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Jorge Fernández Menéndez. Periodista, coordinador de investigaciones especiales del diario unomásuno. Ha colaborado en nexos anteriores. 

Si no fuera una decisión política de gran importancia podría tratarse del argumento de una mala comedia española en tiempos de Alfonso Paso. En un mes, las autoridades electorales de Guanajuato cambiaron de opinión en tres oportunidades: interpretaron en forma antagónica una misma documentación, negaron y otorgaron el registro de Porfirio Muñoz Ledo y, dando muestras de una torpeza política inusual, convirtieron al candidato perredista en el gran triunfador de estos comicios, al margen de cuál vaya a ser el resultado electoral del próximo 18 de agosto. Pero vayamos por partes, porque esta historia -hasta ahora -tiene tres capítulos.

Faltaban sólo unas horas para el inicio de la reunión del Comité Estatal Electoral de Guanajuato el pasado 18 de mayo y los comisionados del PRI -que tienen mayoría absoluta en ese organismo -aún no recibían línea de la actitud a tomar sobre la candidatura a gobernador de Porfirio Muñoz Ledo, presentada por el PRD y el PPS. Contraviniendo todas las especulaciones previas, a los funcionarios del tricolor se les comunicó 48 horas antes que se decidía no otorgar el registro al actual senador perredista por el DF, pero persistía la duda sobre cómo votar en esa reunión: abstenerse y dejar la responsabilidad de la negativa a los comisionados del PAN o asumir los compromisos globales alcanzados con el blanquiazul y votar en forma conjunta contra el registro perredista.

La llamada del Distrito Federal llegó sólo dos horas antes de comenzar la reunión; el voto sería en contra y en alianza con el PAN. Con ello se optaba por el peor de los escenarios posibles: la opción bipolar y colocar a Ramón Aguirre y a Vicente Fox frente a frente. Por distintas razones, les molestaba a ambos la candidatura de Porfirio Muñoz Ledo. Pero no siempre había sido así.

El viernes 26 de abril casi no había en la ciudad de León un solo cuarto de hotel disponible. Es verdad que en esos días se inauguraba una exposición industrial, y que durante el fin de semana se corría una interesante competencia de fórmula dos. También habría un buen juego de futbol, ya que el domingo 28 se jugaría el clásico de Guanajuato: León -que buscaba clasificar para la liguilla -contra Irapuato -que trataba de evitar el descenso.

Pero ninguna de esas fue la causa por la que muchos visitantes buscaron un cuarto en Silao o en la ciudad de Guanajuato. Aunque parezca extraño en estos tiempos de despolitización y apatía, la súbita demanda de cuartos se debió a las campañas electorales del PRI, el PRD y el PAN en este estado de poco más de 30 mil kilómetros cuadrados que promete mostrar la confrontación política más sui generis, cerrada y de participación social más intensa del interior de la República en las elecciones de 1991.

Ese día, Ramón Aguirre Velázquez convocó a un gran acto partidario en León. En los hechos, era el mitin inaugural de su campaña proselitista: en el centro de exposiciones se reunirían seis secretarios de Estado, la dirigencia nacional del PRI y los principales funcionarios locales con la excusa de presentar el Comité de Planeación de la campaña, pero en realidad para demostrar el apoyo del que goza en el centro el ex regente del Distrito Federal. A pocas cuadras de allí, en el tradicional hotel Condesa, Porfirio Muñoz Ledo había convocado al Primer Foro Nacional Agrario del PRD. Vicente Fox decidió dejarle la ciudad a sus contrincantes y continuar con su campaña de apoyo directo y personalizado, platicando más que arengando, afianzando relaciones más que haciendo proselitismo. En última instancia eso de abandonar la ciudad era apenas un eufemismo: la presidencia municipal de León, la principal ciudad del estado de Guanajuato, está en poder del PAN y nada parece indicar que vaya a perder esa hegemonía.

No será una elección tradicional y eso se puso de manifiesto el viernes 26 de abril. En ese cruce cultural e ideológico que ha sido Guanajuato a lo largo de toda su historia, y que le ha permitido recoger en su seno desde las expresiones políticas más conservadoras hasta las más radicales (alma de la Colonia y cuna del movimiento independentista, tierra de Mora y Alamán, refugio de Juárez y corazón de la guerra cristera), las elecciones de este año constituyen un nuevo cruce de caminos: Guanajuato no juega su destino entre distintos candidatos sino entre dos formas de hacer y concebir la política; se juega su acceso a la modernidad o un estancamiento en el pasado que puede convertirlo en un polvorín.

