A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Epitafios, otra historia, núm. 1,

junio-agosto de 1991,

96 pp.

No son frecuentes en nuestro medio cultural las publicaciones hechas por jóvenes estudiantes que rebasen las coartadas típicas del caso: mala presentación, predecibilidad, autocomplacencia. Por este motivo resalta el número inicial de la revista Epitafios, cuya propuesta no sólo es profesional y visualmente atractiva -su diseño, diagramación y producción están a cargo de Medios Utiles -, sino que su aliento renovador se presenta desprovisto de la habitual retórica seudoiconoclástica a que se acogen muchos fanáticos del culto común de los tiempos: el juvenilismo. En Epitafios, el lector descubre una visión inconformista pero que posee el contrapeso necesario y estimulante de reflejar un proyecto serio: una pasión ante el estudio y la vivencia de la historia. Luis Fernando Granados Salinas, Tania Carreño King y Eduardo Rojas Rebolledo, que dirigen el órgano de este nuevo grupo de historiadores, expresan en su Editorial: “Andamos en busca de una nueva historia, menos grandilocuente y más humana, menos moralista y más comprensiva, que lo mismo se ocupe de los grandes acontecimientos que de las pequeñas anécdotas. Andamos en busca de un nuevo estudio del pasado, que sea científico y artístico, riguroso y divertido, y que sea capaz de revivir, en toda su complejidad, los tiempos idos”. Para cualquier lector estas líneas son una buena invitación, inusual también en un medio en que las publicaciones tienden menos a convocar y seducir, que a imponer y sermonear. Y cuando uno como curioso y escritor del pasado se ha enfrentado a semejantes inquietudes, no puede sino tomar con interés tal pronunciamiento.

Epitafios consta de cuatro secciones. La primera, “Imaginaciones”, está dedicada a relatos donde la literatura y la historia disuelven sus fronteras. Así, se lee “El año del elefante” de Edgardo Bermejo Mora, un estupendo recuento de cierto episodio de la vida cotidiana de la ciudad de México en 1832, que transmite una regocijante sensación de cercanía. Resaltan también los textos de Boris Berenzon sobre “Los sueños de Melchor Pérez de Soto”, que parece anticipar a un escritor de novela histórica; el recuerdo familiar de Angélica Vázquez del Mercado, que tiene un poco de historia de vida y trazos de registro local o regional de corte entrañable; el testimonio bajacaliforniano, vivido y reflexivo, de Eduardo Rojas y el cuadro alucinante de un templo de San Cristóbal por Beatriz Alcubierre. Esta, sin duda, es la sección más atractiva de Epitafios, donde se clarifica mejor su propuesta.

La segunda parte de la revista está dedicada, sin perder soltura, a aspectos teóricos o reflexivos sobre la práctica de historiar. Así se presentan los textos de Luis Fernando Granados, de Eduardo Rojas y de Morelos Torres, y una entrevista sustancial con uno de los grandes historiadores mexicanos: Alfredo López Austin, que aborda, entre otros, el tema del diálogo necesario, siempre crítico y siempre abierto, que debe imperar en el ambiente académico, y que en México resulta infrecuente. López Austin toca así un asunto que la academia comparte, por ejemplo, con la prensa, donde la mutua intolerancia, la intimidación, la solemnidad y hasta la injuria, el silenciamiento o la censura son recursos, lamentablemente, de uso diario. Esta frecuentación con voces autorizadas como la de López Austin le da a la revista un centro de referencia y de desbordamiento, de equilibrio y de polémica que con toda seguridad será cada vez más fértil.

La tercera sección de Epitafios, “Lápidas sin nombre”, es una especie de sesión espiritista o congreso de fantasmas vivos, personalidades o voces que se corporizan y establecen un contraste con lo actual. Por último, “Las formas del pasado” incluye reseñas sobre películas y libros que abordan aspectos históricos, porque se trata también de “transmitir el conocimiento del pasado” mediante una atención a la “literatura y la radio, la televisión y la música, el cine y la escultura”.

Epitafios busca, entonces, una nueva forma de abordar la historia y de difundirla, y también se propone encontrar nuevos lectores. La propuesta se afinará con cada próxima entrega, quizá se haga necesaria una mayor precisión o continuidad temática, menos azar y una intencionalidad afinada con el oído atento a lo que se hace en otras partes del mundo, para abordar así una mínima difusión y conocimiento alternativo. Aguarda, aparte, la factura de números monográficos que sean capaces de tratar con la misma flexibilidad y ligereza las historias particulares: el cuerpo, la mujer, los monumentos. La vida nocturna, los héroes patrios, la muerte, los usos amorosos, el cine histórico, las drogas, la ropa, el pensamiento reaccionario, los presidentes y su vida cotidiana, la historiografía mexicana actual vista en ropa interior: profesores, gurúes, genealogías, instituciones, tendencias, etcétera. Y documentar tanto como reinterpretar, pensar e inventar.

Quienes hacen posible Epitafios están en condiciones de congregar a los lectores siempre y cuando rehúyan el sectarismo, la cerrazón ideológica y, sobre todo, la reinstalación de pontificaciones o discursos canónicos bajo el disfraz de la apología de lo Popular. O del exceso de escrúpulos trasvestidos de Rigor. Si la virtud central de Epitafios parece ser una generosa informalidad, tal como se comprueba en cada uno de los textos de su primera entrega, sería un desdén a los lectores que en el futuro la revista incurriera en el aburrimiento de la verticalidad metodológica. para acallar “el caos metodológico”, por ejemplo. En efecto, como afirma Luis Fernando Granados en su texto, “Es tiempo ya, pues, de que la historia deje de ser un juguete de la ociosidad para convertirse en una suerte de dama de la vida galante, proporcionadora de placeres y esperanzas”. Uno se atreve a imaginar que, ni más ni menos, eso aguardan los lectores de Epitafios.