A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

A Christopher Domínguez le tomó quince años escribir su biografía sobre Servando Teresa de Mier: Vida de fray Servando (2004). Según mis cálculos, Charles Hale dedicó alrededor de dieciocho años a Emilio Rabasa; el resultado fue Emilio Rabasa y la supervivencia del liberalismo novohispano (2011). Dos décadas completas fueron las que Lucas Alamán acompañó a Eric van Young (o viceversa) para que, en la primavera del año en curso, pudiera ver la luz A Life Together. Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853; publicado por Yale University Press.1 El producto de esa larga convivencia es un libro que, incluyendo notas y bibliografía, rebasa las ochocientas páginas. Cabe apuntar que la versión original del manuscrito de Van Young rebasaba las 1500 páginas, pero la editorial universitaria referida lo invitó a reducirlo drásticamente, pues un texto tan extenso es inmanejable en más de un sentido. En todo caso, el Fondo de Cultura Económica tiene los derechos de la traducción al castellano (los lectores pueden leer un extracto del libro en este mismo número de nexos). Como es fácil suponer, esta labor traductora conlleva retos diversos y, por tanto, llevará tiempo. Entretanto, en estas líneas ofrezco al público interesado en la historia de México una visión panorámica del libro, así como una serie de comentarios y contextualizaciones sobre una biografía que, advierto desde ahora, es de excelente factura. No sólo por su ambición, su meticulosidad y su búsqueda de imparcialidad ante un personaje controvertido en exceso (por motivos que, para quienes no estén familiarizados con la vida y trayectoria política de Lucas Alamán, irán surgiendo a lo largo de estas líneas), sino también porque está escrito con elegancia y porque está lleno de observaciones perspicaces, de observaciones que dejan reflexionando al lector. Si el Alamán que surge de la lectura de A Life Together… no se puede considerar un “nuevo” Alamán, lo que resulta innegable es que el resultado final es un personaje mucho más interesante, más complejo y más completo del que nos había legado la historiografía hasta hoy.

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco

Sobre Lucas Alamán pesan varias losas enormes desde la perspectiva de la historia oficial. La primera es la de haber sido el fundador, promotor y cabeza más visible (y lúcida)2 del conservadurismo mexicano. La segunda es su defensa sin concesiones de la herencia española.3 La tercera es su defensa a ultranza de la religión católica. La cuarta es haber sido muy crítico de nuestro proceso de independencia, particularmente de Miguel Hidalgo. La quinta es su involucramiento en la ejecución de Vicente Guerrero. La sexta es su defensa del centralismo y de ejecutivos poderosos. La séptima es su escepticismo, por decir lo menos, respecto al funcionamiento y utilidad de los congresos. La octava es su monarquismo. La novena, y última, es haberse puesto a disposición de Antonio López de Santa Anna cuando éste regresó a México del exilio a principios de 1853. Para una historia oficial en la que los “buenos” son los liberales laicos republicanos y federalistas, está claro que Alamán es un personaje anómalo, retrógrado, equivocado (en términos políticos e incluso históricos) y hasta un tanto peligroso para lo que, supuestamente, fue nuestro “ser nacional” durante el siglo XIX (liberal, laico, republicano y federalista).

Contrariamente a lo que pudiera pensarse y como tal vez algunos afirmarán (espero que después de haberlo leído en su totalidad), Eric van Young no escribió el libro que nos ocupa para reivindicar a Lucas Alamán. En este aspecto, el contraste con la última biografía importante sobre él, la de José C. Valadés, me parece notable, pues ésta por momentos adquiere tonos hagiográficos. Conviene señalar que dicha biografía, titulada Alamán, estadista e historiador, data de 1938.4 Es decir: estamos a más de ochenta años de distancia de la última vez que la historiografía se tomó en serio la vida de Lucas Alamán. Esto explica, por un lado, que la de Valadés sea una biografía sin un aparato crítico como el que acompaña cualquier biografía académica actual. Al respecto, cabe precisar que si bien el libro de Valadés contiene una bibliografía de diez páginas, no tiene una sola nota. No sólo eso, en ocasiones es difícil para el lector determinar el origen de algunas de las citas, incluyendo varias del propio Alamán.5 En cualquier caso, la distancia cronológica que separa la publicación de Alamán, estadista e historiador de A Life Together…evidencia la escasa atención que se ha prestado a la trayectoria vital del autor de la Historia de Méjico. A esto habría que agregar que en la actualidad sigue siendo cierto lo que escribió Arturo Arnáiz y Freg hace ya mucho tiempo: “Don Lucas Alamán ha sido un escritor poco leído”.6

