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PARA PABLO

Ella nació con el amanecer del siglo en el pueblo griego de Kherson a las orillas del río Dnieper en el sur de la Rusia imperial. Su padre, originario de Romanovka, dirigía allí una compañía maderera y minera. La familia ocupaba una casa de tres pisos en el terreno de la empresa. En el ambiente de esta casa Ella escuchaba de la animosidad hacia el gobierno zarista, del nombre de Herzen, del movimiento «Hacia el pueblo». El socialismo se volvió santo y seña.

Daniela Spenser Gollová es investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología  Social (CESAS).

El artículo se basa en entrevistas grabadas con Ella Wolfe, en la Hoover Institution on War, Peace and Revolution en 1982. Las entrevistas fueron dirigidas por Ramón Myers, investigador de la Hoover Institution. En el archivo de la Hoover Institution se encuentran acervos referentes a la historia del comunismo mexicano como la Colección Bertram Wolfe, Colección Joseph Freeman y la Colección de Rodolfo Echeverría Martínez. Ahora en el ocaso de su vida, Ella Wolfe mantiene actualizada la Colección de Bertram Wolfe y comparte los recuerdos de su vida con los que lleguen a interesarse por ellos.

Las fotos provienen de la Colección Bertran Wolfe de la Hoover Institution Archives.

De su madre Ella recuerda que fue una mujer que vivía de los cuentos, de n los que le contaban y de los que ella inventaba. Con gusto Ella rememora uno 5 de ellos: un atardecer mandaron a su madre, entonces una niña, con un cesto de crepas al pueblo vecino para que se las llevara a su tía. En el camino la madre de Ella sintió que la luna la seguía. Para detenerla tiró una crepa pero la luna siguió detrás de ella. Tiró otra y otra pero la luna no se detuvo. Cuando llegó al pueblo el cesto quedó vacío y la luna seguía en lo alto persiguiéndola.

La familia vivió en Kherson hasta 1905. Para eludir la guerra ruso-japonesa que estalló en ese año, la madre decidió que había llegado el tiempo de irse. Primero el padre, luego toda la familia emigró a Estados Unidos y se estableció en Brooklyn. En el último año de la escuela preparatoria Ella, conoció a Bertram Wolfe, y Bertram Wolfe conoció el socialismo en la casa de Ella. Dice Ella que todo en su casa era socialista. Solamente un dentista socialista veía los dientes de la familia sin que importara su habilidad como médico. En la casa se hablaba de la igualdad entre los hombres y las mujeres y se compartía todo lo que se tuviera con las visitas.

Esas enseñanzas marcaron profundamente el matrimonio de Ella y Bert que transcurrió sin rivalidades hasta la trágica y prematura muerte de Bertram Wolfe en 1977. Ella era la crítica de su obra que Bertram Wolfe más respetaba. Jugaba el papel de la voz de la calle en contraposición a las voces de los recintos académicos. Cuando las ideas de Bert le parecían demasiado obtusas se lo señalaba: «Bert sentía una gran admiración por lo que yo pensaba de sus escritos y yo tenía una gran admiración por lo que él escribía».(1) Pero antes de llegar a ser la crítica de sus obras y maestra de español, y antes de que él fuera escritor, Ella y Bertram Wolfe militaron en el Partido Comunista de Estados Unidos.

Después de una redada de la FBI y de la persecución de los militantes del Partido, a fines de 1922, Ella y Bertram entraron en la clandestinidad, de la cual los liberó el ofrecimiento de Robert Haberman de que vinieran a México a dar clases de inglés. Haberman, el socialista norteamericano-rumano, fue en un tiempo el consejero económico de Felipe Carrillo Puerto en Yucatán, y de 1923 en adelante fue el enlace entre el gobierno mexicano y la CROM con la American Federation of Labor.(2) Haberman presentó a los Wolfe con José Vasconcelos, los Wolfe se encargaron de buscar el camino hacia el Partido Comunista Mexicano y hacia la Legación Soviética en México, inaugurada en ocasión del séptimo aniversario de la Revolución de Octubre.

