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CUADERNO NEXOS

Golfo Pérsico: El mundo de la posguerra

El primer análisis que debería hacerse para comprender los resultados de la Guerra del Pérsico, es aquel que intenta explicar el porqué las hipótesis que suponían la catástrofe de occidente en esta campaña resultaron totalmente erróneas.

Después de la invasión iraquí a Kuwait en agosto del año pasado, la opción de una respuesta armada por parte de occidente bajo el mando de los Estados Unidos, parecía conducir a otro Vietnam u otro Líbano, es decir a otro fracaso político militar producto de una lectura incorrecta del mundo de oriente desde la perspectiva occidental. Sin embargo, la realidad nos demostró hasta qué punto el cambio en la estructura de poder internacional modificó sustancialmente la estrategia de las potencias de accidente, quienes parecen haber comprendido lo inútil de identificar los valores de su cultura con la de todo el planeta.

Pero en esta ocasión los pronósticos sobre las consecuencias de decadencia norteamericana -europea y el potencial de una cultura islámica bajo la dirección de un dictador carismático como Saddam Hussein, se hicieron añicos ante una nueva realidad. Así, ni las fuerzas aliadas perdieron diez mil soldados en cada uno de los días de la guerra, ni las masas árabes de los países de la coalición se alzaron en contra de sus regímenes y en favor de Hussein, ni Israel participó en la guerra -lo que hubiese implicado un factor de unificación árabe en torno al dictador iraquí- ni el ejército de Irak utilizó armas químicas y, por el contrario, resultó presa fácil de las tropas multinacionales ante quienes se rindió en forma masiva y sin presentar la resistencia que se esperaba.

Todos estos elementos son indicadores claros de que el régimen iraquí no representaba en realidad una opción popular dentro de su país, y la imagen de potencia militar que Saddam Hussein había difundido y que le acarreaba simpatías en países en donde el rechazo a lo norteamericano es parte de la cultura popular, fue sólo eso: una imagen incapaz de concretizarse en el campo de batalla.

El armamento que todo el mundo le había proporcionado a Hussein desde la guerra con Irán, fue insuficiente para enfrentar a los ejércitos de esos mismos países, que en una demostración de poderío tecnológico y eficiencia profesional lograron aniquilar rápidamente a una enorme fuerza armada carente de preparación para una guerra de este tipo y poco convencida del discurso de un líder al que aprendieron a temer, pero no a respetar.

La forma en que se produjo el triunfo de los aliados es un indicador importante del tipo de paz que surgirá, en especial en el Medio Oriente. Por una parte, los gobiernos árabes miembros de la coalición comienzan a hablar en términos de una alianza política e incluso ideológica con occidente. Se plantean ya necesidades de «democratización» como condición para lograr la estabilidad en la zona: este discurso es representativo de un lenguaje político que el mundo árabe no había considerado como propio pero que ahora lo asume como indispensable en la situación actual. Por otro lado, y por primera vez, occidente parece haber entendido la especificidad de las pugnas en el Cercano Oriente, lo que explica en parte el no haber consumado directamente la victoria militar en Irak al abstenerse de atacar Bagdad y derrocar a Hussein. La rebelión popular que estalló una vez establecido el cese al fuego, cumplió la función de darle un fin auténticamente iraquí a la figura del dictador y evitar con esto el surgimiento de mitos que identificasen la imagen de Saddam con la del mártir asesinado por los infieles. La solución árabe que tanto exigió Hussein para resolver el conflicto surgido a raíz de la invasión a Kuwait fue puesta en práctica al terminar la guerra es decir, que fueran los árabes y especialmente los iraquíes quienes acabasen con el poderío del dictador con la presencia directa de fuerzas occidentales.

A partir de esta realidad es muy probable que las soluciones a los conflictos en esta región se produzcan en los marcos del discurso político occidental, procurando evitar enfrentamientos con la cultura y costumbres de Oriente Medio. La solución del problema palestino, de la soberanía de Líbano, del reconocimiento de Israel por parte de los países árabes, de la autonomía para los kurdos y de la invasión definitiva de fronteras entre todos los países de la zona, exige no una Conferencia Internacional de Paz, que resultaría insuficiente, sino la creación de un Consejo de Cooperación y Seguridad en el Medio Oriente que sirviese como mecanismo de integración entre estos países y que además tuviese entre sus funciones la de evitar que diferencias económicas o políticas entre gobiernos, se diriman por la fuerza, y la de supervisar que el armamentismo no llegue a convertirse de nuevo en una amenaza para la estabilidad de la zona. En este escenario surge la necesidad de nuevos interlocutores, puesto que los derrotados en la guerra no tienen cabida en el nuevo orden a establecer; con lo cual, la OLP de Arafat y el Rey Hussein de Jordania entre otros tendrán que dejar su lugar a liderazgos capaces de acoplarse a la nueva estructura de poder internacional. Todos aquellos que siguen manejando una lógica de poder para el principio de que la Guerra del Pérsico fue sólo un episodio más sin consecuencias inmediatas, también se verán obligados a ajustarse al nuevo esquema o abandonar su posición. Es este el caso de Shamir en Israel, Ratsanjan en Irán o Assad en Siria, quienes se ven hoy envueltos en el dilema de transformarse rápida y radicalmente o morir atados a un pasado que la guerra destruyó.

Oriente y Occidente se vuelven hoy a reencontrar con nuevas alternativas y con proyectos comunes.

Ezra Shabot. Politólogo y periodista. Colaboró en el cuaderno de nexos 32, febrero de 1991.