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Irene Herner. Investigadora y prófesora de la UNAM. Ha escrito artículos sobre arte y cultura popular en México. Su último libro el Diego Rivera. Paraíso perdido en Rockfeller Center (Edicupes, México 1986).

El 30 de mayo pasado se inauguró en el Museo de Arte Moderno de Chapultepec una retrospectiva de la obra plástica de Alfonso Michel quien, según el pintor Luis García Guerrero, «era una persona exótica, andaba como hippi antes de los hippies, bohemio y muy amiguero. Estaba cerca de los Barreda, de Rufino Tamayo, de Juan Soriano».

Jorge Alberto Manrique y Antonio Espinosa se refieren en los textos-de presentación del catálogo al retrato que le hizo Inés Amor, su dealer y muy querida amiga «Se maquillaba; tenía preciosos ojos y se retocaba las pestañas. Vestía un sacón Largo, camisas de cambaya de colores brillantes y pantalones de mezclilla precursores de los jeans. Además usaba unos colgajos sensacionales: aretes raros de oro, colmillos de tigre, jades precolombinos y hasta perlas muy buenas, todo acompañado de un enorme morral que le colgaba desde el hombro. Usaba el pelo revuelto y ondulado, todo lo cual le daba un aspecto extranjero; además era fornido y media seis pies de alto; la gente le decía mister».

Parte de la obra de Michel se ha expuesto junto a la de sus contemporáneos, «los contradictores» o los «pintores de contracorriente», como han llamado Octavio Paz y Jorge Alberto Manrique al grupo heterodoxo de Julio Castellanos, María Izquierdo, Frida Kahlo, Agustín Lazo, Carlos Mérida, Alfonso Michel, Manuel Rodríguez Lozano y Antonio Ruiz «El Corcito»; y junto a otros menos conocidos, cuya obra está también en proceso de revaloración en el MAM, como Emilio Baz y Francisco Gutiérrez, que realizaron su labor de 1930 hasta finales de los cincuentas.

¿Cómo explicar el semiolvido y el desencuentro que ha sufrido la obra de Michel? En palabras de Andrés Blaisten, la muerte de Michel coincidió con el momento de la Ruptura, de la entrada del arte abstracto a México. «Michel no tenía la historia de Diego Rivera, ni era vanguardista. Se quedó en medio, y la historia lo dejó a un lado por error histórico, no por falta de calidad.

La retrospectiva del MAM es un hallazgo plástico de verdadero valor y belleza y un hecho concreto de cooperación e integración de diversos intereses. Participaron los coleccionistas, en especial Andrés Blaisten, que es además el curador de la muestra, los investigadores y las autoridades de Bellas Artes y el CONACULTA.

La muestra consta de 91 obras. «Los cuadros cambiaron muchas veces de manos -dice Blaisten -y cerca de 20 obras aún siguen perdidas». Debroise estuvo en Franch para seguir el rastro de Michel: «Me fascinó la historia de una aristocracia de provincia que no logró dar el paso de la Revolución y se quedó flotando entre dos aguas, viviendo una bohemia de fin de siglo, a destiempo, en los años veinte y treinta Entre ellos, se encontraban Tablada, Montenegro y Michel. Con un pie en el siglo XIX y otro tratando de avanzar, con un acentuado malestar existencial, en el siglo XX. Michel se educó en provincia, fue excéntrico y homosexual. En parte por esto tuvo que emigrar de la provincia y de México. Vivió parte de su vida adulta en Europa». Michel pintaba poco y menos cuando viajaba. «Tenía problemas creativos, se peleaba con la pintura, llegó a renunciar a ella en varias ocasiones y destruyó parte de su obra».

Hace uno o dos meses se subastó «Mujer en la ventana» (1948). Es la segunda obra de Michel que compra u coleccionista privado y secreto, pagando por ella 240 millones de pesos. Una cantidad similar a la que se pagó hace unas semanas en Christie’s por obras de Orozco y Siqueiros.

La pintura de Alfonso Michel es poética, sin retablos ni utopías, es completamente «pictórica». Sus cuadros, dice Miriam Kaiser, son «verdaderas clases de pintura». Es el caso de «Naturaleza muerta» (1945). «Desnudo rosa con abanico» (1953) es algo así como una mujer pierrot pintada con los colores chillones y dispares con que se disfrazan los payasos. Sus enormes ojos de niño color miel se entrevén detrás de la máscara pintada de maniquí con su boca sensual y a la vez inocente. Una máscara construida con brochazos coloridos, en el mejor estilo de Cézanne. La peluca adornada con flores recupera imágenes pintadas o esculpidas del clásico griego y romano. El cuello es fuerte y masculino, el cuerpo más bien andrógino. Extraña figura sentada sobre una silla labrada, con un abanico en la mano, pintado con deleite. La escena sucede dentro de una estructura arquitectónica semejante a un circo.

Toda la tradición plástica parisina, desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la Segunda Guerra, está estudiada al detalle e integrada de manera impresionante y enérgica en la obra de Michel. El color modela formas, cortándolas, definiendo y afinando el espacio bidimensional, como si se tratara de un volumen. Los colores son ajenos a las apariencias. No pertenecen al engaño crudo de la realidad cotidiana, pero están en una relación fundamental con ella. Construir una imagen como «Desnudo rosa con abanico» requiere de la excelencia de un pincel sabio y de la capacidad de trasliterar -no traducir -lo femenino, desde los deseos del alma.

