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Salvador Camacho Sandoval Estudiante de doctorado en la Universidad de Chicago, Illinois. Próximanente aparecerá su libro Cotroversia Educativa: Entre la ideología y fe. Educación socialista en Aguascalientes (CNCA).

Al estallar la Revolución Mexicana las facciones protagonistas contaban en sus filas con intelectuales que a la vez fueron sus apologistas y sus críticos, una posición ambigua si se piensa que ni el carrancismo, el zapatismo y el villismo significaron propuestas acabadas. Friederich Katz, autor de La guerra Secreta en México define estas relaciones peligrosas bajo el espectro de una «fiebre de la inmediatez armada».

Una inquietud que se ha hecho relevante entre algunos historiadores de la Revolución Mexicana, pone en claro que el conjunto de cambios ocurridos en la URSS y en Europa del Este ha permitido hablar de líderes más que de fuerzas colectivas y que por esto mismo es conveniente volver a plantearse el estudio de los individuos. Más concretamente, en el caso de la Revolución Mexicana, investigadores como Alan Knight y otros se han planteado la necesidad de estudiar con mayor profundidad a los intelectuales. ¿Por qué usted ahora se ha sumado a esta inquietud?, ¿por qué estudiar a los intelectuales que participaron en la Revolución?, ¿qué es lo que hay detrás de esta inquietud?

El problema que me ha interesado es el hecho de que la Revolución Mexicana es diferente en su forma de otras revoluciones, en el sentido de que las revoluciones del siglo XVIII (la francesa, americana) y las del siglo XX (la rusa, china, vietnamita, cubana) tienen un rasgo en común: en todas hubo intelectuales que dirigieron organizaciones políticas y que de hecho hicieron la revolución. En México, excepto en la época maderista, este fenómeno no se vio, ni hubo organizaciones políticas ni intelectuales que dirigieran el movimiento revolucionario Entonces surge la pregunta: ¿qué papel tuvieron los intelectuales en la Revolución Mexicana? Además hay otra diferencia interesante: en todas las revoluciones del siglo XX, sin excepciones, incluso en las revoluciones recientes de Europa del Este, los estudiantes jugaron un papel muy importante. Lo mismo puede decirse de los movimientos latinoamericanos; en ellos también los estudiantes jugaron un papel de primera magnitud. En México, en cambio, no. De hecho, en una reciente tesis hecha aquí en Chicago por Javier Garcíadiego, se muestra que los estudiantes de la Universidad de México, no sólo no jugaron un papel importante en la Revolución, sino que muchos parecen haber apoyado a Victoriano Huerta Hay muchas diferencias profundas entre la Revolución Mexicana y otras revoluciones.

¿Cuáles deben ser los atributos de una persona para que pueda considerarse como intelectual dentro del proceso de la Revolución Mexicana?

Cuando yo hablo de intelectuales lo hago de una manera relativamente estrecha, es decir, pienso en ideólogos, en alguien que formula una ideología. No pienso en si alguien ha estudiado o no, o si tiene una carrera o no. En ese sentido concibo el papel de los intelectuales.

Unos años después de la agitación revolucionaria, Luis Cabrera dijo que los intelectuales carrancistas sólo habían dado forma a las decisiones del entonces Primer Jefe. Según este intelectual, Carranza «era el maestro y ellos sus discípulos». Félix F. Palavicini dijo algo semejante: «Todos éramos, al lado de Carranza, simples soldados de línea… El deber de todos consistía en sujetarnos estrictamente a su criterio orientador». Por el lado del zapatismo se decía lo mismo. Magaña, uno de los principales dirigentes, dijo: «Mucho se ha hablado acerca de que alguno o algunos de los intelectuales que sucesivamente colaboraron con Zapata fueron el cerebro del movimiento suriano. Nada más inexacto. Zapata fue el cerebro que pensaba y el brazo ejecutor. ¿Un historiador de la Revolución Mexicana puede decir lo mismo de estas opiniones? Si es así, ¿qué papel jugaron entonces gentes como Magaña, Montano, Cabrera, Palavicini, Múgica, Angeles y otros?

