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Los mitos fundacionales deben conjugarse en pasado. De preferencia, partir y quedarse en él. Son demasiados los riesgos de jugar con las acepciones de un renacimiento social antes de que éste suceda. No son pocos los ejemplos de gobiernos que han intentado imprimir un asomo de cohesión a sus sociedades por medio de la insistencia en reafirmar una identidad histórica. Siempre erradicando algunas de sus capas para construir una mitología en presente. Si tan solo nos interesáramos un poco más en lo que nos rodea, veríamos cómo otras latitudes se estancaron en esa identidad cargada de artificios hasta hacer de su cotidianidad la imposibilidad para desprenderse de ella.

Ilustración: Patricio Betteo

En parte de Medio Oriente, el ba’athismo fue —y en menor medida sigue siendo— uno de los múltiples lastres de la inmovilidad, con su animosidad al pasado identitario, dúctil a razón de conveniencia.

Una ideología surgida del identitarismo cultural y la anulación política de la pluralidad, en aras de un supuesto resurgimiento nacional. La partición de la historia para fundarla y reescribirla desde un nuevo proyecto que tomaba con exceso los elementos de la historia para ajustarlos a su discurso, convirtiéndolos en herencia viva del día con día.

El partido Ba’ath, constituido a final de la década de los cuarenta sobre una interpretación de la ideología panárabe socialislámica, fue en términos de gobierno la evolución natural al fracaso del proyecto panárabe con su dosis de buenas intenciones, fomento a la ingenuidad y vocación autoritaria. Un proyecto visto a sí mismo como la resistencia a las injerencias externas, donde la fuerza residía en la oposición a lo ajeno, ofrecida como cooperación entre naciones árabes. La identidad cultural por encima de todo, incluso sobre los matices culturales al interior; producto y condena de una dependencia religiosa.

Con la distancia del tiempo y desde América Latina, sin un paralelismo exacto a raíz de la diferencia de condiciones evidentes, el ejemplo regional que puede ilustrar mínimamente lo que fueron las intenciones panárabes se imagina en alcances extremos de ejercicios como la Celac o una versión muy fantasiosa del Grupo Puebla. Es decir: la conformación de naciones aparentemente similares en una unión que les permitiera hacer frente a un proyecto común. Al final, del panarabismo práctico queda la unión por unos cuantos años de dos países: Siria y Egipto como una sola nación.

Su fracaso dejó terreno fértil para un modelo político con posibilidades de brindar identidad desde los remanentes del panarabismo. El ba’athismo se prestó a ello.

Tiene poco caso discutir a estas alturas los planteamientos originales de Zaki al-Arzusi, Michel Aflaq y Salah al-Din al-Bitar en la primera mitad del siglo XX. Un movimiento político, sobre todo si deposita demasiado peso en nociones nacionalistas, se transformará lo suficiente como para sólo atender sus manifestaciones reales y no tanto las teóricas: el ba’athismo en Siria, en Irak, sus paralelismos doctrinarios en Libia y en Egipto. Joyas de la corona del autoritarismo medio oriental.

La retórica ba’athista enalteció su sistema de valores, vinculados a la religión, pero también a la personalidad partidista y las raíces culturales, sus mitologías y arqueologías. El nacionalismo identitario y distintas concepciones revolucionarias se apoyaron en los enemigos habituales, así como en la configuración de nuevos: los opositores. El sistema ba’athista relegó a todos los demás partidos políticos, se decantó por visiones relativizadoras de gobierno y Estado, unificándolas al servicio de su proyecto. Configuró el lenguaje a partir de su relevancia en la identidad árabe y desde su concepción, inundó el discurso público con su nombre. Ba’ath, el renacimiento. Sin imprimir un tiempo definido, éste depende únicamente de la permanencia del partido y de su movimiento. Algo parecido a quien se hace dueño de conceptos como la transformación.

Con un fuerte apoyo popular de inicio, el proyecto partidista del Ba’ath se volvió el de los países donde se estableció. Siria e Irak resultaron incomprensibles sin la ideología ba’athista.

Organizaciones obreras, consolidadas desde la óptica del Ba’ath y su centralización de poderes y decisiones. Organizaciones campesinas por igual. Fascinación por los instrumentos militares hasta que todo fue militar: los uniformes de las escuelas; las aduanas y la infraestructura; los controles de migración.