Por lo pronto, ese 26 de abril se libró una primera batalla, con numerosos movimientos estratégicos planteados de cara a los próximos meses. Porfirio Muñoz Ledo y Vicente Fox presentaron una protesta formal por la presencia de los secretarios de Estado en el acto de apoyo a Ramón Aguirre. En plena Cámara de Senadores, Muñoz Ledo aseguró que con esa presencia se violaba el compromiso del Presidente de la República de no intervenir en los procesos electorales y pidió el apoyo de Salinas de Gortari para que los secretarios se quedaran en sus casas. Y así fue: Aguirre se quedó con las mantas y las invitaciones ya impresas, porque a última hora los funcionarios cancelaron su visita a la capital del calzado. Porfirio Muñoz Ledo festejaba ese viernes -en la cafetería del hotel Condesa -la ausencia de los funcionarios como su primer gran triunfo de campaña.

Pero mientras en el salón superior del hotel Muñoz Ledo apenas reunió a unas pocas decenas de campesinos en su foro agrario, a unos cientos de metros de allí, sin secretarios de Estado pero con la dirigencia del PRI en pleno, Ramón Aguirre devolvió la estocada y metió a más de tres mil personas en el centro de exposiciones para que vitorearan la constitución del Consejo de Planeación del partido en la entidad. Para los observadores imparciales fue un empate pero que tendrá una influencia disímil en el futuro de las diferentes campañas.

Hasta ese día, funcionarios cercanos a Ramón Aguirre aseguraban que Muñoz Ledo tendría el registro. Sus razonamientos eran lógicos: de no otorgarle el registro se le daría la oportunidad de convertirse en mártir, alegaban que su porcentaje electoral sería ínfimo y que el robo de votos del perredismo no seria dañino para el PRI sino para el PAN. Pero algo sucedió a partir de ese día: por primera vez la acción de Muñoz Ledo -combinada tangencialmente con la de Vicente Fox -frustraba un acto que, de acuerdo a la concepción que rige la campaña de Ramón Aguirre, era de fundamental importancia. Y si los dirigentes priístas ya estaban preocupados por la creciente influencia de Fox en el corredor industrial de León-Celaya, el protagonismo del candidato perredista les acababa de demostrar que éste quizá no podía ganar las elecciones pero si darles un fuerte dolor de cabeza.

Y la duda se transformó en temor cuando cerca del 15 de mayo se recibieron los resultados de una encuesta encargada por el CEN del PRI, en la que se auguraba que Muñoz Ledo podría conseguir hasta el 15 por ciento de los votos, sobre todo en algunas zonas rurales del estado, votos que el PRI consideraba suyos, y que en el contexto en el que se desarrollan las elecciones guanajuatenses pondrían ser la diferencia entre Aguirre y Fox o, por lo menos, hacer que Ramón Aguirre se convierta en el primer gobernador en la historia reciente del país que llegue a una gubernatura con menos del 50 por ciento de los votos. A unas 72 horas de la reunión de la CEE, en Insurgentes Norte -previa consulta con las oficinas de Bucareli-, se decidió terminar con el conflicto que planteaba Muñoz Ledo: no habría registro.

Los que manejaron la decisión de no otorgar el registro a Muñoz Ledo demostraron que políticamente están demasiado verdes. En la sesión de la Comisión Estatal Electoral, los comisionados del PRI y del PAN se encontraron con pruebas presentadas por el PRD (proporcionadas a éstos por el PFCRN) de que tanto Ramón Aguirre como Vicente Fox tenían serias irregularidades en su documentación. Nadie podía negar que los argumentos de Muñoz Ledo para justificar su residencia en Guanajuato eran por lo menos endebles. Pero si realizamos una estricta lectura legal, los candidatos del PRI y del PAN también deberían haber quedado fuera de la contienda: Ramón Aguirre porque había olvidado empadronarse y porque su credencial de miembro del PRI era obviamente fraudulenta. Vicente Fox, más que por la muy publicitada nacionalidad española de su madre (que no constituía un impedimento legal, salvo que se comprobara que alguna vez hubiera solicitado esa nacionalidad), porque presentó una documentación que contradecía a la que utilizó cuando fue electo diputado. Ese día Muñoz Ledo ganó la batalla política Logro que la opinión pública olvidara si su candidatura reunía o no los requisitos legales. El punto en debate fue que la CEE rechazó su registro con una interpretación legal muy distinta a la que utilizó para otorgarlo a los candidatos del PRI y el PAN.

