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CUADERNO NEXOS

San Luis Potosí: Vuelta al origen

«En mi vida he pertenecido a un sólo partido que es el PRI. En la contienda de 1958, al rebelarme no lo hice contra mi partido, pues ningún partido político me postuló. No soy sinarquista, no soy comunista, jamás he pertenecido a Acción Nacional(1), afirmaba, el 25 de febrero de 1961, el precandidato priísta a la gubernatura de San Luis Potosí, y en ese entonces presidente municipal de la capital potosina, Salvador Nava Martínez.

Pero dos meses después, el 23 de abril, la convención nacional del PRI, presidida por Alfonso Corona del Rosal, y en la que intervinieron como oradores Alfonso Martínez Domínguez, dirigente de la CNOP, Napoleón Gómez Sada – ya entonces líder del sindicato de los mineros- en calidad de representante del sector obrero, y el senador Francisco Hernández y Hernández por la CNC, decidió que el candidato priísta sería Manuel López Dávila, cumpliendo así con los deseos del gobernador interino Francisco Martínez de la Vega. El comité de campaña de López Dávila fue encabezado por dos políticos venidos del centro del país: Carlos Hank González y Enrique Olivares Santana.

Martínez de la Vega, quien había llegado a San Luis Potosí con instrucciones del nuevo presidente Adolfo López Mateos de poner coto al poder del cacique Gonzalo N. Santos, se encontró con que el presidente municipal que en 1958 (apoyándose en sectores del PRI, en el PAN, la Unión Nacional Sinarquista y el PCM, y enfrentando explícitamente a Santos) había ganado las elecciones, era mucho más popular y tenía en la capital mucho más poder de convocatoria y decisión que el propio gobernador. Martínez de la Vega decidió, suspender su ofensiva contra el santismo y enfocarla contra el navismo naciente. Apoyándose en sus contactos periodísticos, difundió la idea de que el navismo era un movimiento contrarrevolucionario y dirigido por los sinarquistas. Tan no era cierto aquello que, cuando Nava decidió presentarse como candidato independiente, los dos extremos de la coalición que lo habían llevado a la presidencia municipal – el PCM y la UNS-, decidieron no apoyarlo: los primeros por la presencia de organizaciones «reaccionarias» en su equipo de campaña, los segundos porque desconfiaban del sector progresista y liberal de profesionistas y universitarios que constituían el núcleo del movimiento.

Hace casi 30 años, el 2 de julio, se realizaban las elecciones a gobernador, en medio de un impresionante dispositivo militar encabezado por el general Zuno. El fraude fue evidente: el periódico Novedades de la ciudad de México, relata en su edición del 18 de julio, cómo se realizó el robo de urnas, cómo se permitió votar sin tomar en cuenta el padrón electoral, cómo se falsificaron actas. El reportaje incluye fotos sobre el robo y el relleno de urnas realizado por miembros del ejército. Con todo, en la capital del estado, férreamente controlada por el navismo, el gobierno de Adolfo López Mateos reconoció el triunfo de Salvador Nava, pero no así en el resto del estado, especialmente en La Huasteca, todavía controlada por Gonzalo N. Santos.

La situación se polarizó hasta que el 15 de septiembre, tropas del ejército y de la policía estatal irrumpieron a fuego limpio en una fiesta realizada por el navismo en el barrio de Yequis. El tiroteo continuo hasta la tarde del día 16, cuando un pelotón del ejército, encabezado por Guillermo Fonseca Alvarez (como representante del gobernador Martínez de la Vega), detuvo a Salvador Nava en su domicilio. Inmediatamente después, toda la plana mayor del navismo fue detenida, metida en un avión y encarcelada junto con su líder en el campo militar número uno de la Ciudad de México, donde fueron cruelmente torturados. Un mes después, eran dejados en libertad. Aparentemente, el navismo había sido derrotado, quebrado. Pero en 1983, apoyado por los mismos sectores que en 1958, Salvador Nava volvía a ganar la presidencia municipal y en 1986 nuevamente a presentarse como candidato a gobernador, y nuevamente retomaron el fraude y la represión. Pero esta crisis concluyó no con el encarcelamiento de Nava sino con la destitución del gobernador Florencio Salazar Martínez y su reemplazo por Leopoldino Ortiz Santos.