En los primeros años veinte, el hecho de plegarse a la cruzada educativa de Vasconcelos no se reñía con el trabajo en la Legación Soviética o en el Partido Comunista Mexicano. El embajador soviético, Stanislav Pestkovsky, encontró en Ella las cualidades humanas, el vigor político y los conocimientos lingüísticos necesarios para emplearla en descifrar mensajes que llegaban a la embajada. En la legación Ella se hizo amiga tanto del embajador como de su secretario Leon Haykiss, que antes de venir a México había sido secretario del Comisario de Relaciones Exteriores Grigorii Chicherin. Con la familia Pestkovsky, Ella y Ben pasaron numerosas veladas dentro y fuera de la Legación. Las de dentro se caracterizaron por su heterodoxia diplomática. En las fiestas Pestkovsky juntaba a los de smoking con los de overol.

Ella estimó mucho al «oso ruso», como el embajador se designó a sí mismo en una foto que le dedicó. Pestkovsky pertenecía a la generación de los viejos bolcheviques. Durante la Revolución de Octubre fue encargado de la oficina de telégrafos en San Petersburgo y luego lo nombraron comisario suplente para la cuestión nacional. En 1922 cooperó en la fundación de la Asociación para la ayuda a los luchadores de la revolución internacional (MOPR). Pestkovsky comprendió que el camino hacia el socialismo iba a ser largo y arduo y que se necesitaba una organización que ayudara a los prisioneros políticos, a los familiares de los revolucionarios muertos en las guerras, a los revolucionarios en lucha y a los exiliados políticos.(3) Después del servicio diplomático en México, Pestkovsky trabajó en el Secretariado de la Internacional Comunista. En 1937 fue liquidado por Stalin.

El otro amigo de Ella, Leon Haykiss, después de su estancia en México fue designado embajador soviético en España durante la guerra civil y al terminar la guerra fue silenciado «porque sabía demasiado». Otro miembro del equipo de trabajo en la Legación soviética fue el intérprete Maurice Zeitlin. Ella Wolf volvió a encontrarlo años después en un parque de Moscú. Zeitlin, misógino, le contó en su involuntario paseo que al regresar de México las autoridades le adjudicaron como vivienda un cuarto que tenía que compartir con una mujer. Aunque las dos partes del cuarto estaban separadas por una cortina, su incomodidad era tan grande que solía esperar afuera hasta que su indeseada compañera de cuarto se durmiera para ir a dormir él mismo.

Sin embargo, a principios de los años veinte era inimaginable todo lo que vendría después. Ella y Ben trabajaron en México por sueldos nominales, a veces sin sueldo. Trabajaron por la causa de la justicia. Ella distingue a los comunistas de los años veinte de aquellos que se incorporaron al movimiento en los años treinta. Los separaba la inocencia de los primeros y la complicidad en los crímenes estalinianos de los segundos. Todos sabían. No podían no saber que en la Unión Soviética se eliminaba a los bolcheviques, que Stalin perseguía a sus enemigos reales y potenciales a lo largo y ancho del mundo. Sus víctimas aparecían en los bosques suizos, en hospitales de París, en departamentos europeos, por todas partes.

Para Ella el parteaguas en la historia del movimiento comunista fue el VI Congreso de la Internacional Comunista de 1928, durante el cual se selló la suerte de los viejos bolcheviques, y una nueva camada, subordinada a Stalin, subió al poder. La tragedia humana, sumada a la política, del devenir histórico de la Unión Soviética fue que todos aquellos bolcheviques que perdían el poder veían la vertiginosa e injustificada acumulación del poder en manos de Stalin, y eran incapaces de detenerla. En 1935, recuerda Ella, Nikolai Bujarin viajó a París. Allí se encontró con Boris Nikolaevsky, el conocido menchevique. Nikolaevsky, como tantos otros, le dijo a Bujarin que se quedara en París porque a su regreso a Moscú iba a ser eliminado. También Bujarin lo sabía pero no podía contravenir las decisiones del Partido.