Como era previsible, Muñoz Ledo fue confirmado como candidato perredista aunque no contara con registro y ahí comenzó su nueva ofensiva. Primero distribuyó copias fotostáticas de los documentos que demostraban los errores administrativos en que incurrieron Aguirre y Fox. Presentó un recurso de revocación que el 7 de junio fue rechazado sin discusión por la Comisión Estatal Electoral.

Pero ese día, luego de unas declaraciones incendiarias («romperemos todo diálogo con el gobierno, éste ha elegido la vía de la confrontación»), Muñoz Ledo señaló algo que había estado en el aire desde la famosa reunión que mantuvo con Carlos Salinas de Gortari en febrero pasado en Los Pinos: «se ha roto», dijo sin señalar cuál, «un compromiso gubernamental». Y se fue a Estambul a una reunión de la Internacional Socialista.

Quizás esa declaración encendió algunas luces en la residencia de Los Pinos. No se puede descartar que algunos de los buenos amigos que tiene Muñoz Ledo en la IS se comunicaran con otro amigo común que despacha en el Departamento del Distrito Federal y de allí surgiera la iniciativa con la anuencia presidencial. Pero lo cierto es que en la mañana del 12 de junio, y luego de una sesión que se suspendió durante 48 horas, «para analizar las pruebas presentadas» -que eran exactamente las mismas que Muñoz Ledo había entregado el 18 de mayo-, el Tribunal Estatal Electoral decidió que Muñoz Ledo siempre sí tenía derecho al registro, al igual que Fox y Aguirre, desestimando impugnaciones contra los tres candidatos. En Estambul, en el pleno de la Internacional Socialista, las carcajadas de Muñoz Ledo habrán sido apoteóticas. Con ese triunfo político, el resultado de las elecciones de Guanajuato ya es secundario en sus aspiraciones.

La campaña electoral de Guanajuato parece demostrar una de las mayores paradojas en la vida política de los estados del centro del país. Si en Nuevo León el debate verdadero se da entre modernizadores y tradicionalistas, en San Luis Potosí entre el pasado y el futuro político y en Colima entre el centro y las fuerzas locales, en Guanajuato todos esos planos se yuxtaponen: se demanda de los candidatos un arraigo y una presencia local, pero también carrera política en el centro y, sobre todo, influencia en la capital como para colocar al estado en la mira privilegiada del Poder Ejecutivo Federal.

Sólo así se explica que la campaña de Ramón Aguirre se base en que, a diferencia de sus principales oponentes, el ex regente del DF sí nació en Guanajuato y cuenta -como uno de sus principales argumentos políticos off the records -con muchos amigos en la capital porque allí realizó su carrera política. Eso era lo que Aguirre quería demostrar ese viernes 26 en el centro de exposiciones de León.

Vicente Fox, que si sabe lo que es ganar en Guanajuato (es diputado federal por ese estado), también ha tratado de demostrar que no está solo y se llevó a León nada menos que a la Convención Nacional del PAN, para que allí, en su verdadero centro de poder político, se pusiera de manifiesto el peso que tiene en un partido en el que ya muchos lo consideran el candidato presidencial para las elecciones federales del 94. Pero ese respaldo excede con mucho el simple apoyo moral: los recursos humanos y materiales del PAN se han concentrado en Guanajuato. Desde hace meses el dinero que el PAN recauda en todo el país por la rifa de automóviles se destina por completo a la campaña de Fox; el equipo que respaldó en su momento a Clouthier, a Ernesto Ruffo en Baja California y el año pasado a Ana Rosa Payán en Mérida, se ha instalado ahora en León. Para el PAN, Fox es la gran esperanza y ese peso se sentirá el 18 de agosto.

Con la forma en que logró su registro, Muñoz Ledo demostró que su fuerza en el centro, incluso en instancias que muchos creen imprevisibles, no sólo existe sino que está en condiciones muy favorables de negociación. Esa realidad, y el hecho de que doblegó la voluntad de Aguirre y Fox en el asunto del registro, será el eje de su campaña que, con tan malos manejos políticos e indefiniciones del gobierno federal, tomará un curso y una fuerza imprevisibles.

