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CUADERNO NEXOS

Las complejidades de la paz

El sueño que otros presidentes estadunidenses como Harry S. Truman y Lyndon B. Johnson nunca pudieron llevar a la práctica, se hizo realidad para George Bush la noche del miércoles 6 de marzo. Ante una sesión conjunta del Congreso en Washington, con el edificio a reventar tanto de participantes como de patriotismo `a la americana’, pudo decir el presidente: «Esta es una victoria para todos los países de la coalición, y para las Naciones Unidas… Esta noche he venido a esta Cámara para hablar sobre el mundo sobre el mundo después de la guerra».

Los expertos consideran que una de las tareas más difíciles es la creación de condiciones favorables y duraderas para el mantenimiento de la paz en el sistema internacional. Hacer la guerra requiere de muchos preparativos y de la inversión de enormes recursos; ganarla requiere de la tecnología, el entrenamiento, y la habilidad de las fuerzas armadas; para establecer la paz se necesita un liderazgo dispuesto a romper con los supuestos tradicionales, y con una visión de largo plazo sobre cómo responder a las preocupaciones de seguridad de todos los afectados.

Estados Unidos se ha involucrado en muchas ocasiones de manera muy torpe en conflictos más allá de sus fronteras. Ha usado la fuerza de manera arrogante, francamente innecesaria, y con resultados distintos. Episodios recientes incluyen los casos de Panamá y Granada en este continente, donde lograron sus objetivos pero alentaron también las preocupaciones de países como el nuestro por los excesos y abusos estadunidenses; y en Líbano, donde fallaron sus acciones y causaron enorme irritación entre muchos estados y grupos nacionales.

Pero también cabe reconocer que Estados Unidos goza de un buen récord en cuanto al establecimiento de un nuevo orden aceptable para la mayoría en aquellas regiones donde han existido conflictos internacionales. En este sentido, más allá de la euforia y el nacionalismo que caracterizan al discurso de Bush en el Congreso es importante analizar qué es lo que podemos esperar de la promesa de un mundo en paz.

Como es de esperar, los puntos enunciados por Bush son todavía muy generales y dan lugar a la interpretación y la discusión sobre detalles. En algunos casos hay una sorprendente claridad y en otros francamente predomina la retórica. Veamos.

En cuanto al primer compromiso para establecer estructuras que garanticen la seguridad de todos en el Medio Oriente, el presidente ha expresado de manera muy clara, que no se mantendrán fuerzas estadunidenses en tierra, dentro de la península arábica, sino que continuará la presencia naval y se realizarán ejercicios militares conjuntos como ha ocurrido en las últimas décadas. Es factible que en unas semanas más se inicie el retiro masivo de las tropas aliadas del sur de Irak, si este país sigue cumpliendo con los compromisos que adquirió al perder el conflicto armado.

Mucho más difícil resulta el segundo punto relacionado con el control de armas y misiles de destrucción masiva. En primer lugar, si bien seguirá por un rato el escándalo por las ventas de empresas alemanas a Hussein, no será una tarea fácil para los gobiernos de los países industrializados y de otros productores de armas el supervisar futuras ventas, incluso al mismo Irak. Las cantidades de dinero involucradas facilitan el tráfico, legal o no, de armamentos a escala mundial. Esta situación no es nueva ni existe evidencia alguna de que vaya a cambiar.

De hecho, existen ahora presiones adicionales para comprar, pues una de las lecciones del conflicto en el Golfo es que con el fin de la guerra fría pueden ser aún más deseables los preparativos para la guerra convencional. Una de las dos superpotencias que podía contener los impulsos agresivos de naciones aliadas con ella ya no tiene esa capacidad, como lo demuestra el triste y célebre caso de la Unión Soviética y sus esfuerzos de mediación, con Irak.

