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CUADERNO NEXOS

El abecedario de Hirohito

Aunque se ha dicho en repetidas ocasiones que el moderno sistema educativo de Japón comenzó con la Ordenanza para el Sistema de Educación Escolar promulgada en 1872, lo cierto es que para aquel entonces ya existían en el país una serie de modernas escuelas.

Durante la era Edo (1603-1868), el Shogunato (gobierno militar) y los clanes feudales provinciales habían abierto escuelas para educar a los hijos de la clase guerrera; tales excluyas, conocidas como HANKO, sumaban doscientos setenta en todo el país ya antes de la Renovación Meiji (1868).

El nuevo gobierno, formado después de 1868 tras la caída del Shogunato, promulgó la mencionada ordenanza educativa (1872), que prescribe un nuevo marco de trabajo para dicho sistema además del establecimiento de una organización administrativa para llevarlo a cabo, y sobre la cual fue construido el moderno sistema educativo de Japón.

Por su parte, el nuevo sistema educativo posterior a la Segunda Guerra Mundial encaró, junto con otros sectores de la sociedad, la formidable tarea de la reforma en medio de la devastación de la posguerra.

A pesar del control de las fuerzas de ocupación de las potencias aliadas, los ideales educativos para un nuevo Japón fueron muy discutidos y para 1952, cuando la independencia de la nación fue restaurada, el marco de trabajo de un nuevo sistema educativo había sido prácticamente completado con leyes básicas y ordenanzas introducidas en distintas etapas.

Ya desde 1946, cuando fuera promulgada la Constitución de Japón, había quedado estipulado el acceso a la educación como uno de los derechos fundamentales del pueblo. Lo que consolidaba las bases de la educación obligatoria, que hoy es de seis años de educación primaria y tres de educación secundaria.

En 1880 se había iniciado ya el afianzamiento entre el autoritarismo y la tradición misma que se ve acentuada a partir de la guerra ruso-japonesa (1904-1905).

En 1809, en colaboración con el propio Tenno(2) Meiji, fue redactado el Rescripto imperial sobre la educación, uno de los textos más importantes de la ideología oficial japonesa, en el que se glorifica al Tenno, se exalta la moral y el patriotismo y se condena la «indiscriminada emulación de Occidente».

Es así que, desde los primeros años de su «modernización», Japón ha fallado en otorgar reconocimiento a la autonomía individual, una importante característica de la verdadera modernización.

El Rescripto imperial sobre la educación tiende a reforzar la cohesión nacional imponiendo una ortodoxia política con todos los medios coercitivos del Estado moderno. Los textos oficiales insisten en decir que las escuelas están hechas para el Estado y no para los alumnos. La enseñanza y el progreso en el conocimiento de las cosas deben tender al bien del Estado y no del individuo.

No es de extrañar que en el Japón de hoy los exámenes de ingreso a la universidad tengan una fuerte influencia tanto en la escuela como en la vida familiar. Los requerimientos para entrar en las universidades japonesas son muy severos. Una de las anomalías del sistema es que en Japón lo importante es la universidad en la que uno se ha graduado. Las materias estudiadas son algo secundario.

La diferencia en los sistemas educativos de Japón y Occidente radica parcialmente en los diferentes orígenes de sus universidades.

En Occidente la universidad es una institución desarrollada en los gremios estudiantiles durante la Edad Media. Pero en Japón, en el último siglo, el gobierno estableció universidades con el definido propósito de producir gente calificada para asumir papeles principales en el Estado moderno – élite por competencia.

Este establecimiento de la institución universitaria «desde arriba» venía acompañada por un sistema escolar centralmente controlado, lo que llevo a una jerarquía de universidades, aspecto particularmente notable en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Lo más brillante de la nación asistió a las universidades «imperiales» – Universidad Imperial de Tokio (1886) y Universidad Imperial de Kioto (1903)- y dominó los puestos claves en el gobierno y los negocios. Un fenómeno similar ocurrió en las universidades privadas.

Después de la guerra fueron establecidas nuevas universidades, pero la jerarquía de las instituciones anteriores permaneció sin cambio. La Universidad de Tokio, sucesora de la Universidad Imperial de Tokio y la Universidad de Kioto, son aún lo más prestigioso de las universidades nacionales, y las universidades de Waseda y Keio permanecen en lo más alto de la pirámide de las universidades privadas.

Debido parcialmente a esta situación, el criterio con el que las empresas reclutan a los universitarios recién egresados no son las habilidades personales de éstos sino la universidad en la que han estudiado, asumiendo así que los egresados de las universidades «primera clase» son todos superiores, sin importar cuáles sean sus aptitudes reales.

Como consecuencia de ello, los exámenes de ingreso a las universidades: «la guerra de los exámenes» o «el infierno de los exámenes» representa una enorme carga para los estudiantes del bachillerato, los cuales, en su esfuerzo por lograr ingresar a las universidades «primera clase» (Tokio o Waseda) se ven obligados a asistir tres o cuatro veces por semana a instituciones privadas en las que se «empachan» con una información que por añadidura no estuvo incluida en los programas de estudio de bachillerato, y que sin duda les será exigida en mayor o menor grado en los exámenes de ingreso.

En una sociedad que se confiesa prácticamente atea, no puede ser pasado por alto el hecho de que, al aproximarse las fechas de los exámenes para ingresar a la universidad, los jóvenes japoneses, con ferviente religiosidad, acuden en bandadas a templos y santuarios para pedir a los dioses, a través de una tablilla de madera en la que escriben su «ruego», que les ayuden a lograr su propósito.

Como es de suponerse los efectos que tales tensiones tienen en la sociedad no son pocos ni superfluos.

El tiempo que un joven, que se prepara para entrar en la universidad, comparte diariamente con su familia, rebasa apenas la hora y media. Es decir, las relaciones humanas en el seno familiar ya no encuentran un tiempo ni un espacio adecuados donde poder cultivarse.

Durante los últimos años, la delincuencia juvenil se ha convertido en un serio problema entre los jóvenes del bachillerato que abiertamente están protestando contra la falta de relaciones personales cálidas y/o, al menos, amistosas.

Paralelamente, la exagerada estandarización de la enseñanza – para no hablar de uniformes, actitudes y hasta de cortes de pelo- degrada la calidad de la educación, asfixiando la potencialidad y creatividad del individuo. En Japón reza, entre muchos otros, un proverbio «muy» popular que dice: «Al clavo que destaca, hay que darle un martillazo» (Deru kugi wa utareru).

Aunque la reforma educativa está en proceso, por el momento podemos concluir que en la rápida carrera hacia la modernización y la racionalización de Japón, algo muy importante se ha perdido.

A pesar de los pesares, o quizá por ellos, hoy las universidades japonesas suman quinientos siete en total, de entre las cuales noventa y seis son nacionales, treinta y nueve municipales y trescientos setentas y dos privadas.

Parecería que la democracia, introducida después de la guerra por las fuerzas aliadas, está aún por ser absorbida por la sociedad japonesa y por su sistema educativo.

El problema parece resumirse en las palabras del notable historiador Sabuno Ineaga: «A menos que el sistema educativo sea reformado para fomentar el respeto hacia la individualidad, en el futuro, el fantasma de Hirohito luciendo traje militar deambulará por toda la nación».

El riesgo es grande. Es un intento que pone en peligro el empleo seguro y estable del actual sistema. El tiempo dirá.

Silvia Novelo. Profesora invitada en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio.

2. Tenno: tradicionalmente traducido como «Emperador» en Occidente.