La escasa atención y la escasa lectura que acabo de referir no pueden dejar de sorprender. Lucas Alamán no sólo es el mejor historiador de la primera mitad del siglo XIX, sino también un hombre que, como pocos, dedicó su vida entera a la vida pública y a intentar, de forma inteligente y denodada, como A Life Together… lo muestra bien, que México cumpliera las expectativas que nacieron en septiembre de 1821. Cuando Elías Palti plantea que las primeras décadas de la vida independiente del país bien merecen llevar el nombre de “la era de Alamán”, creo que el historiador argentino no exagera.7 Este planteamiento, que recuperaré al final de este ensayo-reseña, está en las antípodas de lo que Alamán escribiera en el quinto y último tomo de su célebre Historia (publicado en 1852): “La Historia de Méjico desde el periodo en que ahora entramos [la caída de Iturbide], pudiera llamarse con propiedad la Historia de las revoluciones de Santa Anna”.8 Como es sabido y a pesar de todos los matices y todas las prevenciones que ha planteado la historiografía mexicana de los últimos lustros, esa época de la historia nacional sigue siendo a menudo referida como el periodo de “la anarquía”. Después de haber leído la biografía de Van Young, me parece que la expresión sigue siendo útil, verosímil, adecuada.

Lucas Alamán, que había nacido en 1792, participó activamente en las Cortes de Madrid como diputado de la Nueva España en 1821 y 1822.9 Al año siguiente, en los meses que siguieron a la caída del Imperio de Iturbide, fue nombrado ministro de Estado y del despacho de Relaciones Exteriores e Interiores por parte del Supremo Poder Ejecutivo. En enero de 1825 se integró al gobierno de Guadalupe Victoria, en el que permaneció como ministro de Relaciones hasta el otoño de 1825. En 1830 ocupó de nuevo ese ministerio, pero esta vez como parte del gobierno de Anastasio Bustamante; ahí permaneció hasta 1832. En 1840 fungió como vicepresidente del Consejo de Gobierno. En 1842 fue nombrado director de la Junta de Industria y Trabajo. En 1849 fue designado presidente del Ayuntamiento de la ciudad de México. En 1850 tomó parte en el Congreso General como diputado por el estado de Jalisco y, finalmente, en la primavera de 1853, volvió a ser ministro de Relaciones, ahora en el gobierno de Santa Anna. Esta encomienda duró muy poco, pues Alamán murió en junio de ese mismo año.10

En su biografía, Van Young revisa todos y cada uno de estos momentos en las siete partes, subdivididas a su vez en 24 capítulos, que conforman A Life Together… Desde el joven Alamán, de inclinaciones liberales y autonomistas, que en las Cortes de Madrid de 1821-1822 defiende los intereses de lo que todavía era su virreinato, el relato biográfico termina en el hombre, ya mayor, que, desengañado, decepcionado y enfermo, traga sapos y algo de su dignidad para, en 1853, ponerse al servicio de Santa Anna. Ingenuamente, Alamán pensó que sólo bajo la batuta de Santa Anna podría el país resurgir de la derrota que había sufrido un lustro antes en la guerra con Estados Unidos y dejar atrás el estado de postración en el que yacía; un estado marcado, en primer lugar, por la pérdida de la mitad del territorio nacional. Entre las Cortes de Madrid y la desesperada aventura santannista, el cuadro que pinta Van Young es impresionante en términos de servicio público, de capacidad de trabajo y de áreas en las que Alamán desplegó su voluntad, su sabiduría política y su visión de gobierno.11

