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1. La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín (Cal y Arena, 1991) es una novela de convocatorias: reúne la saga de biografías inmediatas a nuestro momento nacional. En ella están circunstancias históricas recientes: los registros de una guerra sucia y secreta librada por la guerrilla urbana y rural; la voluntariosa aunque escéptica iluminación intelectual ante las fatalidades de un país desigual, ancestralmente injusto; las recámaras espaciosas y sofocantes del poder público; los sótanos ocultos donde se fabrica una realidad que parecerá distinta cuando salga a la intemperie; la desolación amorosa de los destinos individuales que buscan redenciones ajenas a su capacidad de dar y sacrificarse; las explicaciones de una generación que enfrentó sin tregua, intolerante, una mala y sorda época, un duro poder; la costosa, y por eso trágica, persecución de la totalidad utópica, de la felicidad realizada en la tierra, en un aquí y ahora sin matices de tiempo o espacio. En síntesis, como en toda novela que captura fragmentos de humanidad, en La guerra de Galio hay un transcurso múltiple, con los énfasis y subrayados del autor, sin duda, pero con la vocación generalizadora que caracteriza a la novela.

Al transitar por el libro de Aguilar Camín viene a la memoria una definición estética de Joyce joven: «Debemos aceptar la vida tal y como se presenta ante nuestros ojos, aceptar a los hombres y a las mujeres tal y como los encontramos en el mundo leal y no como nos los imaginamos en un mundo de fábula Hoy, como ayer y como siempre, la gran comedia humana en la que todos tomamos parte carece de límites para el auténtico artista». Esta definición resume con eficacia los linderos en los cuales ha transcurrido la novela -o cuando menos una gran parte de la tradición narrativa-. Aceptar el mundo como es, como se presenta a los ojos del escritor, no supone su traslación mecánica, documental, a las páginas escritas; ver el mundo y recrearlo con palabras es fabricar una realidad autónoma cuyos determinantes se encuentran en la propia literatura, pero que sólo proviene de la mundanidad; en ella surge su origen, de ella obtiene su materia.

Quienes han teorizado sobre la novela postulan que la preceptiva que la gobierna puede reducirse a una fórmula esencial: contar bien una historia, conservar la clara verosimilitud que permite que la obra narrativa derive del mundo sin subordinarse a él. La sentencia joyceana insiste en esa obligatoriedad: aceptar el mundo es verlo, y viéndolo, el mundo es inagotable. Todo lo que el arte requiere está en él, en la perseverante y multitudinaria condición humana en la suma incesante de destinos y caracteres, de historias singulares.

Dice E. M. Forster que la prueba final de una novela será el cariño que nos inspire, la misma prueba que hacemos a nuestros amigos y a todas esas otras cosas que no podemos definir: «El carácter intenso y sofocantemente humano de la novela no se debe eludir, la novela chorrea humanidad; no podemos escapar de la elevación ni de la caída del aguacero, ni podemos mantenerlos al margen de la critica. Tal vez odiemos lo humano, pero si tratamos de conjurar o purificar la novela de ello, ésta se marchitará, quedará un puñado de palabras y nada más».

2. Cierta crítica literaria ha calificado a La guerra de Galio como novela política, con mensaje político, cualquier cosa que esto pueda significar. La denominación no sólo proviene de una confusión estética, que discrimina, temáticamente, aquello que en su criterio es propio de la literatura y aquello que no lo es, sino de una actitud extraliteraria, que mezcla supuestos juicios críticos con la simpatía o el disgusto -subjetivos o interesados los dos -que provoque el autor de la novela que se «critica». Así como no hay novelas meteorológicas o climáticas (cuando menos hasta hoy; nuestros comentaristas son capaces de acuñar el término), tampoco hay novelas políticas o apolíticas. Sólo hay buenas o malas novelas, hasta allí. Otra cosa es que existan novelas cuya temática explore el escenario del poder político. Pero eso no las convierte ni en obras de mensaje político -en literatura, ya se sabe, el mensaje intencionado se llama panfleto -ni las subordina a valores o intereses que son periféricos a la literatura. En su momento, al aparecer Morir en el golfo del mismo Aguilar Camín, algunas plumas periodísticas a sueldo del sindicato petrolero afirmaron que esa novela estaba dirigida a erosionar la imagen de Joaquín Hernández Galicia, guía moral y dueño político y económico de su gremio. Hoy, con La guerra de Galio, otras plumas un poco más refinadas cometen una arbitrariedad que, como la otra, poco tiene que ver con la literatura y mucho con la política cultural -esos juegos de ascenso y colocación que se practican casi siempre a favor o en contra de un autor, pocas, muy pocas veces, alrededor solamente de la obra.

