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En noviembre de 1343 un barco genovés en ruta de Palermo hacia el norte de la península fue asaltado en la bahía de Nápoles. Transportaba alimentos: carne, grano, y según lo más probable buscó refugio en la bahía por la proximidad de una tempestad. Las crónicas dicen que fue asaltado por una muchedumbre hambrienta, pero también que el barco fue atacado desde un galeón de la flota real y que a la cabeza de los asaltantes iban varios nobles, jóvenes de las familias Capuana y Nido, que no hicieron nada por ocultarse. No hubo mucha violencia: sólo el capitán del mercante, un genovés, fue asesinado —parece que de manera bastante dramática. A continuación, los asaltantes transportaron la carga al puerto y la repartieron entre la gente.

Ilustración: Estelí Meza

Es un episodio del siglo XIV, las noticias que existen están dispersas en crónicas, algunas cartas; lo ha reconstruido con extraordinario detalle Amedeo Feniello, en un libro fascinante, Nápoles 1343. Los documentos por lo visto subrayan el orden, la eficacia, la coordinación del grupo, la definición clara de una jerarquía, de funciones bien definidas, es decir, que no parece haber sido algo espontáneo, improvisado, no obra de una multitud acosada por el hambre, pero tampoco era una banda de piratas. Todo hace pensar que se hubiese hecho antes o incluso que se hiciera con alguna frecuencia. Además está el hecho de que se lanzase el asalto desde un galeón de la flota real, cosa que sugiere tolerancia si no complicidad por parte de los soldados que tenían que estar de guardia en el puerto. En otras palabras: el asalto parece haber sido algo relativamente normal para la ciudad de Nápoles.

El reino de Nápoles padecía una grave falta de alimentos desde la separación de Sicilia, en 1285. A la pérdida del territorio se sumaba la creciente demanda del norte, que absorbía la mayor parte de la producción del sur. La escasez provocaba el alza de los precios, acaparamiento, especulación, oleadas de pánico en una sociedad que vivía bajo la amenaza del hambre. El gobierno lo intentaba todo, desde el control de precios hasta el cierre de las fronteras, la apertura total, amenazas, impuestos, sin conseguir absolutamente nada. La gente huía a la ciudad, al norte; en las primeras décadas del siglo XIV desaparecieron en el reino 873 poblaciones. En 1340 llegó la peste negra. Y en ese año de 1343 murió Roberto I de Anjou y subió al trono su nieta de 17 años, Juana I: la debilidad de la corona llegó al extremo y la gente, como en otras ocasiones, se volvió hacia quienes podían brindarle protección, se volvió hacia los poderosos locales, los Nido, los Capuana.

Desde el dominio normando en el siglo XI los nobles de Nápoles habían sido un poder de sustitución en la ciudad. Eran 57 familias: Caracciolo, Caputo, Tomacelli… que habían privatizado de hecho las funciones públicas, cada una con un barrio, un límite territorial, un asiento, y ejercían de hecho el monopolio de la que era para la gente una violencia legítima. Los Anjou trataron de atraer a los nobles a la Corte y reorganizaron la ciudad mediante la creación de cinco polos administrativos, que correspondían a los clanes de Porto, Portanova, Montegna-Forcella, Capuana y Nido. Los clanes formaban un mundo paralelo, no enemigo: eran intermediarios entre el individuo y el Estado, y sobre todo eran para la población el último recurso en situaciones de crisis, porque podían actuar fuera de la ley. Arrogantes, arbitrarios, violentos, los nobles también conocían a la gente de su barrio, conocían a los suyos y llegado el caso podían protegerlos donde el rey no hubiera podido: eran la manifestación de un poder que existía sin el Estado, contra el Estado, pero que el Estado necesitaba para mantener el orden. Era el siglo XIV.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo