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Manuel Camacho Solís. Regente de la Ciudad de México. Este texto fue leído en la reunión «Common Responsability: Global Security an Governance in the 1990’s», realizada en Saltsjobadem, Suecia.

La década de los años noventa ha abierto al mundo espacios de acción inimaginables hace apenas unos años; también, con ella asoman riesgos muy altos y una enorme fragilidad. En todo es posible avanzar y también, en todo, mucho se puede perder. De ahí el peso que tendrán el derecho y el ejercicio de la política para la gobernabilidad.

En todos los campos hay tensiones: cuando la apertura de los mercados y las reformas económicas ofrecen nuevas posibilidades de crecimiento, resurgen proteccionismos y restricciones financieras; cuando se han logrado avances para consolidar la democracia y los derechos humanos, los nuevos regímenes políticos se enfrentan a un nivel de demandas sociales, y de inmediatez de tiempos de respuesta, que los ponen en gran tensión; cuando, más que nunca, hay claridad acerca de los riesgos ecológicos -y existen las tecnologías para superarlos -las decisiones se postergan y los recursos no se logran concentrar con la urgencia requerida para frenar las tendencias; cuando se han aclarado las estrategias que permitirán reducir la pobreza y mejorar la salud, aparecen nuevas restricciones económicas y se siguen enfeudando viejas y nuevas burocracias; cuando la solución de muchos problemas requiere de horizontes de mediano y largo plazo, de coordinación de esfuerzos, se actúa en función de necesidades y expectativas del momento; cuando se requieren los más altos esfuerzos de coordinación internacional, en vez de fortalecer la unidad de las naciones, éstas se fragmentan; cuando más cercana se veía la paz, estalló la guerra.

La década de los ochentas vio la culminación y el ocaso de muchas cosas: entre otras, formas de pensar que estuvieron vigentes durante décadas. Ya aprendimos qué es lo que no funciona, pero todavía no acabamos de poner a prueba lo que verdaderamente va a funcionar. Hay consenso de que el estatismo económico fracasó; sí, ¿pero cuál es la formula que permitirá, al mercado, su máxima expansión y, a la vez, la realización del conjunto de los fines públicos? Están a la vista los excesos y el fracaso de las formas autoritarias de gobierno, sí, pero ¿cómo construir las nuevas instituciones que aseguren las libertades y protejan los derechos humanos, ordenen y garanticen el crecimiento de las economías y creen las nuevas formas de civilidad? Ya conocemos el desastre ecológico que tenemos que enfrentar; si; pero ¿como vencer, a tiempo y en la escala necesaria, esas tendencias destructivas, si nuestra forma de civilización -aún con economías sustentables -dependerá de crecimientos adicionales en los consumos de energía y de recursos naturales?

Ante los fenómenos migratorios súbitos, ante los nuevos problemas de seguridad pública, ante la instantaneidad de la comunicación, ¿cómo conciliar las libertades con la gobernabilidad?

Es claro que no podemos sustituir viejos dogmas por nuevos dogmas. Nadie escapa a los problemas, ni siquiera quienes ya los habían resuelto. Por tanto, esta década exigirá de enorme reflexión, de generación de iniciativas; desde luego, también de gran capacidad de respuesta, de toma de decisiones, a veces radicales, porque no hay tiempo que espere. Exigirá del reconocimiento real de lo que se puede hacer y de lo que no es posible realizar en el corto plazo. También exigirá disposición e imaginación para aumentar el potencial de acción pública y social local e internacional -en aquellos campos de los que depende la seguridad global, ha vida, los niveles básicos de sobrevivencia y de justicia.

Ahora, como nunca, es necesaria la efectividad en la acción especifica y claridad en la dirección estratégica. Sin eficacia inmediata, no habrá ni democracia, ni comunicación, ni sustento para nuevas acciones. Sin visión estratégica, los cambios quedarán aislados tendrán efectos limitados y terminará por no consolidarse. De ahí la importancia de hacer estas reflexiones generales que, finalmente, deriven en mayores garantías de dirección.

De ahí que convenga otorgar la mayor consideración a las condiciones específicas, para no exponer, en todo tiempo, los movimientos generales. Necesitamos aclarar las estrategias de reforma institucional que eviten caer en vacíos y, por tanto, en retrocesos: es decir, lo que estamos aquí discutiendo, son las estrategias para gobernar los cambios. Sin cambios, el futuro es de desastre. Pero hacer cambios, no sólo representa riesgos, sino exige una compleja articulación de los tiempos por los que pasan las decisiones de la política Al no existir ya ni paradigmas ni dogmas, de los cuales deducir las respuestas, éstas habrán de resultar de discusiones abiertas, de discusiones frescas, de procesos complejos de negociación y de cambios muy profundos, reconociendo los limites y las nuevas actitudes.