Además de Haykiss y la familia Pestkovsky en México, Ella se hizo gran amiga de Rafael Carrillo, «el Frijolillo», como le decían por enredador.(4) Carrillo era un joven militante del Partido Comunista y su secretario general de 1924 a 1929. Los Wolfe, o los Lobos como les decía de cariño, eran sus mentores. Cuando los Wolfe regresaron a Estados Unidos en agosto de 1925, tras la expulsión de Bertram de México por el Presidente Calles, Carrillo los mantenía al tanto de los sucesos en el Partido Comunista Mexicano y de la atmósfera que él percibía en el movimiento comunista internacional:

Estoy muy cansado; todos estos días he desarrollado una verdadera táctica de minoría, pues realmente ahora somos una minoría gracias a la sagacidad de Ramírez, ese desgraciado en compañía de la foca de su mujer. Me achacan a mí, de una manera velada, la pérdida de su dinero, vamos a entablar una lucha a muerte. La suerte oscilará entre esos bandidos y nosotros.

De todas maneras, si soy derrotado, acérquense ustedes al obispo y díganle que intervenga de una manera decisiva y salve al actual Comité. De otra manera estamos perdidos. Creo que podemos triunfar, pero de todas maneras es bueno asegurarse.(5)

Al poco tiempo de escribir esa caría, Rafael Carrillo viajó a la Unión Soviética para participar en el Comité Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista. Desde Berlín les escribió a los Lobos en Nueva York:

Hoy, en la tarde fría, saldré a Tierra Santa. El viernes arribaré a Moscú y, por fin, podré allí dar los pasos necesarios para que se aclare el horizonte tan cerrado.

íCómo desearía estar en México en estos momentos en que de seguro ocurren cosas grandes y maravillosas!

Escríbanme ustedes lo que sepan de la gente de allá. Estoy sabiendo el mundo pero no entiendo lo que pasa conmigo. Sólo hasta Tierra Santa podré determinar mi situación con relación a los hombres y a las cosas. Ahora he llegado a aprender el vacío político.

Los camaradas alemanes con que he hablado con el estrafalario francés que poseo, se muestran muy reservados. Deduzco que son de la fracción de Fischer…

No he tenido más dificultades que el precio altísimo por tres días de hotel y de comida en Berlín y un día en Hamburgo donde los burgueses se han vengado en mí de la Intencional. Una última súplica, querida Ella Escríbeme lo que sepas de México y te juro por el esqueleto de Wolfe que me bañaré en Rusia, a pesar del frío polar que allí haga.(6)

Ella le escribió a Rafael Carrillo a Moscú y el muy agradecido amigo le contestó a la «ardillita», como de cariño le decía:

Dos gustos tuve hoy: recibir la carta de la «ardillita» y visitar una casa de huérfanos. Ambas cosas ingenuas, la carta de Ella y el espectáculo de los niños recogidos por los Soviets, me han puesto un poco feliz en esta cárcel que se llama, «Lux.» (7)

Porque a pesar de lo que se diga me considero prisionero. Había un complot tramado contra mi libertad, hasta la reunión del Ejecutivo ampliado; pero felizmente, ha fracasado y así podré volver a mediados de febrero a mi linda tierra la tierra de los aguacates y de las pistolas.

Gracias a la ayuda del obispo y a la disposición de la gente que formó la comisión mexicana, tendremos una ayuda «decente», con la que espero salvar las cosas. Ahora sobre un terreno más firme trabajaremos y organizaremos sobre el fruto del trabajo de varios años. La situación en México se cristaliza cada vez más. Calles apoya firmemente a los laboristas; la fracción reeleccionista lucha abiertamente ya contra los laboristas. Estamos cerca de acontecimientos graves para nuestra pobre gente.(8)

Seis meses después de su regreso de la Unión Soviética, Rafael Carrillo retomó el hilo de la situación en el Partido Comunista Mexicano en su correspondencia con los Lobos de Yanquilandia:

Las discusiones en Moscú llevaron a la comisión que trató el asunto mexicano a la convicción de que el asunto era «sumamente intrincado» y de que nuestro próximo congreso resolviese el caso… y Tableau! Con esa bella resolución volví y comprenderán ustedes la impresión que tal resolución causaría en todos nosotros. Pero mal que bien, la situación tiraba adelante.

La llegada de S. [Alfred Stirner, suizo, representante de la IC en América Latina] y la celebración de nuestro IV congreso fue el sumum de la crisis. Chocaron allí tendencias aún en germen pero que tuvieron forzosamente que manifestarse. De dos tendencias que existían antes, ahora tenemos tres. El resultado del trabajo del IV Congreso podemos considerarlo casi nulo, por las siguientes razones.