Antes de seguir, conviene señalar que Van Young empezó a trabajar en A Life Together… después de publicar La otra rebelión (FCE, 2006; título original: The Other Rebellion, 2001). En este libro, el más importante que se ha escrito sobre la Independencia de México en varias décadas, Van Young se adentró en el imaginario popular, concretamente en el de miles de combatientes indígenas considerados “insurgentes” durante la década larga que va de 1810 a 1821. Esto lo hizo mediante un impresionante trabajo de archivo en muchos pueblos de la parte central de México y de la revisión de miles de expedientes. Algunas de las conclusiones de La otra rebelión no fueron bien recibidas por la historiografía, mexicana y mexicanista. En todo caso, el libro provocó un nutrido debate, tanto en México, como en otras partes.12 Sobre los antecedentes de Van Young como historiador, cabe agregar que antes de La otra rebelión su campo de acción fue el de la historia económica y que a lo largo de su trayectoria nunca ha rehuido o minimizado las cuestiones teórico-metodológicas.13

Con A Life Together…, Van Young pasa a otro campo historiográfico. De la historia económica, la historia cultural, la historia social y la historia desde abajo pasamos a la biografía de un criollo que, más que ningún otro entre los historiadores mexicanos de la primera mitad del siglo XIX, planteó que la guerra de independencia, tal como se había llevado a cabo, había sido una equivocación, un error histórico-político, pues había sembrado las semillas de la inestabilidad que imperó durante esa media centuria (en otras palabras, durante toda la vida adulta de Alamán). Es imposible para mí saber si esta biografía causará el mismo revuelo historiográfico que suscitó La otra rebelión. Sobre lo que no tengo duda es que provocará reacciones encontradas. No puede ser de otra manera con Lucas Alamán, menos aún bajo un clima político como el que prevalece en la actualidad respecto a la historia nacional, tan cargado de maniqueísmo e ideologización. En cualquier caso, una labor biográfica, una empresa intelectual y una dedicación académica de la envergadura de A Life Together… no pueden pasar desapercibidas ni mucho menos. No sólo por la talla del personaje y por la calidad del resultado, sino también por el lugar que Alamán ha ocupado prácticamente desde siempre en buena parte de la historiografía y en el imaginario público (decir “popular” sería un exceso).

Tratándose de un autor “tan opaco por carácter e intención” como Lucas Alamán, el esfuerzo biográfico de Van Young enfrentó más obstáculos de los que pudiera pensarse. Alamán fue un hombre introvertido, reservado, cauteloso y pudoroso. Lo que significa que, pese a toda su importancia para la historia de México, es un hombre al que no es fácil acercarse, mucho menos poner al descubierto. Después de leer el libro de Van Young resulta claro que el orden (entendido sobre todo como estabilidad política), los derechos de propiedad y el desarrollo económico fueron las estrellas que guiaron la vida política de Alamán. De aquí a tener claridad respecto a sus resortes vitales media un buen trecho. Expresado de otro modo: a pesar de los veinte años que pasó Van Young escudriñando, estudiando y analizando su vida, aspectos importantes de ésta y de su personalidad siguen envueltos en una especie de bruma. “Don Luquitas”, como en privado se refiere el autor a Alamán, es un hombre poco accesible.