El mundo debe ir creando los instrumentos institucionales – fortalecer y reformar sus instituciones internacionales, nacionales y locales -para abordar los problemas más agudos, con la urgencia y efectividad necesarias. Consolidar estos esfuerzos requiere de perseverancia, de acciones inteligentes y de compromisos sociales; también, de una cierta dosis de audacia y de una mayor dosis de fortuna Nuestra década no debiera ser aquella en la cual se perdieron las instituciones; sino aquella en la que lograron transformarse éstas, para estar a la altura de nuestras nuevas necesidades, aprovechar sus posibilidades y evitar sus riesgos.

Para ello, será necesaria la difícil conciliación de cambios políticos rápidos, con cambios económicos largos y con la transformación de las actitudes de las sociedades.

En el pasado, los cambios se sucedieron en formas hasta cierto punto naturales. Conforme se desarrollaban las economías, se fortalecía la sociedad civil y, a partir de ello, se reformaba la política y se ampliaban los derechos políticos.

Desde luego, hubo numerosos intentos para acortar estos tiempos. En ocasiones, las propias tensiones de la sociedad más la voluntad de acelerar los tiempos provocaron la ruptura de las sociedades. A veces para acortar los tiempos tuvieron lugar cambios revolucionarios, en otras, ocurrieron restauraciones.

En nuestro tiempo se han alterado esas secuencias, no hay más pasos naturales en esta historia. Las necesidades son de tiempos cortos, las posibilidades de tiempos largos. Estamos ante la espectacularidad del cambio político, ante su instantaneidad, pero también ante el grave problema de conciliación con el sustento económico necesario y con las nuevas formas de organización social que los hagan durables. Lo importante no es por dónde se empieza; lo fundamental es que las tres reformas -la reforma política, la reforma económica, la consolidación de sociedades abiertas se acompasen para que no se rompan las naciones y no se dividan profundamente las sociedades.

Para conciliar los tiempos de las reformas necesarias, no parece haber otro camino que el de hacer compatibles las decisiones técnicamente inaplazables, con fórmulas de conciliación política que permitan su implantación. Pensar que se pueden evitar los costos económicos de las reformas no sólo es una ilusión, sino un riesgo que puede generar aún mayores costos sociales. Sin embargo, pensar que se pueden hacer los cambios económicos, sin acuerdo político, tampoco asegura ni la implantación de los valores democráticos ni la continuidad de la estrategia económica.

Lo más probable es que una operación tan compleja requiera concentrar una suma de habilidades y llevarse a cabo en una secuencia de tiempos. De otra manera puede no durar. Bien se ha dicho que una reforma política se puede hacer en unos meses, que una reforma económica lleva años y que una verdadera transformación de las actitudes y valores de la sociedad es tarea de varias generaciones. Lo que tampoco es posible, es pensar que se puede tener éxito en una reforma sin hacer las otras dos.

De ahí, el papel crucial de la política para generar entusiasmo, pero también lograr el apoyo social para lo que no será inmediatamente satisfactorio. Esto, no sólo es decisivo para el éxito del cambio en los distintos países, sino también es un requisito sin el cual no será posible establecer ninguna forma eficaz de cooperación internacional. Un gobierno que no puede con su propio país, acorralado por las tensiones y divisiones, jamás tendrá capacidad de respuesta real frente a las nuevas exigencias de la comunidad mundial. Donde esto sucede, habrá un problema para la comunidad internacional y no un punto de apoyo para las nuevas exigencias de la cooperación intencional.

No hay duda de que algunos de los problemas de nuestro tiempo sólo podrán ser resueltos con base en la cooperación internacional. No hay duda de la interdependencia que ya existe en la economía y de que estamos siendo testigos de nuevas correlaciones en los equilibrios políticos del mundo. Si bien es esto cierto, también lo es que estamos siendo testigos de procesos de fractura de la unidad de algunos Estados-nación, que durante mucho tiempo fueron vitales para el mantenimiento del orden mundial y que esas tendencias de ruptura interna, llevadas al extremo, generan mayores costos y dificultades para hacer frente a los problemas del mundo actual.

Al cierre de este siglo, cuando algunos esperan el repliegue de los Estados-nación, cobra nuevo vigor, enraizamiento cultural, su sustento histórico, su papel insustituible para integrar a las sociedades, a las regiones, y, con ello, estar en posibilidad de participar en los nuevos diseños internacionales. Sólo a partir de la soberanía nacional, la cooperación internacional tiene futuro.

Es un problema de la política lograr que los mecanismos de integración nacional (educación, cultura, valores cívicos) den sustento a una sociedad abierta y no que deriven en exclusivismo e intolerancias.

El Estado nación, en sí mismo, requiere fortalecerse. Solo se puede lograr si parte de sustentos sociales amplios; de la consideración profunda a sus regiones componentes y a sus culturas, de la fuerza de sus sociedad civil y de una mayor responsabilidad por su presencia en el mundo.

Sobre esta base de realismo, necesariamente tendremos que seguir abordando los difíciles temas de nuestra década. Pero ciertamente el realismo al que estamos obligados, encuentra dificultades para generar los entusiasmos y los apoyos sociales que requiere el mundo actual. Por ello, es necesario no sólo gobernar, sino aclarar los formas para que el mundo mejore y, así, ganar la esperanza.