tarea vital: fundó un grupo de autodefensa, o sea, un escuadrón de la muerte, que según cree fue el primero de su tipo en Medellín.

La inspiración le vino por un asalto que sufrió Tony, su hermano menor, en el estanquillo de la esquina de su vecindario. Los miembros de una banda entraron a asaltar a un anciano y Tony les pidió que lo dejaran en paz. Uno de los muchachos partió en dos una botella de cerveza y se lanzó a la yugular de Tony, hiriéndolo de gravedad pero no de muerte. Johnny dice que al presenciar el ataque a su hermano no pudo soportar la humillación de su propia impotencia, y que fue ese sentimiento el que lo llevó a la idea de autodefenderse. Pero es más probable que, luego de una vida de sistemático terror y humillaciones, sin posibilidad de desquite, Johnny entendió que finalmente tenía enfrente a un enemigo del que si se podía encargar.

Johnny ha conversado con otros reporteros y aceptó hablar conmigo sin ningún problema. Nos vimos en el centro, en un cafetín atestado donde nadie le hizo el menor caso -tan común y corriente con sus bluyins y una camiseta holgada aunque mientras hablaba era notorio que estaba muy tenso, a veces retórico, y que a veces se reía nerviosamente.

“La autodefensa la armamos con un compañero que tenía una esposa y dos niños y que también estaba harto de tanta violencia”, dijo. “No sabíamos cómo íbamos a hacer para derrotar a más de doscientos pelados que nos íbamos a echar en contra, pero sabíamos que era un riesgo que había que correr. Reclutamos a dos amigos más y emprendimos esta interminable tarea. En mi calle una de cada tres familias tenía un hijo o algún pariente que estaba metido en lo de las bandas. Decidimos tomarnos la cuadra primero, para de ahí ampliar el trabajo. Mi idea era que teníamos que crear el terror sicológico entre la comunidad para ser efectivos. Buscamos entre la gente mayor alguien que nos prestara camisa y pantalón negro, y una pelada amiga nuestra nos cosió unas capuchas también negras. Luego una noche, alrededor de las diez, comenzamos. Fuimos hasta donde estaba nuestra primera víctima, bebiendo cerveza sentadito en el andén, y lo hicimos. Lo ejecutamos. Luego nos fuimos corriendo a meternos en un terreno de la vuelta, nos quitamos las capuchas y las camisas, y volvimos para ayudar a la familia a levantar el cuerpo”.

Esta parte del relato inunda a Johnny de espanto y de risa. Fue, ahora que lo piensa, un acto de lucidez permanecer en la clandestinidad mientras los muchachos de las diferentes bandas se volvían paranoicos y comenzaban a echarse la culpa entre ellos por la matanza. En su primer mes, dice, la autodefensa eliminó a unos treinta “indeseables”. Luego, el trabajo se hizo más fácil, porque los indeseables comenzaron a eliminarse entre si, y los que no, huyeron aterrados del vecindario. Ultimamente, dice, su barrio está muy agradable; calmado, sin problemas, tranquilo.

¿Terminó ya su trabajo?

“Qué va a ser. No entiendo por qué estos muchachitos se vuelven tan perversos, pero siempre hay unos cuantos a los que les gusta la mala vida. Ahora mismo ha habido como un brote de actividad, y desgraciadamente creo que vamos a tener que tomar medidas”.

Poco después de que hablé con Johnny, llegó un comunicado a manos del cura párroco del barrio Santa Cruz, en la comuna nororiental, junto con una nota en la cual se informaba que alguien estaría presente en la misa del domingo para cerciorarse de que el sacerdote leyera el comunicado durante el sermón. (Lo leyó). Firmaba el volante un grupo autodenominado GAM, o Grupo Amable Medellín. Decía en parte: “Alertamos a todos los familiares y a la comunidad en general que deben dialogar con sus hijos para que no sigan fumando basuco, ya que es dañino para la salud y un mal ejemplo para los niños menores… Se hará una limpieza general, y no se respetará ni sexo ni religión. Tiraremos contra todo el que no haga caso de este mensaje”.

Unos días después, el 27 de febrero, un grupo denominado Robocop se adjudicó el asesinato de nueve adolescentes, atrapados mientras jugaban futbol en la comuna noroccidental. Dado que tienen un enemigo común, se podría pensar que grupos como Robocop, Amable Medellín o la autodefensa de Johnny simpatizan con la policía, pero no hay indicio alguno de que los grupos tengan vínculos con la policía o incluso entre ellos. De hecho, cuando le pregunté a Johnny si estaba de acuerdo con la rumorada participación de la policía en la muerte de los hermanos Prisco y otros asesinatos fue enfático: “Los policías son asesinos”, dijo. “Masacran a cualquiera, yo soy cristiano y sólo tomo una vida humana cuando es absolutamente indispensable. Además, existen bandas de categoría, como la de Los Priscos. Ellos no van en contra de sus propias comunidades sino que trabajan por fuera. A ellos no los tocamos”.

Salimos juntos del café después de nuestra charla Eran las horas pico de la tarde y entre el gentío en la calle me costó no perder de vista a Johnny -un muchacho insignificante de las comunas que no se destacaba siquiera por una camiseta llamativa -. Pero Johnny sabe perfectamente bien que es una persona importante en Medellín: yo vi cómo se le acercaban adolescentes con boso en el labio a pedirle que les ayudara a formar sus propios escuadrones de la muerte. Tiene demanda, lo mismo que los numerosos dirigentes guerrilleros por quienes los periodistas atraviesan páramos y escalan montañas en Colombia. Johnny suelta frases guerrillerescas, como cuando me dijo que nunca se había enamorado. “Preferí entregarle mi amor a mi patria”, declaró, muy derechito. Es una persona de respeto, y lo será mientras conserve el poder de vida o muerte sobre un sector considerable de la población. Es el único poder que tiene, poder que comparte con los homicidas punkeros que son sus enemigos, y es suficiente como para mantenerlos a todos alborotados durante mucho tiempo -o al menos, por el tiempo que logren seguir vivos.

 

Alma Guillermoprieto
Escribe actualmente sobre América Latina para la revista New Yorker y otras publicaciones. Autora de Samba (Knopf, Nueva York 1990), una crónica de cómo se realiza el carnaval brasileño; este libro es uno de los cinco nominados por el Círculo Nacional de Críticos, en la categoría de no ficción. De 1986 a 1987 fue jefe del departamento para América del Sur en el semanario Newsweek, y de 1982 a 1984 reportera de base del periódico The Washington Post. A partir de este número, Alma Guillermoprieto se integra al equipo de colaboradores de nexos. Este artículo apareció también en New Yorker ( 26 de abril de 1991).