No estaría enteramente de acuerdo con lo que dicen Cabrera y Palavicini. No es coincidencia que ellos fueran intelectuales que apoyaron los aspectos más conservadores de Carranza. Es un hecho, por ejemplo, que en los debates del Constituyente el proyecto de Carranza fue rechazado, y que dentro del grupo que lo hizo y formuló los artículos 27 y 123 no se encontraban Palavicini ni Cabrera y sí intelectuales como Jara y Múgica, que tuvieron una participación mucho más importante. Esto ya demuestra que una afirmación como la de Cabrera y como la de Palavicini no corresponde enteramente al papel de todos los intelectuales revolucionarios ante la Revolución. El zapatismo es algo diferente. Allí sí creo que en gran parte las ideas básicas, el Plan de Ayala, provinieron de Zapata aunque eran ideas muy amigadas en el campesinado y allí los intelectuales jugaron probablemente el papel que les asigna Gildardo Magaña.

¿Se puede decir lo mismo en el caso del villismo?

No, Francisco Villa tenía una actitud diferente a la de Zapata y aun a la de Carranza: le interesaba mucho menos el aspecto intelectual, y dejaba las formulaciones intelectuales a otros, aunque eso no valdría para toda la época villista. En 1913, cuando Villa ocupó Chihuahua y formuló un programa de gobierno junto, con el periodista Silvestre Terrazas, las ideas quizá provinieron más de Villa que de Terrazas, pues éste último era mucho más conservador que su jefe. Villa formuló las ideas y Silvestre Terrazas les dio forma. En este programa estaba sobre todo la idea de que había que expropiar los terrenos de los grandes hacendados, hacer la reforma agraria después de la victoria militar. Estas ideas no provenían de intelectuales sino de Villa En 1914 y 1915 Villa dejó la ideología a Angeles y a una serie de intelectuales, que en la Convención Revolucionaria formularon ideas sociales mucho más conservadoras de las que tenla su general. Francisco Villa les habla dado una amplia libertad porque, en última instancia la ideología le interesaba menos que a Zapata o a Carranza.

Usted ha dicho que algunos intelectuales se inclinaron más por una actividad que usted llama mediadora, otros por una tarea administrativa y otros más por una propagandista. ¿En qué consistían estos trabajos intelectuales?, ¿quién los realizaba?

Hasta ahora he hablado de los intelectuales en un sentido muy limitado, como ideólogos. Si ampliamos el concepto y vemos a los intelectuales como hombres con cierta base, con cierta instrucción, entonces la situación cambia. Primero, había toda una serie de intelectuales que los jefes revolucionarios necesitaban para efectos administrativos. Palafox, que administró la reforma agraria en la zona zapatista, es un ejemplo. Cabrera que fue administrador de finanzas con Venustiano Carranza, es otro caso. Segundo, los jefes revolucionarios necesitaban intelectuales para hacer propaganda en especial fuera del país, y cada facción mandaba a sus intelectuales más inteligentes a Estados Unidos por mencionar uno de los países más importantes para México -a tratar de influir en la opinión norteamericana. Carranza envió a Cabrera, Villa a Angeles y Zapata no mandó a ninguno pero dio una comisión similar a Francisco Vázquez Gómez. Esta función estaba muy ligada con la función en el interior de México; intelectuales como Heriberto Barrón, editor de una serie de periódicos carrancista, jugaron un papel muy importante en la difusión de ideas en favor de las facciones revolucionarias que representaban. Un tercer grupo de intelectuales fue aquel que participó como mediador entre líderes y organizaciones populares. El Dr. Atl, por ejemplo, fue mediador entre Carranza y la Casa del Obrero Mundial. También había intelectuales que mediaban entre las diferentes facciones. Magaña medió entre Villa y Zapata Finalmente podemos hablar de los ideólogos, de los intelectuales formuladores de planes, aunque su ideología en gran parte fue inspirada por los jefes revolucionarios, como ya se dijo.

¿Por qué ciertos intelectuales se adherían a una facción y no a otra? Por ejemplo, ¿por que gente como Gildardo Magaña se enlistó en las filas zapatistas y no en las carrancistas, cuando por su origen social coincidía más con éstos últimos que con los zapatistas? En otras palabras, ¿qué sostiene la lealtad de los intelectuales hacia los políticos? ¿Convicciones ideológicas, lazos corporativos, caciquiles o familiares, posibilidad de movilidad social?

