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CUADERNO NEXOS

Medio ambiente y TLC

Para muchos fue una verdadera sorpresa que los temas ambientales se hayan colocado como uno de los elementos neurálgicos en las discusiones sobre el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre México, Estados Unidos y Canadá. El tema he estado presente por décadas en las relaciones bilaterales entre México y EU, pero nunca con la fuerza de ahora, lo que revela hasta que punto el TLC tendrá implicaciones en prácticamente todos los asuntos de la vida nacional.

El medio ambiente fue, junto con el empleo, el eje de las impugnaciones de los opositores al TLC en EU durante la campaña para que no fuera aprobado el procedimiento de vía rápida (fast track) que permite al Ejecutivo negociar con mayor libertad con las otras dos naciones. Casi la mitad del documento que la Casa Blanca dirigió al Congreso para responder a las interrogantes sobre el TLC se ocupaba de las preocupaciones ambientales.

Las impugnaciones, aunque confluían, tenían orígenes distintos. Por un lado estaban las de grupos ecologistas, y por otro las de sectores proteccionistas, que los efectos del libre comercio sobre el empleo sumaban las consecuencias ambientales, utilizándolas como un elemento de peso en la campaña para influir sobre los legisladores para que el «fast track» no fuera prorrogado. Al margen de las motivaciones, el hecho es que a diferencia de lo sucedido en México, en EU la relación entre el TLC y lo ambiental esta más presente en la opinión pública y en los grupos de presión.

Es comprensible que otros aspectos hayan predominado en las preocupaciones mexicanas, pero corremos el riesgo de que de nuevo el medio ambiente quede subordinado en la estrategia de desarrollo. A estas alturas de las negociaciones y de la globalización – que en buena medida también lo es en lo ecológico- sería muy pernicioso que siguiéramos menospreciando el tema. Hacerlo significaría dejar que en lo ambiental, el Tratado se orientara según urgencias e intereses que no necesariamente son los más adecuados desde la perspectiva mexicana. Se requiere analizar y revisar los temas y mecanismos que México debería plantear y adoptar para evitar que se profundicen las desigualdades de los futuros -y desiguales- socios comerciales. La revisión de las ventajas y desventajas es una tarea obligada.

Una de las primeras preguntas que surgen es por que en el debate sobre el TLC el medio ambiente ha adquirido tan elevado rango. Sería una ingenuidad pensar que todo se debe a las preocupaciones estadunidenses acerca de la crisis ecológica que vivimos. Es cierto que se ha ido consolidando una conciencia ambiental universal, y que en las negociaciones internacionales lo ecológico es ya un capítulo arraigado. También lo es que hasta cierto punto existe una voluntad colectiva para proteger los recursos naturales de todos los países, aunque por distintos motivos e intereses. Hay además un reconocimiento de que la calidad de vida depende de la calidad del ambiente, que es una cuestión de sobrevivencia a escala planetaria, y con más razón para países vecinos. Esto incluye elementos que son ya preocupación cotidiana, como la extinción de especies y en general de la conservación de los recursos naturales renovables.

Pero hay otros motivos que pesan más en la movilización suscitada alrededor del TLC. El primero es el impacto que supone tendría la movilización de empresas hacia México buscando eludir los requisitos que la legislación establece EU, y que implica altos costos sobre todo por la instalación de equipos anticontaminantes o para tratar desechos, y ejemplo. Eso, en la opinión de los grupos proteccionistas ocasionaría efectos negativos para los trabajadores estadunidenses.

El segundo es el temor de que las mayores exportaciones de México eleven los riesgos para la salud de los consumidores de los otros dos países, y de que en la frontera con nuestro país se degraden más las condiciones ambientales por el alto crecimiento que se espera del lado mexicano. Estos elementos, sin embargo, no agotan las implicaciones ambientales del TLC, y sobre todo no tocan otros asuntos de gran importancia para México.

En lo ambiental, como en el resto de los temas del TLC, no se esta partiendo de cero. Si bien el debate sirvió como catalizador en algunos puntos, la inclusión del tema ambiental en el programa de desarrollo del país, aunque llegó con retraso, esta instalada al menos desde principios de la década pasada, y uno de sus mejores logros es la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente.