En especial, está por verse que el presidente Bush tenga la capacidad de lograr que algunos países de la región a los que quizá les pueda extraer importantes concesiones políticas, estén dispuestos a deponer las armas o sujetarse a controles internacionales. En esta aseveración podemos cubrir a todo el espectro de posibilidades, desde Irán (¿qué pasará con los aviones iraquíes estacionados en sus aeropuertos?) hasta Israel. Todos estarán dispuestos a discutir y hasta probar nuevos esquemas para mejorar la seguridad de la región, pero manteniendo las armas en la mano. No es realista esperar que estos países expongan su seguridad nacional a las vicisitudes de la política estadunidense.

El tercero es el punto central del discurso, el compromiso de Bush de buscar por todos los medios cerrar la brecha entre Israel y los estados árabes y los palestinos. Dos frases deben tener a los políticos en Jerusalén sumamente preocupados mientras esperan la visita del Secretario de Estado James Baker. «La geografía no puede garantizar la seguridad y (esta) no proviene solamente del poderío militar. Una paz completa debe basarse en las Resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el principio de intercambiar el control sobre territorios por obtener la paz.»

Es en esta área donde debemos mantener una actitud más escéptica respecto de las habilidades políticas de Estados Unidos para lograr la paz. Los regímenes árabes conservadores señalarán con el dedo al exterior (esto es, a Israel), para explicar la fuente de sus problemas. Y la extrema derecha israelí, como ha comenzado a argumentar en la voz de Ariel Sharon, apuntará la necesidad de establecer compromisos internacionales sólo cuando sus interlocutores sean regímenes democráticos dentro de los estados árabes. Ante una situación de tal naturaleza, Baker sólo querrá hacer sus maletas para volver a casa.

Finaliza el discurso de Bush con el compromiso de promover el desarrollo económico de la región, el cual ha sido otro elemento típico de esquemas puestos en práctica por Estados Unidos para lograr la paz duradera. Me he referido en otro momento a la preocupación que esto debe causarnos en América Latina, con Europa volcada hacia consolidar la Comunidad e integrar a los antiguos países socialistas, y la posibilidad de que una buena parte de los recursos de Estados Unidos sean concentrados en el objetivo de construir un nuevo orden económico y social -no sólo político- en el Medio Oriente.

Respecto a esta última consideración hay una esperanza, la cual está relacionada con un tema que por obvia prudencia y decoro político no fue tratado de manera explícita por el presidente Bush. El reto que enfrentarán los regímenes autoritarios que caracterizan a varios países de la región, y que deberán jugar el papel de arquitectos de la reforma para el progreso económico y social de la población. Esto es imperativo puesto que no es factible que el «desarrollo» propuesto provenga de fondos de los países industrializados, excepto en contados casos. Aún con la guerra y los gastos de reconstrucción, son enormes las fortunas con las que cuentan los países a quienes Estados Unidos y los aliados han defendido con tanto ahínco.

Si lo anterior es cierto, también es verdad que para América Latina permanece el reto de interesar cada vez más a Estados Unidos y a los grandes capitales internacionales en las nuevas posibilidades a que da lugar el vibrante proceso de reformas económicas y políticas por las que atraviesa la región desde hace varios años. Existe en este sentido una idea y una visión del futuro que es el establecimiento de una economía de libre comercio en el hemisferio. Le tocará a México el papel de líder pues los otros países de la región verán con gran atención, e incluso se beneficiarán, de los avances que logremos en las negociaciones con Estados Unidos. 

La atención del Congreso donde diera su discurso el presidente Bush se centrará ahora en cuestiones económicas urgentes, tanto de carácter interno como internacional. Bush gozará de un gran capital político producto de su reciente victoria, pero aún así enfrentará una seria oposición por parte de grupos que tienen grandes reservas sobre la negociación de acuerdos bilaterales como el propuesto con México. El gran reto sigue siendo aprender cada vez más cómo funciona el sistema político de este país para promover mejor los intereses nacionales de México. Será necesaria en los próximos dos meses una intensa labor por parte de representantes de nuestra sociedad y gobierno, dentro del Congreso en Washington, para lograr el apoyo requerido para unas negociaciones productivas.

Gabriel Székely. Director asociado del Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California.