En este escenario, las estrategias globales pueden ser similares pero los tres candidatos se adaptan a él de forma distinta. Ramón Aguirre Velázquez llegó a la candidatura luego de una durísima lucha interna en el seno del PRI. Hace poco menos de un año parecía que el ex regente del DF continuaría en la Lotería Nacional. Uno de sus contrincantes, el entonces diputado Miguel Montes -al que tantos servicios le debía el sistema por su participación en los agitados días de la calificación de las elecciones de 1988 -fue nombrado líder del partido en el estado. Montes renunció a su curul y se instaló en Guanajuato, convencido de que había comenzado su campaña electoral. Al parecer se trataba de un nuevo método, de un nuevo sistema de selección que permitiría que, con un dedazo adelantado, desde su propio seno el partido designara al candidato.

Los que idearon ese método acertaron en varias cosas salvo en una: en unos meses de campaña extraoficial, Miguel Montes demostró que no era el candidato idóneo. En esas semanas se peleó con el gobernador, con las bases del partido, trajo demasiada gente de afuera y fue obvio que no tenía capacidad de comunicación con la gente. Si Montes hubiera quedado como candidato, Vicente Fox habría asegurado la segunda gubernatura para el PAN en el país. Por eso cambió el juego y se volvió a lo tradicional: el palomeo en Insurgentes Norte con consulta previa en Los Pinos. Los elegibles eran Ignacio Vázquez Torres, ex delegado en la Cuauhtémoc y actual director de Abastos del DDF, y Ramón Aguirre.

Si la idea era volver a lo tradicional, Vázquez Torres tenía todo en su contra: rompió las reglas del juego haciendo una campaña proselitista abierta, chocó (aunque a él no lo protegiera cargo partidario alguno) con las autoridades del estado, con los otros precandidatos y, peor aún, declaró que se opondría a cualquier otro que resultara candidato en su estado. Fue tan lejos que eso le provocó un fuerte distanciamiento con el que parecía ser en ese momento su jefe político -el regente Manuel Camacho-, quien decidió recluirlo en el oscuro puesto de Coabasto, un verdadero castigo para quien venía de manejar la delegación más importante del Distrito Federal. Para entonces sólo quedaba Ramón Aguirre como candidato viable del PRI.

Aun así tuvo que vencer la resistencia de distintas fuerzas regionales, en especial de aquellos que preferían una solución local. La dirección nacional del PRI, sabiendo de la fuerza y la presencia de Vicente Fox -y de la magnitud de la apuesta panista -se habría condenado al suicidio en caso de apostarle a una figura tan local como el senador Padilla y Padilla.

Y el director de la Lotería Nacional era el priísta guanajuatense más importante con el que contaba Luis Donaldo Colosio -aunque parezca lejos de la modernidad política pregonada desde la Presidencia.

Una posición así dejó muchas heridas. En los hechos, el PRI no funcionó como tal, roto en demasiadas fracciones internas, la mayoría de ellas alentadas desde el centro. Pero con la postulación del industrial Roberto Suárez Nieto como candidato a senador, Ramón Aguirre pudo cerrar las heridas que en un momento fueron tan profundas que incluso se pensó en la ruptura: el PARM mantuvo pláticas serias con Vázquez Torres y con el general y diputado Jorge García Henaine, con el afán de convencerlos para que fueran sus candidatos, mientras Miguel Montes desapareció literalmente del estado, sintiéndose traicionado y dejando a sus partidarios huérfanos de apoyo político, con el peligro que eso siempre representa en un partido como el PRI. Durante sus primeras semanas como candidato, la labor de Ramón Aguirre se basó en la reconstrucción de esa base partidaria. Dos meses después, parece que el PRI vuelve a tener forma en el estado. Los tres mil priístas que asistieron al acto de León -y esa fue su importancia, al margen del número -demostraron que Ramón Aguirre tiene una base propia para defender Guanajuato de los embates de la oposición.