Todo influyó, aunque creo que en tos intelectuales zapatistas el radicalismo fue más determinante. Muchos habían colaborado con el magonismo, veían a Zapata y a su movimiento como el más radical, como aquel que quería hacer los cambios más profundos en la estructura social de México. Esto les atraía del zapatismo. Otro factor importante fue que Emiliano Zapata respetaba a los intelectuales, que no tenía ideas antiintelectuales, como las tenían otros revolucionarios. Lo que sería interesante saber es hasta qué grado los intelectuales zapatistas conocían el campo. No estoy enteramente seguro de que Magaña haya tenido una idea de lo que era el campo. En su caso lo sedujo la radicalidad de Zapata El se hizo zapatista en un periodo en el que Zapata constituía la única oposición radical a Madero. Para los otros intelectuales era difícil escoger entre Villa y Carranza. Muchos preferían al segundo porque el carrancismo era un movimiento más urbano. Para ellos era mucho más fácil comunicarse con dirigentes urbanos -fueran obreros o gente de clases medias -que con dirigentes campesinos y gente del campo.(*)

(*) El nacionalismo del carrancismo fue una propuesta interesante para muchos intelectuales que por eso mismo se fueron a sus filas.

Muchos intelectuales enfrentaron la contradicción de los medios violentos de la guerra y los objetivos revolucionarios, algunos de ellos utópicos. No pocos intelectuales rechazaron las formas de violencia, a veces francamente arbitrarias, de los jefes militares. Esto pasó con Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos que desertaron del villismo. ¿Cómo puede plantearse este enfrentamiento que hubo al interior de los intelectuales?

Al principio de la lucha cada revolución enfrenta el problema de llevar a cabo un proyecto que es casi utópico. El entusiasmo que sigue en las primeras semanas de una victoria revolucionaria da la impresión, no sólo entre los intelectuales sino entre todos los participantes, de que el proyecto utópico es realizable; muy pronto la utopía se va decantando, es imposible llevarla a cabo tal como se planteó inicialmente. Eso lo entendieron muy pronto los intelectuales de la Revolución Francesa, en d sentido de que Libertad, Igualdad y Fraternidad era algo en lo cual se podía avanzar, pero esa idea de crear la sociedad perfecta, que al principio tuvieron los revolucionarios franceses, no era factible. En este sentido se desarrollaba la contradicción entre el fin y los medios, una contradicción que en la Revolución Rusa fue especialmente fuerte. Allí donde se hablaba de la fraternidad humana y de la libertad absoluta, los medios para conseguirlas consistían en matanzas, por una parte, y en constantes limitaciones a la democracia, por la otra. Quizás en México se dio una situación similar durante la Revolución. Peor aún, los objetivos democráticos, un adelanto económico, una reforma agraria radical, no se realizaron con rapidez. Los movimientos políticos en los que los fines de la Revolución estuvieron más de acuerdo con la realidad fueron el zapatismo y más tarde el cardenismo. Por el otro lado, las contradicciones de la Revolución se manifestaron con más claridad en el villismo y el carrancismo. En el primer caso la arbitrariedad de Villa ahuyentó a muchos intelectuales. En el caso del carrancismo, la falta de democracia y la falta de un intento serio de emprender reformas sociales fue el detonante de la desilusión y la deserción. Esto sucedió con intelectuales como Múgica y Alvarado, que aunque habían luchado al lado de Carranza estaban cada vez más desencantados por la falta de reformas prácticas, por eso decidieron adherirse al movimiento rebelde de Alvaro Obregón. Lo más difícil de entender es la actitud de Luis Cabrera quien, durante el maderismo y los años 1914 y 1915, fue partidario fervoroso de la reforma agraria y aceptó después la política de Carranza de no hacer algún tipo de reforma en este sentido; ni siquiera protestó cuando Carranza devolvió todas las haciendas a sus antiguos propietarios. Aquí hay una contradicción que valdría la pena explorar.

Sobre la relación entre los intelectuales y los diversos movimientos agrarios en México, usted señala en su libro Revuelta, Rebelión y Revolución. La lucha rural en México del siglo XVI al siglo XX que es errónea la idea de que «todos los alzamientos campesinos de la historia mexicana fueron obra de rústicos primitivos lanzados a una lucha sin esperanza, con perspectivas limitadas a sus pequeños pueblos». Según usted, «los campesinos probaron que eran astutos y tácticos, capaces de crear las más diversas alianzas, dar forma a la política natural y utilizar los conflictos y rivalidades de la clase superior». Usted hace referencia al control político de esos mismos campesinos. Sus palabras son las siguientes: «Acabada la fase de la Revolución, la utilización de los campesinos por otros grupos de la sociedad no cesó, sino que hasta cierto punto quedó institucionalizada por los gobiernos posrevolucionarios». ¿Usted coincidiría entonces con una tesis que sostiene que un pequeño grupo liberal hizo un llamado a los campesinos para hacer un cambio abandonándolos después a su suerte?