Con los modos del Ba’ath se manejaron a las tribus locales y así se transformaron en el ingrediente de su eventual desgarramiento. Dos partidos, uno en Irak y otro en Siria, actuaron de manera opuesta. El primero las aceptó y, pasado su tiempo, esto permitió el regreso del fundamentalismo. El segundo las despreció argumentando que contradecían el progresismo del ba’athismo sirio. Después del golpe de Estado de 1966 en Damasco, los partidos de ambos países se fragmentaron. Las disputas entre los poderes civiles y militares habían llegado a su punto máximo, y cuando los fusiles hacen política, la política será de color olivo.

¿Cuánta arrogancia cabe en las doctrinas como para negar este último riesgo?

El anterior progresismo siempre fue visto en relación con la fortaleza del Estado-gobierno y a través de su falsa autonomía y defensa de la soberanía, a menudo personificada en los liderazgos políticos. Soberanía de discurso y dependencia económica de los enemigos de sus enemigos.

La división del proyecto ba’athista no se deshizo de sus coincidencias. Cuando el discurso alrededor del progreso depende de una sola facción de la sociedad se establecen las rutas autoritarias. No hay más posibilidades en la aversión al pluralismo. La urgencia por mantener el equilibrio identitario, eso que a veces ocupa el lugar de la cohesión social, recayó en la selección de lo cultural, el lenguaje y el pasado.

Para el nacimiento de los espíritus nacionales se exaltó el bagaje histórico, las ruinas, los acueductos, los brocados, las porcelanas y la etnicidad. Esto, sin evitar la purga hacia todo aquello que implicara una alineación difícil con la retórica renacentista, la oficial. Se ignoraron las contradicciones, pasando por alto que el presente es la acumulación de civilizaciones que conforman la actualidad.

Olivia Snaije, en su ensayo “Archeology Turns Political to Benefit a Trio of Middle East Strongmen”, recuerda cómo Muamar al Gadafi cambió el nombre de las salas del museo nacional el día de su inauguración. Los letreros de las salas dedicadas a Roma y Grecia fueron sustituidos por Colonización Griega y Colonización Bizantina. La permanencia del pasado colonial, antípoda del progreso presente y futuro. Gadafi respondía más al panarabismo que el ba’athismo, pero el ejemplo sintetiza ambos.

Las mejores virtudes de cualquier país se usaron para los propósitos más burdos. La pertenencia ideológica se disfraza de patriótica y aplasta la nacional.

En el ba’athismo real no existió la dicotomía de izquierda y derecha, ni siquiera en su resurgimiento contemporáneo. Todo se ha tratado de la identidad, la deificación de lo sugerentemente étnico y su instrumentación sobre lo popular. El espectro completo de herramientas capaces de dar la legitimad ausente fuera de la parafernalia. Sin embargo, el ba’athismo jamás fue uno solo.

Escribo de Siria por ser el país de mis lazos. Existió el ba’athismo antiimperialista, el colaborador con Europa, el soviético y el ruso, el antisraelí, el del apoyo a las fuerzas obreras y la estatización de cada componente de organización social. Existió el ba’athismo con miras a la modernidad y la tecnología, el del hombre nuevo y el primer hijo de su titular más viejo. Luego el del segundo, aún en el poder. El de la voracidad y la aniquilación, el de la guerra y la opresión.

En México se ha insistido hasta el cansancio sobre una hermandad, frecuentemente vacía de significados, con el mundo árabe. Hoy, parece que encontramos algunos caminos de la fraternidad política, al vernos en una sección del reflejo de uno de los peores proyectos del nacionalismo cultural: tenemos el ba’athismo a la mexicana.

Si bien no hay un solo ba’athismo, éste se frasea en lo individual, a sabiendas de que la imprecisión no importa, aunque lo haga porque contiene lo que es y lo que no. En simultáneo.

México sabe correr por caminos similares. Latinoamérica, también. Aquí lo hicimos con el priismo en sus múltiples formas: la revolucionaria, la obrera, la agraria, la estatista y la amante del libre mercado. La del PRD y la de su conformación actual en el movimiento que es incapaz de diferenciarse o definirse entre morenista o lopezobradorista.

Al sur del continente sucedió algo similar con el peronismo. Ay, esa necesidad de darle un rostro mortal al mito. La condena en la afinidad por los personajes, apenas útil para eliminar la individualidad del ciudadano con tal de replicar una voz que dice poco.

Anulando al individuo se anula la libertad, porque libertad conjugada en grupo es todo menos libre. Así han funcionado estos ismos y lo seguirán haciendo.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Fatimah, Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.