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CUADERNO NEXOS

La política y el TLC

Para nadie es novedad que el Tratado de Libre Comercio tiene enormes implicaciones políticas. La consolidación de la reforma económica sin duda será mucho más fácil si hay certidumbre de acceso al mercado norteamericano y si existe algo tangible, a nivel internacional, que garantice la permanencia de la reforma. De esta manera, por razones tanto económicas como políticas, la lógica gubernamental en la negociación del tratado es evidente y bienvenida.

Un proceso exitoso de negociación cambiaría poco en la práctica cotidiana, pero haría algo mucho más importante: garantizaría la viabilidad de la reforma económica y, con ello, permitiría al salinismo consolidarse en el poder. Desde un punto de vista económico, el TLC va a cambiar relativamente poco, pues es la apertura de la economía la que ha obligado a la mayor transformación que la planta productiva haya experimentado jamás. En este sentido, la importancia del TLC es mucho más de orden política que económica.

Es precisamente de orden político la oposición del TLC. Son mínimos los empresarios, cooperativas u otros productores que se oponen al tratado. Muchos de estos, desde luego, intentarán que sus intereses específicos sean protegidos en las negociaciones del TLC, pero eso es un componente natural y necesario del proceso de negociación. J os que se oponen al tratado no lo hacen porque sean productores temerosos de una todavía mayor competencia del exterior, sino porque buscan expresamente impedir que se consolide la reforma económica.

Quizá la mayor paradoja de una parte importante de la oposición de izquierda es que su futuro depende enteramente del éxito o fracaso de la política económica gubernamental. De ser exitosa la reforma de la economía, la izquierda, sobre todo el PRD, tendrá que elaborar un programa económico alternativo que sea creíble. Sin una definición clara, el PRD no tendrá futuro alguno. Si la reforma es exitosa, sin embargo, ¿qué sentido tendría una política económica alternativa? Quizá el éxito de la reforma anuncie una nueva etapa en el debate político y partidista: empezaremos a discutir temas específicos, legislaciones particulares, y no grandes modelos de desarrollo como sigue ocurriendo en la actualidad. Parte de la paradoja es que, a menos que el PRD empiece a debatir políticas concretas, sólo logrará hacer mella en el futuro mediato en la medida en que la reforma económica acabe siendo percibida por al población como un desastre.

La estrategia actual, sobre todo en relación al TLC, de muchos perredistas y sus simpatizantes resulta entonces muy lógica: si el TLC es un elemento clave en la consolidación de la reforma económica y del poder salinista, entonces hay que impedir el éxito del TLC. Lo más curioso de todo: quienes se oponen al acuerdo se han concentrado en el intento de derrotarlo en Washington, asociándose a los intereses norteamericanos que no quieren experimentar en carne propia la competencia por parte de productos mexicanos.

Con eso la oposición de izquierda al tratado cae en una de las contradicciones más patentes y absurdas, en aras de lograr un objetivo meramente de corto plazo: se asocia «pragmáticamente» a los sindicatos norteamericanos para que los trabajadores de México sigan viviendo con salarios miserables, si éstos se comparan con los de allá. Es decir, la oposición al triunfo de la reforma económica se ha ideologizado a tal extremo que llega a hacer planteamientos a todas luces contrarios a sus propios objetivos de redistribución del ingreso.

No hay duda de que en el TLC se juega mucho más que el mero acceso a un mercado. Lo patético y peligroso es que los que se oponen al tratado están dispuestos no sólo a vencer a la reforma económica y al salinismo, sino a lo que el país ya es. Esa no es exactamente la mejor receta para construir un país democrático y civilizado.

Luis Rubio. Director del Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C. Su último libro es Reforma del Sistema Político Mexicano. Condición para la modernización.