1. Se discutieron cosas que la mayoría del Partido no entiende.

2. Se aumentó la lucha fraccional y se cristalizó una tercera fracción.

3. La discusión y sus resultados subsecuentes han desarticulado al Partido…

Estoy desesperado en muchas cosas. Desalentado, cansado. Pero sin embargo, lo único que lamento no es la serie de dificultades, de discusiones tontas, de argumentos librescos (no en balde se lee en Lenin) sino lo poco que se avanza, el estado caótico y confuso del contingente del Partido. Pienso seriamente en salir de la dirección del Partido para que ellos prueben a hacerlo.

Hoy como antes, su argumento es, Carrillo es manejado: primero por Valadés, después por Wolfe y ahora por la gente del río que divide a la Galia de la Germania [Carrillo se debe referir al suizo Stimer]. Verdaderas babosadas. Yo no me avergüenzo, ni creo que ningún comunista debe avergonzarse de ser dirigido por quien sea más capaz: la Komintern, en última instancia nos dirige y lo único lamentable es que no sea bastante efectiva para nosotros esa dirección.(9)

Aunque seguía recibiendo noticias sobre las querellas políticas y personales dentro del Partido Comunista Mexicano, Ella siguió activa en el movimiento comunista latinoamericano y esto le mereció los elogios de Pestkovsky. «My dear, good Ella», le escribe en excelente inglés en junio de 1926:

Tú sabes lo importante que es para mí el desarrollo de la MOPR en México y en América Central y del Sur, tan importante que el trabajo debería encomendarse a los camaradas que le dedicarían toda su alma a esta actividad.

Y yo veo que la MOPR va bien y tú eres una camarada que desarrolla tanta energía y trabaja por nuestra causa con un interés sincero… Respecto a Venezuela, yo pregunto: por qué no se ha dedicado un artículo a los prisioneros políticos y a los inmigrantes. Eso es muy importante para nuestro trabajo de agitación.

Me sorprende mucho el silencio en Guatemala. Es parte de tu trabajo de organización. Luego no escribes nada sobre Argentina, Brasil y sobre todo de Perú y Chile donde están ocurriendo grandes acontecimientos… En general, sobre América del Sur.

He llegado finalmente a la conclusión de que el centro de todo este trabajo debe estar en México en tus manos.

Te pido que no tomes esto como que yo espere que te encargues del trabajo tan amplio y serio en esos países. Yo sé que eso va más allá de tus fuerzas. Pero, querida Ella, si puedes arreglar que haya una correspondencia regular con esos países, se intercambie información y se lleguen a establecer aunque sean pequeños grupos de MOPR -eso sería un gran éxito -yo cuando tenga la primera ocasión te daré un beso…

En conclusión, te diré, querida Ella, que me has causado la mejor impresión. Siempre velaré mentalmente por tu trabajo, me alegrarán tus dichas y me apenarán tus preocupaciones.

íOjalá te permita esto aumentar tus energías y tu deseo de trabajar por MOPR!

Solamente, querida Ella, siempre recuerda que el Partido esta por encima de todo. Es el órgano superior y nosotros, los Moprites, somos solamente una de sus partes. A nosotros nos entusiasma nuestro trabajo solamente porque añade una fuerza nueva al Partido. Yo personalmente estoy profundamente convencido de ello y quisiera que tú también pienses así.(10) 

Las epístolas entre Ella y sus camaradas reflejan un gran calor humano y una capacidad de comunicarse con los demás. Recuerda Ella que una noche llegó a su casa Carlton Beals, otro de los radicales del norte atraído por el sur revolucionario. Llegó muy agitado después de una discusión con su compañera de entonces. Le pidió a Ella que lo acompañara. Se subieron a un coche y sin decirle una sola palabra recorrieron la nocturna ciudad de México. Al amanecer Beals llevó a Ella a su casa y en el mismo silencio se despidió.

Otro amigo que Ella recuerda de esta época es Jay Lovestone. Lovestone fue el editor del Daily Worker, periódico del Worker’s Party of America. Durante la estancia de los Wolfe en México, Ella intercambió numerosas cartas con Lovestone que nos revelan las peripecias de la construcción de un movimiento comunista en Estados Unidos y de las relaciones entre los partidos de los dos países, además de hablarnos de las dificultades para edificar un movimiento comunista internacional.