Los reconocimientos del gobierno estadunidense para el Ejecutivo mexicano en cuanto a la protección ambiental han sido abundantes. Esas opiniones implican la aceptación de que México esta en posibilidades de ejecutar una política ambiental adecuada en el marco del libre comercio, aunque se reconozca que no hay suficiente disponibilidad financiera para lograrlo. Pese a ello, el gobierno de Bush adelantó una posible agenda (con la que «contempla iniciar las discusiones con México») y también una serie de condiciones que serán su guía en las negociaciones.

La agenda que se propone incluye tres grandes apartados: medio ambiente, conservación e información y participación del público. En el de medio ambiente se incluyen: asuntos fronterizos, observancia y cumplimiento y cooperación técnica y capacitación; en el segundo entran los temas de conservación de la fauna silvestre, parques y reservas naturales, bosques y su administración, recursos marinos vivientes y cuerpos juveniles de conservación. En el tercero están el manejo público de la información y procedimientos para la investigación.

A pesar de que la temática es muy amplia, el énfasis se ha puesto sobre los problemas de la contaminación y particularmente de las ciudades y más aún en la capital.

La instalación de industrias contaminantes en México aprovechando que las normas de emisión son aquí menos estrictas, podría impedirse con la aplicación de la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección Ambiental, que fija los estándares para las industrias y tiene la herramienta de la evaluación del impacto ambiental para evitar la instalación de cualquier obra que contamine o destruya el ambiente.

La legislación ambiental mexicana es una de las más avanzadas. Sin embargo la ley apunta ideas generales y remite el detalle a los reglamentos. Y es en lo reglamentario donde surgen problemas importantes: no sólo se carece todavía de disposiciones detalladas para varios problemas específicos, sino también de estudios puntuales sobre los efectos de los contaminantes en la salud y el medio ambiente, en las condiciones particulares de la ciudad de México, muy distintas a las de otras ciudades tanto del país como del mundo.

Junto con la agenda se incluyeron algunos principios que fueron un adelanto de las condiciones que habrán de negociarse. Los más importantes: no reducir los estándares estadunidenses en contaminación y salud, pesticidas, conservación de energía y desechos tóxicos; mantener el derecho de realizar cualquier medida de verificación; sostener la integridad del sistema de regulación y el derecho de impedir la entrada de cualquier producto que no satisfaga las disposiciones sanitarias.

Estos son, en abstracto, puntos que a los tres países conviene mantener. Dada la brecha existente en la materia, las normas existentes pueden seguir siendo, sin embargo, una de las barreras no arancelarias más efectivas. México podría hacer lo mismo, pero todavía carecemos de los mecanismos concretos de verificación y del conocimiento para establecer normas similares a las de Canadá y EU.

Este último país en más de una ocasión ha utilizado las normas como pretexto para bloquear la entrada de productos agrícolas a su mercado. Lo contrario también ha ocurrido: productos que vienen contaminados de EU, no se detienen en México por falta de mecanismos de detección, ausencia de tecnología y recursos humanos bien formados.

También se declara la necesidad de no comerciar con especies en peligro de extinción. Esto es ya parte de un tratado internacional, pero resulta insuficiente limitar a estos acuerdos las especies en peligro de extinción. Es necesario, además, el control del comercio de otras especies que por la gran demanda en el mercado esta afectando a las poblaciones y provocando un saqueo en sus lugares de origen. Hay algunas que no son consideradas en peligro de extinción y que pueden llegar a desaparecer de México por falta de control en su comercialización. Este es el caso de algunas cactáceas y de la palma camedora, entre otros. Lo contrario ha ocurrido con otras cuyas poblaciones no están en peligro, como el caso del delfín, y aunque no se comercie con ellas ni se extraigan sistemáticamente, las Llamadas capturas incidentales que acompañan a la pesca del atún ha llevado a EU a medidas unilaterales como el embargo del túnido.

