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Alejandro del Valle. Poeta. El autor de Lo demás viene por barco (Editorial Oasis, Libros del fakir, 1983). Estos poemas pertenecen al libro, todavía inédito, Invariables días.

MECIENDO A ERNEST

«Que tengas suerte a tu edad», le dices, Mr. Hemingway.

Pero dímelo a mí que he bebido bastante,

dímelo ahora que no tengo barba blanca ni bastón.

A fin de cuentas

a quién menos que a ti importa tanto

un acueducto de espejos donde reconocerse,

ese insalobre mirarse las manos

y preguntarse por los años luz

y por los días roedores de la espera.

Ernest, en el fondo lo sabes,

los buenos deseos son como los pronósticos del tiempo:

no nos hacen arrugarnos.

Mejor ofrece tu daiquirí,

tu astrolabio

y duermevela por las cosas sin linajé.

Con Omar Khayam en la biblioteca de los espíritus libres

I

Llego a caballo, me bajo, lo ato.

Intento entrar y me detienen. Me revisan

aunque yo no cargo más arma que mi muerte.

Me siento y pido. (Omar ya me espera).

Procuro no volver la cara, no ver a nadie

pero no puedo. Las caras de adobe que me circundan

me invitan a mirarlas: no es posible que sean

las mismas desde hace no sé cuánto.

Un viejo, todo un titán de la barra, sentencia

-íNo me presenten a nadie, no quiero conocer a nadie;

yo he visto de todo: cosas sin por qué, energúmenos,

espectros caminando,

no me pregunten, no me digan, no quiero saber!

Me inclino a creer que me arrecifo. (Omar se hace el

desentendido).

Pedimos un trago más, pero doble.

II

Ahora llueve y el día es un nubarrón espléndido

que erecta mis antenas. (Omar en su decurso).

Ardo en esta hoguera entre los templos

donde se incineran pasajes de ida y vuelta,

historias, recuerdos, cenizas,

se consumen lienzos y se intercambian lebreles.

Miro hacia otras mesas pero no doy conmigo:

yo bebo con dispendio y con alas de ángel.

Me uno a la homilía,

barrunto impertinencias y desazones,

-la nobleza es extrema en estas condiciones –

y vaya que se palpan sierpes taciturnas.

III

Presumo, con otros pocos,

que el mundo se mueve desde dentro

y que pesamos en él y nos mareamos

llenos de truenos, de agua y de ampollas.

Pido uno más y mi cuenta. Me despido. (Omar se queda).

Salgo, desato mi nube,

observo que ya se han dispersado los caballos

y me voy, a medio trote,

a buscarme en otro oasis ribereño.