Por supuesto, el Alamán político es mucho más fácil de seguir y de explicar, pues ahí están los cientos de documentos que escribió. Sobre este Alamán, es posible extraer algunas conclusiones con base en A Life Together… En primer lugar, claras inclinaciones liberales hasta, por lo menos, mediados de la década de 1840. Como plantea Van Young en algún momento, la reputación de reaccionario que tiene Alamán surge más de su obra como historiador que de su trayectoria política. Desde hace tiempo, Charles Hale y Josefina Zoraida Vázquez mostraron que la distancia entre los liberales y los conservadores mexicanos del siglo XIX fue bastante menor de lo que se planteó durante mucho tiempo. Acerca de Mora, la única otra figura intelectual de su tiempo con la que Alamán resulta comparable, Van Young menciona dos elementos comunes: la profunda desconfianza con respecto a las masas y la necesidad de un gobierno fuerte para lograr la modernización que el país requería. Sin embargo, como añade el autor, existía un punto medular sobre el que Mora y Alamán tenían visiones completamente opuestas: el papel que la Iglesia debía jugar en la sociedad mexicana. En sus palabras, para Alamán “la posición de la Iglesia católica romana debía ser incontestable”; esta cita refleja meridianamente la postura de Alamán sobre este tema, la cual no variaría un ápice durante toda su vida.14

Como ya adelanté, desde los diversos puestos políticos que ocupó, Alamán hizo todo lo posible por fomentar el desarrollo económico de México.15 Al respecto, el Banco de Avío, ya mencionado, es el ejemplo prototípico. Sin embargo, como la biografía que nos ocupa muestra ampliamente, este banco es parte de una visión de Estado, de una visión de futuro, de la convicción alamanista de que sin progreso económico y sin una serie de actitudes, herramientas e instituciones que acompañen y garanticen de algún modo este progreso, el país no sería lo que podía ser o, al menos, lo que él vislumbraba. De aquí su búsqueda incansable del orden, condición sine qua non para establecer las circunstancias del ansiado desarrollo económico.16 Ahora bien, en consonancia con el pensamiento liberal de la época, Alamán nunca se preocupó por los alcances sociales de este desarrollo, por su ampliación o difusión. Me parece que no hay nada en el libro que apunte en otra dirección o que permita siquiera matizar este punto.

Fue la necesidad de garantizar las condiciones que permitieran lograr el anhelado desarrollo económico la que llevó a Alamán a la búsqueda de una concentración de poder cada vez mayor y a un centralismo cada vez más inflexible. En este contexto, el monarquismo, que en ocasiones se adjudica a Alamán sin atender a las variaciones que a este respecto es posible percibir a lo largo de su vida, puede ser considerado una consecuencia lógica. Este monarquismo resulta ininteligible, en mi opinión, sin la cadena de fracasos y desengaños políticos que Alamán sufrió desde el inicio de su carrera pública (empezando por la cerrazón peninsular ante lo que para él eran las justas demandas novohispanas; sobre todo considerando las consecuencias que esto tuvo). En esta cadena, el punto más alto fueron los efectos de su involucramiento en la ejecución de Vicente Guerrero; en particular, un hecho que nunca olvidará y que tuvo repercusiones sobre su imagen pública y sobre su salud hasta el final de su vida: haber tenido que esconderse durante dieciséis meses en algún lugar de la ciudad de México para no ser aprehendido.17

Si al papel que Alamán otorgaba a la Iglesia en la vida social, sumamos su falta de escrúpulos para limitar la libertad de prensa cuando se trataba de la oposición, su declarado monarquismo a partir de mediados de 1840, su defensa a ultranza de la propiedad, su abierta defensa de las jerarquías sociales, su clasismo, su rechazo del sistema representativo (tal como era concebido, de entrada, por el liberalismo hispánico) y su convicción de que los congresos eran inútiles en términos de funcionamiento político efectivo, resulta claro que no necesitamos de la obra de Alamán como historiador para ubicarlo de lleno dentro del conservadurismo.18 Ahora bien, en relación con el debate que Van Young plantea a este respecto en el capítulo 18 de su libro, creo que difícilmente se puede colgar el epíteto de “reaccionario” a Alamán sin mayores matices, aunque sólo sea porque nadie como él buscó el desarrollo económico de México durante las primeras décadas de la historia de México (primero con base en la minería y más tarde apoyándose en la industria textil). Además, durante sus diversas participaciones políticas en las décadas de 1820 y 1830 Alamán intentó aplicar un sinnúmero de medidas que se pueden inscribir sin mayor problema dentro de la tradición política liberal y haciendo uso de instituciones que se enmarcan perfectamente dentro del liberalismo de la época. Esto no niega que para él las ideas que se adoptaron en México y en la América española desde las independencias fueron “las teorías liberales más exageradas”; lo que explica, para él, la cantidad de desgracias que cayeron sobre los países hispanoamericanos.19

