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Carlos Montemayor

Guerra en el paraíso

Diana

México, 1991

380 pp.

En mayo de 1967, en la zona de Atoyac, Guerrero, Lucio Cabañas adoptó la sierra como foco de insurgencia armada. No era el primero. Le antecedía una apretada lista de caudillos y alzados contra el gobierno, desde Juan Alvarez hasta los hermanos Vidales y Silvestre Mariscal. El 2 de diciembre de 1974, a las nueve de la mañana, Lucio Cabañas murió durante un encuentro con el ejército. Siete años de guerrilla y una conciencia animada por el reclamo de torcerle el cuello a la historia. Hay muchos motivos para creer que Lucio Cabañas escogió la rebelión armada para sustraerse de la retórica y el poder gubernamental y poner freno a una larga cadena de injusticias. Siete años de buscar un momento de respiro, al margen de la prisa y los dolores de cabeza, y una vida que se resume en ese siete a salto de mata. Luego el ingreso a la mitología popular y al traspatio de la historia mexicana. Sólo faltaba que Lucio ingresara a la novela.

Pero ¿lo hizo en serio o con demasiada seriedad? Vale preguntarlo ante el último libro de Carlos Montemayor, una muestra ejemplar de apego irrestricto a los hechos ocurridos, más que a los hechos imaginados o deseados. Para qué sirve la novela si no es para descubrirnos lo que pudo o quisiéramos que hubiera pasado. En el caso de Guerra en el paraíso la trama se apega a la verdad documental y nada nos lleva por el rastro de la ficción. Salvo el retrato lírico de Lucio, lo demás se cuida de caer en el extremo juego de las apariencias, de la ambigüedad sin certezas, y los laberintos sin Ariadna.

Si la ficción no merece transformar la realidad -sólo porque ésta concede el peso abrumador de las acciones y las formas entonces debemos esperar un libro lleno de buenas intenciones. Las buenas intenciones van en busca del peor de los mundos posibles para que su visión nos traiga el recuerdo o el deseo de otros mejores. El peor de los mundos posibles: el México de la efervescencia marxista, entre el 68 y la apertura política. Para muestra, Montemayor elige Guerrero, y ahí establece un claro contrapunto: de un lado la guerrilla, con un brazo militar -de franco origen campesino -y otro brazo político que se hizo a la sombra del ardor revolucionario, y del otro lado el gobierno y sus instituciones, con un brazo militar muy poderoso y otro convencido de que el empleo de la fuerza era el mejor discurso político. Al momento de enfrentarlos, Montemayor da con uno de sus propósitos, o quizás con el único: reflejar cómo la arbitrariedad sustituyó a la justicia y cómo la violencia se convirtió en el único argumento del Estado y sus opositores. Eso está bien. Pero ¿vale la pena demorarse con tanto cuidado -casi la mitad del libro -en consignar las vejaciones y los crímenes del ejército contra los campesinos? ¿Por qué Lucio habla como sociólogo rural y los funcionarios del gobierno como oradores el día de la bandera? Por el propósito de hacerlos reales, Montemayor sacrifica la complejidad de sus personajes y disminuye al mínimo sus recursos expresivos. Las buenas intenciones.

¿Y lo novelesco? Borrado por el peso de lo ideológico que encarna en discursos de este tipo: «Tienen que entender qué queremos decir con la lucha de clases. Pero además no estamos luchando solamente contra el ejército, la policía o los judiciales. Ni siquiera contra el gobierno, sino contra otra cosa, que es el Estado burgués. Y el Estado no es lo mismo que el gobierno. Porque si cambia el gobierno, no cambia nada, porque otro gobierno, dentro de un mismo Estado burgués, se convierte en otro gobierno burgués, y no habrá cambio. Por eso nosotros decimos que la lucha es contra el Estado burgués, para cambiar el Estado burgués, y por eso no puede hacerse con elecciones nada más, como muchas gentes del Partido Comunista quieren hacernos creer». O de este otro: «Los héroes son un accidente. Nadie se imaginó que Zapata, pues viene más al caso, era el héroe y no el coronel Guajardo. Para él y para el general Pablo González, Zapata era un bandolero, un robavacas, un indio asesino. Quizás era eso para todos en ese momento, ¿por qué no? Huerta ignoró que fusilando a Madero no salvaba a México, sino que perdía la guerra. Es un capricho del destino o de la vida que los militares no podamos decidir esos valores en la guerra misma, aunque triunfemos en ella Lucio puede significar varios valores a la vez, pero nosotros no». Entre la primera y la segunda referencia media la intolerancia de un guerrillero y la lucidez del general Escárcega; sin embargo, hay entre ellas una relación constante, precisa, coherente; un proceso de mutuas correspondencias y de propósitos narrativos que confluyen en una gran paradoja: con todo y sus ideales, la guerrilla resulta un caldo de cultivo de la injusticia que ella misma condena; a la vez, el ejército recibe un baño de pureza cuando uno de sus representantes admite las raíces populares en la guerra de Lucio. Las buenas intenciones.

Tal como la ofrece Montemayor, la guerrilla de Lucio acepta mejor los dones de la farsa que el pasmo de la tragedia. Montemayor confunde a la política con el destino y a los activistas con los grandes rebeldes. La historia no puede ser trágica, sólo puede ofrecernos un escenario donde los personajes terminan convencidos de su magnífico esfuerzo. Y la ausencia de tragedia no es trágica, es, qué horror, el teatro de Ubu rey. Al libro de Carlos Montemayor le faltó la clarividencia para vivir todas esas vidas heroicas, sí, pero también ridículas. Visto así, todavía no ha llegado la novela de Lucio, esa que debe entrar por la puerta que cerró la historia, la de las posibilidades perdidas que sólo puede abrir la buena literatura.