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Jean Meyer. Historiador. Su último libro es Historia de los cristianos en América Latina (Vuelta).

En sus memorias, tituladas Mis Confesiones, dice Jose C. Valadés que lo que se es de niño interiormente entre los siete y catorce años será el canon de la edad adulta. Tomando al pie de la letra esa confesión afirmativa, quisiera ofrecer como hipótesis algunas llaves de la obra de Valadés, hablando del hombre primero antes que de la obra.

Valadés se manifiesta en toda su vida y en toda su obra como un espíritu libertario, y digo libertario como podría decir ácrata, si la palabra no pudiera asustar a alguna gente. Un anticonformista absoluto, contra la corriente, amigo de todos los que están fuera del establishment. Estoy pensando en el joven Valadés a los veinte años, repartiendo propaganda en la cual invitaba a los compañeros católicos a la militancia revolucionaría, apasionándose por Herón Proal y los anarcosindicalistas, los revolucionarios de la huelga inquilina de Veracruz. También pienso en su militancia y su pasión para los «rojos», así se les llamaba, de la CGT. Anticonformista, Valadés es al mismo tiempo liberal, liberal en el sentido histórico de la palabra, y nacionalista. Esas serían las tres definiciones posibles que encontramos, o que él nos presenta desde su infancia. Nos había, por ejemplo, de un asunto tan personal como la demora para hablar que «fue en mi muy notoria, debió advertir a mis padres cuán recio pero indiscreto era mi orgullo. Tampoco observaron mis padres que el desprecio que tuve desde los primeros años de mi vida hacia quienes, enseñándome, intentaban demostrarme su superioridad, no era vanidad sino el deseo irrestrictivo de poseer mis propios hábitos y mis propios pensamientos. Veo con disgusto y horror las deformaciones, ya de las personas, ya de la sociedad. De otra parte gané el amor y deseo de la perfección interna con lo cual nunca repare en mi raquitismo, aunque padecí mucho la consecuencia». Nos habla mucho de su familia, de su familia de vieja estirpe liberal, pues Mazatlán fue baluarte tanto del liberalismo como de la resistencia nacional a los franceses.

La familia Valadés, Félix-Trocha, La Farga, se disemina en todo el noroeste desde Durango hasta Baja California, que era entonces California, pasando por Tepic y Sinaloa. En su casa siempre oye hablar de política, de democracia, de libertad. Para mí uno de los momentos más emocionantes es cuando (ha de ser 1909 ó 1908, no tuve tiempo de averiguar las fechas exactas, pero es poco antes de la revolución maderista) acaba de morir el viejo gobernador porfirista de Sinaloa y el padre de José Cayetano Valadés se integra a la lucha política y lanza un candidato popular. Y dice: «Cómo no guardaría en mi memoria aquella noche en que desde mi lecho oía el estruendo de los aplausos en respuesta a impetuosa oratoria de don Heriberto Frías, quien preconizaba el principio de democracia política en Sinaloa. Cuanto no temblaría mi ser escuchando la voz de mi padre leyendo el mensaje que enviaba al presidente de la República comunicándole que el pueblo sinaloense creía llegada la hora de poder elegir a sus gobernantes». Tenía 9 ó 10 años el niño en ese momento. «Y luego de este espectáculo imborrable díganme si no amaríamos minuto a minuto, y toda la vida, el acontecimiento que años más tarde llamaríamos Revolución Mexicana».

Desde luego, después viene el fraude electoral y la represión callada, discreta pero muy eficiente. El padre arruinado tiene que dejar sus negocios y salir del estado en un casi exilio.

De tal manera que para el niño Valadés, lo que él llama el drama de la libertad y de la autoridad es también drama familiar y autobiográfico, desde luego identificado a la ciudad de Mazatlán, al estado de Sinaloa y a toda la nación. Se va su padre, su padre tiene 36 años, y la despedida es muy emocionante. El padre y el hijo no se volverán a ver, porque el primero morirá de un accidente cardiaco en la Ciudad de México. Cuando se va el padre, se encierra con su hijo en el estudio: «Estrujaba con angustia mi cabeza y sus palabras entrecortadas por la aflicción y la desesperanza, nunca las olvidé: Vela siempre por nuestro pueblo a, me dijo una y repetidas veces. . Esas fueron las últimas palabras en el muelle cuando el padre se iba a embarcar.