Es imposible para mí ocuparme en este ensayo-reseña de la Defensa, del Examen imparcial, de las Disertaciones o de las brevísimas Bases. En cambio, siguiendo a Van Young en la última parte de su libro, la VII (caps. 23 y 24), me detendré en la obra más importante de Alamán, la que ha determinado más que ninguna otra su destino como historiador (“contaminando”, como sugiere el autor en más de una ocasión, su trayectoria política) y por la que ha sido y será recordado: la Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año 1808 hasta la época presente, mejor conocida hoy como Historia de México o, simplemente, Historia.20 Los cinco tomos que integran esta magna obra (más de 2100 páginas de texto y cerca de 400 páginas de apéndices documentales en la edición más reciente) fueron publicados originalmente entre 1849 y 1852. El libro final del quinto volumen de la Historia es una declaración de fe política; de hecho, cabe considerar a estas cincuenta páginas como su “testamento político”.21 Es aquí donde aparecen esas tristemente célebres palabras, tan citadas: “… no hallando en Méjico mejicanos, y contemplando a una nación que ha llegado de la infancia a la decrepitud sin haber disfrutado más que un vislumbre de la lozanía de la edad juvenil…”.22 Estas palabras resumen bien el insondable pesimismo de Alamán respecto a su país en la etapa final de su vida.

Además de este pesimismo, en esa cincuentena de páginas están muchos otros de los leitmotivs del Alamán tardío: su escepticismo respecto a las leyes (vis-à-vis los hábitos o costumbres), el desastre hacendario como el mayor desacierto de la política nacional, su apego a las jerarquías y a las deferencias coloniales, su crítica al pensamiento ilustrado en la prioridad que otorgaba al dinero como baremo de distinción social, la extrema debilidad del Poder Ejecutivo como fuente primera de la incapacidad de gobierno, las atribuciones excesivas del legislativo, el federalismo desintegrador del país, el sistema representativo como ficción, su elogio a los esfuerzos bienhechores de los particulares (en contraposición con la autoridad pública), el papel político protagónico que debía jugar la “clase propietaria” y, por último y sin pretender ser exhaustivo, la ganancia infinita que representó para México la Conquista española. Todo lo anterior coronado con unas líneas finales, ingenuas y que no corresponden al tono de ese libro XII, que son una especie de plegaria al “Todopoderoso, en cuya mano está la suerte de las naciones”.

Como señala Van Young en su libro, la mejor historiografía mexicana de la primera mitad del siglo XIX (Mier, Zavala, Mora y Alamán) fue escrita desde el exilio político, desde la nostalgia, desde la vituperación y desde la autovindicación. No son pocos los bemoles que de manera casi inevitable marcarán a cualquier labor historiográfica que se practique desde los cuatro miradores mencionados. Ahora bien, el autor no duda cuando afirma que, entre todas las obras escritas por esos cuatro autores (a las que añade el Cuadro histórico de Bustamante), ninguna supera a la Historia, a la que considera la más bella estilísticamente, la que tiene más poder analítico y la que posee mayor densidad empírica. Conviene recordar aquí que cientos de páginas antes Van Young había afirmado que gran parte de la Historia fue escrita “para demostrar que la Independencia mexicana (1810-1821) había sido un desastre para la vida política y económica del país”.23 Es en este contexto que el retrato idílico que Alamán pintó sobre la Colonia en sus Disertaciones, particularmente sobre su última etapa, adquiere todo su sentido.

