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Gonzalo Aguirre Beltran:

Obra Antropológica

Tomos II, VII y XV

Fondo de Cultura Económica

Universidad Veracruzana

Instituto Nacional Indigenista

Gobierno del Estado de Veracruz

México, 1989, 1990.

Una Colección de quince volúmenes lo principal de la obra antropológica de Gonzalo Aguirre Beltrán. Han aparecido tres volúmenes: La población negra de México. Estudio etnohistórico (II), Cuijila. Esbozo etnográfico de un pueblo negro (VII) Crítica antropológica: contribuciones al estudio del pensamiento social en México (XV). De hecho, sólo este último aparece en su primera edición (1990), pues los dos anteriores ya habían sido publicados hace algunos años: la primera edición de La población negra apareció desde 1946 en Ediciones Fuente Cultural, y desde 1972 corregida y aumentada en el FCE. El Fondo publicó la primera edición de Cuijila que cuenta con excelentes ilustraciones de Alberto Beltrán.

La población negra de México es un clásico de la historiografía mexicana; incursiona en los avatares de la introducción de esclavos africanos en el México colonial. Con el apoyo del antropólogo norteamericano Melville Herskovits y los consejos de Alfred Métraux, Aguirre Beltrán emprendió una acuciosa búsqueda en el Archivo General de la Nación siguiéndole la pista a los inmigrantes forzosos provenientes de Africa, cuyo aporte a la nacionalidad mexicana suele olvidarse. En la primera parte de este ensayo hay un cuadro bastante completo de las características de la trata, «el mercado del ébano», el comercio de la mercancía humana trasladada de las costas occidentales de Africa al continente americano. El control de los portugueses, y luego de los holandeses, en el tráfico negro aparece con mucho detalle; asimismo la introducción a México de esclavos de muy diversas partes: «esclavos blancos» del Mahgreb y Grecia, «indios portugueses» de las posesiones lusitanas del Oriente (Burma, Siam, Java), «indios filipinos», e incluso, cautivos de origen chino. Con todo y que la introducción de esclavos se hacía principalmente por el puerto de Veracruz, Acapulco y otros puertos del Pacífico y el Golfo no se quedaban atrás. Para fines de la época colonial, la población africana y afromestiza era la segunda en importancia después de los indios.

En la segunda parte se analizan las procedencias geográficas y los orígenes étnicos. Por las mismas características de la trata, en el siglo XVI predominaron los negros de Cabo Verde y esclavos de muy diversas regiones coloniales del mundo; para el siglo XVIII los procedentes del Congo y Angola son mayoría. En la tercera parte, el autor analiza las premisas biológicas y las clasificaciones raciales de los negros puros o «criollos» y del intenso mestizaje con españoles e indios. La clasificación colorida del sistema colonial de «castas» aparece en toda su crudeza así como las prohibiciones e intolerancias del dominio español. El racismo exacerbado y el desprecio a la población negra, «de mala sangre», que caracterizan al México colonial se integran a los malestares sociales que estallan» en la guerra de independencia Llama la atención cómo algunas caracterizaciones despectivas del sistema colonial alimentaron el orgullo nacional y regional de los primeros años del México independiente: la china poblana y el jarocho, personajes afromestizos, se integrarán al naciente cuadro de la «mexicanidad» asumida en oposición a las estructuras coloniales. Todas las mezclas posibles se darán a pesar de las terribles prohibiciones para trasponer la «línea del color»: mulatos, moriscos, albinos, zambaigos, lobos, toma atrás, cambujos, coyotes, jarochos, chinos, loros, albarazados, zambos, calpa mulatos, gíbaros, ilustran la tremenda confusión de quienes pretendian la pureza de sangre de sus dependientes, siervos y esclavos. Los negros camarones, rebeldes escapados de plantaciones, obrajes y minas, desde el siglo XVI constituyeron también palenques o mocambos en donde reproducían parte de sus antiguas estructuras tribales: en las sierras de Oaxaca, Guerrero o la Huasteca, o en las selvas cercanas a la costa, incursionaban por minas, poblados y caminos. Grupos de cimarrones ya cristianizados se acogieron al control colonial ofreciendo sus servicios en la milicia y la defensa del Reino, a cambio de ser dotados de tierras, como los que capitaneara Ñanga a principios del siglo XVII, que fundaron el actual Yanga -en Veracruz -, o los que merodeaban en «los zapotecas» desde el siglo de la conquista, y que en el XVIII fundaron Nuestra Señora de Guadalupe de los Morenos de Amapa, en los límites de Veracruz y Oaxaca. Otros cimarrones, como los de Mandinga (Veracruz) y Cuijila (Guerrero) sólo fueron parcialmente desafricanizados por la vía del mestizaje. El ensayo de Aguirre Beltrán destruye también la idea generalizada de que la población negra era exclusiva de las costas: las cifras muestran su importancia en el corazón de la Nueva España, en ciudades como la capital, Puebla, Querétaro, Guadalajara y los enclaves mineros del norte. Los negros estaban por doquier y la cuarta parte del ensayo nos demuestra con datos censales su importancia relativa y la forma como el negro se integró a la sociedad mexicana: trasponiendo la línea de color a través del mestizaje, principalmente con el indio, y adoptando formas culturales y oficios -principalmente la milicia – que paliaban en algo su ínfimo lugar en una sociedad profundamente estratificada. Muchos elementos culturales de Africa persisten hasta hoy en ciertas regiones y espacios sociales, ofreciéndonos una «tercera raíz» del mexicano.