Lovestone extrañó a los Wolfe mientras estuvieron en México. Un hombre solitario, sin interés por establecer una relación permanente con una mujer, Lovestone vertía sus sentimientos y frustraciones en las cartas a Ella. Además, a diferencia de Ella y Bert, y de muchos otros norteamericanos a los que México atraía como un imán en los años veinte, a Lovestone le era ajeno. Se tardó en contestar una carta de Ella, porque, dice con ironía:

Sinceramente esperaba oír que las querellas en México los obligarían a salir de esa tierra abandonada por Dios debajo de la línea civilizatoria de regreso al país más grande sobre la tierra verde de Dios -los Estados Unidos.

Pero al mismo tiempo Lovestone leía con admiración las cartas de Ella que describían los viajes que los Wolfe hacían por México y comparaba su limitada vida y experiencia, confinada en los fueros de la militancia política, con el goce de vivir la vida de los Wolfe:

Créeme que me dio gusto recibir tu última cana por más de una razón. En primer lugar, leyéndola varias veces pude darme cuenta de mi soledad y aislamiento. A pesar de estar en buena forma anímica y físicamente, siento una melancolía social [social blues] la gran parte del tiempo. Me cansa ver las mismas caras comunistas todo el tiempo. Me canso de no tener amigos con los que platicar y con los que podría estar o no de acuerdo sobre otros asuntos que no sea la rutina del maldito Partido y la periferia de la revolución mundial. Tu carta me sirvió para volver a mis mejores días. Tú sabes» claro está, que bajo ciertas circunstancias la fantasía es más real que la realidad. Tu carta me hizo sentir, momentáneamente por lo menos, que estuve libre de la aburrida rutina del Partido y de su cansada compañía.

Por supuesto que sobra decir que tu narración de sus experiencias de viajes despenó en mi un intenso interés. Me pregunto cuándo seré capaz de reunir el suficiente valor para salirme de mi carril, romper mis cadenas, salir a ver el mundo, decir adiós a mis actuales y estrechos confines, y sobre todo dejar de tomarme tan en serio como ahora.

Más adelante Lovestone informa a sus amigos de los resultados del último congreso del Partido en el que llegó a representar, de buena gana, la minoría.

No hubo faccionalismo en el congreso. El Partido está unido como nunca antes. Simplemente acordamos estar en desacuerdo y todo marcha bastante bien. Me regresaron al Comité Ejecutivo aunque me negué a negociar con el Comité de la Nueva Mayoría, como los apodé en el espectáculo. Copié el motto de Coolidge y me negué a hacer mercancía de mis principios. Hoy, a pesar de ser la minoría en el nuevo comité, tenemos la iniciativa respecto a los programas y la táctica del partido en nuestras manos, y tenemos la gran ventaja de no tener puesta la corona con las espinas- no tenemos la responsabilidad del gabinete. Además, la política hace parejas raras. Las mayorías de hoy llegan a ser, como ha sucedido y está sucediendo, las minorías de mañana. (11)

Mientras estuvieron en México, Ella y Bertram Wolfe saborearon la hostilidad de algunos dirigentes de su Partido: primero, porque se fueron a México sin permiso y luego, porque sin permiso permanecían fuera de su país. La decisión de Calles de aplicarle el Artículo 33 a Bertram Wolfe los devolvió a su país en 1925. Según Ella, a Calles no le gustó que Bert les dijera a los obreros ferrocarrileros mexicanos que no debían depender de nadie más que de ellos mismos, que no recibieran prebendas del gobierno porque ello menoscababa su independencia de pensar y de actuar.

De regreso a Nueva York, Ella empezó a trabajar para la agencia soviética de noticias TASS. De su nuevo trabajo la distrajo la invitación de Alexandra Kollontai a visitarla en México. A fines de 1926 Kollontai fue designada embajadora soviética en reemplazo de Stanislav Pestkovsky. Ella recuerda que con Alexandra pasaron los ratos libres hablando de política pero también de cosas que podían pasar solamente en México, un país que seguía otra lógica a la que las forasteras estaban acostumbradas. Ella recuerda que le contó a Alexandra que un conocido había encargado a un alfarero la hechura de tasas con sus respectivos platillos. El alfarero le entregó el pedido completo, le cobró las tasas pero se negó a cobrarle los platos «por la molestia que se tomó de haberlos esperado tanto tiempo».