No del todo, aunque si usted se refiere al siglo XIX si podemos decir que los liberales que habían llamado a los campesinos a luchar en guerrillas contra Maximiliano, una vez que llegaron al poder, en gran parte se rehusaron a hacer cualquier reforma profunda en el campo. En la Revolución la situación era mucho más compleja porque durante este periodo se destruyó el antiguo ejército, y los nuevos jefes revolucionarios, aunque habían creado su propio ejército revolucionario, también dependían de las milicias campesinas armadas, y por consiguiente no podían abandonar así como así las reivindicaciones de los campesinos. Tanto que de 1910 a 1940, con interrupciones, se dieron tierras a los campesinos, desapareció el peonaje y hubo verdaderamente transformaciones profundas en el campo. En ese sentido la Revolución Mexicana es muy diferente a la Reforma y tampoco se restringe al carrancismo. Hubo otros dirigentes, pero Carranza fue uno de los que hubieran querido utilizar a los campesinos y después abandonarlos. Una de las razones por las que fracasó Carranza fue porque aplicó esta táctica: prometió tierras en 1915, pero nunca las repartió; por el contrario, devolvió muchas haciendas a sus antiguos propietarios. Obregón, que repartió, si entendió que necesitaba apoyo campesino, e hizo una política diferente: distribuyó tierras, reconoció los cambios agrarios que ya se habían hecho en algunas regiones como Morelos y San Luis Potosí y al mismo tiempo distribuyó nuevas tierras. Así que no puede decirse que simplemente la burguesía o la clase media, o como se le quiera llamar al grupo alto de la Revolución, utilizó a los campesinos y luego abandonó sus reivindicaciones. Aunque lo hubiera querido, era imposible marginarlos de un proceso en el que también ellos eran actores importantes.

A que no puedes leer sólo uno

En su opúsculo Libre de adiciones (Promexa), las autoras María B. del castillo, Elia María B. de Maqueo y Tesha P. de Martínez Báez, enumeran una cantidad inmensa de cosas y asuntos aditivos, Dos adicones quedan juntas así:

· comer papas fritas

· la lectura

Como habría dicho Léauteaud «Las papas fritas, ese vicio

impune».

En 1920 Alvaro Obregón llegó al poder y, además de establecer alianzas con los campesinos, como usted bien señala, abrió la puerta a los intelectuales. José Vasconcelos fundó la SEP y dio cabida a sus amigos del Ateneo de la Juventud, a los de la Generación del 15 y a los que más tarde se llamarían los Contemporáneos. Pero la relación entre estos intelectuales y los políticos se rompió más tarde. Durante toda su vida José Vasconcelos cuestionó la postura de los políticos posrevolucionarios hacia los intelectuales y su trabajo. Para él, y para otros como él, los gobiernos que nacieron de la Revolución hablan renunciado a objetivos por los cuales habían luchado. Para terminar, ¿cómo ve usted la relación-que se gestó después de la lucha armada entre el poder y la cultura, entre los políticos y los intelectuales? ¿Qué tipo de contradicciones podrían señalarse en dicha relación?

Como usted dice, en 1920 se abrió un campo amplio a los intelectuales. Los primeros gobiernos posrevolucionarios entendieron que para modernizar al país, para hacer lo que ellos querían, se necesitaba un ambicioso programa cultural y educativo. El nuevo grupo en el poder necesitaba crear además una ideología que unificara a los elementos diferentes que había dentro y fuera de los grupos revolucionarios. Y para esto se necesitaba del trabajo de los intelectuales. Aunque, por otra parte, en esta relación había contradicciones muy profundas, provocadas en gran medida porque muchos intelectuales vieron un divorcio entre utopía revolucionaria y realidad, entre lo que se decía y lo que se hacia, es decir, entre la Constitución de 1917 y las medidas que entonces aplicaron los políticos mexicanos. En contraste con los campesinos, los intelectuales podían formular y hacer explícito este tipo de contradicciones; además, con cierta presencia pública, fácilmente podían expresar sus diferencias e inconformidades, por lo que no era casual que se creara una tremenda oposición contra ellos, sobre todo de parte del gobierno. Podemos concluir entonces dos aspectos sobre los intelectuales Mexicanos y la Revolución: por un lado, se les necesitaba, pero por otro, cuando se hacían críticos -y un intelectual sin crítica no es un intelectual -el gobierno los rechazaba. Desde entonces, este conflicto entre el poder y la cultura ha estado presente en cada generación de intelectuales y en cada administración gubernamental.