Como una continuación de este ensayo erudito, Aguirre Beltrán emprende el análisis de un espacio africano en el México actual: la comunidad de Cuajinicuilapa (Cuijila) en la Costa Chica de Guerrero. Escrito en un lenguaje coloquial y utilizando la copla regional como hilo conductor (sones, «chilenas» y corridos que ambientan una descripción hecha con las mejores herramientas de la etnografía) Aguirre Beltrán confecciona un «esbozo y desmenuza prácticas sociales y culturales (habitación, medicina y magia, parentesco, hábitos motores y actitudes sociales), y sigue la pista de elementos que por varios caminos conducen al México prehispánico, a las herencias nahuas y mixtecas, y a las sociedades tribales del occidente del continente negro. Cuijila es una sociedad afromestiza, de «pardos» de la época colonial con múltiples rasgos de su doble origen; el sincretismo indoafricano de su sistema de creencias es muy notable, así como la persistencia de una organización familiar que sigue reproduciéndose en un hábitat de chozas de tipo bantú.

Cuando Aguirre Beltrán realizó estos estudios pioneros, abriendo la puerta de un mundo escasamente conocido, se pensaba en una profusión de los estudios afromexicanos. Sin embargo, por años el mundo indígena siguió siendo el campo privilegiado de las pesquisas antropológicas, y los dos textos de Aguirre Beltrán esperan todavía una línea fuerte de continuidad histórica y antropológica. Historiadores estadunidenses y mexicanos empiezan apenas a incursionar en un tema en donde la obra de Aguirre Beltrán ha resultado apabullante y enriquecedora, pero que requiere mucho más trabajo a detalle. La apertura de nuevos archivos a lo largo de todo el país y el surgimiento de nuevas generaciones de investigadores llenarán quizás en un futuro las expectativas abiertas por Aguirre Beltrán.

Por otra parte, apenas resulta justa la publicación de esta colección que recoge lo principal de la obra del más connotado antropólogo social del país. Las contribuciones de Aguirre Beltrán son importantes no sólo en el aspecto académico -estudios etnohistóricos como los dos reseñados, El señorío de Cuauhtochco (vol. I), Los pobladores de Papaloapan (no incluido en la colección) y Zongolica: encuentro de dioses y santos patronos (XIV); sus conocimientos médicos aplicados a la antropología (Medicina y magia, VIII), (Antropología médica XIII), (Programas de salud en la situación intercultural, V) sino también en el de la práctica social ligada en este caso al indigenismo de la revolución, pues Aguirre Beltrán es también una de las grandes figuras del indigenismo por el Estado posrevolucionario. Si bien ese indigenismo fue ampliamente criticado y revisado en los setentas, por su propuesta integradora, nadie duda de las enormes contribuciones de Aguirre Beltrán a la práctica antropológica mexicana. Un cuñado de otros textos clásicos fueron también producidos por él en ese ambiente, y en el contexto de la polémica de los setentas, cuando Aguirre Beltrán defendió sus ideas con vigor. La colección incluye así sus aportes a la teoría social y los estudios regionales y de antropología social: Problemas de la población indígena de la cuenca del Tepaleatepec (III, 3 vols.), Formas de gobierno indígena IV), El proceso de aculturación (VI) Regiones de refugio (IX), Teoría y práctica de la educación indígena (X), Lenguas vernáculas (XII), y su Obra polémica (XI), que hoy constituyen textos de lectura obligada para sociólogos y antropólogos.

La colección concluirá con otro libro, el volumen XV, que recoge una colección de ensayos sueltos: Crítica antropológica. Contribuciones al estudio del pensamiento social en México y que se encuentra ya en librerías. Con un ensayo introductorio de Félix Báez-Jorge, en donde se analiza la figura del antropólogo y del político, la obra recoge artículos sueltos sobre Francisco Javier Clavijero, Francisco Flores, Ricardo Flores Magón, Moisés Sáenz, Rafael Ramírez, Vicente Lombardo Toledano, Lázaro Cárdenas, Manuel Gamio, Alfonso Caso, Juan Comas, Alfonso Villa Rojas, Julio de la Fuente, y Angel Palerm.

La compilación es así un recorrido completo por trabajos pioneros en historia y antropología del más prolífico y brillante antropólogo mexicano, uno de los más controvertidos políticos del nacionalismo, un acucioso historiador. En El señorío de Cuauhtochco, texto en donde analiza las luchas agrarias coloniales en Huatusco, Veracruz, publicado originalmente en 1940, cuando Aguirre Beltrán transitaba de la práctica médica a la investigación y a la práctica social, se dejaba ver una de las grandes tendencias de la pasión vital que le animaría a lo largo de los años. Todavía en el clima del cardenismo, confesaría algo que le valió después la reprimenda de los académicos: «exhumar los hechos inanimados… y vestirlos con sus pasiones. Pero estas mismas pasiones nos han arrastrado fuera de nuestra posición de imparciales narradores y nos han conducido de la mano a un extremo, a tomar un partido, el de los indios.»