Se habla también de continuar y profundizar la cooperación en materia de conocimiento de los bosques y su administración, como la realización de monitoreos, inventarios, etc. La captura de esta información ya se -viene haciendo pero no toda queda a disposición de México, al menos no la más relevante. Es mejor conocido el territorio mexicano, su flora y fauna, su estado actual y su deterioro por las instituciones e investigadores norteamericanos que por los mexicanos. Normar la captura y flujo de información es indispensable para mejorar el conocimiento actual en México.

La combinación de la falta de planeación con criterios ambientales dentro de México y la desigualdad de intereses entre los tres países puede ponernos en desventaja. Se requiere fortalecer las instituciones, no sólo federales, como la SEDUE, sino también las estatales y municipales, para tener la capacidad de negociación y ejecución.

Algunos temas de interés internacional con los cambios globales, no tienen el mismo nivel de prioridad en nuestro país y su aceptación puede comprometer a realizar esfuerzos que no nos benefician, lo que no quiere decir en ningún momento que México no deba incorporar estos temas en sus preocupaciones. Es cuestión de prioridades y posibilidades internas.

Un aspecto que no parece estar tratándose es el de la biodiversidad y la biotecnología. No basta con limitarse a la protección de los recursos en peligro de extinción. Se requiere del control del saqueo de la diversidad de especies que particularmente EU esta haciendo en México. Con este germoplasma y la biotecnología, el país vecino puede llegar a prescindir de nuestras materias primas potenciales, negociar con ellas al margen de nosotros, incluso acabar exportándolas a su lugar de origen.

Esta también ausente el problema del deterioro ambiental ocasionado por actividades agropecuarias de exportación a EU. Es el caso de la ganadería y las hortalizas. El primero esta causando cambios drásticos en el uso del suelo: bosques y selvas se sustituyen por pastizales y vegetación natural como los matorrales del desierto, ricos en especies endémicas, se dedican a la ganadería la sobreexplotación de los agostaderos provoca deforestación y por lo tanto erosión y desaparición de la flora local. Una parte de esta es de exportación a EU, pero el daño queda en el país.

La producción de cultivos de exportación se hace con paquetes tecnológicos que causan contaminación en el suelo y agua, dejando un deterioro ambiental que tenemos que asumir. El suministro de algunas materias primas también dejan fuertes problemas de deterioro.

Se dice que el sector agrícola de granos oleaginosas de EU sera uno de los más beneficiados por el TLC. Esto revive el debate de las ventajas comparativas y la especialización de México en algunos productos como hortalizas y frutas a cambio de granos y oleaginosas.

La experiencia muestra que estas políticas han llevado a la polarización del agro, dejan vulnerable la seguridad alimentaria y provocan daños ambientales por imponer una lógica homogeneizadora en la diversidad de ecosistemas del país. La potencialidad de México tiene que ser vista en su diversidad de recursos y no en las ventajas comparativas de unos pocos. Una producción basada en la diversidad garantiza disponibilidad en tiempo y espacio de múltiples productos, la participación de todas las regiones ambientales de México que pueden producir distintos productos y una mejor armonía productiva con el ambiente natural. Es necesario abrir el mercado a esta diversidad de productos y el TLC puede ser una oportunidad.

Es necesario revisar y profundizar en algunos temas que no están claros, como las repercusiones del comportamiento económico nacional durante los próximos años, a la luz de los cambios que se esperan por el TLC (crecimiento, nuevas inversiones, políticas de precios, normas de calidad) sobre el ambiente y como deben evitarse los posibles efectos negativos antes de que se presenten.

Se ha dicho que el TLC puede ser un factor que empuje el desarrollo sostenido, pero ¿se esta pensando en todas sus implicaciones económicas y ambientales? El riesgo de no hacer lo puede implicar un freno a los pocos avances que en materia ambiental se han tenido en México. Debería estar siempre presente que la competitividad no debe lograrse a costa de un mayor deterioro ambiental.

Cualquier intento de desarrollo futuro que no incorpore los criterios ambientales va a ser caramente pagado por el país, como de hecho ya lo está siendo.

Julia Carabías. Bióloga. Investigadora del laboratorio de Ecología de la UNAM. Enrique Provencio. Economista, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM.