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CUADERNO NEXOS

Jalisco: El camino de la transición

Mucho se ha escrito sobre el verdadero significado de las elecciones federales de hace tres años. A partir de aquel hecho se han desprendido diversas interpretaciones que oscilan entre dos polos. De un lado se encuentran quienes argumentan que la pasada elección presidencial fue el momento que forzó a la clase gobernante a proponer – muy a su pesar- una reforma «gradual», aunque profunda, del sistema político; una reforma que permitiese la participación real de las fuerzas opositoras en el ejercicio del poder, particularmente en aquellas áreas hasta entonces exclusivas del partido oficial como las gubernaturas y el senado de la República. Esta postura sostiene que la reforma política es ante todo el producto de una lectura pragmática realizada por el grupo gobernante a partir de las realidades que se manifestaron en la última contienda por la sucesión presidencial. Además, el cambio político impulsado desde el aparato estatal se asumiría como una necesidad ineludible para la estabilidad social que requiere el proyecto modernizador de la actual administración.

Una interpretación opuesta sostendría que los intentos de reforma política, si bien son resultado de una creciente presión social en pro del cambio, tienen la finalidad de reconstituir la hegemonía de la clase política tradicional, buscando evitar a toda costa trastocar los pilares que sostienen y cohesionan su proyecto de dominación: el control corporativo de las masas, la instrumentación del partido oficial como mecanismo de la legitimación electoral, la preservación de los atributos rígidos y excluyentes del sistema político, la renovación de ciertos rasgos «populistas» (actualmente encarnados en estrategias como la del Pronasol), la apertura limitada a las fuerzas opositoras, la subordinación de los órganos legislativos, etcétera. En este escenario, la reforma tiene un contenido esencialmente preventivo más que democratizador, y la modernización política no deja de ser un recurso retórico del régimen.

Es obvio señalar que entre ambas explicaciones subsisten otras que matizan los contrastes de los «extremos» y pretenden develar, de manera menos radical, las tendencias políticas de la actual coyuntura.

La jornada electoral de agosto con miras a la renovación del Congreso Federal, y las mismas elecciones estatales de este año, permitirán ponderar con mayor precisión hacia que lado de la balanza se inclina la realidad de la modernización política. Por lo pronto el preámbulo en una entidad como Jalisco muestra señales discontinuas y, en cierto sentido, inconsistentes con los ánimos reformadores. Jalisco no es un caso excepcional, pero si lo suficientemente ilustrativo de la forma en que las buenas intenciones de la modernidad política se topan con las inercias de siempre.

La selección de los candidatos priístas para ocupar un lugar en el Congreso no varió sustancialmente respecto a sus tradicionales procedimientos: arreglo entre las cúpulas (de la entidad y la federación), reparto de cuotas por sectores y apelación a la unidad y a la disciplina de partido. La consulta a las bases, como en anteriores ocasiones, permaneció en el reino de las declaraciones más no en el de la praxis partidaria. Todo habría marchado sin contratiempos en la selección de los candidatos de no ser por algunos «negritos en el arroz»: los reclamos de dos corrientes de opinión del priísmo local (término con el que se califica a la disidencia organizada dentro del partido oficial) por la exclusión de sus precandidatos, y el malestar causado por la designación del aspirante al Senado de la República (José Luis Lamadrid), a quien se le impugna su desarraigo de la entidad, así como el hecho de que su candidatura haya sido una expresión más de la voluntad centralista.

Aunque inefectivas en la práctica, las presiones del Frente Amplio por la Democracia (FAD) y del Movimiento Democrático de Acción Partidista (MODAP), conllevan el significado de una creciente inconformidad al interior del priísmo debido a los procedimientos de selección de candidatos. Métodos que contradicen el discurso de la democratización y la modernidad, puesto en voga por la cúpula gubernamental. Igualmente, representan el riesgo de futuras escisiones, y evidencian la anacrónica situación del partido oficial.

De momento, las campañas de los candidatos del PRI no han aportado innovación alguna. Tienden a recurrir a los estilos más ortodoxos. recreando un ambiente propio de tiempos que se pensaban superados. Con todo, el priísmo local parecería apostar a que los aparentes logros de la actual administración federal y la recuperada popularidad de la imagen, presidencial serán el factor que determine las simpatías del electorado.

El triunfo en ocho de veinte distritos electorales en 1988, le otorgó al PAN una presencia hasta entonces impensable en Jalisco y lo transformó en una amenaza real para el monopolio del partido oficial. Sin embargo, no hay indicios que permitan argumentar que los triunfos del panismo vayan a replicarse de manera irremediable. Es indiscutible que en una región de tendencias «conservadoras», el PAN sigue representando la opción más viable para la disidencia, pero las condiciones del país han variado lo suficiente en lo que va del sexenio como para poner en tela de juicio la lealtad del electorado hacia esta formula partidaria. Los comicios de agosto bien podrían indicar en que medida los resultados favorables del 88 fueron el producto de convicciones arraigadas en la ciudadanía o, por el contrario, un simple deseo de castigar al Estado y su partido.

El verdadero reto del panismo jalisciense radica en su capacidad para conservar el terreno ganado hasta la fecha, tarea nada sencilla, y en mostrar si su fuerza ha aumentado sustancialmente, aspirando seriamente a ocupar un espacio de suma importancia como podrida ser la curul en el Senado. Por ahora, el optimismo se trasluce en las declaraciones de dirigentes y candidatos. Resta por ver si el panismo puede superar el síndrome que lo ha caracterizado desde siempre: el de ser una simple segunda fuerza sin mayores posibilidades de gobernar.

Estas serán las primeras elecciones en el estado en que el PRD, ya constituido como partido, compita por el favor del electorado. Los momentos difíciles de su etapa formativa parecen estar superados y se percibe una situación interna de mayor estabilidad. No obstante, el panorama no se presenta del todo halagador si se toman en cuenta algunos elementos: la falta de popularidad de todo lo que representa la izquierda en el contexto jalisciense, su situación de partido «recién llegado», y la competencia con las fuerzas que en el pasado conformaron una amplia coalición en torno a Cuauhtémoc Cárdenas, pero ahora han regresado a su condición de partidos paraestatales.

Para los perredistas de Jalisco, los comicios de agosto seguramente servirán como punto de partida para evaluar su desempeño en la arena pública, más que para demostrar una fuerza que aún se percibe incipiente en esta región. Por lo demás, la presencia real del PRD sigue siendo una incógnita, difícil de descifrar en esta etapa previa a las elecciones.

Junto a los tres «grandes» el electorado jalisciense tendrá frente a sí un menú que incluye a siete partidos adicionales; una situación que se aproxima más a la fragmentación que a la pluralidad política. Así, la ciudadanía para elegir entre los tradicionales partidos aliados al Estado (PFCRN, PPS, PARM), los minoritarios de probada independencia (PDM y PRT y los desconocidos (PEM y PT). Como sea, habrá de esperar para ver cual es la capacidad de atracción de esta miriada de organizaciones políticas ante los 2.5 millones de electores registrados (que en teoría ejercerían su derecho al voto) en Jalisco.

Por lo pronto la maquinaria electoral con todas sus piezas esta en marcha. Una mezcla de lo nuevo (leyes, autoridades y hasta partidos) con lo tradicional constituye el escenario electoral que tendrá su punto de máxima intensidad el 18 de agosto; el momento sera factible para evaluar con más claridad que tan sinuoso es el camino de la transición a la democracia en nuestro país.

Pablo Arredondo Ramírez. Investigador del Centro de Estudios de la Información y la Comunicación de la Universidad de Guadalajara.