Nadie debe engañarse con la publicidad priísta que satura los muros de todas las ciudades del estado. El PAN es un partido muy fuerte, con arraigo y una estructura que le permitirá controlar los comicios desde cerca en todo el estado. Vicente Fox no es un hombre carismático, tampoco parece ser un orador de nivel para competir con Muñoz Ledo e incluso con Ramón Aguirre, pero este industrial y ganadero de reciente ingreso en el PAN no sólo es reconocido por su habilidad para el trabajo en corto, para la persuasión personal y la negociación, sino también por una extraña combinación de pragmatismo y una actitud de oposición sencilla, clara y ruda pero que se llega a la ruptura y que sin duda llama la atención a buena parte de los electores. En el PAN ya saben cómo equilibrar esa fórmula para que tenga éxito: el modelo lo proporcionó Manuel Clouthier y permitió que Ernesto Ruffo (un hombre sin duda mucho más carismático y más político que Fox) accediera a la gubernatura de Baja California.

La fortaleza de Fox proviene no sólo de sus cualidades personales sino de un partido que ha sabido recoger la tradición conservadora (y en este caso industrializadora, que reconoce sus orígenes en Lucas Alamán) y adaptarla a las nuevas épocas. Aunque para muchos el PAN sigue representando en Guanajuato a la ultraderecha cristera la realidad no es esa: ni Fox ni los candidatos principales del partido son católicos integristas e incluso la iglesia más conservadora ha preferido volearse hacia el PDM (que por esa razón tampoco quiso apoyar a Fox como candidato) mientras que la jerarquía eclesiástica mantiene excelentes relaciones con el gobierno del estado. Y paradójicamente esa es la razón de la fortaleza del candidato y su partido en el corredor León-Celaya un tono laico que lo aleja del integrismo pero que lo mantiene en la línea del conservadurismo social, con una propuesta económica neoliberal.

Pero si Ramón Aguirre tiene una amplia base política -a pesar de contar con un partido casi destrozado por los conflictos internos -y Fox una base social más restringida pero con un partido sólido y homogéneo, el caso de Porfirio Muñoz Ledo es distinto: el ex embajador de México en la ONU se dedicó literalmente a construir el PRD, un partido que casi no existía en el estado. Muñoz Ledo está en campaña desde hace ocho meses y, como dijimos, su triunfo en la batalla del registro le dará nueva fuerza. No debe olvidarse que en esos meses ha recorrido todo el estado y poco a poco ha comenzado a establecer las redes de una precaria pero eficiente estructura partidaria.

Si la decisión de presentarse como candidato parredista en Guanajuato -sabiendo incluso que existía la posibilidad de que no le otorgaran el registro -a muchos les pareció una suerte de exilio interno, tomando en cuenta sus diferencias con Cuauhtémoc Cárdenas (y con el entorno que rodea al dirigente perredista en el Comité Ejecutivo Nacional del PRD), a partir de la entrevista en Los Pinos Muñoz Ledo se ubicó como alternativa intermedia entre los distintos grupos perredistas y lo ha hecho desde una posición de lejanía que lo libra de los peores costos internos de la grilla partidaria. Paradójicamente, el registro denegado y luego otorgado no sólo lo fortalece y legitima en esa posición sino que quizá constituyó la mejor opción posible para el todavía senador por el DF. Al margen de cuál sea el resultado de las elecciones, su apuesta le brindará indudables dividendos políticos en su lucha interna en el PRD.

Pero no sólo eso: la misma tarde en que se supo que Muñoz Ledo tendría su registro, volvió a planear sobre Guanajuato una duda que para muchos se había disipado el 18 de mayo: ¿de qué magnitud fueron los compromisos de la reunión en Los Pinos entre Carlos Salinas de Gortari y Porfirio Muñoz Ledo respecto a Guanajuato? Y más de uno ha comenzado a tener pesadillas en las que se ve al ex embajador inaugurando, este año, en su carácter de gobernador del estado, el Festival Cervantino.

La lucha política en Guanajuato se divide en tres zonas separadas y a veces aisladas geográfica y políticamente, donde conviven formas de producción y de relación social que en muchos casos se oponen entre sí.

Sin duda, el centro político y económico del estado se encuentra en el corredor industrial León-Celaya. Entre la capital del zapato y la de la cajeta, se cruzan la riqueza agroindustrial de Irapuato y Silao y la prosperidad de Salamanca. Si nos internamos en Guanajuato por la carretera que viene de Querétaro y avanzamos hacia León, el paisaje nos muestra una de las zonas económicas no sólo con el mayor crecimiento en los últimos años sino también de las más prósperas, sobre todo en las ciudades de Celaya, Irapuato y León. Y allí el control político es del PAN. No sólo porque lo ha ganado, sino también porque en los últimos años, ante las diferencias internas que fragmentaban al PRI local y con la indefinición que conllevaba su relación con el empresariado local -uno de los más lastimados por la crisis que precedió al final del sexenio de López Portillo-, la región había quedado bastante a la deriva.