La biografía de Alamán concluye con un breve epílogo en el que el autor discurre sobre la descolonización y la modernización. Aunque sólo fuera porque esos términos no fueron empleados en la época que nos ocupa y porque con el tiempo adquirieron connotaciones que no pueden ignorarse, estas páginas finales me resultaron un tanto fuera de lugar; más aún porque casi todos los presupuestos que sostienen lo que ahí plantea el autor ya los tenía claros el lector atento.

La cita final de Alamán que Van Young incluye en A Life Together… es una muestra más de la enorme influencia que el célebre político y pensador irlandés Edmund Burke ejerció sobre el pensamiento del autor de la Historia. En esa cita, Alamán lamenta una de las consecuencias de “este siglo que se llama filosófico”: la destrucción de valores como el honor y la fidelidad, y su sustitución por “lo físico y positivo”, quedando así la sociedad, desde su perspectiva, sin cimientos.24 Esta cita nos devuelve a la noción de “fracaso” que sobrevuela esta biografía. Hay historiadores a quienes ese vocablo les parece inútil, sentencioso, presentista. No estoy seguro. La historia política, económica y social de nuestro país durante las tres primeras décadas de vida independiente dan la sensación de fracaso. Las vidas de Mora y de Santa Anna, los otros dos “grandes” de ese periodo, hacen lo propio. ¿Por qué entonces sorprenderse de que la vida de Alamán transmita también la impresión de esfuerzo vano, de tiempo perdido, de inutilidad?

En la introducción de su libro, Van Young afirma que ciertamente, con base en varios criterios considerados convencionales, “la vida pública de Alamán fue un fracaso” (failure en el original).25 Lo fue para Alamán en primer lugar, como se desprende inequívocamente de una carta que escribió a mediados de 1834, cuando llevaba más de quince meses escondido en algún lugar de la ciudad de México. En esa misiva, afirma que se arrepiente de haber servido a su país.26 Después de leer A Life Together…, creo que nadie podría reprochárselo. Como esta biografía de Eric van Young lo muestra clara, extensa y documentadamente, “la era de Alamán” fue muchas cosas; entre ellas, un rosario de fracasos.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México. Sus libros más recientes son Las revoluciones hispánicas y la historiografía contemporánea y Liberalismo e independencia en la Era de las revoluciones. México y el mundo hispánico.


1 La traducción es Una vida juntos. Lucas Alamán y México, 1792-1853.

2 Como refiere Van Young (p. 112), Alamán se sentía siempre “el tipo más inteligente en la habitación” (the smartest guy in the room); me interesa más lo que agrega el biógrafo: “Lo que normalmente era el caso”.

3 Cabe apuntar que durante casi treinta años (1824-1853) Alamán fue un fiel y dedicado representante de las propiedades e intereses de José Pignatelli y Aragón, duque de Monteleone, quien era también el decimocuarto marqués del Valle de Oaxaca, es decir, descendiente de Hernán Cortés.

4 Los lectores pueden encontrarla en el volumen de José C. Valadés titulado Luces políticas y cultura universal. Biografías de Alamán, Gutiérrez de Estrada, Comonfort, Ocampo, FCE, 2014, pp. 1-267.

5 A este respecto, es una lástima que no se haya permitido a Van Young acceder a los papeles que poseen actualmente los herederos de José C. Valadés (ver la introducción, p. 9), pues sobra decir que hubieran resultado muy útiles para su investigación y para un mayor conocimiento de Alamán. Cabe apuntar que en esa misma introducción, Van Young se refiere elogiosamente a la biografía de Valadés.

6 Alamán,L. Semblanzas e ideario, UNAM, 1963 (la edición original es de 1939), prólogo, p. v. Este prólogo, breve y elegantemente escrito, es muy perceptivo en varios sentidos y muy crítico de algunas de las contradicciones vitales y políticas de Alamán.

7 La política del disenso. La “polémica en torno al monarquismo”, (México, 1848-1850)… y las aporías del liberalismo, FCE, 1998, p. 57. Este libro, en realidad una antología de textos periodísticos, muestra muy bien la magnitud del embate teórico e ideológico que los conservadores mexicanos emprendieron contra el liberalismo al promediar el siglo XIX.

