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Sólo tengo 57 años, estoy en pleno vigor de mis fuerzas y en veinte años sí que estaré decrépito, feo; las mujeres no querrán verme siquiera y será cuando necesite todo mi dinero para cuidarme bien… Se está mejor en el fango… Todos me critican y sin embargo todos llevan en secreto la misma vida que yo no me cuido de ocultar a nadie”. Exclamaba Fiódor Karamazov, el tenebroso y cruel hombre que cimbró la vida de sus hijos en la novela de Dostoievski, Los hermanos Karamazov. Doscientos años han transcurrido desde el nacimiento del escritor ruso (1821-1881), quien murió poco antes de cumplir la sexta década de vida. He querido escribir algunas palabras acerca de este hombre cuya vida no fue común y que logró mostrar la tragedia que acompañó a la pobreza de la sociedad rusa de aquellos tiempos: medieval, pese a estar situada en el siglo industrial europeo; campesina, a pesar de la monarquía zarista y de la aspiración francesa de su burguesía y de sus cortes; reacia a la ilustración no obstante haber dado lugar a un conjunto de escritores extraordinarios que alteraron el alma de la literatura y el sentimiento humanos. Fiódor Dostoievski, epiléptico a su vez, es acorralado en una reunión de personas que conspiraban contra el régimen de Nicolás I y es condenado a ser fusilado, para después conmutar su pena por otra de trabajos forzados en Siberia, en donde transcurren largos años de la vida del escritor; amargos y lentos años como lo dibuja en Memorias de la casa muerta.

Ilustración: Kathia Recio

En su ensayo sobre Dostoievski, su crítico Nicolás Berdiaev escribe que “el alma rusa es capaz de embriagarse con su propia perdición”, y centra la semblanza filosófica que hace el escritor a partir del sufrimiento: sólo a través del sufrimiento es el ser humano capaz de tomar conciencia de las cosas. Berdiaev acusa a Dostoievski de practicar una especie de populismo cristiano, pero trágico y permanente, como lo escribe en su primera novela Pobres gentes (1846): “Los pobres serán siempre pobres”. Dostoievski era un adicto a las apuestas, a la ruleta, a ser víctima de la contundencia del azar. En El jugador (1866), describe claramente la vocación rusa por el abismo que se abre cuando uno se encuentra a punto de perderlo todo. La novela confiesa que el ruso juega para perder, no para ganar; si en el juego no existiera la posibilidad trágica de perderlo todo, entonces dejaría de ser interesante para el temperamento ruso.

El libre albedrío fue el problema filosófico más profundo y evidente que se revela en la mayoría de sus obras. El libre albedrío da lugar a la existencia del bien y del mal y, por lo tanto, a la culpa o arrepentimiento, a la duda moral, tal como lo observamos en la que ha resultado ser su novela más célebre, Crimen y castigo. La libertad impide la felicidad, puesto que de existir el libre albedrío uno tendría que elegir responsablemente y hacerse cargo incluso de los accidentes del azar; clausura también el paraíso terrenal y sabe que la razón o la verdad no impedirán el sufrimiento, el descalabro moral, la penuria que alcanza a todo ruso, a todo ser humano que se valga del raciocinio para creer que puede cimbrar o edificar una vida feliz. Ya en Memorias del subsuelo (1864), Dostoievski escribió: “Las leyes de la naturaleza me han hecho más infeliz que cualquier otra cosa en la vida”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: El hombre mal vestido, Fandelli, Mis mujeres muertas y Mariana Constrictor

 

3 comentarios en “Dostoievski: doscientos años atrás