En los de cuadros Michel no hay un solo espacio vacio o silencioso, cada pincelada es producto de un trabajo minucioso, texturizado e inquieto. Sus personajes, sobre todo las figuras humanas, ocupan casi todo el caballete. «La novia» (1945), con un minúsculo ramillete de flores en la mano, está acompañada, entre otras cosas, de una sirena con guitarra, emblema de la costa, y de un trocito de cielo. íQué atmósfera logra con ese mínimo cielo pincelado!

Es extraño que con tanto espacio pintado sin respiro, mediante un eficaz manejo de planos, Michel logre construir y establecer atmósferas que son chorros de color y fantasía y no cámaras de oxígeno.

En el mismo lugar en que realiza su labor constructiva de modelar con el color, Michel se regodea desde los fauves y Matisse, bordando con la pintura sensaciones de lujo y voluptuosidad inspiradas en las Mil y Una Noches y en Marruecos, en la cerámica de talavera, en las porcelanas europeas exhibidas en las vitrinas de las casas de las buenas familias mexicanas, en la memoria de los restos de la arquitectura colonial, en los resabios y la costumbre de acomodar macetas en los patios, con sus fuentes y, sobre todo, inspirada en los quicios de las ventanas de las viejas casas de la provincia mexicana, que él pinta para acomodar ahí sus flores, sus copas y los objetos misteriosos de su fantasía.

«La poesía» (1940) es para él un libro que reposa junto a un florero de porcelana, pintado y cargado de flores tan vivas que se desbordan, suben y caen desde su envase. Relleno de azules que fundamentan los blancos, los rosas y verde. Recuerdos sobre todo de Redon y de Van Gogh. Suerte de equilibrios danzantes con flores, espacios y florero. La tensión une y desata las formas. Y aunque la composición recupera las reglas y la solidez de un cuadro flamenco del siglo XVIII, los colores y las pinceladas tienen que ver con la paleta desatada de los postimpresionistas franceses y los fauves.

Resalta el caliente color achocolatado de sus personajes Mexicanos, grandotes, gauganianos, con toques de Rivera y también inspirados en las figuras del primer cubismo de Picasso, envueltos de piñanonas, palmeras y montes verdes que conservan el olor de la costa. Y las copas, las texturas y las medidas, homenajes constantes y creativos a la obra de Braque.

El misterio surrealista que se arraiga en las fantasías de la tradición mexicana está presente aún en la obra más cachonda y decorativa de este artista. En «El eco del mar» (1945), raíces y restos vegetales surgen sin retén de una copa reventada, y tienen que ver con cuerpos mutilados, tomados de la Grecia Antigua, que también inspiraron a De Chirico. En la obra de Michel estos cuerpos parecen fantasmas, personajes que se sugieren más que se imponen dentro de la composición florida que, como tantas otras veces, está frente a la ventana.

En «Copa en la ventana» (1944), una ramita de coral, enramada venosa de un camino de sangre, es testigo de un resto de cuerpo, pintado apenas, de cuyo corazón parte o reposa la copa Es el sacrificio sugerido, sin demasiada evidencia del honor sangrante, envuelto de la dulzura pintada y decorada. A un lado de la copa el artista ha pintado una pequeña mariposa y una flor -¿significantes secretos del alma? -mientras el mar se apropia de la transparencia del envase y acaba cubriendo todo el paisaje de la ventana.

En «La carta» (1936) se establece ya esta composición y temática. ¿La misma pregunta? Hay ahí una carta cerrada, una mano cargada, mutilada, y la misma copa guardando una ramita de coral. En 1955 reaparece el sacrificio con «El caliz»: un espejo, en vez de ventana y mar, duplica una mano sacrificada, cuya blancura se vuelve negro, en una atmósfera roja. Esta vez la copa viene desde Braque y todo está cargado de rayos y unas cuantas hojas secas. En este orden, en la «Fiesta» I y II, sendos toros enguyen caballos traídos del «Guernica». En acto de «Magia pura», una mujer recibe desde el espejo la cara de un hombre que la mira fijo. En la obra de Michel abundan también puñales y mutilados; un caballo, en «Agonía», blanco y delgado, la cabeza dramática, ya sin pies para andar.

Hacia el final de su vida, en 1957, pintó un genial ¿cantante de rock? «Endimión y su Farol» (o su fardo, no se entiende bien), cargado de su guitarra, vestido de jorongo, con el cabello negro y largo, solitario ante el cosmos que le envía rayos de energía desde las formas de Picasso y Tamayo.

Aunque cronológicamente es al contrario, yo descubro a Alfonso Michel desde Soriano. La obra de Juan Soriano ofrece la misma clave poética y la formación combinatoria de lo europeo italo-francés, actualizado desde la provincia Mexicana siempre evocada en sus cuadros. Soriano es 20 años menor que Michel y confiesa esa influencia sabrosa, sensual y caliente, cargada de erudición plástica y un extravagante misterio poético. Combinación extraña de fuerza y sensualidad, presencia extraña de erudición.