En los hechos, entre el PRI y el PAN la lucha se da por el control de este corredor agro-industrial. El PAN lleva ventaja aparente: no sólo ha ganado varias elecciones en la zona (la presidencia municipal de León, la principal del estado, es suya) sino que Vicente Fox es el candidato arquetípico de los industriales de León. Para contrarrestar esa situación, el PRI ha designado a Roberto Suárez Nieto como su candidato a senador. Suárez Nieto es uno de los más influyentes industriales de la zona y nadie podrá acusarlo de un exceso de populismo ni tampoco de ser un gran orador. Pero tiene experiencia y trayectoria política, es un dirigente eminentemente local y, sobre todo, un poderoso empresario. El mensaje es claro: Ramón Aguirre es el candidato con experiencia y contactos en el centro, él puede realizar la gran política. Suárez Nieto es el empresario local que aterrizará esas grandes relaciones en beneficio de los sectores empresariales. La diferencia podría ser que muchos industriales guanajuatenses prefieran que los términos se invirtieran y que el control político estuviera en manos de uno de los suyos. Y esa es la gran apuesta del PAN y de Fox. Hasta ahora ninguno de los dos candidatos parece tener una ventaja clara, aunque Fox mantiene la delantera en la zona.

Por eso son tan importantes el norte y el sur del estado, las otras dos zonas que con sus votos podrán desequilibrar el virtual empate que quizá se produzca en el corredor León- Celaya. El norte es la tierra de Aguirre e incluye otro corredor que pasa por los municipios de Ocampo, San Felipe, San Diego de la Unión, San Luis de la Paz, Victoria y Xichu. Es una zona mucho más pobre y tradicional que el centro del estado, con agricultores y campesinos que no cuentan con industrias ni tampoco con centros turísticos, donde los recursos y la comunicación son todavía escasos. Y allí el PRI -a pesar de tener enfrente a una sociedad conservados tiene clara ventaja, porque se trata de votos cautivos, que difícilmente podrán pelear los candidatos de la oposición. Allí es donde el PAN está centrando buena parte de sus esfuerzos y donde el PRD intenta dar la lucha, tratando de crecer a partir de los dos únicos municipios en los cuales su presencia es significativa -Apaseo el Grande y Apaseo el Alto-, pero sus posibilidades son realmente un misterio (pese a ese 15 por ciento de votos que le conceden las encuestas priístas), tomando en cuenta que allí sí existen verdaderos cacicazgos locales que harán valer sus fueros a la hora de los votos. Allí la ventaja es para el PRI.

Lo que ocurre en el sur es paradójico y muestra la complejidad de la política guanajuatense. Parte de esa zona colinda con Michoacán por lo que el PRD confía en la posibilidad del contagio político -como ha ocurrido con el estado de México y Guerrero-, sobre todo en algunos municipios como Pénjamo, Abasolo, e incluso en Acámbaro, Yuriria y Salvatierra. Es una amplia porción del estado, también relativamente marginal y campesina pero con una característica única: está controlada por el clero católico, un clero que no depende de la diócesis de Guanajuato sino de la de Michoacán. Los sacerdotes son en general muy conservadores, enfrentados con el cardenismo, y desde hace años mantienen una buena relación con los gobiernos estatales, consolidada por el paso de Agustín Tellez Cruces por la gubernatura y que, pese a venir de un origen político distinto, el mandatario actual Rafael Corrales Ayala ha mantenido e incluso fortalecido en algunos aspectos. Aquí la separación entre la iglesia y el Estado adopta formas particulares y pragmáticas que se basan en el mutuo reconocimiento de facto y, por ello mismo, en un diálogo estrecho y cotidiano. Los integristas de cualquier signo huirían espantados.

Por eso para los dirigentes priístas el contagio perredista en la frontera con Michoacán tiene su antídoto en la iglesia local que -dicen -no lo dejará avanzar. Tan fuerte es esa convicción que incluso la zona no entra en los planes de mayor proselitismo de la campaña de Ramón Aguirre. Cabría suponer que esa barrera es muy débil para soportar el influjo panista. Sin embargo, esa es una zona donde el PAN ha penetrado con muchas dificultades y en la que los restos sinarquistas tienen mayor significación. La configuración partidaria -que determinan las razones que han permitido la penetración panista en la zona industrial -le ha quitado atractivo en estas regiones socialmente más conservadoras y religiosas y políticamente más atrasadas. El PRI sabe que en esa región no tendrá a la Iglesia como aliada explícita, pero sí que ella contenderá abiertamente contra el PRD y que de esa situación sólo podría beneficiarse el PAN, aunque en mínimas proporciones.

