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Julia Kristeva:

Sam llrais

Gallimard

Paris, 1990.

Julia Kristeva es inteligente y, como tanto inmigrante intelectual del Este, más parisina que los parisienses. Además tiene suerte: cayó de pie en el París de los años sesenta. En dos días tomaba el té con Roland Barthes -en lugar de la «madeleine» mojó estructuralismo -. Por entonces, el pensamiento se pensaba a sí mismo (Sarduy); el siglo era de preguntas (Jean Hyppolyte), no de respuestas. Y al joven Phillippe Sollers no se le habían fijado aún ni el flequillo ni el estilo ni las ideas.

Pero el triunfo social, aunque sea universitario, no engendra monstruos. Mucho menos, novelistas. El drama es que el invento de Cervantes (al que los teóricos de cuando Kristeva llegó a París daban por muerto y fechaban su agonía tras Flauben) renació comercialmente en la década de los ochenta. Primero fue la funesta manía de convertir el más mínimo episodio histórico en novela-río. Luego, buscar el eco del éxito de Umberto Eco. Por eso, la autora de Le texte du roman. Approche sémiologique d’une structure discursive transformationnelle (La Haya, 1970), que más que el nombre de la rosa conoció, siempre, la rosa de los vientos, supuso que había llegado su momento.

El caso es que desde su primera publicación -Recherches pour une sémanalyse (1969), por supuesto en la colección ( Tel Quel) que dirigía Phillippe Sollers, a quien había echado los tejos, Kristeva se convirtió en papisa del juicio a la escritura. Más seguros de cómo no había que hacerlo (igual que las víctimas de la sexología, de la psicología y de la teoría política del momento) que de su vocación literaria, muchos «romanciers en herbe» destruyeron manuscritos, abstraídos en el estudio del párrafo.

Sus biblias estaban firmadas por Kristeva: La révolution du langage poétique (1974), Polylogue (1977), La traversée des signes (1979). Pero hete aquí que llegan los años ochenta: Kristeva, que lo hace todo cuando es debido, se ha convenido en psicoanalista. En la cocina del pensamiento descubre que amor no es ya insulto. En 1985, cuando publica Histoires d’amour (en Gallimard, adonde entre tanto emigró Sollers, con L’Infni, en lugar de Tel Quel) y Au commencement était l’amour. Psychanalyse et foi, Kristeva había resumido lo que sería Samurais en una especie de maqueta, publicada por L’Infini. Un infinito limitado: Kristeva conocía cada una de sus estrellas.

Con aquellos años en los que París paría «maltres a penser», vividos desde adentro, cualquier buen ensayista (Julia Kristeva, por ejemplo) podría haber escrito el libro de ideas para los noventa. Prefirió arriesgarse a la moda novelística. Pero con guiños de ojo. A los seis meses de su publicación francesa, Kristeva vuelve donde solía: dejará caer el mamón/treto, sabrá leer Tel Quel donde dice Maintenant y Du Seuil en lugar de Editions de l’Autre. Y si ha leído los análisis de la Kristeva semióloga, una Lettre ouverte el Harlem Désir, copla de pie quebrado a su interesante Etrangers el nous mêmes (Fayard, 1988). Dado que -con esa prisa que las editoriales españolas ponen en la traducción de semi libros -el lector en español descubre ahora Samurais, tal vez le interese un decodificador.

Olga Morena, la protagonista, es Julia Kristeva -morena y guapa, ella-. Joelle Cabarus, la psicoanalista, también Kristeva -quien así transforma la esquizofrenia en partenogénesis -. Hervé Sinteuil es Phillippe Sollers. Sartre se llama Dubreuihl para demostrar que Kristeva leyó los Mandarines con ojos de iniciada. Re clave: tituló Algonquin, un capítulo,  del hotel neoyorquino en el que Simone de Beauvoir se dejó enamorar por «el brazo de oro» de Nelson Algren.

¿Por qué rebautizar a unos personajes que nada tienen que ver con los secretos de Estado? Porque «mi visión sólo brinda una parte de la realidad de una persona», explicó Kristeva. Lástima que sea la menos apasionante. Y que cuando cuenta, por ejemplo, que Lauzun y Saïda son oscuros e indescifrables, «pero van en camino de convertirse en gurús», haya que traducir Lauzun/Lacan (íOh!) y Saïda/Derrida (íAh!), para interesarse en el asunto.

Carlos Barral dedicó párrafos memorables, en sus memorias, al Rosebud, el bar de la rue Delambre, en París, cuya moda es más duradera que la de quienes bebieron ahí. Si la literatura fuera de sur a norte, Kristeva podría haber aprendido de Barral. Por lo menos, hubiera prescindido del diálogo infumable que sitúa precisamente en el Rosebud, entre Bréhal/Barthes y Sinteuil/Sollers. (Picante: Bréhal sólo tiene ojos para ; Olga Morena se pone como una moto con Sinteuil/Sollers.)

A esta altura el lector «enterao» quedará patidifuso ante el estilo de la bióloga. Por ejemplo, en Algonquin, cuando se encarna en Erica Jong para contar cómo la besaba él, «por todas partes. La boca. Los senos. Cada milímetro de piel. El sexo agotado de humedad y tensión bajo su lengua. ¿Cuántas veces la hizo gozar antes de tomarla y aliviarse en ella?».

«Hubiera querido ser tu mujer -dice Olga, al amante norteamericano -si no fuera, ya, la mujer de otro.» Cf. de Beauvoir/Sartre/Algren. Como Sollers, por su lado, publicó Femmes, antología de ligues que se pretendía novela críptica, el ping-pong del matrimonio se ha consumado. Pero, por Dios, que deje en paz a Sartre. Aparte de que el autor de Las palabras supo escribir su novela, su teatro, su ensayo y su filosofía, y cuando creó una revista fue para meterse con el mundo en general y en particular (Camus) y no para deslumbrar a una capillita, su amor por las mujeres lo puso en donde debe ir, en canciones para Juliette Gréco, almuerzos de novios con Françoise Sagan, escapadas alcohólicas con la viuda de Vian, tardes anfetamínicas con estudiantes en su apartamento -asomado al cementerio de Montparnasse, por aquello de la «muerte pequeña»-. Este año, cuando se cumplen diez, ya, de la muerte de Barthes a ruedas del camión de reparto de una lavandería, la novela de Kristeva tiene un efecto paradójico: la época fabulosa que describe no lo fue tanto; el pensamiento de los «maitres» era quizás estéril. Una certeza, también: la muerte ahorró, a quienes fuimos jóvenes de los 60, la lectura de una  de Foucault, de Barthes. En fin: samurais eran los de antes. Los de Kristeva parecen ejecutivos de Sony.

Tomado de Ajo Blanco, no. 26,

Barcelona, octubre de 1990.