Eso por la formación familiar, en una familia muy comprometida en las luchas políticas del liberalismo. En la escuela, es la educación que conocemos bien, ese liberalismo positivista que guardaba toda la fuerza del viejo liberalismo. Y habla de los maestros que «sabían incendiar nuestras almas infantiles contra las tiranías, con lo cual se nos hizo enemigos del régimen porfirista». Cuenta cómo todo el colegio fue partidario de don Francisco I. Madero. Al principio del levantamiento maderista, los niños a la hora del recreo jugaban a la guerra desde luego, como siempre, en todos los países. Pero todos querían ser guerrilleros maderistas y nadie quería hacer el papel de los guachos, como dice Valadés. Cuando entran los maderistas a Mazatlán, sus jefes vienen a visitar a la viuda, a la mamá del niño José, en homenaje a uno de los iniciadores de la lucha revolucionaria. Para él la visita también es una cosa impresionante.

Luego la familia se va a Estados Unidos por problemas materiales, allí les llega años después la noticia de la muerte de Madero. Me dirán: «¿Por qué se mete en minucias?» Creo que hay minucias y cositas que se hacen esenciales. Cuenta que llega a la casa y encuentra a su madre de luto (había guardado el luto del padre mucho tiempo, y hacía poco que lo había dejado). Entonces están todos petrificados y la madre les anuncia que han asesinado al presidente Madero, «en señal de duelo no debemos sonreír en seis meses». Cosa que se tomó muy en serio. Empiezan a llegar a la casa generales revolucionarios, Rafael Buelna -el joven Buelna, que era amigo de la familia, que había sido protegido por la familia -, Ramón Iturbe y muchos otros.

Valadés empieza a trabajar; trabaja manualmente, trabaja como voceador, trabaja en una ferretería porque las angustias materiales de la familia son muy grandes. Al mismo tiempo, dice, y con eso terminaré la lectura de su biografia, «tan grande era mi mortificación y tan mayúscula la desesperanza de volver a ver a la patria, que los sábados pedía a mi madre que me acompañara al barrio mexicano. Regresábamos a casa con el alma embebida en bálsamo Mexicano». Ahí está la dimensión nacionalista, «un patriotismo delirante se apoderó de mi. José Durán y Sáinz me llevó a la Biblioteca Pública de Los Angeles y empecé a leer con indecible fruición. En pocos meses no hubo libro referente a México, ya en inglés, ya en español, sobre el cual no pasaran mis ojos y mi cabeza». Y cita a Prescott: «Usé la Biblioteca Pública de Los Angeles como cosa mía y descubrí en ésta la hechicería de los libros».

Ese muchacho es 18 años más joven que Vasconcelos, pero hay un paralelismo de destino en lo referente al despertar nacionalista en la frontera, en el contacto con los Estados Unidos. Luego, un exilio casi paralelo: en el mismo momento, con 18 años de diferencia, sí, los dos se encierran en las bibliotecas públicas norteamericanas a leer todo lo que encuentran. Lo señalo porque más adelante se encontrarán los dos hombres y en un momento dado Valadés será vasconcelista.

Anticonformista libertario. Puede escribir páginas extraordinarias de comprensión para los católicos en una época, sobre una época tan conflictiva como la del 26, de la ruptura entre la Iglesia y el Estado. Tan comprensivas, que Alfonso Junco pudo equivocarse y saludar un nuevo talento católico, una brillante pluma católica. A esto José Valadés le contestó tranquilamente que no era católico, sino ateo. Para José Valadés los jóvenes -«muchachos ligeros» -que se jugaron la vida en esos momentos por sus creencias, eran tan respetables como los compañeros de Escudero en el puerto de Acapulco o de Herón Proal en el puerto de Veracruz.

Antireeleccionista. No sé si es cierto, pero me platicaron que cuando se escapó de milagro de ser fusilado en Huitzilac, lo salvó el gobernador de Morelos quien lo conocí. No sé si será cierto, pero coincide con el personaje. Vasconcelista, cardenista por encontrar en Cárdenas la combinación del nacionalismo revolucionario y de la revolución nacionalista. Luego participante en el movimiento de la Federación de los Partidos Populares del viejo Celestino Gasca, quien regresaba al final de su vida a sus orígenes ácratas, anarcosindicalistas del principio. A todo esto le debemos una Historia de la Revolución Mexicana que para mí es admirable. No tengo tiempo de justificar mi admiración, pero debo decir que en su temática hay algo impresionante, que se entiende precisamente por esa vida es la ausencia del Estado. Todos los historiadores en los últimos diez años hemos trabajado – creo que no hicimos mas pero hemos trabajado en la historia del Estado, la génesis del Estado, porque d Estado es nuestro protagonista, es nuestro adversario, amigo, compañero, enemigo, hoy en día.

A Valadés como ácrata, como libertario, no le interesa el Estado, eso explica que su Historia de la Revolución Mexicana tenga una libertad impresionante para abrazar tanto los personajes como los temas, como las regiones. Fue el primero en demostrarnos, enseñarnos que no había una sino muchas revoluciones mexicanas y encima una, desde luego, totalizadora, pero que había las revoluciones mexicanas.