8 Alamán L., Historia de México, Editorial Jus, 1990, tomo V, p. 434.

9 Sobre esta participación, en más de una ocasión Van Young refiere el Memorial o Plan del Conde de Aranda, supuestamente redactado en 1783, como el antecedente de la propuesta de una confederación de monarquías hispánicas que hicieron los diputados novohispanos ante las cortes reunidas en Madrid. Muchos historiadores, analistas o comentaristas han repetido esta afirmación. Desde hace mucho tiempo, la autenticidad de este documento fue puesta en entredicho; véase, por ejemplo, “The Pseudo-Aranda Memoir of 1783” de Arthur P. Whitaker, The Hispanic American Historical Review, vol. XVII, n. 3, agosto de 1937. Para varios especialistas contemporáneos, la Memoria de Aranda es un documento apócrifo.

10 Para redactar esta sucinta relación biográfica seguí la cronología que Arturo Arnáiz y Freg incluye al final de la edición del libro Semblanzas e ideario, antes citado, pp. 175-190. Cabe anotar que ya fuera en el gobierno o alejado de él, Alamán nunca tuvo reparo alguno en mezclar su vida política con su vida empresarial, obteniendo así algunos beneficios. Dicho esto, conviene añadir también que Alamán terminó su vida pública con menos dinero del que tenía al iniciarla.

11 A este respecto, estamos acostumbrados a leer sobre las políticas financieras y comerciales alamanistas en la minería y la industria, el Banco de Avío en primer lugar, pero pocas veces se mencionan los esfuerzos de Alamán sobre aspectos de otra índole; por ejemplo, la institución que con el tiempo se convirtió en el Archivo General de la Nación, el rescate de la Academia de San Carlos, los servicios que prestaba el Hospital de Jesús, el intento de crear un jardín botánico o de fundar un museo de antigüedades mexicanas, todos ellos aspectos que Van Young refiere en su libro. Es cierto que varios de estos proyectos no fructificaron, pero eso no les resta valor dentro de una biografía. A lo anterior habría que agregar la labor diplomática de Alamán. Baste pensar en cuestiones como la búsqueda de reconocimiento diplomático de Inglaterra y España, las incontables dificultades relativas a Texas o los desafíos planteados por el expansionismo estadunidense en general para darse una idea de lo que estaba en juego en aquellos años en el ámbito diplomático.

12 Un magnífico ejemplo de la magnitud, profundidad e incluso acritud que alcanzó dicho debate es el librito (96 pp.) titulado En torno a La otra rebelión, Colmex, 2007, que recoge el intercambio que tuvieron originalmente, en 2004, Alan Knight y Van Young en las páginas de Historia Mexicana.

13 Una excelente muestra y testimonio es la antología Economía, política y cultura en la historia de México. Ensayos historiográficos, metodológicos y teóricos de tres décadas, Colef/Colsan/Colmich, 2010.

14 En el original, la expresión del autor es should go unchallenged (pp. 714-715).

15 En la p. 442, Van Young afirma que el “verdadero norte” de su biografiado fue siempre el desarrollo económico.

16 Como han referido varios historiadores, y como Van Young plantea explícitamente en su libro en más de una ocasión, el proyecto político-económico de Alamán, que combinaba autoritarismo y desarrollo, se materializaría en el porfiriato. Ahora bien, como afirma el autor, Porfirio Díaz pudo lograr esa simbiosis porque tenía a su disposición una serie de elementos que no existían en tiempos de Alamán: el telégrafo, el ferrocarril, el rifle de repetición, una situación financiera holgada, una población muy superior en términos cuantitativos, una abundante inversión extranjera, la deuda británica solucionada y, por último, una mitología nacionalista muy funcional (p. 372). Dicho de otra manera: lo que Alamán buscaba para México era irrealizable en la primera mitad del siglo XIX. Sobre este tema, en la introducción, Van Young afirma que es una ironía de la historia que la concentración de poder que siempre buscó Alamán se lograra no mucho tiempo después de su muerte, antes que con el dictador Díaz, con el presidente liberal Benito Juárez.