Hay que tomar en cuenta que no existe un fuerte deterioro político en el estado. Pese a los problemas de Corrales Ayala (a quien se identificaba como un hombre muy cercano a Manuel Bartlett en la lucha por la sucesión en el 87, lo que le provocó un cierto alejamiento del equipo salinista), y a los triunfos relativos de la oposición, no existe un vacío político como sí ocurre en San Luis Potosí y Nuevo León. El gobernador es un político experimentado que puede estar lejos del gusto de los salinistas más ortodoxos, pero que sabe lo que es una sucesión administrativa y, sobre todo, una elección, al contrario de Leopoldino Ortiz Santos o de Jorge Treviño. Además, Aguirre tiene un debe con Corrales Ayala: la oposición que éste mostró siempre a las candidaturas de Miguel Montes y Vázquez Torres. Si bien es obvio que no puede presentarse la continuidad como argumento proselitista, en Guanajuato el PRI puede contar en su campaña con el gobierno y no luchar con él como un pesado lastre, como ocurre en Nuevo León y San Luis Potosí.

En este contexto, la estrategia priísta es lograr un buen resultado en el corredor León-Celaya y desequilibrar con los votos cautivos del norte y el sur. Por el contrario, el PAN sabe que su verdadera posibilidad está en alcanzar una diferencia de votos sustantiva en las zonas urbanas para romper así el equilibrio global. La apuesta del PRD es más sencilla: busca la sorpresa, ser el revulsivo del proceso, repetir el efecto 88, ahora con Muñoz Ledo como candidato. Y si sus posibilidades estadísticas son muy pequeñas, las posibilidades reales son inestimables. El efecto que provocará la batalla por el registro en los electores de las grandes ciudades, sobre todo entre la gran masa abstencionista, no puede calcularse en este momento: eso dependerá ahora de cómo planteen la campaña los tres candidatos.

Otorgarle el registro a Muñoz Ledo constituye no sólo un hecho que influye en el resultado electoral sino en el desarrollo de todo el proceso de transición: Guanajuato se convierte así en el laboratorio de la elección quizá más moderna del país, porque el enfrentamiento no será bipolar sino tripartito. Se trata de los tres principales partidos de influencia nacional, con candidatos de muy alto nivel y representatividad, en un estado relativamente próspero y con viejas tradiciones políticas, que se enfrentan en unos comicios en los que la polarización gobierno-antigobierno desaparece porque entre los tres candidatos existe una muy fuerte competitividad electoral e incluso un choque de personalidades que no se ha dado en ninguna elección desde 1988. En este proceso, Aguirre y Fox, ambos favoritos pero lastimados por lo sucedido con los registros, se lanzan a una lucha directa, en la cual el PRD actuará más que nunca como una guerrilla electoral, que golpeará en corto una y otra vez, radicalizando el debate y obligando a profundizarlo.

El ninguna otra elección para gobernador de este año se presentará una situación análoga. Por una parte, Ramón Aguirre deberá demostrar que la popularidad de Carlos Salinas de Gortari se ha hecho extensiva a su partido y en buena medida recuperar un Guanajuato que en 1988 votó en muy alta proporción por el PAN. Por la otra, el panismo -y la Iglesia y los empresarios que en este caso no son simples testigos de los hechos -ha decidido jugarse el todo por el todo, en busca de su segunda gubernatura. Para el grupo de Luis H. Alvarez, Guanajuato es un punto nodal de su estrategia de cara a 1994. Además, está en condiciones de tener un cierto control sobre el proceso electoral, mediante su propio peso e influencia y también gracias a una nueva ley estatal que contó con el apoyo de todos los partidos con presencia en el Congreso local. Un PRD que no existía juega con la mayor libertad: apuesta muy poco y a esta altura puede ganar muchísimo, salvo que el resultado electoral sea catastrófico para Muñoz Ledo, lo que quizás ha evitado la propia batalla por el registro. Con esos ingredientes, y como suele ocurrir con las pruebas de laboratorio, el resultado será de sorpresa.