Cuando Kollontai fue embajadora soviética en México, las fiestas en la Legación asumieron un tono sombrío. Desapareció la atmósfera festiva de los primeros años y los invitados tuvieron que volver a observar la etiqueta del besamanos, el smoking y los vestidos largos. En realidad, para Kollontai el servicio diplomático en México representaba un exilio. Kollontai había participado, y perdido, en la Oposición Obrera, un movimiento radical en la Rusia soviética que surgió en 1921 en oposición a la política de subordinación de los obreros a los aparatos del Partido y en oposición también a la introducción de la Nueva Política Económica. Derrotada y destituida de su puesto de dirección de Zhenotdel -la organización femenina del Partido- , Kollontai pidió trabajar en la diplomacia para seguir desarrollando sus ideas sobre el papel de la mujer y la familia en la nueva sociedad. Se le concedió irse a Noruega en donde participó en la formación del Partido Obrero. Sin embargo, cuando ese partido se negó a ingresar en la Tercera Internacional Comunista, el Gobierno Soviético responsabilizó a Kollontai y la envió a México como castigo.(12)

Ella recuerda a Kollontai como «una de las mujeres más extraordinarias que jamás haya conocido». Brillante, elegante, elocuente, dominaba varios idiomas con igual perfección -excepto el español- . Kollontai no duró mucho en México. La altura de la capital le causó trastornos físicos y Kollontai pidió su cambio al gobierno soviético. Para despedirla, la Legación ofreció a Kollontai una fiesta en la casa de la Legación soviética en la Colonia Roma. La fiesta fue un concierto de canciones rusas. El policía que rondaba la calle no identificaba la casa de la que oía la melancólica música y la confundió con un acto religioso. Esperó hasta que la fiesta terminara y cuando Kollontai apareció en la puerta de la casa para regresar a la suya, la arrestó por violar la prohibición de celebrar ritos religiosos. Al aclararse el asunto, Kollontai fue puesta en libertad. Al día siguiente

se marchó hacia Berlín. (13)  

Alexandra Kollontai falleció en 1952 de muerte natural. Ya en el, periodo de su estancia en México evidente que Kollontai había aceptado su derrota como oponente al proceso de la burocratización de la vida política soviética. En los años treinta, Kollontai aprobó las purgas de antiguos camaradas. En una carta a Angélica Balabanova, quien había desaprobado su actitud, Kollontai contestó: «He dividido mi corazón en varias partes. Con una parte entiendo lo que pasa. Con la otra sirvo al gobierno soviético y a su pueblo lo mejor que pueda». (14)

Durante el verano de 1928 tuvo lugar en Moscú el VI Congreso de la Internacional Comunista. Los Wolfe acudieron al congreso junto con una delegación del Partido Comunista de Estados Unidos. Para entonces su Partido estaba dividido entre los seguidores de la política zigzagueante de la Komintern y aquellos que defendían la excepcionalidad de Estados Unidos, en donde el nuevo viraje revolucionario, sancionado por la Internacional, no tendrá posibilidades de aplicarse con éxito. Los obreros norteamericanos, aducían los lovestonianos, no habían entrado en una fase de lucha revolucionaria como los dirigentes de la Komintern les hicieron creer a los partidos comunistas. Contra el viento y la marea, la delegación norteamericana trató de presentar la realidad norteamericana ante los delegados comunistas y convencer a la dirección de la Internacional de la necesidad de respetar la autonomía de cada partido frente a la central comunista.

Mientras Ben participaba en las sesiones de la Komintern, Ella trabajaba en el Secretariado anglo-americano, escribiendo informes sobre los asuntos económicos y políticos de América Latina. Cada semana Ella tenía que llevar su trabajo a una oficina en donde encontraba a una persona ocupada en falsificar pasaportes, copiando los pasaportes de los delegados presentes en el Congreso. Era norma entonces que todos los delegados tenían que entregar sus pasaportes que les serían devueltos antes de su salida del país. En Moscú Ella conoció a Stalin y quedó asombrada por la diferencia de la expresión en su cara de la que conocía de las fotografías. Esta no era la afable, sonriente cara de las imágenes impresas, retocadas para cubrir las picadas de viruelas. Era otra imagen.