Termino nada más señalando que me deja siempre boquiabierto su ecuanimidad. Un hombre tan apasionado, que en la vida era de pocos amigos por su intransigencia, de muchos pleitos, de pleitos de toda la vida. Cómo este señor a la hora de escribir resulta espléndidamente ecuánime. Después de sus evocaciones apasionadas de Angeles y de Villa (obviamente simpatiza con ellos), tranquilamente, con una justicia extraordinaria, y manifestando admiración, evoca a Carranza, su adversario. Con todo el maderismo que le conocemos, es capaz de tratar al régimen huertista con una ecuanimidad que pocos historiadores profesionales logran conseguir.

Debo confesar mi asombro: por pura casualidad descubrí a José Valadés en 1965 ó 1966 llegando a México. En íSiempre! Valadés estaba publicando, como entrega de su próximo tomo de la Historia de la Revolución Mexicana, unas páginas sobre el conflicto religioso. Yo no sabía quién era José Valadés, apenas empezaba esa historia, y si me impresionó muchísimo esa ecuanimidad, esa tranquilidad de espíritu. Un señor que podía entender al mismo tiempo a los viejos obispos haciendo antesala en el Vaticano, a los «muchachos ligeros» preparando la guerrilla urbana y al presidente de la República, al presidente Calles, encarnación de un Estado para el cual él no tenía ninguna simpatía personal.

DOS BEBEDORES

El número de mayo de la revista Esquire, que otras veces fue ring de ambos, publica ahora una especie de diálogo conciliatorio entre Norman Mailer y Gore Vidal inducido por un entrevistador. Este es un fragmento.

Una pregunta para los dos. ¿Hasta qué grado el alcohol ha

dañado sus vidas?

Vidal: Piedad. Qué pregunta es ésa. Como Winston Churchill, «Yo he tomado más alcohol de lo que el alcohol me ha tomado». Es una cita literal. Yo no bebo.

¿Ah no? ¿Desde cuándo?

Vidal: Desde hace como año y medio.

Bravo.

Vidal: Nada de bravo. Me baja la presión sanguínea, porque me cansé de tomar tranquilizantes. Son depresivos. Por eso me deshice de ellos. Luego me di cuenta de que tenía que perder peso. Y el único modo era no beber alcohol.

Norman, ¿te has arrepentido alguna vez de tus actos a resultas de haber bebido mucho?

Mailer: Por la bebida cometí una gran cantidad de errores terribles, y me metí en muchas situaciones muy feas, pero no lo lamento, porque creo que si no hubiera bebido me habría muerto de cáncer desde hace veinte años.

Vidal: Siempre pensó que había algo de farsa en lo de que Norman bebía mucho porque yo veía que él alegaba estar borracho. No bebe mucho.

Mailer: Ya no.

Vidal: No, me refiero a veinte o treinta años atrás.

Mailer: No estabas en la fiesta debida. Por eso. Yo nunca te recuerdo como un bebedor. Creo que es probable que la temporada en la que más bebiste fue durante los años en que no nos hablábamos. Aunque no teníamos nada que hacer juntos.

Vidal: Sí, un efecto causal. Al haber negado a mi oponente, me puse una botella junto.

Mailer: No, no soy vanidoso como para creer que esa fue la razón.

Vidal: El (Mailer) me gritaba: «Nadie podría subir al ring para enfrentarse a ti y Jack Daniels». Mailer: En realidad, mi reputación de bebedor fuerte vino de una rara costumbre. Durante años yo sólo fui a fiestas en las que la gente no tenía dinero para comprar licor. Estaban en el Village o en Provincetown, y si uno Llegaba con una botella y la ponía sobre la mesa volaba en cinco minutos, por eso me acostumbré a sostener la botella de bourbon en una mano, y cuando los amigos se acercaban yo sólo les servía un poquito.

Vidal: No así a los extraños.

Mailer: Pero como me hacía falta una mano para hacer ademanes mientras hablaba no podía sostener un vaso, y entonces tomaba el bourbon directo. Ahora, beber bourbon directo de la botella no es muy divertido. A veces también sostenía una lata de cerveza en la mano que me quedaba libre y gesticulaba con ella. El resultado (Gore se reía) era que la gente me veía chupando el bourbon, regando la cerveza, y me fabricaron la reputación de ser un bebedor a dos puños, pero no era tan cierto. Aunque debo decir que he tenido crudos que nunca más quiero tener. Hay una suspensión automática del trago. Cuando uno se va poniendo viejo ya no puede beber más.

Vidal: Yo, de cualquier modo, tengo una memoria perfecta. Por más borracho que haya estado, nunca he tenido lagunas mentales. A la mañana siguiente puedo repetir el caset completo: todo lo que hice y dije. Y antes de levantarme, tengo que rehacer las cintas, editarlas, para poderme levantar. Nunca pierdo una sola línea. Todo lo recuerdo.