3. Hay quienes no leen novelas, las ven como documentales. Pero en la incapacidad de aceptar que la literatura también se fabrica con materiales inmediatos, con personajes reales y tangibles, con circunstancias sociales, históricas y políticas cercanas, aún existentes, sólo se oculta la incapacidad para imaginar. Y una visión de la literatura que se quiere sublime, exquisita, transfigurada en palabras. La realidad, dice el crítico, es antiliteraria, ¿para qué escribirla si la vivimos? Hagamos de la palabra trascendencia, inmovilidad, inverosimilitud. Pocas convicciones tan insólitas como aquella que ha condenado el encuentro entre un autor y el público, señalando, sin decirlo, que un valor literario es la carencia de lectores, y que una obra no es confiable literariamente cuando puede ser leída por muchos. La marginalidad de los ilustrados, el arrogante tedio de las capillas, la soberbia parroquial de una soledad libresca que se cree diferencia y sabiduría. Podría postularse un valor distinto: si un libro se vende es que es bueno, o cuando menos, que tiene lectores convencidos de su valor. Y la novela es un acto público: requiere a los otros, en medio de ellos se reproduce.

4. La guerra de Galio, entre todos sus riesgos, tiene uno inmediato: ser leída como un escenario en clave que alude a una clase política específica y próxima, y que recrea en sus páginas una visión actual y operante del poder político. Ser leída, pues, como breviario documental de un momento histórico. Habría que preguntarse, por ejemplo, cómo fue recibida en su momento La sombra del caudillo, y cómo es leída en nuestros días. El tiempo establece el modo, la apropiación de la literatura cuyo tema está a la vuelta del tiempo en el que se produce. En unos años, la anécdota de esa novela quedará situada como un mero registro de época, pero sus valores literarios continuarán y serán inteligibles para lectores más alejados de las historias concretas que hoy puede descifrar cualquier lector. La historia, la gente, el argumento, la fantasía, la profecía, la forma y el ritmo de La guerra de Galio ocuparan un sitio más importante que el glosario circunstancial que algunos han preferido para clasificarla.

Una función del novelista es amar su época, registrarla como motivo y principio temático, y a la vez odiarla lo suficiente como para someterla a la crítica de la escritura. ¿Por que el poder, su análisis y recreación literarias produce tal desconcierto? ¿Por qué a quien lo documenta y lo recrea, lo muestra, se le señala como un adorador del mismo? Escribir es un acto de distancia ante el objeto narrativo (un «rebautizamiento del espíritu», decía Joyce), un modo impaciente de conocer. La guerra de Galio atiende una zona medular de la modernidad mexicana. Es uno de los temas a descifrar para conocerlo. La radiografía del poder político no es su exaltación, aunque así lo crean quienes lo reverencian tanto que lo ignoran. Todo es literatura, sobre todo aquello que siempre, en todas las tradiciones narrativas, ha sido literatura.

5. La guerra de Galio encuentra su punto de tensión en una certeza común en nuestros días: no hay utopía en tierra, ni la utopía política pero tampoco la amorosa. Ser huérfanos de la totalidad en los reinos humanos es caminar a la tragedia. El mundo se nutre de lo posible, y lo posible es una franja de alcances inadvertidos. Si una generación exigió revelaciones en el campo del poder, también lo hizo en el de las relaciones humanas: el resultado fue el mismo en los dos órdenes, la consecuencia y la moraleja también. Para contar esa historia se requería mirarla. No sólo haberla encarnado generacionalmente sino poner a su servicio una prosa y una cadencia que recrearan una topografía poco advertida de tan próxima. No hay utopías políticas, no hay utopías amorosas. Tampoco existen utopías literarias. Sólo hay buena y mala literatura.