Los giros de la historia son, muchas veces, irreconocibles. No se trata de asumir la teoría del eterno retorno de Nietzsche o pretender que la historia es un camino siempre circular, pero tampoco de esperar que las graves crisis estructurales se superen simplemente dejando que el tiempo haga su trabajo. Buena parte de los protagonistas de las crisis de 1958-1961 siguen en pie, San Luis Potosí no ha superado ninguna de las enormes contradicciones políticas y sociales que entonces generaron el navismo e incluso la alineación de fuerzas permanece aparentemente estable. Como en una tragicomedia, desde el poder y desde la oposición hoy se recurre a casi exactamente las mismas armas que hace tres décadas.

La figura de Salvador Nava trasciende a su programa político: si a fines de los cincuentas la lucha se centro en el enfrentamiento al santismo ahora se ha transformado en un conflicto contra la imposición y reivindica la honestidad en el ejercicio del poder público, algo realmente imprescindible luego de la enorme corrupción que se desató en el estado durante los dos últimos sexenios, encabezados por Carlos Jonguitud Barrios y Leopoldino Ortiz Santos. En esa lucha, el navismo ha vuelto a recoger los mismos aliados (el PAN, el PDM y el PRD) que lo apoyaron en 1958, cuando, respaldado por un importante sector priísta – y reconociéndose como tal-, derrotó al candidato oficial del tricolor. Como entonces, Nava ha negado pertenecer a cualquiera de esos partidos y ha afirmado que de resultar electo gobernará con potosinos independientes.

Como ocurrió en 1961, el PRI ha preferido lanzar como candidato a gobernador a una figura con influencia nacional y sin carrera política en el estado. De una u otra forma, Fausto Zapata no llega mezclado con la corrupción y la tibieza que han caracterizado a los gobiernos de los últimos sexenios, un aspecto en el que competir con Nava sería prácticamente imposible para cualquier candidato del PRI. El ex delegado en Coyoacán y ex director general de Comunicación Social de Luis Echeverría (quien también jugo un papel importante en la represión del navismo en 1961, desde la subsecretaría de Gobernación encargada del área de la seguridad nacional) ha decidido presentarse, al igual que Ramón Aguirre en Guanajuato, como el hombre del centro, del establishment que ofrece seguridad y obras a cambio de apoyo político.

La apuesta política del priísmo tampoco es demasiado diferente a la de 1961. Todos los estrategas del tricolor saben que les será imposible ganar la capital, también ahora gobernada por la oposición, en este caso por el panista Guillermo Pizzuto. En San Luis, Salvador Nava sin duda arrollará a Zapata, especialmente porque desde su retorno en 1983, el navismo, en alianza con el PAN, ha sabido desplegar un eficiente sistema de control electoral que hará casi imposible realizar maniobras fraudulentas.

Pero otra vez la estrategia priísta se centrará en dos zonas que considera con votos cautivos: La Huasteca y la zona de Matehuala, donde la presencia del navismo es mucho menor y el control de los cacicazgos heredados del santismo, y más recientemente de Carlos Jonguitud, siguen ejerciendo un fuerte peso político y económico.

Las campañas de ambos candidatos se adaptan a esa realidad. Mientras Zapata en la capital trata de mostrar una imagen modernizadora (señalando explícitamente que Nava esta emparentado con un pasado que ya ha sido superado por la historia), en La Huasteca y el norte del estado la campaña priísta es extremadamente tradicionalista, basada en la oferta de obras públicas y el respeto a los verdaderos poderes locales. El discurso modernizador se transforma allí en el reproductor del status quo y busca aprovechar así un voto al que la oposición encuentra dificultades, más que para llegar, para controlar en el proceso electoral.

