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Las enfermedades, bien se sabe, son maestras tanto para quien las padece como para médicos, seres cercanos, sociedad y el Estado. Dolor, pérdidas funcionales, muertes, mermas económicas, tratamientos infructuosos, alteraciones comunitarias y gastos imposibles de costear para los países pobres, representan un pequeño listado de las lacras emanadas de enfermedades, sobre todo, de las crónicas.

Ilustración: Izak Peón

Las pandemias, bien se sabe, reproducen —en ocasiones sin coto— los males individuales. Afectan, como es el caso del covid-19, a la mayoría de la población mundial. Son un retrato fiel de la humanidad, de sus jerarcas, de las bondades y miserias de la medicina, de los yerros y aciertos de políticos y organizaciones mundiales de salud, de la solidaridad o falta de ésta de la sociedad e, inter alia, de los esfuerzos denodados de los trabajadores de la salud.

El covid-19 ha sido un maestro inesperado, impensable e implacable: entre más sabemos, menos sabemos. La oración previa debe molestar a los hacedores de salud, a los grandes investigadores y a los científicos que en tiempo récord crearon vacunas, a quienes cuidan a los enfermos y a los hospitales que laboran 24 horas al día, 365 días al año. La oración “entre más sabemos, menos sabemos” la comprenden quienes sepultan a sus seres queridos y quienes no tienen la posibilidad de acceder a tratamientos adecuados y dignos.

Los virus no tienen la posibilidad de calificar, pero sí de desvelar y denunciar. Abundan casos recientes donde estas infinitamente pequeñas partículas muestran su poder al exponer la capacidad —en ocasiones adecuada, otras veces no— de la humanidad para responder a las afrentas virales. El VIH/sida, el ébola, la influenza y el síndrome respiratorio agudo severo son, al igual que el SARS-CoV-2, algunos ejemplos contemporáneos de los poderes de los virus, de los saberes de la medicina y de quienes aseguran que la emergencia de algunas infecciones son el resultado de la sempiterna e in crescendo destrucción de la naturaleza.

He citado en más de una ocasión, cuando reflexiono acerca de las pandemias a Rudolf Virchow (1821-1902), brillante patólogo de origen alemán que compartió su vocación médica con la política. Su mirada devino ideas imprescindibles: “Si la enfermedad es una expresión de la vida del individuo cuando las condiciones no son favorables, las epidemias son indicadores de alteraciones en los grupos humanos y en las vidas de las masas”. Las “vidas de las masas” y la capacidad de enfrentar las pandemias dependen de la preparación y sensatez de los políticos, así como de sus posibilidades de acción, usualmente pobres, estúpidas y limitadas.

Si las comunidades padecen —en este caso el mundo— y la política falla, las pandemias se diseminan, empobrecen y destruyen. Tras casi dos años de convivir con el virus, su legado es apabullador y sus lecciones amargas, dolorosas y devastadoras: retratan, como profesor implacable, las caras de la condición humana. Escribo a principios de octubre del 2021: las cifras “oficiales” reportan cerca de 5 millones de muertos y más de 220 millones de casos en todo el mundo. Según la ONU el número de muertos podría ser cercano al doble.

El covid-19 se ha convertido en un maestro inesperado, impensable e implacable. El número de muertos y el de fallecimientos de personas sin atención médica duele y cuestiona. El incremento en el gasto de las familias —sobre todo en las pobres—, la interrupción en los servicios de salud esenciales en cerca del 90 % de países y la imposibilidad de acceder a los difuntos e iniciar duelos “dignos” son algunas de las  lecciones del maestro covid-19. Virchow tiene razón: las pandemias nos desnudan. Sus razones, siglo y medio después de su observación, pesan más y de otras formas. ¿Dónde está todo el conocimiento acumulado?

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.