17 Sobre dicho involucramiento, Van Young coincide con Valadés en el sentido de que si Alamán no puede ser considerado responsable directo de la aprehensión y ejecución de Guerrero, es moralmente responsable por no haber hecho lo suficiente para evitar la segunda. Ahora bien, Van Young reconoce explícitamente que Alamán facilitó los fondos para pagarle al traidor Picaluga. Siendo así, me parece que hablar únicamente de “responsabilidad moral” es quedarse corto.

18 Sobre el ideario político de Alamán en la etapa postrera de su vida, véase la multicitada carta que le escribió a Santa Anna en marzo de 1853. Se puede consultar en Lucas Alamán, Cal y arena, 2006, pp. 349-355. Esta edición cuenta con un extenso e interesante prólogo de Andrés Lira (“Lucas Alamán y la organización política de México”), quien también es responsable de la selección de los seis textos que integran esta antología.

19 De aquí la defensa que hace Alamán en esta parte de su Historia de México de Iturbide y de Bolívar.

20 Van Young dedica más de cincuenta páginas de su biografía a la Historia. Para él, Alamán fue primero que nada un historiador y, en segundo término, un pensador político. Sobre esta segunda faceta de su obra, véase el estudio preliminar de José Antonio Aguilar al Examen imparcial de la administración de Bustamante (que incluye la Defensa del ex ministro de Relaciones don Lucas Alamán), Conaculta, 2008, titulado “Alamán en el periodo de Bustamante”, pp. 9-45.

21 Ésta es la expresión que emplea Lira en “Lucas Alamán y la organización política de México”, p. 10.

22 Historia de México, tomo V, p. 566. Por cierto, encontré un claro precedente de estas palabras que quizás valga la pena consignar. La cita es de Germaine de Staël y el contexto es una crítica suya a los diputados aristocráticos en la Asamblea Constituyente durante el proceso revolucionario francés, quienes reaccionaban ante cualquier propuesta de cambio “como si el orden social sólo debiera estar sujeto a una doble enfermedad, la infancia y la vejez, y hubiera de pasar de la informe juventud a la decrepitud de la ancianidad sin aceptar conocimiento alguno adquirido a lo largo del tiempo”. Consideraciones sobre la Revolución francesa, Arpa Editores, 2020, pp. 240-241. Cabe añadir que, como señala Van Young en su libro (p. 668), las Consideraciones de Staël formaban parte de la biblioteca de Alamán.

23 Van Young, E., A Life Together…, introducción, p. 4. Sobre la pésima opinión que tenía Alamán del Cuadro histórico de Bustamante y sobre lo que considera su muy perniciosa influencia, véase Noticias biográficas del Lic. Carlos María de Bustamante y juicio crítico de sus obras, en Lucas Alamán, pp. 253-257.

24 Historia de México, tomo I, p. 173.

25 La cita es de la página 3. Cabe suponer que aquí Van Young incluye la vida empresarial de Alamán, la cual, a no dudarlo y como lo muestra bien el libro que nos ocupa, fue una cadena de descalabros financieros.

26 Van Young, E., A Life Together…, p. 515. Apenas dos meses antes de este arrepentimiento, Alamán se había referido a sí mismo como “una hoja seca que el viento de la adversidad ha arrebatado”. Estas palabras, extraídas del Libro de Job, se pueden leer en la Defensa del ex ministro de Relaciones don Lucas Alamán, en la edición citada, p. 172.

 

Un comentario en “La nueva biografía de Lucas Alamán

  1. Una figura histórica apasionante sin duda en un paisaje que tal vez a ningún contemporáneo nuestro le hubiera gustado vivir. «La memoria de los muertos oprime el cerebro de los vivos»