La campaña de Nava ha recorrido el camino inverso. En la capital ha aprovechado al máximo un punto en el cual Zapata se descuidó: el debate público entre los dos candidatos. El debate fue una propuesta original de Zapata que presentó apenas fue registrado como candidato. La idea era demostrar que Nava no tiene programa y que sus apoyos partidarios son obviamente contradictorios al respecto. En este sentido, Zapata ganaba porque demostraría la vitalidad de las tesis salinistas ante la inevitable contradicción que existiría entre las tesis de Nava y la de alguno de sus aliados. Nava guardó silencio ante la propuesta del debate durante dos semanas. Zapata, creyendo que Nava trataba de escurrirle el bulto a la confrontación pública, aumentó el tono de su demanda hasta convertirla en dominante. Cuando la campaña priísta llegó a un punto de no retorno, Nava aceptó el debate pero le puso una condición: se hablaría del futuro pero también del pasado y en ese sentido sabía que tenía innumerables armas para golpear a un Zapata cuya extensa carrera política lo ha llevado por los más variados derroteros y no siempre con la mejor suerte. Zapata quiso encauzar el tema del debate al carril original pero no lo ha logrado. En los últimos días se ha decidido que, finalmente, habrá dos debates con temario aparentemente abierto: el primero para mediados de julio y el siguiente para una semana antes de las elecciones de agosto. Nava sabe que con ello, por lo menos en la capital, no perderá nada y tiene mucho por ganar porque esos debates se transmitirán por televisión a todo el estado, incluyendo zonas en donde ha tenido muchos problemas de penetración.

Para esas zonas y en especial para La Huasteca, la táctica del navismo ha sido relativamente sencilla: confrontar las promesas de obras con la ausencia de las mismas en los últimos seis años. En efecto, durante el efímero gobierno de Salazar y los años que lleva Ortiz Santos, la obra pública (que pese a la corrupción generalizada fue una constante del gobierno de Jonguitud Barrios) prácticamente no existió. Y, para colmo, en las pocas obras que se realizaron, las denuncias de corrupción estuvieron a la orden del día. De esa forma, Nava consiguió penetrar en un sector que tradicionalmente le ha sido ajeno. Su problema no sera tanto despertar simpatías, sino tener una organización eficiente que garantice el ejercicio y el respeto del voto. No olvidemos que el control político de esas regiones depende de una multitud de pequeños pero poderosos caciques locales, cuya idea de la modernidad está aún bastante lejana de los tiempos actuales pero a los cuales Zapata (al margen de cuales sean las tesis globales del salinismo) necesita irremediablemente si desea ganar la elección.

El escenario resultante es el del conflicto y la polarización, igual que ocurrió hace treinta años. Pero el país y el estado han cambiado y existe un escenario alternativo cuyas posibilidades son inciertas pero que, sin duda, puede ser considerado también como posible: la escrupulosa limpieza electoral. Ella es la única posibilidad de que los sucesos del 61 no se vuelvan a repetir. Y un antecedente que no se puede obviar: Salvador Nava siempre ha sido muy respetuoso de Carlos Salinas de Gortari, lo ha elogiado públicamente, el Presidente lo ha visitado las veces que -aquejado de una grave enfermedad- estuvo internado en el Instituto Nacional de Nutrición en el DF. Y más importante: la comunicación entre ambos no se ha cortado.

Jorge Fernández Menéndez. Periodista, coordinador de investigaciones especiales del diario unomásuno.

1. Las declaraciones de Salvador Nava durante 1958 y 1961, al igual que los datos históricos de ese periodo, fueron tomados del artículo «Manuscrito hallado en San Potosí, de Tomás Calvillo, publicado en el no. 9 (1984) de la revista El Buscón.