El VI Congreso de la Internacional terminó en un fiasco para la fracción del Partido Comunista de Estados Unidos, encabezada por Jay Lovestone y Bertram Wolfe. Stalin la excomulgó. Por su parte, los Wolfe se dieron cuenta en Moscú del ambiente de intolerancia que prevalecía en la Komintern, de la manipulación de personas e información, de los subterfugios, de la politiquería y las intrigas, que nada tenían que ver con los ideales comunistas que ellos profesaban, ni tenían nada en común con el espíritu de camaradería que caracterizaba sus relaciones políticas con otros compañeros de lucha. Para ella y Bert la experiencia del viaje a la Unión Soviética en 1928 y la participación en el VI Congreso de la Komintern fue el inicio de un proceso de desencanto.

Ella y Bert tardaron cerca de una década en reconstruir sus vidas y «dominar la aflicción que acabamos de sufrir por pensar durante todos aquellos años que habíamos invertido en un sueño y encontrar que resultó una pesadilla». Pero ella no ve aquellos años como tiempo perdidos. Si volviera a nacer, los viviría otra vez como los vivió: «Cuando Rusia se retiró de la Primera Guerra Mundial, inspiraba confianza en que podía resolver los problemas del universo. Millones creyeron en ese sueño. Era lógico pensar así, era lo correcto. El socialismo fue el ideal de aquella generación joven, fue un llamado al que respondimos».

(1) La obra de Wolfe es vasta. En México se conoce mejor La fabulosa vida de Diego Rivera. México, Editorial Diana, 1972; ver además: A Life in Two Centuries. An Autobiography. Nueva York, Stein and Day, 1981; Marxism: One Hundred Years in the Life of a Doctrine. Boulder y Londres, Westview Press 1985 (orig. 1965); Strange Communists I Have Known. Nueva York, A Scarborough Book, 1982 (orig. 1965). 

(2) Ver, Gregory Alan Andrews, «American Labor and the Mexican Revolution, 1910-1924», Tesis doctoral, Northem Illinois University, 1988. 

(3) Stanislaw Pestkovski, Wspomnienia rewolucjonisty. Lodz, Polonia, Wydawnictwo Lodzkie, 1961, pp. 137-138. 

(4) El último detalle me lo proporcionó Rafael Carrillo en una entrevista en septiembre de 1990. 

(5) Rafael Carrillo a los Wolfe, México, D.F., septiembre 10, 1925. Colección Bertram Wolfe (en adelante CBW), Archivo de la Hoover Institution on War, Peace and Revolution, Caja 4, Folder 11. Rafael Carrillo se refiere a la lucha de facciones en el Partido Comunista Mexicano. El obispo es el seudónimo de algún funcionario de la Internacional Comunista sin que Ella pudiera recordar de quién se trató exactamente. 

(6) Rafael Carrillo a los Lobos, Berlín, 24 de noviembre de 1925, CBW, c.4. F.11.

(7) Lux era el hotel en Moscú donde se hospedaban obligatoriamente todos los delegados y representantes nacionales y extranjeros de la Internacional Comunista.

(8) Rafael Carrillo a los Lobos, Moscú, 14 de enero de 1926. CBW. C.4. F.11.

(9) Rafael Carrillo a los Lobos, México, D.F., 23 de julio de 1926.

(10) Pestkovsky a Ella Wolfe, México, D.F., fin de junio, 1926. CBW, C.4, F.11.

(11) Jay Lovestone a Ella Wolfe, Chicago, 23 de enero, 1923. CBW, C.9, 1:.73. 

(12) Barbara Evans Clements, «Old Bolsheviks: Myths and Realities. Alexandra Kollontai: Libertine or Feminist». Manuscrito. CBW, Caja 17. Marcel Brody, «Alexandra Kollontai» en Preu-ves 14 (abril 1952) y comunicación personal del historiador noruego Arne Westad, Chapel Hill, Carolina del Norte, 1989. 

(13) Mr. Kelly a Foreign Office, México, Junio 7, 1927, Public Record Office, Foreign Office, FO 371/12005/225/A4727. 

(14) Comunicación de Angélica Balabonova a Bertram Wolfe, Roma, 15 de marzo de 1952. CBW. C.98 F.4.