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La reunión de la Celac que tuvo lugar en México hace unas semanas fue la ocasión para que el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y el presidente López Obrador intentaran reverdecer los laureles que adornaron nuestra política exterior en los años sesenta, cuando Fidel Castro, el Che Guevara y la Revolución cubana eran jóvenes promesas que transmitían una fe apasionada en las posibilidades de un socialismo antillano. A ojos de muchos, Cuba sería el país del sueño socialista por el solo hecho de que estaba del lado correcto de la historia.

Ilustración: David Peón

En esa coyuntura, México se hizo de una destacada posición internacional porque defendió la soberanía cubana frente a las agresiones de Estados Unidos; no iba en ese apoyo ninguna coincidencia ideológica, el gobierno mexicano siguió siendo tan anticomunista como lo había sido siempre, aunque miraba con simpatía a los cubanos, siempre y cuando no se metieran a hacer la revolución en México. En ese caso, como en otros, la posición mexicana se sostenía en los principios de rechazo al intervencionismo y la defensa de la soberanía nacional.

En 2021, parece que el gobierno lopezobradorista quiere recuperar un pasado al que mira con nostalgia, en el que no caben ni los conflictos ni los compromisos que acarreó esa política. Peor todavía: ni el presidente ni su canciller saben jugar con la ambivalencia que le permitió a México sostener una relación amigable con Washington y una apariencia de amistad con Cuba, parcialmente fundada en el mutuo respeto a las diferencias entre un país que aspiraba al desarrollo capitalista y el que buscaba construir el socialismo.

Ni Fidel ni el Che están más con nosotros, y a la Revolución cubana se la ve como dice el tango: “Flaca, fané y descangallada”. Pero durante la visita del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, el gobierno mexicano quiso mirarla con ojos de enamorado, y así la celebró, como si esperara movilizar con ella el entusiasmo de una opinión pública que empieza a darle la espalda así no sea más que por hartazgo. Además, es muy probable que la causa cubana le sea ajena a una proporción muy alta de la población que nació después de 1961-1962; y que a muchos de los nacidos en el mundo globalizado el tema de la soberanía los deje perfectamente fríos.

El anacronismo de la postura mexicana que hoy busca un liderazgo internacional que al inicio del gobierno Andrés Manuel López Obrador despreció es notable cuando habla de soberanía, porque ignora todo lo ocurrido en sesenta años. La reforma o desaparición de la OEA se ha planteado repetidamente desde 1962, la disyuntiva a la que se enfrentan los latinoamericanos no es reforma o revolución, sino democracia o autoritarismo. En el mundo globalizado de hoy, el presidente mexicano busca todo tipo de soberanías: alimenticia, medicinal, energética. Los vínculos que ha generado la globalización no pueden cortarse tan fácilmente como se hizo cuando se canceló la construcción del aeropuerto.

En un libro que apareció en febrero del año pasado titulado L’appel des Amériques, que por razones de pandemia no ha recibido la atención que merece, Alain Rouquié, antiguo embajador de Francia en México y el especialista francés en América Latina más agudo y perceptivo que ningún otro, hace un recorrido por esas seis décadas en el subcontinente. Crisis financieras, golpes de Estado militares, inestabilidad política, transiciones a la democracia, regreso del populismo autoritario, agotamiento del modelo de sustitución de importaciones, adopción ciega de las políticas del consenso de Washington, alternancia entre la izquierda y la derecha. Todo esto deja fuera de lugar la propuesta mexicana que se origina en un escenario que ha desaparecido; porque, como bien apunta Rouquié, América Latina no existe más. Es un archipiélago de intereses contradictorios, que carece de unidad de propósito; las semejanzas entre sus componentes son engañosas; en cambio, la diversidad es real y, con ella, la perspectiva de destinos también diferentes que pueden acoger anacronismos, pero no admiten más utopías.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).